La leyenda del Cid: 62

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

VIIEditar

IIIEditar

En un camarín de fábrica
entre bizantina y gótica,
cuyas paredes tapiza
labrado cuero de Córdoba,
cuyo pavimento sólido
cubre valenciana alfombra,
y cuyo mueblaje rico
por su materia y su forma,
la opulencia y el buen gusto
de su posesor denota,
sentada está doña Urraca
en su alcázar de Zamora.

A sus pies en un escaño,
está una mujer aún moza,
pero de carnes enjuta,
de recia armazón huesosa,
de contornos masculinos,
cabello negro, piel roja,
y vestida a la africana,
con fez, saragüil y ajorcas:
con que ella y su vestimenta
son una mezcla estrambótica
de hombre y mujer, pareciendo
que hay en ella dos personas.

Es una felláh nacida
del monte Atlas en las rocas,
ágil como sus panteras,
astuta como sus zorras,
hecha a lidiar del desierto
con las fieras tribus nómadas,
y a usar de las armas como
las antiguas amazonas.
Sus padres y sus maridos
en su aduar las dejan solas,
y ellas guardan y defienden
de los beduinos sus chozas.
Los Emires marroquíes
y los xeques de la costa
traían de estas mujeres
entre sus rapaces hordas.
Fieles, sagaces, de todo
capaces y a todo prontas,
eran espías, correos,
de sus esclavas y esposas
guardas en su harén: en suma
eran las ejecutoras
privadas de sus empresas
íntimas o misteriosas.
Una de estas es aquella
a quien está oyendo absorta
la infanta, y que de un mensaje
ha sido la portadora.
De Toledo vino: Alfonso
en una carta muy corta,
dice que la mensajera
trae buena lengua en la boca
y la infanta doña Urraca,
que es muy buena entendedora,
para entender tal epístola
media palabra bastóla.
Convocó, pues, a sus íntimos,
sentó a sus pies a la mora,
y pues su hermano en la lengua
se fía de ésta, buscósela:
y en este punto agrupados
de ella están a la redonda,
y la mensajera acaba
de don Alfonso la historia.
Tras de la infanta la escuchan
Gonzalo Arias, que es su sombra,
y sus cuatro hijos que son
donceles de su señora.
Damas de su confianza
y adalides de sus tropas,
de la extraña mensajera
el noble auditorio forman;
y en el punto en que comienza
este romance en mi crónica,
de este modo a sus oyentes
decía la narradora.
Y lo decía con esa
entonación armoniosa,
con ese acento que a su habla
da inflexiones de salmodia;
con esa forma voluble,
que en sus cuentos amontona
tropos, símiles e imágenes,
de los africanos propia.
— Dos veces en riesgo puso
su vida la recelosa
suspicacia de unos mutfis
y unos faquíes; carcoma
de nuestra fe y nuestra corte,
que de todo se avizoran,
de todo se escandalizan,
y a los creyentes deshonran.
Uno de éstos una noche
soñó que en triunfante pompa
tu hermano entraba en Toledo
a caballo y con corona;
y apoyándose en el hecho
de que, con tiesura indómita,
tu hermano en la cabellera
tiene un mechón que se enrosca
y arremolina rebelde,
con ira supersticiosa
quisieron que en pro del reino
le diera el Rey muerte pronta.
El Rey que no cree en agüeros,
trató su pretensión loca
de vil traición con un huésped,
y en tu hermano rechazóla.
— ¡Ah buen rey! — dijo la infanta.
— ¡Azzaláh! — dijo la mora.
— Sigue, — dijo Urraca, — eso
fué una vez: ¿qué fue la otra?»
— La otra, — siguió la fellah,
fue que durmiendo a la sombra
de una datilera espesa
una siesta calurosa,
tu hermano, sin verle el Rey
por estar entre las hojas
él de una parte, sentóse
el Rey a hablar de la otra.
Iban con el Rey los mutfis
y los xeques de su escolta;
y mirando a la ciudad,
fuerte entre el río y las rocas,
juzgábanla inexpugnable
y de una manera sola
posible de entrar: talando
siete años su vega toda.
Apercibió un mutfi al príncipe,
y para que no recoja
secreto tal, si no duerme,
propuso una horrible cosa.
— ¿Cuál?
— Con plomo derretido
con que los caños se soldán
de las fuentes (y soldaban
uno a una pila marmórea
muy cerca unos alarifes)
echarle ardiendo una gota
en la mano que tendía
sobre la yerba.
— ¿Y por obra
pusieron tan vil idea?
— ¡No que no!; mas la modorra
de Alfonso era tan profunda,
que nada oyó; ni sintióla
caer ardiendo en su mano,
ni a su impresión dolorosa
despertó, hasta que en la palma
se enfrió la ardiente gota.
— ¡Habrá perdido la mano!
— Curó muy bien; y salvóla
con la vida, por tener
la soñarrera tan honda.
Y desde entonces tu hermano
es la alegría y la gloria
de Aly Maimún, que no sabe
vivir sin él una hora.
Con lo que el rey don Alfonso
podéis comprender que goza
de Aly Maimún de Toledo
la hospitalidad fastuosa,
y la protección más amplia:
en sus alcázares mora,
sus propios siervos le sirven,
sus propios caballos monta,
en los cotos reales caza,
del Rey se viste las ropas,
sus caballeros cristianos
sueldos del erario cobran;
los toledanos le admiran,
las toledanas le adoran,
do quiera que se presenta
de bendiciones le colman;
vive tranquila, sultana,
porque en tierras de Mahoma
tu hermano está tan seguro,
tan libre y tan sin zozobra,
como la anguila en el río,
como en el bosque la corza,
como en su enjambre la abeja,
como en el viento la alondra:
y en ti su esperanza tiene,
y en Aly Maimún la apoya;
y esto me mandó a decirte;
si lo he dicho mal, perdona.
— No, sino muy bien; y en premio
este anillo mío toma
para que por él mi hermano
tu fidelidad conozca.
Yo te pondré en los oídos
mi respuesta, y de tu boca
la oirá cual yo tu cuento.
Te daré dos líneas cortas
escritas; porque las letras
son al que escribe traidoras,
y las palabras son ruido
que se disipa en la atmósfera;
mas de palabras y letras
dirásle en suma estas pocas:
que a dar la vuelta a León
dentro de un mes se disponga.

A estas palabras la infanta
iba sin más ceremonia
a levantar el estrado,
cuando el fragor de las trompas,
el doble de las campanas,
y mil voces tumultuosas,
del camarín bizantino
estremecieron las bóvedas.
Salió al ajimez la infanta,
y como la vega toda
domina su alcázar, puesto
en la cima de una roca,
la causa de tal tumulto,
sin preguntarlo, vió absorta:
Don Sancho acampa sus huestes
en rededor de Zamora.


La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;