La leyenda del Cid: 110

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

XIIIEditar

IIIEditar

Ardía en fiestas Valencia;
el placer era común
entre el cristiano y el moro;
y entre el Korán y la Cruz
había un lazo de unión:
la justicia y la virtud
del Cid que hacía dichosos
ambos pueblos; que según
su rito y genio, aplaudían
su brío y solicitud
en pro de la que fué corte
del hijo de Aly Maimún;
dando al moro los cristianos
seguridad y quietud
para hacer sus saltos árabes
y merendar su kuzkuz.
Al son de sus motes bárbaros
marroquís y tumbuctús
y sus agrios guitarrillos
que conservamos aún,
bailaban sus danzas godas,
y entre oro, flores y luz
e incienso, con salmos e himnos
daban gracias a Jesús.
Jimena y el Cid pasaron
dos días de honda inquietud,
cual si resonara en su alma
la voz de algún mal augur.
Traspuso el sol del segundo
y comenzó el cielo azul
de la noche a entenebrarse
bajo el lóbrego capuz.
De repente, descuajando
la puerta, como un alud
cayó en la cámara Ordoño,
y exclamó el Cid: «¡ Aquí tú!»

— Yo, dijo Ordoño que entrando
al cansancio se rindió,
dando en el suelo sin habla
falto de respiración.
Ayudóle el Cid a alzarse;
Jimena se le acercó
de miedo y de angustia trémula;
y dijo Ordoño: «Señor,
dejadme tomar aliento;
y perdonadme los dos
si os hago el alma pedazos
con lo que a deciros voy.
— ¡Habla! — exclamó el Cid ceñudo.
— ¡Habla, Ordoño, habla por Dios!
dijo Jimena sintiéndose
desfallecer. Alentó
Ordoño y con contristado
semblante y cóncava voz,
comenzó de su deshonra
la tremenda relación.
Mas Ordoño, hombre de espada
pero no hábil narrador,
así por dar pormenores
el alma les torturó:
«Les fui, según me mandasteis
siguiendo con precaución,
hasta que en Tormos pararon
ya en mitad del cielo el sol.
Fui a apostarme al otro lado
del lugar, y de Aragón
a la vista del camino;
del pueblo a poco salió
toda su gente llevándose
las acémilas en pos,
y de Aragón por la vía
a buen paso continuó.
Yo esperé oculto a los Condes
en la choza de un pastor
hasta que salieron: iban
doña Elvira y doña Sol
entre sus maridos, yendo
como escucha y conductor
aquel hombre encogullado,
su guía y su perdición.
En vez de seguir camino
derecho, aquel gran traidor
les metió en el robledal,
y eché a pié tras ellos yo.
De los troncos guareciéndome
y a rastra como un hurón,
fui sin perderles la huella
del monte hasta lo interior.
Cuando aquel vil en lo espeso
en seguro se juzgó,
lejos de toda vereda
y de toda población,
echó pie a tierra; los Condes
también; cada cual ató
su bestia a un árbol, y entonces
oí de Elvira la voz;
mas ni entendí sus palabras
ni vi por qué voces dió,
pues me hube de echar de bruces
con gran precipitación;
porque, a la voz de mi prima,
los tres con ojo avizor
escudriñaron en círculo
cuanto su vista abarcó.
A poco hasta mí llegaron
grandes gritos de dolor
con que espritadas pedían
vuestras dos hijas perdón.
— ¡Acaba por Cristo! ¿qué era
de ellas? — el Cid exclamó.
— Y siguió Ordoño: — Azotábanlas
desnudas a ambas a dos.

Se hincó Jimena aterrada:
y un salto atrás el Cid dió,
encrespándosele de ira
las greñas como a un león.
— ¿Y no les mataste? — dijo:
y dijo Ordoño: — Señor,
si a mí me mataran ellos,
¿quién fuera de ellas en pro?
¡solas, desnudas, atadas,
con los lobos, que en montón
en husmeándolas hubieran
acudido en derredor!
Convencido y aterrado
el Cid, por tal reflexión,
calló un momento, mas rápido
así el diálogo anudó:

CID. Mas ¿qué es de ellas?
ORDUÑO. Salvas.
CID. ¿Dónde?
ORDUÑO. En la choza del pastor.
Por muertas se las dejaron,
y como Dios me inspiró
yo cubrí su desnudez
y atendí a su salvación.
Entonces el Cid, los ojos
llameándole de furor,
de un balcón que da a la plaza
sobre el barandal se echó;
y asiendo el clarín que lleva
colgado en el cinturón,
su agudo toque de guerra
furioso al aire lanzó.
Surgieron como evocados
sus hombres bajo el balcón,
y el Cid gritó con voz tal
que la plaza estremeció:
«¡A caballo por mis hijas!
y de ellas y de mi honor
a pedir cuentas al Rey
y a los condes de Carrión!,»

A este toque y a este grito
Jimena se levantó.
y abrazándose a su esposo
del miedo con el temblor
le dijo: — «¡Dios nos castiga!
humillémonos a Dios.»

Y el Cid, en la frente pálida
besándola con amor,
dijo irguiéndose radiante
de fe sin superstición:
«¡De Dios acepto el castigo;
pero de los hombres, no!»


La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;