La leyenda del Cid: 33

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

IVEditar

IIEditar

La gente a la mesa puesta
a la del Rey hizo honor:
y estuvo él tan decidor
como la novia modesta.

El Cid comía y callaba
como hombre de poca lengua:
que en hombres bravos es mengua
mostrar tener lengua brava.

Hubo algo más que el diario
sin que hubiera demasías;
pues los reyes de estos días
no se comían su erario:

que estaba avizor el moro
día y noche en la frontera,
y en aquellos tiempos era
caro el hierro y poco el oro.

Lo cual no quiere decir
que el Rey anduviera avaro:
sino que el Rey no era caro
en el comer y el vivir.

Mas lo era en el regalar;
por que tenía por ley
ser pródigo como Rey
y económico en su hogar.

Hubo, pues, lujo de sopas,
caza, pescado de río,
tierno pan y vino frío
servido de plata en copas:

carne y temprana legumbre,
hojaldre y pastelería,
y queso y confitería
de postre, según costumbre.

Comióse bien; y fué, en fin,
un festín, según se ve,
la comida: aunque no fué
de Baltasar el festín.

Brindóse tras el yantar,
bebiendo con discreción;
y al fin de la colación
entró en la sala un juglar;

y en un romance tan rudo
como el latín eclesiástico,
salmodió un ritmo encomiástico
tosco y de tropos desnudo:

mas que al juglar dió gran prez
en aquella edad sencilla,
en que el habla de Castilla
aún estaba en su niñez.

El Rey, con largueza mucha
en premio del buen cantar,
dió un vaso de oro al juglar
y un sayo azul con capucha.

El Cid, que es muy poco amigo
de versos y que desprecia
lo que ni entiende ni aprecia,
le mandó un saco de trigo.

El Rey, por enhorabuena,
hizo al Cid presentes varios;
la Reina, unos relicarios
de gran valor dio a Jimena.

Las infantas la besaron
dándole el tú como a hermana,
y al Cid con franqueza llana
los infantes abrazaron.

Con que, acabado el yantar,
tornaron todos contentos
el Rey a sus aposentos
y los novios a Vivar.

Allí, en su hogar solariego
al dar a Jimena abrigo,
la dió posesión Rodrigo
de pan, agua, sal y fuego:

y legítima mujer,
quedó instalada en Vivar
como el ángel del hogar
de todo el pueblo a placer.

Doña Teresa y don Diego
con deferencias sin tasa,
como señora en su casa
la aceptaron desde luego:

y habiendo puesto Rodrigo
en el cuarto en que nació
su lecho nupcial, llevó
a él a su mujer consigo.

Cerró las puertas Bibiana:
y al retirarse discreta,
a los novios y al poeta
dijo al par: «Hasta mañana.»

..........................

Todo el amor lo acomoda,
todo lo allana y lo llena;
los enemigos acoda,
los extremos encadena;

y olvidando ofensa toda,
absuelve de culpa y pena:
por eso se hizo la boda
de Rodrigo con Jimena.




La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;