La leyenda del Cid: 61

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

VIIEditar

IIEditar

La casa del Cid en Burgos
abandonada, no vieja,
hicieron los alarifes
en dos meses vividera.
Cumplió su palabra el Rey;
y ordenando a sus expensas
en la abandonada casa
quitar al patio la yerba,
jalbegar los corredores,
embarandar la escalera,
ensamblar techos y pisos,
herrar ventanas y puertas,
y cerrar de vidriería
sus balcones y lucernas,
la decoró con los propios
tapices, muebles y telas
de su real palacio, en uno
de aquella edad convirtiéndola:
es decir, en lo que hoy es
una casa solariega.
Cuando juzgó que la casa
del Cid, de ser la primera
después del palacio en Burgos
tenía ya la apariencia,
en la mañana de un lunes
de un día de primavera,
de los pocos que se gozan
en la zona burgalesa,
con el clero parroquial,
la corte y su escolta regia,
en traje de ceremonia
de Burgos salió a las puertas.
Al punto en que a ellas llegaba,
se adelantaba hacia ellas
por el camino, que entonces
era poco más que senda,
otra comitiva grave,
vestida de ropas negras,
precedida de unas andas
de negros paños cubiertas.
Una cruz trae por delante
con dos ciriales con velas,
cuyo pábilo sin llama
en su remate negrea;
cuatro clérigos en torno
fúnebres salmos la rezan,
y cierra la comitiva
una enlutada en litera.
Reunidas ambas, juntas
dirigiéronse a la iglesia,
los clérigos salmodiando,
don Sancho con reverencia,
la corte al Rey amoldándose,
la dama en crespón envuelta,
y el pueblo absorto, formando
la comparsa de la escena.
Cumplió su palabra el Rey:
como si a infantes se hicieran,
hizo a los padres del Cid
solemnísimas exequias.
Pagó cientos de responsos,
limosnas repartió espléndidas,
siendo los muertos llorados
por todas las almas buenas.
Concluídos los oficios,
sacó del templo a Jimena
el Rey don Sancho del brazo,
y la instaló en su vivienda;
y cuando el Rey de su casa
salió dejándola en ella,
a saludarle al partir
se asomó al balcón Jimena.
Rompió en aplausos la gente;
y al dar a la esquina vuelta,
el Rey se quitó la gorra
y ella inclinó la cabeza.

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Cumplió su palabra el Cid
y como adalid que piensa
asegurarla bien antes
de meterse en una empresa,
la gente de su mesnada
dividió en partidas sueltas,
despachando a cada una
por una vía diversa.
A Burgos diz que se vuelven
ya que en León la paz reina,
encargadas por los pueblos
fronteros de establecerla.

Mas todos los jefes orden
de caer en un día llevan
en un lugar diferente,
pero de Zamora cerca.
El Cid cumplió su palabra:
con una escolta pequeña
de hijodalgos vivareños
salió de León, sin muestras
de algarada o correría,
sin aparato de guerra,
sin verederos delante,
sin carros detrás ni acémilas.
Armados van: mas del noble
la armadura entonces era
indispensable atavío
y natural vestimenta;
con qué miró su partida
la población leonesa
de la paz como precisa
y natural consecuencia.
Cumplió su palabra el Cid:
a la jornada tercera,
con tranquilo continente
de Zamora entró por tierras;
y con el sol de la cuarta
comenzó a subir la cuesta,
cuyo sendero tortuoso
al postigo viejo lleva.
Según avanza comprende
por lo que avanzando observa,
que está la infanta en Zamora
preparada a su defensa:
las murallas con reparos,
los cubos con aspilleras,
el castillo con vigías,
las torres con centinelas;
el postigo mantelado
con puente, rastrillo y verja.
y a verle subir creciendo
el gentío en las almenas.

Subía el Cid a Zamora
cual si no se apercibiera
de su catadura hostil,
ni de su gran fortaleza;
como a un jabalí erizado
va un cazador con cautela,
fingiendo no apercibirle
para tirarle de cerca.
Llegó ante el postigo viejo;
y plantado en la plazuela
que ante el puente y sus dos torres
se abre, a sus tiros expuesta,
cual si no viese a la gente
que a los muros se aglomera,
mandó de pedir entrada
con un clarín hacer seña.
—¿Quién va? — preguntó, asomando
hasta el pecho la cabeza
por el muro Arias Gonzalo,
que el infantazgo gobierna.
— Abrid al rey — dijo el Cid:
de él traigo a la infanta nuevas,
y a una demanda del Rey
ha de darme una respuesta.
— Ya no hay en Zamora Rey
ni hay en Zamora ya orejas,
demandas de castellanos
que estén a escuchar dispuestas.
— Las palabras de la mía
están escritas en letra
del Rey don Sancho a su hermana
y es preciso que las lea.
—Si traéis letras mandádnoslas
pasadas en una flecha
por cima de la muralla;
pues las llaves de las puertas
de Zamora se han perdido
y no hay de abrirlas manera.
— Muy mala de recibir
cartas de reyes es ésa:
si ésta ha de saltar el muro,
prefiero al Rey devolvérsela,
y que entre él por donde yo
su carta enviar tengo a mengua.
— Si lo que en ella demanda
es, según siento sospechas,
entrar el Rey en Zamora,
no hay que cansarse en leerla.
— Eso pide. Arias Gonzalo:
mas no es cortés que yo vuelva
a Burgos de vuestra infanta
sin ver el rostro siquiera.
Y por si al perder Zamora
las llaves y las orejas,
perdiendo memoria y ojos
no hay quien me conozca en ella,
yo os suplico, Arias Gonzalo,
que si anda por ahí cerca
mi señora doña Urraca,
que sí andará a la hora de ésta,
la digáis que soy Ruy Díaz,
y que ésta es la vez primera
que a su morada llamando
me hizo esperar a su puerta.

