La leyenda del Cid: 59

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

VIEditar

VIIIEditar

Percibió el Cid, acercándose
por la inmediata crujía,
pasos de alguien que por ella
desatentado camina.
Según la desigualdad
con que avanza y con que pisa,
o viene a oscuras y a tientas,
o ebrio o enfermo vacila.
Chocóle oír tales pasos;
mas absorto en sus desdichas
esperó, de él sin curarse,
que pasara el que venía.
Mas éste, en vez de pasar,
llegó, y a su puerta misma
dio tal empellón que abriéndola
por poco no la desquicia.
Sin miedo, mas con asombro
alzóse el Cid en su silla,
y al volverse vio a don Sancho
con la faz descolorida,
trémulo el cuerpo de cólera,
los ojos echando chispas,
y estrujando un pergamino
que había casi hecho trizas.
Aguardaba el Cid que el Rey
hablara, mas no podía;
y el pergamino alargándole,
díjole tan sólo: «Mira.»

Costó al Cid harto trabajo
volver el alma y la vista
a los negocios del mundo
desde el mundo de sus cuitas;
mas con el ánimo de hombre
que sus pasiones domina,
comenzó a leer de lo escrito
las tan maltratadas cifras.
La letra era contrahecha,
mas clara, redonda y limpia,
y sus frases sin retóricas
de modo tal concebidas:

«Alfonso ha huido a Toledo,
y van en su compañía
Per Anzules y otros nobles
de León y de Castilla.
Doña Urraca es quien dineros
y escolta le facilita,
quien le preparó la fuga
y le asegura la vía.
Los frailes os darán tarde
disculpas con tal noticia:
mas sus disculpas son tramas
y sus protestas perfidias.
Los frailes en su clausura
y en Roma contra vos fían;
y esperando más de Alfonso,
los frailes son alfonsistas.
Andad pues cauto, don Sancho,
porque la tierra vos minan:
León a Alfonso recuerda,
Zamora por él conspira,
hojas, pueblos y veletas
con cualquier ráfaga giran;
y si habéis de crecer solo,
cortaos púas y espinas.
Humillad humos y torres;
porque mujeres y villas,
quien las guarnece las tiene:
no os fiéis en pleitesías.
Quien bien os sirve os lo advierte,
quien bien os quiere os lo avisa:
obrad como más os cuadre,
y a Dios que os guarde la vida.»

Leyó esto el Cid impasible,
y mientras el Cid leía,
tenía en su austero rostro
el Rey su mirada fija.
¡Oh vil suspicacia regia!
¡Oh ambición vil y egoísta!
El Rey la fe, los servicios
y el duelo del Cid olvida,
y… ¡que Dios se lo perdone!
mientras lee tal vez espía
si por traidor le delata
la exterioridad más mínima:
y ante la tranquilidad
leal del Cid, daba grima
la expresión del Rey ceñuda,
desconfiada y ambigua.
Devolvió el Cid el escrito
al Rey; y éste, a quien animan
la ira y la suspicacia,
trabó diálogo en tal guisa.
EL REY. Ya ves el fruto que han dado
tus consejos e hidalguía.
EL CID. Yo aconsejé lo mejor;
palabra empeñada, obliga.
EL REY. Pues me diste un mal consejo,
prueba que fué sin malicia.
Mientras yo voy a Sahagún
a reducir a cenizas,
ve tú a cazarme la urraca
que allá en Zamora se anida.
EL CID. Ambas cosas son más fáciles
que para hechas, para dichas.
EL REY. ¿Defenderás a los frailes
también?
EL CID. No a fe: aborrecidas
fueron siempre por los frailes
la nobleza y la milicia:
mas entre el mundo y sus claustros
han puesto cruces benditas,
y hay que pasar para entrarles
de las cruces por encima.
Fuerza y poder para tanto
no tiene un Rey todavía:
dejad a los frailes quietos
y haced que tragáis la píldora,
EL REY. ¡Y Zamora!
El CID. Está Zamora
bien murada y bien provista
circundada por el Duero
y por peñas defendida.
Si la pedís, de seguro
que os la niegan.
EL REY. Ve a pedirla:
Si te la dan, asegúrala;
y si no te la dan, sítiala.
EL CID. Iré a enterrar en Cárdena
a mis padres, y en seguida
El REY. Para el buen vasallo es antes
la patria que la familia.
Yo haré a tus padres en Burgos
hacer exequias magníficas;
yo cuidaré de tu casa,
de Jimena y de tu hija;
pero si tú no me traes
a Zamora en garantía
de tu lealtad, creeré…
EL CID. ¿Qué?
EL REY. Que con ellos conspiras.

Frunció el Cid el entrecejo;
clavó su mirada límpida
y serena de don Sancho
en las llameantes pupilas,
y sintió el Rey que la faz
se le tornaba amarilla
al frío de la vergüenza
por sus palabras mezquinas.
Calló el Cid y calló el Rey:
mas adquiriendo ambos íntima
convicción de que el Cid era
fiel, y el Rey se arrepentía,
anudó el diálogo el Cid
con estas frases de él dignas,
con voz sosegada y suave,
y faz ni humilde ni altiva:

EL CID. Si a mí el pesar me cegara,
señor, como a vos la ira,
de vuestras tierras desde hoy
y de vos me extrañaría.
Jamás creyó vuestro padre
traición en mí ni mancilla,
desde que maté a mi suegro
hasta que me armó en Coimbra.
Júrele serviros siempre,
y de su fin desde el día
he ido yo hora por hora
ensanchándoos a Castilla.
Nada hay que por vuestros medros
se me haga a mí cuesta arriba:
desde niños mantuvimos
nuestras dos almas unidas,
y deben de andar ligadas
mientras los cuerpos existan.
Por mí, pues, no han de romperse
fe y amistad tan antiguas;
no haré de vuestras palabras
caso, ni de mi familia,
e iré por vos a Zamora
a armar con mujeres lidia.
Yo iré a Zamora, don Sancho,
mas enviad vuestras milicias
tras mí, porque habrá que entrarla
o por brechas o por minas.

EL REY. Ofrece a mi hermana en cambio
la villa o ciudad que elija,
de Castilla o de León,
de Asturias o de Galicia:
Osma, Tiedra, Villalpando,
Valladolid o Medina;
yo necesito a Zamora
por cesión o por conquista.
EL CID. Y yo os la daré, o daremos
los míos y yo las vidas
a Dios ante sus murallas.
EL REY. Las huestes tendré yo listas:
vé: Zamora para mí
no es más que un nido de víboras.
EL CID: Yo iré a ahogarlas; mas será
milagro si no nos pican.
Iré a Zamora: y ahora
dejadme llorar mis cuitas,
y orar a Dios por mis padres
hasta que despunte el día.

Dijo el buen Cid: y el Rey, visto
que ante un Cristo se arrodilla,
echóse atrás ante Cristo
ante quien todo se humilla.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;