Ecos de las montañas: 1

Introducción a Ecos de las montañas
de José Zorrilla


Introducción

editar

I
Ecos de las montañas que nutridos
de las aguas, los vientos y las aves
con la voz, los murmullos y los ruidos,
tristes, medrosos, gárrulos o graves,
venís a susurrar en mis oídos
del aire azul entre las ondas suaves:
¡qué avara saborea el alma mía
de vuestro vago son la poesía!

II
Ecos de las montañas..., cuando aspiro
vuestra sonora esencia con el viento
que os lleva sobre mí, como un suspiro
enviado por la tierra al firmamento,
¡con qué placer la atmósfera respiro
en que bullir y murmurar os siento,
concierto de una música sin nombre
que envía Dios en el silencio al hombre!

III
Ecos de las montañas..., cuando el día
comienza a declinar y en la llanura
oigo desparramarse la armonía
de vuestra voz que baja de la altura,
bendigo la montaña que os envía
con la brisa, que impregnan de frescura
los árboles, que dan a sus picachos
rumorosos y móviles penachos.

IV
¿De qué habláis? ¿Qué os decís? Mi oído atento,
vuestro murmullo al percibir, se lanza
tras él y le persigue por el viento,
de comprenderle al fin con la esperanza;
mas, ¡ay!, nunca por él mi pensamiento
lo que decís a comprender alcanza.
Ecos de las montañas, ¿vuestro ruido
nunca lo que os decís dirá a mi oído?

V
Vagorosos rumores, yo os adoro
porque hallé desde niño en vuestros sones
para mi triste espíritu un tesoro
de vagas e infantiles ilusiones.
Vuestro susurro plácido es un coro
que me canta del aire en las regiones
himnos cuyas palabras no comprendo,
mas a las cuales con afán atiendo.

VI
Ecos de las montañas, yo percibo
en vuestro son versátil y liviano
algo que se os adhiere, fugitivo,
de un invisible mundo no lejano.
Nunca me sé explicar lo que concibo
de vuestro son oculto en el arcano:
mas algo que habla en vuestro son comprendo,
cuya palabra, a mi pesar, no entiendo.

VII
Ecos de las montañas, al sentiros
bullir, el aire de rumor llenando,
arrastrado tal vez siento en sus giros
pasar de sombras invisible bando,
que entre risas, conjuros y suspiros,
rastro sonoro tras de sí dejando,
pasan, y vuelven sin cesar, y ondean,
y a la par que me encantan me marean.

VIII
¡Oh, montañas poéticas! ¿Es sueño
de mi débil espíritu, que enerva
el tiempo que en roer pone su empeño
cuanto es caduco, o en verdad conserva
vuestro recinto inculto y zahareño,
bajo su manto de árboles y hierba,
ese mundo de espíritus quiméricos
de los tiempos románticos y homéricos?

IX
¿No es verdad, ¡oh montañas!, que aunque os yermen
del invierno las nieves y aquilones
guardáis las larvas e incubáis el germen
de las más primitivas tradiciones;
que en vuestro seno sus fantasmas duermen,
dándolas perfumados pabellones
en vuestros silos húmedos y estrechos,
céspedes, musgos, líquenes y helechos?

X
¿No es verdad que esos ruidos misteriosos,
esos perennes y encantados ecos
que exhalan vuestros bosques rumorosos,
breñas desiertas y peñascos huecos
a los que manantiales caprichosos
cortinas dan de cristalinos flecos,
pueden la tradición y la leyenda
al poeta contar que les comprenda?

XI
¿No son desde el diluvio las montañas
cadenas y dogal del bajo suelo,
cuevas de salteadores y alimañas,
las que el hombre ocupó con más anhelo?
¿No minó con cavernas sus entrañas?
¿No trabajó con sólido desvelo
para cercar sus cumbres y asperezas
con triple cinturón de fortaleza?

XII
Y esas torres y alcázares feudales,
de que hizo la política mundana
nidos de buitres y antros de chacales,
devoradores de la gente llana
degollada en sus guerras señoriales,
¿no convirtió después la fe cristiana
en monasterios santos y tranquilos,
de caridad e ilustración asilos?