A estas palabras del Cid,
sacando entre dos almenas
el medio cuerpo y los brazos,
asomó la infanta mesma:
y con voz desentonada,
y con acción descompuesta,
al absorto castellano
imprecó de esta manera:
«¡Afuera, afuera Rodrigo!
Jamás pensé que tú fueras
quien viniese a despojarme
en mi casa de mi hacienda.
Antes de arriesgarte a ello,
acordártese debiera
de aquel buen tiempo pasado
de nuestra niñez más tierna;
cuando criado en mi alcázar,
en infantiles franquezas
con mis hermanos crecías,
siendo yo tu compañera.
Leíamos en un libro,
comíamos a una mesa,
y unos mismos, cual de hermanos,
nuestros pensamientos eran.
Creciste y te hicistes hombre,
de héroe hiciste proezas;
y al hacerte hombre olvidaste
por lo que eres lo que eras.
Mi padre te armó en Coimbra;
yo te calcé las espuelas
porque fueras más honrado,
pero lloraba al ponértelas.
Pensé de casar contigo;
casaste tú con Jimena;
dejastes hija de Rey
por casar con rica-fembra:
con ella hubiste dineros,
conmigo estados hubieras
¡y hoy vienes a demandarme
los estados de mi herencia!
No tomaras tal demanda
si tuvieses fe y vergüenza;
y si no fueras quien eres
de aquí vivo no volvieras.
¡Afuera, afuera Rodrigo!
Zamora es mía, y tendréla
por mía mientras me queden
de ella un hombre y una piedra.
Yo no entregaré a Zamora:
y si don Sancho la entra,
me hallará entre sus escombros
antes que rendida muerta.
Dejómela a mí mi padre,
y maldijo a quien viniera
a pedírmela o quitármela
por voluntad o por fuerza.
Tú vienes hoy a pedírmela.
¡Afuera, Rodrigo, afuera!
mi padre maldice a Sancho:
maldito con Sancho seas!»

Dijo, y quitóse la infanta
de la muralla colérica,
y todo el pueblo quitóse
de las murallas tras ella.

Quedóse el Cid pensativo
en la explanada desierta,
absorto de lo escuchado
y de lo visto con pena;
y en vista de que Zamora
no ha de abrirle ya sus puertas,
tornándose con los suyos,
tornó a bajar por la cuesta.
Los vivareños del Cid,
aunque mucho le respetan,
por lo que la infanta dijo
conforme a lo dicho piensan.
El Cid sabe bien que el necio
que en sincerarse se empeña,
agrava más ante el vulgo
lo de que mal se sincera;
y aunque lee en sus pensamientos,
con ellos sin tener cuenta,
sigue en silencio bajando
como si no los leyera.
Lo mal dicho por la infanta,
mal sin embargo le sienta,
por ser palabras tan locas
en una mujer tan cuerda;
y como sabe que siempre
palabras por mujer sueltas,
en lugar de ser el aire,
el diablo es quien se las lleva,
se asombra de que la infanta
haya así soltado aquellas,
que cogidas por el diablo
pueden pedradas volvérsela.
Y el Cid para sí decía:
«Comprendo que se defienda:
mas no que ofenda su honra
publicando sus flaquezas.
Si me quiso y no la quise,
secreto entre los dos era:
por cima de las murallas,
¿a qué sus secretos echa?
y con el Rey me maldijo…
¡maldita sea su lengua!
Sobre Zamora vendremos
el Rey y yo por bien sea.»

Así pensando llegaba
el Cid al fin de la cuesta,
y enarcando el ceño, hizo
salir al trote a «Babieca».

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Cogidas dejó en contorno
de Zamora las veredas,
mas fuera de sus terrenos
del infantazgo a fronteras:
y escalonando jinetes
según de León se aleja,
dió en Burgos a dar al Rey
de su misión mala cuenta.
Le oyó el Rey, y dijo en calma:
«Las huestes tengo dispuestas;
tomaremos a Zamora
una vez que nos la niegan.»

No como quien amenaza
sino como quien recuerda,
dijo el Cid: «Tened presente
que, al descender a la huesa,
vuestro padre a doña Urraca
se la dejó por herencia.
y que al espirar maldijo
al que a tomársela fuera.»

