La leyenda del Cid: 60

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

VIIEditar

IEditar


Del dicho al hecho va trecho:
Dios lo que el hombre propone
dispone, y el tiempo pone
torcido lo más derecho.

Cierto es que el tiempo lo allana
todo y todo lo endereza:
mas nunca una fortaleza
se tomó en una mañana.

En su impaciencia y su ira
don Sancho a Zamora pide;
mas ni bien el tiempo mide,
ni a su fortaleza mira.

El Cid le dejó marchar;
y ahogando el duelo en el alma,
quedóse en León con calma
tal empresa a meditar.

No sé si aquel cerco fué
del refrán de que Zamora
no se ganó en una hora
el origen : pero sé
que el Cid saberlo debía;
pues, aunque el Rey se lo manda,
él ir a hacer su demanda
retrasa de día en día.

Mas no la debe olvidar;
y según mi parecer,
quiere no el tiempo perder
sino a Zamora ganar;

y como buen adalid
los estorbos allanando,
no entrar en lid sino cuando
pueda vencer en la lid.

Quedóse, pues, en León,
y por sus llanos y sierras
fué afirmando de sus tierras
a su Rey la posesión,

y mientras nadie sospecha
que el Rey a Zamora mira,
el Cid por España gira,
puntos pone y líneas echa.

Zamora amenazadora
no es para él grande amenaza,
sino porque es una plaza,
por don Alfonso, traidora.

Y de Zamora sin miedo,
si en Toledo no estuviese
don Alfonso, a meter fuese
ojos suyos en Toledo.

Tan experto como en luchas
en lazos y estratagemas,
ambas fronteras extremas
sembró de espías y escuchas;

y a fuerza de astucia y oro,
de artificios y disfraces,
ojos y oídos sagaces
metió en la corte del moro;

y tanto hizo, que hubo un día
en que en León mudo y quedo,
desde Zamora a Toledo
hasta las moscas veía;

y no pasa ya traidora
sin que de ella se aperciba,
carta, palabra o misiva
desde Toledo a Zamora.

De ocultas tramas los hilos
don Alfonso en tierra mora
y doña Urraca en Zamora
tejer creían tranquilos.

A lo mejor se saltaba
de su red un cabo o nudo:
y era el Cid, que atento y mudo,
le cogía o le cortaba.

El Cid, aunque hombre de guerra
de buen ojo y seso grave,
comprende y tiene la clave
de lo que pasa en su tierra;

y al rey don Sancho al servir
y por su causa al lidiar,
tiene puesta sin cesar
su vista en su porvenir.

Quitar su hacienda a la infanta
es un vil hecho en su hermano,
que a su honor de castellano
repugna, mas no le espanta;

porque Zamora es el dique
de la ampliación de Castilla,
y él cree la mayor mancilla
impedir que se amplifique.

Como español y cristiano,
a África al moro volver
cree que es el primer deber
de todo Rey castellano:

que abre lid de mala ley
quien contra el rey se levanta
cree: y entre el Rey y la infanta,
el Cid está por el Rey.

Cuando ciudad no haya alzada
contra él de Granada a Oviedo,
el Rey, después de Toledo,
debe asaltar a Granada:

y hombre o ciudad que le impida
marchar a tan alta empresa,
puede el Rey hacer pavesa
sin respetar honra o vida;

pues cuando la cruz se plante
del mar por toda la orilla,
deberá Europa a Castilla
cuanto sea en adelante.

El rey moro Aly Maimún
que esto mismo echa de ver,
tiene a Alfonso al proteger
con él interés común.

Aly hará que no se mueva
mientras que don Sancho viva,
pues en don Alfonso estriba
el porvenir, cual ser deba.

Mientras mucha tierra no haya
que por él no se levante,
no hay miedo de que el infante
de Toledo se le vaya;

pues teme que Sancho emprenda
de Toledo la conquista;
y tiene larga la vista
y en Alfonso buena prenda.

Si el Rey sus fronteras pasa,
suelta a Alfonso, y le da mano
para que al Rey castellano
meta la guerra en su casa.

Si muere el Rey y le hereda,
debiéndole Alfonso abrigo,
claro es que quedará amigo
del que agradecido queda.

De la hidalguía cristiana
ni da en la exageración,
ni da en la superstición
fanática musulmana.

Don Alfonso mozo, bello,
franco, alegre y confiado,
le había el alma ganado
y ambos ganaron en ello.

En Toledo Aly Maimún
con don Alfonso tenía
amistad y cortesía
en moros aún no común;

y permitía al cristiano
desde tierra toledana
comunicar con su hermana
y su bando castellano:

pensando el árabe Emir
con tan leal proceder,
si llegaba Rey a ser,
un buen aliado adquirir.

Mas de su raza arrastrado
por la genial suspicacia,
su astucia y su diplomacia,
no echaba del todo a un lado;

y aparentando no hacer
de él ni sus cristianos caso,
ni él ni ellos daban un paso
que él no pudiera saber.

Tal era la situación
de gente cristiana y mora;
tal era la de Zamora,
Burgos, Toledo y León;

y así el tiempo se pasaba,
y en pro de su bandería,
cada cual se prevenía
a vil traición o a lid brava.

Don Sancho desesperábase
con la tardanza del Cid,
mas para el trato o la lid
fiado en él aguantábase;

y en expectativa tal
días y meses corrieron;
mas el Rey y el Cid cumplieron
su palabra cada cual.

Teje en Toledo el infante,
y en Zamora doña Urraca;
nudos les corta y les saca
hilos el Cid vigilante;

y en su red cuando a los dos
creyó, en camino se puso
de Zamora. Mas propuso
el Cid, y dispuso Dios.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;