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Mi madre me recibió con transportes de alegría, extraordinarios en ella, y después de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó a llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus abrazos, sus risas y sus lágrimas con exclamaciones entrecortadas y frases de cariño. Era un alma amante la de Mamita, un alma apasionada que, sin embargo, no pudo tener en la vida más pasión que yo, olvidada como estaba por los hombres y por las cosas, y que sólo se desahogaba en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por la superstición, o, mejor dicho, por una especie de iconolatría quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre los motivos de mi regreso -que adivinaba perfectamente-, y se condolió de mis padecimientos hasta las lágrimas. También es verdad que yo los describí con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover a otra que mi madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.

-¡Has hecho bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre mi hijo! -exclamaba-. Yo hablaré con tu padre y lo convenceré de que tienes razón.

Y en un rapto de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento:

-¡Me hacías tanta falta!

Cuando a la hora de comer, Tatita volvió de sus quehaceres o diversiones acostumbrados, Mamá, que me había hecho quedar en mi cuarto, le habló largo rato a solas. De tiempo en tiempo, llegaban hasta mí la voz irritada de mi padre y la suplicante de Mamita. Por fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpió una china diciéndome desde la puerta:

-¡Niño! ¡Dice don Fernando que vaya al comedor!

Mi temerosa incertidumbre desapareció como por encanto: iba a verme frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Además, auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque: si Tatita no estuviera pronto a ceder y quisiera castigarme, se precipitaría furioso a mi cuarto, no me llamaría al comedor.

Sin embargo, me recibió con una piedra en cada mano, colérico en apariencia, llenándome de improperios y amenazándome con «darme de lazazos hasta que me corriera la sangre». Me afirmé en mi opinión de que era una tormenta de verano y que ya comenzaba a aclarar, pero no dejé de sobresaltarme un poco cuando me dijo:

-Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, verías lo que te pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento con que te vayas inmediatamente a casa de Zapata, le pidas perdón y no vuelvas a hacer de las tuyas. ¡Mañana sale la galera!...

Yo me encabrité, y con el pecho oprimido, casi a punto de romper a llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente:

-¡Pero Tatita!... ¡Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos! ¡Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... ¡No, Tatita! Puede matarme, pero yo no iré... ¡Prefiero que me mate!

-¿Que no irás? -estalló mi padre indignado, esta vez de veras, porque no toleraba la abierta oposición-. ¡Eso será lo que tase un sastre! ¡Habrase visto! ¡Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! ¡Irás a la ciudad y les pedirás perdón, canejo!

-¡Fernando, por Dios! -exclamó mi madre.

-No tengas miedo. No le voy a hacer nada. Pero, en cuanto a lo otro, ¡no hay tutía! ¡Irá a la ciudad, y más pronto que ligero!

-No iré, no iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!

Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me lo juré a mí mismo. A decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.

Hubo un largo silencio.

-¡Bueno! ¡Ahora, a comer! -ordenó Tatita, por fin, calmado ya.

La comida comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas chinitas que servían la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras, asustadas por la tormenta. Hasta la lámpara de petróleo me parecía lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por último, al servirse el asado de tira con ensalada de lechuga -aún me parece verlo en la fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando todavía-, mi padre me preguntó con tono natural:

-¿Y cómo ha sido eso?

Repetí el relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra don Claudio, contra misia Gertrudis, descubriéndolos con repentina clarividencia, inventándolos a veces. Y por último, indignado de veras, exclamé:

-Se vengan en mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los desaires que les hace todo el mundo. ¡Se alegran de tener como un sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gómez Herrera!...

¿Quién dijo que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva? Sea quien sea, dijo una gran verdad.

Tatita se sintió herido en su amor propio o encontró aquella coyuntura favorable para hacer una diversión y encaminarse a sus verdaderos propósitos. El caso es que vi pasar un relámpago por sus ojos, y juzgué que había tomado el buen rumbo.

-¡No respetan a nadie! -agregué-. Para ellos todo es cuestión de suerte y favoritismo, y los más ricos y los que pueden más no son más que unos buscavidas.

