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Vázquez, como muchos otros, quedó completamente arruinado, y ahora me consta que no pudo pagar a todos sus acreedores, sino algún tiempo más tarde, y eso, gracias a mí, después de haber sufrido las consecuencias de su imprevisión o de no tener un suegro como el mío, sino, apenas, como el ingenuo don Evaristo Blanco, hidalgo provincial, incapaz de negocios.

Fue a verme, y recordándome el viejo préstamo me preguntó cómo andaba de dinero.

-Mal -le dije-. Con estas cosas, los pesos andan a caballo. Tenemos apenas lo estrictamente necesario. Hay que capear el temporal.

-Naturalmente -replicó, pensativo-. Por disminuir una desgracia no hay que hacer mayores dos desgracias. A mí eso no me empeora...

Y se fue.

En aquel momento yo no tenía veinte mil pesos disponibles, sino pidiéndoselos a Rozsahegy; y no era cosa de abusar de mi suegro, que se había portado tan admirablemente conmigo, sobre todo cuando sólo a él podía acudir para mis pequeñas necesidades de juego y otras análogas. No era Vázquez una querida por quien pudiera yo hacer un disparate, ni Vázquez tenía, tampoco, exigencias que me pusieran fuera de mí. Por el contrario, habló tranquilamente y se fue, y aquí no ha pasado nada.

Entretanto, la situación política era la misma, o mejor para mí. Todo el mundo se había reconciliado, y los mismos hombres gobernábamos, con sordina, pero gobernábamos. Mi actitud antes, durante y después de la revolución se consideraba, no un milagro de equilibrio, como lo era realmente, sino una prueba irrefutable de mis altas dotes de estadista. En antesalas de la Cámara, en la Casa Rosada, en las redacciones de los diarios, comenzó a hablarse en broma de mis probabilidades de ser ministro a la primera vacante. Tomelo a broma, me hice tan modesto, tan pequeño, que las burlas fueron poco a poco perdiendo su acritud y displicencia y llegaron a hacer ver como posible una cosa a la que, desde luego, estaba acostumbrado ya el oído de la mayoría.

Mi carrera empezaba, o, mejor dicho, estaba terminada.

Se habló una vez, en serio, de «ministrarme», y hubo quien fuera a proponérmelo. Era años más tarde de los sucesos que acabo de narrar, seguía yo, por fuerza de inercia, siendo diputado de mi provincia, pero la situación me pareció harto ambigua, con un Presidente honestísimo, pero inseguro y burgués, y no me resolví a apuntalarlo, y a hacer un pasaje de ave migratoria por el Ministerio. Resentidos aún por la crisis financiera, los negocios no habían tomado empuje, y yo, muy rico, no era rico todavía, aunque viviera como tal, y no me era permitido meterme en las honduras de ministro sin repetición, es decir, de ministro de dos meses, muerto para siempre como futuro ministro. Rechacé la oferta, diciendo que mejor servía al gobierno desde abajo que desde arriba.

Lo que me sonreía era una legación, y volví a este viejo sueño, diciéndome: «En Europa, no en América, como antes». Pero el competidor nato salió otra vez a mi encuentro. Vázquez pretendía, precisamente, la única legación de alguna importancia a que entonces se podía aspirar. Vázquez ha sido siempre mi bestia negra, pero no le envidio ninguno de sus triunfos, aunque me alegre de algunas de sus derrotas... sin quererlo mal, por eso.

-Un ministerio nacional... Pues una legación es todavía más fácil de conseguir. Todo es cosa de saber aprovechar la circunstancia para pedirla. ¡Y la aprovecharé, como hay Dios!

Acababa de pensar esto, cuando me anunciaron una visita, pasándome un pedazo de cartón, ajado y sucio:

MIGUEL DE LA ESPADA

PERIODISTA

Lo hice entrar, y desde la puerta me dijo:

-No viene a verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que estoy muriéndome de hambre en la capital, y he venido a verte cincuenta veces, por lo menos. ¡Así está mi última tarjeta, Mauricio!

