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La capital me atraía poderosamente, por su vida más amplia y más libre, su movimiento, sus diversiones, su buen humor aparente que contrasta con la amodorrada gravedad provinciana, pero nunca produjo en mí tanto efecto de atracción como aquella vez, sin duda porque ya vislumbraba próxima la hora en que emprendería su conquista. Pisé sus aceras con paso firme, de propietario, y me sentí más familiarizado que nunca con aquel torbellino que en un principio me mareara, desconcertándome. Una nueva vida parecía empezar para mí, excitando mi orgullo, y con la frente alta miraba la ciudad como cosa mía.

-¿Soy provinciano? -me preguntaba, recorriendo aquellas calles animadas que diez o veinte años más tarde iban a convertirse en tumultuosas-. ¿Y ese epíteto de provinciano significaría que esto no me pertenece como al mejor entre los mejores? ¡Bah! Ésas son tonterías que sólo sirven para alimentar la conversación de los fogones y las salas de aldea. Aunque no tuviera antepasados porteños, en cuanto me pasara el primer mareo de la multitud, me encontraría en casa, como todos los del interior que han triunfado, y que sólo utilitariamente mantuvieron el antagonismo tradicional. ¿Qué es lo «porteño», sino la suma de los mejores esfuerzos de todo el país? ¡Vamos! Desde el ochenta, más gozan de Buenos Aires los provincianos que los bonaerenses, como gozan menos de París los parisienses que los forasteros. Buenos Aires es una resultancia, y yo la quiero, y todos debemos quererla, hasta por egoísmo, porque todos colaboramos o hemos colaborado en la tarea de su realización. ¡Una capital con la quinta parte de la población de un país que es un mundo, capital que, sin embargo, vive en la abundancia, en el lujo, en la esplendidez! ¡Qué ciudad, qué país, qué maravilla!... Quererla mal es renegar de la propia obra, es no saber lo que estamos haciendo...

La ciudad de provincia quedaba lejos, muy lejos, allá atrás, y el mismo recuerdo de María se esfumaba como algo que comenzara a ser remoto. El grande hombre del interior iba a ser grande hombre de la capital, centuplicando su importancia sin trabajo, conducido por el curso natural de las cosas... Pero ¿y si el Presidente?... ¡No! No había nada que temer: me daría su confirmación, pues le constaba que lo había servido y lo serviría incondicionalmente, mientras ocupara el poder. Después, no podía forjarse ilusiones; su sucesor lo arrumbaría en cualquier rincón, como él mismo había hecho con su antecesor, como lo hicieron casi todos antes, en la corta serie de los presidentes. Lo importante para él era contar durante su período con hombres probados y prepararse a volver en las mejores condiciones posibles a la vida privada... Pero ¿no sería peligroso hablarle de lo que me había encargado fray Pedro? ¿No consideraría aquello como una falta de disciplina? ¿Qué pensaba del divorcio? ¿Deseaba implantarlo realmente? ¡Bah! Todo es cuestión de tantear el terreno con destreza y no precipitarse, teniendo en cuenta, además, que una medida tan radical no es de su temperamento...

Fui a verlo en su casa particular al día siguiente y en cuanto hice pasar mi tarjeta me recibió. Era un hombre joven, bien parecido, de mirada suave y bondadosa, muy campechano y afable. Hablaba con cierto dejo provinciano que no carecía de gracia, y accionaba con viveza cuando decía algo interesante, acentuando entonces más las sílabas. Vestía bien, sin excesivo atildamiento, y no llevaba nada aparatoso ni llamativo sobre su persona. Me tendió la mano, con ademán resuelto y franco, me hizo sentar junto a él en un sofá, y entró inmediatamente en materia, preguntándome -cual si ésta fuera una «Guía de la Conversación» de los presidentes- cómo andaban las cosas en mi provincia y cómo se presentarían las próximas elecciones nacionales.

Exageré la paz y la bienandanza de que gozábamos, la fidelidad del pueblo a su gobierno, la riqueza que fluía de todas partes, la floreciente situación de los Bancos, el progreso que avanzaba vertiginosamente. En cuanto a las elecciones, procurarían un nuevo triunfo a nuestro partido, del que él era tan digno jefe, aunque entre los candidatos hubiera alguno o algunos de escaso mérito.

-¿Por ejemplo, cuál? -me preguntó extrañado.

-Por ejemplo, éste su servidor, Presidente -dije, mirándole al soslayo, para sorprender la impresión que le causaba.

Se echó a reír.

-¡Vaya una modestia, amigo! -me contestó-. Usted hará muy buen papel en la Cámara... mejor que muchos otros. Ya me han escrito sobre su candidatura, que me satisface, porque usted es un hombre con quien se puede contar.

-¡Oh, en cuanto a eso!...

-Pero, dígame lo que pasa por allá. ¿Cómo se porta el gobernador Correa?

Iniciose, entonces, una larga plática, él preguntando, yo dándole detalles de todo género, haciendo retratos más o menos parecidos de mis comprovincianos influyentes, contándole las últimas anécdotas y los últimos escándalos. Era curioso y se divertía muchísimo con aquella chismografía político-social, que yo manejaba como un maestro. Aproveché la circunstancia para informarlo de la actitud del clero y del partido católico ante el anuncio del proyecto de ley de divorcio.

-Pero no ve, amigo, cómo nos atacan los clericales -exclamó con un ademán violento y poniéndose ligeramente encarnado-. ¡Nunca se ha visto!... Hacen política hasta en el púlpito, y hay que darles una lección... Están demasiado engreídos (engréidos, pronunciaba él), y no quiero que en mi gobierno haya nadie que se ría de mí.