XIII
Habrá dejado, pues, la humana raza
por las montañas, al pasar por ellas,
de sus ejemplos de virtud la traza
al par que de sus crímenes las huellas.
Páginas de una crónica que enlaza
las figuras más torvas y más bellas,
quedan en las alturas solitarios
escombros de castillos y santuarios.

XIV
¡He ahí toda la historia de la tierra,
toda la tradición de los dos mundos:
Álbum de la ambición y de la guerra,
labor de sus dos genios furibundos!
¿Y de cada montaña y cada sierra
no podrán ser los ecos vagabundos
voces de las quimeras insepultas,
en la olvidada tradición ocultas?

XV
Ecos de las montañas, romped francos
en palabras: narradme los misterios
de las crestas, cavernas y barrancos
do han dejado al pasar reinos e imperios
pardos escombros y esqueletos blancos
de alcázares, castillos, monasterios:
mansión de vivos en la edad pasada,
y hoy de sombras poéticas morada.

XVI
Ya va a ponerse el sol: ya centellea
sobre la curva colosal del monte,
cuya silueta ante su luz negrea
como el monstruoso lomo de un bisonte
gigantesco e inmóvil...; ya sombrea
la cavidad azul del horizonte
con su niebla el crepúsculo...; ya inerme
se echa en su nido el águila...: ya duerme.

XVII
Forma, color y luz de luna toma,
libre ya del fulgor del sol ausente;
y lo que él abrasó por valle y loma
platea su luz fresca y transparente.
La flor da al aura su nocturno aroma,
su frescura a la atmósfera la fuente;
el cielo es una tienda de reposo,
la tierra un lecho blando y aromoso.

XVIII
Es una noche que abrirá a la aurora
los capullos que abril nutrió fecundo:
una noche esplendente, inspiradora
de ascético fervor o amor profundo.
¡Ecos de las montañas, es la hora
de vuestra libertad, vuestro es el mundo!
¡Ea!, bajad de la montaña umbría
y llenad las llanuras de armonía.

XIX
Descended: yo os evoco; yo os lo mando:
Dios esta noche a mi poder sujeta
la vaga voz de vuestro errante bando.
Para, de ecos perdidos turba inquieta,
y en sus oídos al posar parando,
lo que dices al aire, di al poeta.
¡Ah!, ya sumisos a mi voz os siento
venir... ¡Ecos..., me habláis! Estoy atento.

XX
Habladme... ya os comprendo... casi os veo
de la móvil calina en las marañas
de ráfagas, que en raudo serpenteo
hace y deshace el viento en sus extrañas
locas ondulaciones!... Mi deseo
se cumple. –¡Ecos que hervís en las entrañas
de las rocas que dan al Pirineo
su diadema de rey de las montañas,
sed los primeros cuyo son perdido
un secreto de amor fíe a mi oído!


Diez siglos hace ya que esta leyenda
pasó; la misma edad que Barcelona,
de independencia señorial en prenda,
lleva en su frente la condal corona.
Yo se la escribo como pobre ofrenda
que mi fe prueba y mi palabra abona:
granillo que acarrean mis afanes
a la mies de los fastos catalanes.

Le he sembrado, al volver de tierra extraña,
de la mía natal en la frontera,
cuando al besarla al pie de la montaña
me hinqué del Pirineo.–¡Dios no quiera
que vuelva nunca a abandonar a España...;
mas si me pierdo de mi patria fuera,
no quiera Dios que se me pierda el grano
que en tierra tan leal sembró mi mano!



Introducción
El castillo de Waifro
Capítulo Primero (I - II - III - IV - V), Capítulo II, Capítulo III (I - II - III), Capítulo IV, Capítulo V (I - II - III - IV - V - VI - VII), Capítulo VI (A - I - II - III - IV - V), Capítulo VII (I - II - III - IV - V - VI), Capítulo VIII (I - II - III - IV - V), Epílogo (I - II - III - IV - V - VI - VII)
Los encantos de Merlín: I - II