El doctor Centeno: 40

El doctor Centeno
Tomo II
 de Benito Pérez Galdós


Principio del fin : IIIEditar

El mal comenzado o más bien recrudecido aquella noche, tenía trazas de no concluir fácilmente. Con modorra y pesadez durante el día, con desasosiego por las noches, pasó Alejandro más de una semana, sin adelantar en su restablecimiento, antes bien decayendo y debilitándose por grados. Una mañana le encontró Felipe despierto a la hora en que por lo general dormía. Palidez mortal cubría su rostro, y sus ojos, engrandecidos hasta lo fenomenal, expresaban estupefacción y terror. ¡Qué noche había pasado!... Después de largas horas de inquietud y ardor tan grandes que creyó revolcarse en un lecho de púas y brasas, había sentido dolorosísima obstrucción en el pecho... No se le quitó hasta que hubo arrojado enorme cantidad de sangre por la boca. Felipe no sabía qué hacer. Su amo, cerrando los ojos, cual si no tuviera fuerzas ni para soportar el peso de los párpados, le dijo: «Corre, Felipe, y llámate a Cienfuegos...».

Cienfuegos, asustadísimo, disimulaba su disgusto. Tenía ya diplomacia médica antes de tener el título y la ciencia.

«Esto no es nada... -manifestó con énfasis doctoral-. Te voy a dar el percloruro de hierro líquido. Tendrás un poco de paciencia... y sobre todo mucha tranquilidad. No te ocupes de nada... Cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde estamos... Volveré esta tarde y mañana y todos los días».

Los ofrecimientos de Cienfuegos no tenían término. Cuando Alejandro movió sus labios para murmurar: «Hablaremos...», el novel médico creyó que le iba a recordar ciertas cuentas atrasadas, y presuroso, con ademán de cariño, le dijo: «¡Eh... eh! Calladito. En esta enfermedad el uso de la voz puede serte funesto. Con que punto en boca. A la noche veremos. Que vaya Felipe al momento por la medicina. Me voy a clase».

Durante el curso de la dolencia, Cienfuegos iba con irregularidad, conforme al espíritu de desarreglo que informaba su naturaleza. Algunos días iba cuatro o cinco veces y se estaba allí largas horas; otros no se le veía por allí. Cuando era más necesaria su presencia; cuando había dicho: «descuida que vendré sin falta», no parecía. En cambio, se presentaba inesperadamente a horas desusadas. Y no perdía ocasión de proponer a su paciente el préstamo de un duro o dos, animándole a ello con lisonjeros augurios de un pronto restablecimiento.

Pero el mal era hondo y la herida grande. Alejandro estuvo cerca de un mes postrado en la cama y devorado al mismo tiempo de tristezas roedoras. En mitad de su enfermedad adquirió el convencimiento de que su Grande Osuna no se representaría ya en aquella temporada. A pesar de que esta avanzaba bastante, él no perdía la esperanza; pero se la quitó una carta del director del teatro, diciéndole en resumen: «la obra es tan buena que necesita mucho estudio, y como nos falta tiempo, la dejamos para la temporada próxima».

El abatimiento que esto causó al poeta prolongó el tormentoso trabajo de su naturaleza que luchaba por reparar la pérdida sufrida. Sobrevino otra hemorragia, aunque mucho más débil que la primera; pasó el infeliz toda la Semana Santa, la Pascua, y muchos días más sin ver cercano el término de su esclavitud y postración. Agravaban su tristeza los airados sermones que por escrito le echaba su padre, sabedor de que no estudiaba y de su vida vagabunda. ¡Y aún ignoraba el buen señor la barrabasada del dinero de la Godoy!... Pues el día que lo supiese, bueno se iba a poner. Cuando Alejandro pensaba en esto, sentía que se le recargaba la fiebre y aun que se le abrían huecos dolorosísimos en la región toráxica. Él estaba persuadido de que su padre sospechaba ya el delito, porque ciertas frases displicentes y amenazadoras de sus cartas no podían tener otra explicación.

El iluminado manchego se pasaba aquellas lentas y cansadas horas de su enfermedad pensando en la ira de D. Pedro y en el grandioso cuanto infortunado drama. Este era la causa de sus males todos, pero también de aquellas resurrecciones súbitas y vigorosas de su espíritu que compensaban las molestias físicas. Porque el arte, dominando con imperio en su alma, era la fuerza que le alentaba, el resorte de la vida, y el secreto germen de ideas salvadoras. ¡La antiquísima fábula del Ave Fénix qué verdad tan profunda encierra, qué hermoso símbolo es de las formidables fuerzas restauradoras que el alma humana tiene en sí misma, y con las cuales ella propia es su remedio, y de su mal saca su bien, de su caída su elevación, de su dolor su alegría!...

Poco tiempo pasó desde el abatimiento traído por las cuitas teatrales hasta una grande y alborozada transfiguración del ánimo, esclarecido de proyectos hermosos, alumbrado por ideas y visiones optimistas. No importaba que el drama no se hubiese representado. Mejor, mucho mejor era dejarlo para la temporada próxima, porque lo iba a restablecer al esplendor y grandeza con que fue primeramente escrito. Sí, sí, se representaría íntegro, con sus cinco actos, sus treinta personajes y su ancho horizonte histórico y teatral. Honda alegría de su alma, resurgiendo del seno oscuro de su tristeza, como el día de la noche, le anunciaba los triunfos de la temporada próxima. No podía dudarlo, porque la divinidad lo secreteaba en su espíritu con profética voz. La excitación cerebral, produciendo aquella vez estímulos provechosos en todo el organismo, diole fuerzas y aun apariencias de restablecimiento. No hay tónico como la felicidad. Levantose del lecho, y aunque se caía, los bríos del espíritu dábanle alientos para poder exclamar: «Si estoy bien... Gracias a Dios que me levanto de este maldito potro. Dentro de tres días, a la calle».