-¿Y no cree usted, Presidente, que atacándolos así, en lo más vivo, no se portarán peor? Todavía si el proyecto se lanzara sin el apoyo ostensible del gobierno...

-Eso es lo que hará, precisamente... No tengo interés mayor en la ley. Pero al sentir esa amenaza comprenderán que sólo yo puedo desvanecerla o alejarla indefinidamente.

-¿De modo que nuestros diputados podrán votar como les parezca?

-Naturalmente. Lo que importa es el debate, un gran debate que entretenga la opinión. Prepárese, amigo Herrera, pues ése será un lindo estreno para usted.

Salí radiante de alegría, y corrí al hotel a escribir a Correa, a los amigos, para comunicarles que el Presidente me había ungido diputado. Todo temor desaparecía: era como si ya tuviese el diploma en el bolsillo. También escribí al padre Arosa, diciéndole que todo había pasado de acuerdo con nuestros deseos, y a de la Espada, pidiéndole que lanzara abiertamente mi candidatura en Los Tiempos, sin esperar a que el Comité me proclamase. ¡Me reía yo de todos los comités, de todos los gobernadores de provincia, de todos los candidatos de sí mismos!

Pasé en Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro a una tertulia, de una visita a un paseo, de un club a alguna libre y amena reunión femenina, derrochando dinero como sólo se ha derrochado en aquella época delirante y magnífica, que la mala suerte vino a interrumpir, pero que pudo ser, sin la intervención de la fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareció reiniciarse diez o quince años después. Un entorpecimiento, una momentánea escasez de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco más tarde que todo el edificio cimentado en el crédito, pero que se hubiera consolidado echando profundas raíces, se viniera abajo de la noche a la mañana, y pusiera en grave peligro la misma estabilidad de nuestro partido, es decir, del único que tiene suficientes fuerzas para gobernar el país, experiencia profunda y clara comprensión de cómo deben dirigirse sus progresos. ¡Lamentable aventura, que me hizo pasar las horas más amargas de mi vida! Pero aún estábamos lejos de tan penosa situación, y Buenos Aires se divertía bulliciosamente, a despecho de la prédica incendiaria de algunos periódicos, y al amparo de una policía fuerte y admirablemente organizada, cuya severidad era motivo de odio para el populacho que la oposición trataba de anarquizar.

Cuando volví a mi provincia, había gastado lo que allí me bastaría para vivir con rumbo seis meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis terrenos y casas nuevas de Los Sunchos, sin darme sino muy escasa renta, se valorizaban día a día, y no tardarían en constituirme una regular fortuna que, bien utilizada en especulaciones que Buenos Aires ofrecía fácil y seguramente, harían de mí en poco tiempo un hombre muy rico. El porvenir estaba asegurado, o, por lo menos, así lo creía yo.

Para asegurarlo más, siguiendo la corriente de la época, había sacado dinero de los Bancos, no sólo en el de la provincia, sino también en el Nacional, unas veces con mi firma -las menos-, otras con las de algunos servidores de confianza, para ponerme al abrigo de todo evento, y no con la intención de suspender las amortizaciones, salvo caso de fuerza mayor. ¿Por qué había de permitir que una casualidad pudiera arruinarme, cuando muchos en peor posición política que yo no corrían riesgo alguno, usando de cuanto dinero necesitaban? Además, con aquello no hacía daño a nadie, y esas sumas me permitían edificar, especular, aumentar el número y la extensión de mis propiedades...

Vuelto a la ciudad, mi primera visita fue para María, que me recibió como me había despedido, amistosa pero fríamente, con una reserva que se esforzaba al propio tiempo por mantener y disimular. Estaba evidentemente en guardia; pero ¿contra qué? Hay misterios incomprensibles en el alma femenina.

Fray Pedro, a quien fui a ver en seguida, me abrumó a preguntas, y sólo se tranquilizó cuando le dije lo que se proponía el Presidente: amenazarlos para mostrarse después buen príncipe y atraerlos a su lado, o por lo menos neutralizarlos en la fiera campaña de oposición que se iniciaba entonces.

-¡Bien, muy bien! Pero no conseguirá ni lo uno ni lo otro, ni la ley, ni... lo que se propone con ese espantajo. No se puede encender una vela a Dios y otra al diablo, y sus pretensiones demuestran que sigue tan hereje como antes.

Mi candidatura estaba proclamada y mi despacho de la policía, lo mismo que mi casa particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de amigos adventicios, deslumbrados por mi rápida fortuna, y a quienes Zapata hacía los honores, dándoles el tono y el compás en el coro de mis alabanzas, y haciendo que se atiborraran de mate dulce y de ginebra con agua y panal. Mi gloria estaba en su apogeo. Yo era, si no el más importante, uno de los personajes más importantes de la provincia: todo el mundo me aseguraba que iba a votar por mí, y me pedía alguna cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo o el pariente, una pensión para la viuda, la huérfana o la hermana de un guerrero del Paraguay, que probablemente no había salido de su casa, una recomendación para que le descontaran en el Banco, mi apoyo para un pedido de concesión o de privilegio, cátedras en los Colegios Nacionales, en las Escuelas Normales y hasta en las Universidades, cuanto Dios crió y las administraciones humanas inventaron desde que el mundo es mundo. Hubiérase dicho que yo tenía el cuerpo de Amaltea, o la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fui más rodeado que Camino, e incomparablemente más que Correa.

Yo a todos decía que sí.

Cuando se va subiendo en política, hay que acceder a cuanto se nos pide. Basta con reservarse la ocasión de hacerlo, que siempre llega en los tiempos indefinidos... Sólo que suele llegar tarde para los interesados.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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