No como quien contradice
sino como quien comenta
una cuestión que ha estudiado,
dijo el Rey con mucha flema:
«La voluntad de los Reyes
la muerte al matarles quiebra:
no hay, Díaz, voluntad póstuma
de Rey que se cumpla entera:
el que se va mira atrás
y adelante el que se queda:
y en cuanto a sus maldiciones
nunca a los malditos llegan;
Dios es sólo el que bendice
y maldice, y manda y veda.
Conque ¡a Zamora!: mi padre
ya a Castilla no gobierna.»

Metióse el Rey en sus cámaras;
y tomando la escalera
del palacio el Cid, metióse
en su vieja casa nueva.

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No era el Cid supersticioso,
mas era hombre de la época
y creyente; lo que dicen
que el Rey don Sancho no era.
Llevaba el Cid en su ánimo
una inexplicable mezcla
de esperanza y desaliento,
de alegría y de tristeza:
y al encontrarse en los brazos
de Bibiana y de Jimena
y de su hijo don Diego,
que en los catorce años entra,
al recuerdo de sus muertos
de los vivos en presencia,
siente que llora, mas duda
si de placer o de pena.
Y a su mujer y a su hijo
y a la chica abraza y besa,
y entre sus brazos sintiéndoles
en sus brazos les estrecha,
No hay paz, ni dicha, ni gloria
ni prez como las domésticas;
no hay paz como la de casa
cuando hay paz en la conciencia.
Sólo al calor del hogar
amor y bien se conservan;
y el amor de la familia
todo el del mundo concentra.
Amor que todo lo parte
por igual, todo lo llena,
todos los placeres dobla,
todos los pesares merma;
y depurando los gustos
y los disgustos, les deja
sin hiel ni acritud que el alma
con sabor áspero hieran.
Las más amargas memorias,
aún las de personas muertas,
son luego un aniversario,
marcan en casa un época;
y las familias que se aman,
cuanto más aisladas quedan
en el mundo, más dichosas
en la soledad se encuentran.
Y el Cid se encontró en su casa
después de una larga ausencia
en esta tristeza alegre
que se siente y no se expresa.

Seis días vivió en su casa;
y al cerrar la noche sexta,
marido y mujer a solas
hablaban de esta manera:

JIMENA. ¿Vais sobre Zamora?
EL CID. En vano
le recordé lo que olvida.
JIMENA. Es de su hermana.
EL CID. Es guarida
de rebeldes por su hermano.
JIMENA. ¿Y vas con él?
EL CID. Sí que voy.
JIMENA. ¡Mal de tal guerra presiento!
EL CID. No voy yo a ella contento,
mas a ir obligado estoy.
Si el fuego que en Zamora arde
pronto don Sancho no apaga,
lid más fratricida amaga
prender más pronto o más tarde.
Mujer inquieta es la infanta
y todo contra él lo agita:
si a Zamora no la quita,
medio reino le levanta.
JIMENA. La infanta es del Rey hermana.
EL CID. Mas, levantisca y traidora,
amaga desde Zamora
turbar la paz castellana.
JIMENA. Jamás discutir, Rodrigo,
cuestiones de Estado intento,
lo sabes; mas mucho siento
que el Rey te lleve consigo.
EL CID. Sí no voy yo de él en pos
¿quién le enfrena o le aconseja?
JIMENA. Mira si en Burgos te deja.
EL CID. Déjalo en manos de Dios.
¿Qué temes por mí en Zamora?
JIMENA. Nada: mas pésame ver
que vas contra una mujer
con tantos hombres ahora.
EL CID. Pésame también a mí.
JIMENA. Quédate en Burgos.
EL CID. No puedo.
JIMENA. No sé porqué tengo miedo
por primera vez por tí.
EL CID. Déjalo en manos de Dios.
El Rey va a tierra traidora,
e imposible es que a Zamora
no vaya yo de él en pos.
JIMENA. ¡Luego tú también me ocultas
un fatal presentimiento!
EL CID. Sí, mas lo que yo presiento,
tú, que lo ignoras, lo abultas.
Presiento dificultades
e imprudencias de don Sancho,
que cree sin duda muy ancho
que así se asaltan ciudades
como Zamora en un día;
y yo le he dicho en su cara
que nadie en Zamora entrara
si Zamora fuera mía.
JIMENA. Pues, ¿a qué vas?
EL CID. A probar
que plaza que a mí ninguno
me tomaría, no hay uno
que me impida a mí tomar.

A esta respuesta del Cid
que su carácter revela,
que en él es genio y en otro
revelaría demencia,
los ojos al cielo alzando
calló y suspiró Jimena,
convencida de que nadie
cambia de naturaleza;

Y dijo entre sí: «Es inútil
querer torcerle: en la tierra
todo tiene una atracción
que a un fin natural lo lleva:
el sol va siempre a occidente,
contra el aire las cigüeñas,
los ríos hacia la mar,
y mi marido a la guerra.»



La leyenda del Cid de José Zorrilla

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