Hizo traer del teatro la única copia limpia que tenía del drama, y empezó a leerlo despacio, cotejándolo con la versión primitiva para ver dónde se amplificaba y dónde no. Quería hacer un trabajo admirable y nunca visto. Por las noches, cuando se acostaba, ponía el manuscrito debajo de la almohada, durmiendo así en familiaridad espiritual con el Duque, Jacques Pierres y la Carniola.

Aumentaron los motivos de su alegría, bienhechora del cuerpo y del alma, ciertos dineros que le mandó su madre. Aunque Alejandro, en sus cartas, disimulaba la enfermedad para no causar alarma en la familia, esta supo la importancia del mal. Felizmente ya estaba bueno y sano. Así lo decía él, y así se lo creyeron. ¡Pobrecito, había gastado en médicos y medicinas tantísimo dinero...! Su madre, pródiga siempre en estos casos, le envió una bonita libranza. ¡Qué bien venía! Jamás escritura comercial fue tan grata a humanos ojos como aquella que decía en caracteres de letra inglesa: Por esta primera de cambio, etc....

«Lo primero es pagar -dijo Miquis con honradez candorosa-. Habrá para todo».

¡Cielos! Si no se detiene a tiempo en aquella virtud del pagar, pronto se queda sin un maravedí. La mitad se lo llevó un tal Torquemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba a los estudiantes. Sólo por réditos le comió a Alejandro la mejor parte de lo que este había recibido de su mamá... Después vino Cienfuegos... ¡Pobre mártir! ¿Cómo no ayudarle a salir de aquel nuevo apuro?... Socorrido el médico, se fue tan agradecido que casi lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios a los caritativos. Aquel mismo día fue Arias Ortiz a ver a Alejandro, y le pagó seiscientos reales que le debía. Gozoso este, determinó desempeñar alguna ropa, de la que estaba tan necesitado... Al fin, al fin podía salir otra vez a la calle con decencia.

Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con el despierto pensamiento, aguzado siempre como cincel de acero, sin cesar acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la obra de arte, ablandándola y conformándola como la cera entre los dedos!

«Voy a restablecer la figura de la Carniola -decía una noche, ya acostado, a Felipe que le acompañaba-; voy a restablecerla tal como la concebí y como está en el manuscrito primero; figura grande y compleja... (tú eres un pobre bruto y no entiendes de esto), figura que... Ya verás, ya verás qué furor va a hacer en el público. Dirán que es cosa muy buena, y todos los críticos me aplaudirán. Catalina es una mujer del pueblo, sí, créelo, mujer vigorosamente poética, criada sin refinamientos, hija directa de la Naturaleza. Nacida en las inmediaciones de Ragusa, pertenece a la raza de los uscoques, de origen helénico, los implacables enemigos del turco, los guerrilleros del Adriático, medio piratas, medio comerciantes, pescadores y cazadores, veloces peces, pájaros dotados de agilidad portentosa... ¿Entiendes lo que voy diciendo?».

Todo ojos y oídos, Felipe no apartaba un ápice su espíritu de esta febril elocuencia.

«Pues esta Catalina es robada de la casa paterna por un uscoque. Este muere en una reyerta con los venecianos. Pasa a ser presa y querida de un veneciano, hasta que en un combate que estos tienen con las galeras del Duque la coge Jacques Pierres... ¿De qué te ríes? ¿De los muchos maridos que va teniendo esta señora?... Llámanla entre ellos la Carniola, porque la aprisionaron en el golfo así nombrado. Jacques Pierres la viste de riquísimas galas y joyas de Oriente, cogidas a los turcos, y la lleva a Nápoles, donde la tiene oculta, porque figúrate si será celoso, siendo ella tan guapa, y... Para abreviar te diré que la Carniola no puede ver a Jacques Pierres; le detesta, chico, y diera por librarse de él... no sé yo lo que diera... Pues verás ahora: en uno de aquellos paseos nocturnos que daba el Duque por la ciudad, acompañado de Quevedo, vio a la tal mujer...».

«Y que era bobito mi señor Duque para enamorarse -dijo Centeno-. Eso es en aquel pasaje que cuenta»:


Vi en Posilipo una mujer tan bella,
no digo bien mujer; yo vi una diosa...


-Justamente. Pero aunque recuerdes la letra y situación, no comprendes el espíritu; no penetras tú el carácter de la Carniola. Esta hermosa mujer se enamora también del Duque, fascinada de su generosidad, de su hidalguía, de su gallarda presencia. Y tomando en mayor aborrecimiento a aquellos corsarios rudos, con quienes había andado en tan malos tratos, le entran ambiciones de ser señora y de merecer el amor del Duque, más que por la hermosura por la principalidad. Aquí es donde dice:


Subiendo a la cumbre voy
del monte de mi fortuna.
A su extremo soberano
sólo falta un escalón;
dame la mano, ambición;
lisonja, dame la mano.


En el Duque... para que lo comprendas mejor... no sólo ama al amante, sino al caballero, al gran señor, al futuro soberano de la Italia toda... ¡Y qué figura aquella! ¡No habrá actriz que me la interprete, no la habrá! Yo la estoy viendo como te veo a ti; es alta, esbeltísima, morena, de tez descolorida, con unos ojos negros en los cuales parece que hay una dulzura incandescendente y derretida, que te embelesa abrasándote... En fin, no hay actriz que me la represente... Yo me duermo, tengo mucho sueño. Me parece que estoy bueno ya... ¿no crees...?


El doctor Centeno de Benito Pérez Galdós
Introducción a la Pedagogía:

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Fin: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIIIFin del fin: I - II - III - IV - V - VI