La leyenda del Cid: 50

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

VEditar

VIEditar

Don Alonso era hombre astuto,
prevenido y avisado,
y estaba dispuesto a todo,
pues nunca fió en don Sancho.
Con don García y sus primos
el de Aragón y el Navarro,
y con los Reyes infieles
Cordobés y Toledano,
hechos ajustes y ligas
del Rey de Castilla en daño,
en cuanto oyó que venía
salió a encontrar a su hermano.

Topó con él en Carrión;
y el Burgalés, que tan bravo
no le creía y aun lejos,
se halló con él descuidado.
Cayeron sobre los suyos
los leoneses, llegando
con la cautela de zorras
y con la furia de alanos.
Los de Castilla cogidos
en Carrión de sobresalto,
cuando esperaban coger
de sorpresa a los contrarios,
pelearon como buenos;
mas sin orden pelearon,
y al fin volvieron la espalda
con vergüenza y con espanto.

Lidiaba el Rey de Castilla
como un oso acorralado
con un puñado de nobles
de puños como él y de ánimos;
pero viéndose perdidos,
de las riendas del caballo
del rey asiendo, a la fuerza
de la liza le sacaron.
Bramaba el Rey de coraje
viendo huir a sus soldados,
y en las sombras del crepúsculo
esconderse en los chaparros;
y sin poderse valer
huía también bramando,
arrastrado por sus nobles
granosos de verle en salvo.

Interrumpió su carrera
la oscuridad en un páramo,
y en un robledal vecino
con su señor se ampararon.
La noche lóbrega y húmeda
era una del mes de marzo,
mala de pasar a esta época
y en aquel país al raso.
Salieron, pues, a orientarse
Diego Ordoñez e Iván Dávalos;
dos hombres siempre valientes
y nunca desesperados.
Quedóse el Rey con los otros:
mas como presa del diablo,
blasfemaba furibundo
sin hacer de nadie caso:
y revolviéndose inquieto
entre los robles, y dando
en las tinieblas de bruces
con ellos a cada paso,
maldecía su fortuna
dando en los troncos hachazos,
matar arriesgando a alguno
de los que le hablan salvado.

Callaban éstos, del Rey
por precaución apartados:
mas viendo que no atajaba
sus furiosos arrebatos,
trataban ya en voz muy baja
de sujetarle los brazos,
para no tener traidores
que dejarle solo,… cuando
sintieron por la llanura
son de corceles lejanos,
que hacia el robledal venían
tan derechos como rápidos.

La previsión del peligro
calmó al Rey y le hizo cauto:
escuchó y dijo: «Nos buscan
y se acercan; defendámonos.»

Todos en torno del rey
pusiéronse espada en mano;
y oyóse a los que venían
decir «por aquí» buscándolos.
Entonces el Rey volviéndose
a los suyos dijo alto;
«No muramos aquí a oscuras
como lobos entrampados.»
Y saliendo de repente
del robledal a lo llano,
dijo, golpeándose el pecho:
«¡Aquí está, aquí está don Sancho!»

Todavía en el ambiente
su voz estaba vibrando,
cuando otra voz vigorosa
dio a los jinetes el alto.
Quedaron todos inmóviles:
y de los recién llegados
tres hombres en la penumbra
hacia el Rey se adelantaron.
El Rey, que en la oscuridad
ve los tres bultos cercanos
¿Quién va? gritó, y respondieron:
El Cid Ruy Díaz, don Sancho.

Respiraron todos: juntos
Diego Ordóñez e Iván Dávalos
detrás del Rey se pusieron
y con el Cid le dejaron.

Llegósele el rey: el Cid
echó pie a tierra: y la mano
dándole el Rey, en voz baja
trabaron y aparte diálogo.

D. SANCHO. ¡Dios me perdone! Creíme
también por tí abandonado.

EL CID. Yo nunca abandono a nadie,
sea Rey, sea vasallo.

D. SANCHO. Nos han vencido.

EL CID. Sin mí.

D. SANCHO. ¿Por qué atrás me habéis dejado?

EL CID. Fué error dividir la hueste:
lo dije.

D. SANCHO. Y me cuesta caro;
pero aun hay tiempo, y en Burgos
gente fresca: rehagámonos.

EL CID. Ya estamos aquí rehechos:
yo he recogido avanzando
los dispersos, y aun están
mis vivareños intactos
y ganosos de romperse
por vos y por mí los cascos.
Conque, si queréis seguir
mi consejo, no perdamos
el tiempo, y a don Alonso
vamos a dar un albazo.
Yo conozco a los gallegos,
astures y lusitanos;
pelean bien, mas el triunfo
les desvanece: volvamos
sobre Carrión. A estás horas
están beodos bailando
con las mozas, y creyendo
que aun corremos como gamos,
Vamos, señor: en la cama
como conejos cojámoslos,
y el sol de mañana puesto
verá lo de arriba abajo.

D. SANCHO. ¿Tú respondes?

EL CID. Con mi vida.

D. SANCHO. Vamos pues.

EL CID. ¡Pues a caballo!

Dió al Rey un caballo el Cid
y de las huestes el mando:
y en las tinieblas, cual duendes,
se perdieron por el páramo.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;