-¡Hum, hum! -hizo Tatita, receloso-. ¿Han hablado de mí?

-¡Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada. Pero como hablan pestes de todos los amigos...

-¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ésas son suposiciones y nada más! -interrumpió, mal engestado.

-¿No te parece, Fernando -dijo Mamita después de una pausa-, que este muchacho debería irse a acostar? Con el viaje de hoy, y las aflicciones, si tiene que salir mañana temprano, se nos va a enfermar...

-Es posible.

Mamá insistió. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante ya tenía fiebre. Y si caía en cama en la ciudad, ¿cómo me cuidarían? ¿No sería mejor dejarme descansar unos días, muy pocos, hasta la vuelta de la galera, por ejemplo?

-Bueno -contestó, por fin Tatita, como quien hace un sacrificio-. Irá en el otro viaje, ¡pero eso, sin remisión!

¡No iré nunca! -pensé.

-Voy a escribir a don Claudio dándole una satisfacción y pidiendo disculpas a misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone.

-¡No me ha de perdonar! -murmuré.

-¿Por qué? Al fin y al cabo, no has hecho más que una muchachada.

No pude menos de sonreírme.

-¿O has hecho algo más, que no sabemos todavía?

Conociendo el carácter de Tatita, no vacilé en contarle la travesura de las trenzas, pero traté de hacerlo con más habilidad y gracia, comenzando por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos, la pretensión ridícula de su coquetería senil, tan contraria a la beatería, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando agregué que los cerdos se habían precipitado, en el chiquero, a devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fueran un plato delicado, y pinté la cara que pondría misia Gertrudis buscando su cabellera, Tatita rompió a reír a carcajadas, echándose hacia atrás en su sillón, como si estuviera asistiendo a la escena más cómica de su vida. Estaba derrotado...

Poco rato después me fui, en apariencia, a dormir, pero en realidad me quedé atisbando para ver si Tatita escribía a los Zapata, con esa incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: «esto sucederá y no otra cosa». No escribió, naturalmente, porque no era hombre de pedir disculpas a nadie, por nada de este mundo; en cambio, adiviné que comentaba risueño mis aventuras de la ciudad, primero con Mamita, después con don Higinio, que, sabedor de mi escapatoria, fue a casa en procura de mayores datos. Al oír entrar al viejo Rivas, me acerqué al comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, más bien, favorable para mí. Don Higinio estaba pronto a creer que los Zapata habían ido demasiado lejos, tanto más cuanto que los muchachos criollos son amigos de la libertad y no «hijos del rigor», y a mí se me había transplantado violentamente de la independencia casi total a una especie de encarcelamiento.

-Pero, así y todo -terminó-, es preciso que se haga hombre, ¿no es cierto, misia María?

Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos se fueron al club, consideré que cualquier cosa era mejor que meterme como un tonto en cama, y sin pedir permiso a nadie me escabullí en busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me había hecho pensar en Teresa, pero esta evocación quedó muy en segundo término, siendo lo dominante la tentadora «farra» con los amigotes. Sin embargo, al salir muy recatadamente, para evitar las posibles inútiles objeciones de Mamita, oí un siseo que partía de su ventana, allí, en la casa de enfrente.

Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba a la reja, segura de que iría a conversar con ella o temerosa de que no la recordara -caben ambas interpretaciones en el determinismo femenil.

Al sentirla allí, súbitamente despertados mis instintos novelescos, vuelto a la vida de antes, corrí a la ventana a saludar en ella toda la poesía erótico-sentimental que encarnaba para mí. A mis transportes, al propio tiempo ingenuos y perversos, respondió la niña con una emoción intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba más con los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor, me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuían, pronto a ser Otelo o Marco Antonio, Don Juan o Marsilla. La dije -y en aquel momento yo mismo lo creía- que había vuelto a Los Sunchos, despreciando los esplendores de la ciudad, sólo porque no podía vivir lejos de ella.

Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando la carita morena entre dos barrotes de hierro me tendió como una flor los labios frescos y rojos, para darme el primer beso.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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