Y viendo que su entrada en materia no me hacía maldita la gracia, cambió inmediatamente de tono, y añadió:

-Los años pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas. Yo no he sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro más abajo que el betún, precisamente, por falta de conducta. No acuso a nadie de ingratitud, sino a mí mismo de insensatez. He servido a muchos, pero por la dádiva, como las mujerzuelas que no recuerdan después a quiénes quisieron... Hoy me hallo en la derrota, como dijo tan amargamente mi paisano Calderón en circunstancias no menos trágicas: «El traidor no es menester, siendo la traición pasada».

Su cara me decía su historia de decepciones, pobre vocero de todas las pasiones y todos los caprichos, juguete de los hombres, más que de las circunstancias, y sus ojos, de mirada amistosa y humilde de perro pícaro, me recordaban la historia de Los Sunchos y de la capital de provincia. Mi situación me obligaba a tratarlo de alto abajo; un resto de juventud me hizo acercarme a él, golpearle el hombro y preguntarle:

-¡Vamos! ¿Qué quieres?

-¡Comer! -gritó con desesperación bufonesca-. ¡Comer todos los días o por lo menos, tres veces por semana!

-Aquí come todo el mundo.

Con el índice sobre la nariz, dijo, sentenciosamente:

-¡Eso dicen todos los que comen!

-¿Qué haces?

-Desde hace dos meses soy secretario de una sociedad de socorros mutuos, fundada por un pillastre que se socorre a sí mismo. No veo un cuarto. Con mi mujer y mis hijos vivimos en un departamento de la calle Corrientes, que es una cueva de águilas, no ya de ratas. ¡Haz algo por mí!

-Todo lo posible. Aquí tienes cincuenta pesos.

-No era eso. En fin. Después vendrá lo otro.

No paré mientes en lo que me decía, preocupado por una asociación de ideas:

-¿Vive don Claudio? -le pregunté.

-Y doña Gertrudis, naturalmente. Es curioso: son los dos patriarcas de la ciudad, y a nadie se respeta tanto. Hablan, los pobres viejos, maravillas de ti, pero terminan siempre diciendo: «¡Dios lo traerá al buen camino!», lo que significa que todavía no has llegado a su grado de perfección.

-¡Ah, canalla!

-¡Gracias, en nombre de don Claudio!

Se sentó. Calló un instante, mientras yo lo miraba sonriendo. Después, reanudó la charla:

-Soy un fracasado, Mauricio, y me atengo a todas las consecuencias de esto. No tenía dedos para organista, por ser gallego, ¡bueno, está bien! Pero no soy tonto, y tengo algún talento, sin muchas pretensiones, tú ya lo sabes. Cincuenta pesos son cincuenta pesos... suma respetable, sobre todo para mí, que hace cinco minutos no tenía un centavo ni de dónde descolgarlo... Pero dentro de diez días o de dos horas, me volveré a encontrar en la misma situación... Para salvarme, no hay más que esto: tómame a tu servicio; yo seré tu secretario, tu comisionista, tu amanuense, tu perro... En tu situación, necesitas quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu tiempo ocupado en lo superfluo. Yo te buscaré los datos que necesites, redactaré tus informes, escribiré tus cartas, compondré tus discursos, y...

Se interrumpió al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo, como un Marcos de Obregón:

-No hay hombre sin hombre, don Mauricio Gómez Herrera. Yo no reclamo, yo no pido nada. Yo suplico tan sólo mi derecho a vivir, aunque cigarra sin arte. Empiezo a ser viejo, y un gran señor como don Mauricio debe comprender que estas palabras son decisivas, aunque vengan de un pobre hombre como yo. Es triste que...

-Ven a verme mañana -contesté, divertido-. Hablaremos mañana.

Fue hasta la puerta, volvió, y, modestamente, dijo:

-Suprimiré toda familiaridad. «Yo también sé» cuánto molesta la familiaridad intempestiva...

Y haciendo un grande y picaresco saludo, ya en la puerta, murmuró:

-Puesto que se me permite... hasta mañana.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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