La leyenda del Cid: 15

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

IIEditar

IEditar

Hombre don Diego Laínez
de edad no poco avanzada,
cuando empieza la leyenda
mal zurcida en estas páginas,
era muy bien quisto en Burgos,
y cabeza de una casa
hidalga, rica y antigua
antes ya de Iñigo Abarca.
Habíase envejecido
peleando en cien batallas
en pro del rey don Fernando
con numerosa mesnada:
y asistido había a aquella
lid fratricida e infausta
en que fué muerto su hermano
don García de Navarra.
Conquistó a Ubierna y a Orbel;
y supo tan bien guardarlas
contra navarros y moros,
que el rey le ofreció donárselas.
Don Diego, cuya progenie
cual la del rey es preclara,
juzgó que aceptarlas era
servir al rey por la paga;
mas viendo que al mismo tiempo
con el tiempo se mellaban
en el servicio del rey
su salud, hacienda y armas,
fué poco a poco esquivándose
de la corte, siempre ingrata
con el que no adula al príncipe
y ante el poder no se arrastra.
Lejos, pues, de las intrigas
palaciegas, se ocupaba
de sus negocios domésticos
y de su hijo en la crianza.

Don Rodrigo era el postrero
de tres; pero dos, por causa
de una de esas mil dolencias
que se dicen profilácticas,
eran mozos de altos cuerpos,
pero de fuerzas escasas;
por traer en los pulmones
grande flaqueza heredada.

Por uno de esos misterios
que tan solamente alcanza
Dios, que hizo del cuerpo humano
la maravillosa máquina,
al tercer parto su madre,
del mal desembarazada
que por tisis de la suya
a su estirpe inoculaba,
dio a luz en su tercer hijo
una muestra inesperada
de robustez y de fuerza,
y en proporciones sin tacha.

Don Diego que en aquel hijo
funda toda su esperanza
de perpetuar su familia
de extinción amenazada,
dio desde niño a Rodrigo
una educación gimnástica,
que al completo desarrollo
de su vigor ayudara.
Crecer le hizo en ejercicio
continuo; y dado a la caza,
a la lucha y al manejo
del caballo y de la lanza,
logró a los diez y nueve años
ser una muestra acabada
de un noble de la Edad media,
tiempo de fe y de batallas.

Rodrigo, hidalgo de entonces,
tenia sólo en el alma
la fe de Cristo y la idea
de echar al moro de España:
y en estas dos cualidades,
fuerza hercúlea y fe cristiana,
del noble de aquellos tiempos
el porvenir estribaba.

Tal es Rodrigo, que hoy tiene
amistad y favor gana
con el infante don Sancho,
a quien en edad iguala;
porque desde que la vida
salvó al rey de una alimaña,
don Sancho con fe de mozo
mucho del mozo se paga;
y si a reinar llega un día,
claro es que con él se labra
un gran porvenir por poco
que por sí el mancebo haga;
y por eso es ya Rodrigo
en la edad corta que alcanza
el orgullo de sus padres
y el adalid de su raza.
Con ésta puede una hueste
sacar si quiere a campaña,
porque tal es en Castilla
su parentela de larga.

Por su virtud a don Diego
todos sus deudos acatan:
cuantos tienen sangre suya
todos su padre le llaman;
y no hay en sus tierras hombre
a quien apunte la barba,
que no dé su sangre toda
por él, si se la demanda:
ni hay uno de los que forman
de su pendón la mesnada,
que cuando al campo le saque
tras de Rodrigo no salga.
Porque ya tiene el mancebo
la simpatía ganada
de sus gentes, y en él cifran
el porvenir de su raza.

Doña Teresa Rodríguez,
de alto linaje entroncada
en la nobleza de Asturias
que es la más vieja de España,
es la venturosa madre
de este doncel cuya fama
ha de ensordecer la tierra
con el son de sus hazañas.
Don Diego ha tenido en ella
durante vida tan larga
un aliento en la fortuna
y un consuelo en la desgracia.
De sus secretos domésticos
y su honor depositaria,
la honra de su casa en ella
tuvo siempre buena guarda:
y desde el sillón de cuero
donde envuelta en tocas blancas
se sienta a su puerta, su honra
como el sol luz pura radia.
Don Diego y doña Teresa
ven al rey veces muy raras,
en ocasiones extremas
o imprevistas circunstancias.
Rara vez van a palacio:
pero cuando van les trata
el rey como se merecen
tan buen viejo y tan gran dama.
Sus riquezas han tenido
por las guerras grandes bajas:
pero gozan en Castilla
consideración muy alta.

Este rico-hombre de Burgos,
esta rica-hembra asturiana
y este mozo, en quien se fundan
tan risueñas esperanzas,
tienen su casa en Vivar;
lugar muy pobre de casas,
mas rico de hombres valientes
y de generosas almas.

Para seguir esta historia
comenzada esta mañana,
de esta casa solariega
entremos en una cámara.

............................

La última luz del crepúsculo
ya el occidente se traga,
haciéndola por momentos
más trémula y más escasa.

En un aposento vasto,
en cuyas paredes blancas
cuelgan cabezas de fieras
entre panoplias y armas,
Rodrigo, su noble madre
y sus hermanos aguardan
la vuelta de su buen padre
con impaciencia y con ansia.
Inquietud desconocida,
zozobra insólita y vaga
les roe los corazones
y les atribula el alma.

Mil veces ha ido don Diego
a la ciudad del Arlanza
desde Vivar, pero nunca
les dió zozobra su marcha.
¡Mucho ha tardado mil veces:
tardó días y semanas
en volver de allá; mas nunca
les extrañó su tardanza.

Hoy, ansia sin precedentes,
impaciencia inmotivada
el alma les atribula
y el corazón les escarba;
a cada ruido que sienten,
a cada sombra que avanza
por el camino, se asoman
con afán a las ventanas:
mas sobre el camino expira
el ruido, la sombra pasa,
y no es él quien la proyecta,
ni su caballo el que le alza.

Saben los cuatro que ha ido
don Diego por la mañana
a ver al conde Lozano:
mas nadie sabe la causa
que le obligó por la tarde
a emprender nueva jornada
a ver al rey, sin que el rey
a la corte le llamara.

Siendo cual es el asunto,
siendo él quien es, y el monarca
siendo un rey que con él usa
de benevolencia tanta,
¿qué hay de extraño si su vuelta
Diego Laínez retrasa,
siendo el negocio una boda
y dos leguas la distancia?

Probabilidades, cálculos
y razones hay sobradas
para tal viaje, tal prisa
y semejante tardanza;
mas sobre todos los cálculos
que en las razones se basan,
sobre todas las medidas
y las cuentas más exactas,
está el corazón que siente,
y la intuición del alma
que prevé lo incalculable
y presiente la hora aciaga.

Y he aquí por qué su familia
espera al viejo con ansia:
porque el corazón alberga
lo que la razón rechaza.
Así esperan: y aunque a veces
alguno de ellos arranca
del pecho un suspiro ahogado…
suspiran, pero no hablan:
la madre por no afligirles,
los hijos por no faltarla
al respeto que la deben,
sin que les pregunte, hablándola:
porque en aquel siglo bárbaro
todavía era, a Dios gracias,
el padre para los hijos
la imagen de Dios en casa.

Así esperan y se cierra
la noche, y en torno ataja
la vista de las tinieblas
la densa, insondable masa,
en cuyo lóbrego fondo
nada pueden las miradas
ver ya, aunque en él mil quimeras
la imaginación levanta.

La lobreguez en silencio
tiempo hacia que miraban
la rica-fembra y sus hijos
inmóviles en la estancia,
cuando Rodrigo a sí mismo
formulándose en palabras
su idea fija, dijo alto:

«¡Válgame Dios! ¡cuánto tarda!»
Cual si un fantasma evocase,
a su voz inesperada,
todos sintieron tornárseles
la faz invisible pálida;
mas como si Dios hubiera
escuchado su plegaria,
al ¡válgame Dios! se oyeron
sobre el camino pisadas.
El relincho de un caballo
rasgó la atmósfera, y rápida
sintieron del de su padre
la bien conocida marcha.

«Él es! ¡Luz!»— gritó Rodrigo:
y a su voz que avisa y manda
los siervos atropellándose
sacaron candiles y hachas:
mas cuando llegaron todos
al zaguán, ya se apeaba
de su caballo don Diego
con presteza desusada.

Dióles la faz, y por cima
del embozo de la capa
pudieron ver que traía
descolorida la cara,
enmarañado el cabello
de la cabeza y la barba,
el entrecejo fruncido
y las pupilas con lágrimas.
Efecto acaso del cierzo,
que con sus ásperas rachas
en la rapidez del paso
el semblante le azotaba.

La capa a tomarle un mozo
fué: pero él le dijo: — «Aparta»;
y umbral adentro metióse
de los hombros arrastrándola.

«¿Qué tienes, padre?» — le dijo
Rodrigo: y respondió: «Nada»:
y emprendió escalera arriba
desciñéndose la espada.

Salió al descanso a abrazarle
su mujer; pero él negándola
su abrazo, la dijo: «Quita,
que quien me toca se mancha. »

Siguió adelante: siguióle
su familia acongojada,
triste y silencioso séquito
formándole hasta su cámara;
mas él, volviéndose a ellos
en el umbral de su estancia,
les dijo con gesto trémulo
y voz descompuesta y áspera:

«Nadie conmigo. — No quiero
ni necesito ya nada.
Cada uno a su cuarto. — Dios
nos alumbrará mañana.»

Cerró la puerta de golpe:
dio a la llave en la cerraja
vuelta por dentro, y afuera
dejó a su gente asombrada.

«A obedecer todo el mundo,»
dijo Rodrigo en voz alta.
«Dios manda en el universo
y nuestro padre en su casa.»

Criada en principios tales
la familia castellana,
cada cual se fué a su lecho
oídas tales palabras;
mas desde él oyeron todos
toda la noche en su estancia
ir y venir a don Diego
como a un león en la jaula.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;