La familia de León Roch : 3-18

La familia de León Roch
Tercera Parte
Capítulo XVIII
El cónyuge inocente

de Benito Pérez Galdós

Al anochecer salió León de su cuarto para pasar al que fue de su mujer. Había allí varios objetos que le correspondía recoger. El palacio estaba ya desierto: oíase el eco de los pasos, y la poca luz multiplicaba las sombras. Creyó ver una figura que viniendo del pórtico entraba en la galería principal, andando despacio y con cautela, como los ladrones, poniendo oído a los rumores, reconociendo el terreno. La sospecha primero, el odio que le siguió, instantáneo, como el tiro a la aplicación de la mecha, detuvieron a León, impeliéndole a esconderse para observar aquella figura sin ser visto. Ocultose detrás de una luenga cortina, y en efecto le vio pasar. Era él. Se lo revelaba, más que la vista, un instinto singular que emanaba del aborrecimiento, como nacen por arte contrario ciertas delicadas adivinaciones nacen del rescoldo nobilísimo del amor.

Pasó con su andar de gato, parsimonioso y explorador. Entró en una galería alfombrada, llamada de la Risa, por contener riquísima colección de caricaturas políticas, tomadas de periódicos de todas las naciones y extendidas por los muros en grandes cuadros cronológicos que eran la historia del siglo escrita en carcajadas. En los ángulos había cuatro biombos del siglo XVIII, adornados con los dibujos que no habían cabido en las paredes. León se deslizó detrás del que tenía más cerca y observó al intruso. Este se sentó en un gran diván que en el centro había.

Para explicar satisfactoriamente la presencia de un tercer personaje en la Galería de la Risa, es preciso referir lo siguiente. Al entrar en Suertebella el hombre intruso habló con un criado de escalera abajo en cuya discreción confiaba.

-Hazme el favor -le dijo- de ir a la capilla y decir al Padre Paoletti que he venido aquí para hablar con él de lo que él sabe; que le espero arriba en la Galería de la Risa. Enséñale el camino: no tiene más que subir la escalerilla de la tribuna, atravesar el cuarto de los cuadros viejos y el corredor chico.

León sintió el duro pisar de unos pies de plomo aproximándose. Después vio que la puerta del corredor pequeño se abría, dando paso al clérigo pequeñísimo. Pudo reconocerle perfectamente, porque la Galería de la Risa tenía grandes vidrieras para el pórtico, aquella noche, como siempre, profusamente iluminado.

Adelantose el intruso hasta recibir a Paoletti y sentados ambos, el clérigo dijo:

-Sus respetables tíos de usted me anunciaron anoche que usted quería hablarme; pero no creí que sería esta noche ni en esta casa, sino más adelante y en mi celda.

-Pensaba hablar a usted de una cosa, más adelante y en su celda -repuso el otro-. Ya comprenderá que al venir aquí esta noche no quiero hablarle de esa cosa sino de otra. Es decir, que son dos cosas, querido señor Paoletti: una muy interesante y otra muy urgente.

-Pues vamos a la urgente y dejemos para luego la interesante.

-Vamos a la urgente. Le supongo a usted conocedor de los secretos de esta casa: no hablo de secretos de confesión.

-No conozco ninguno -dijo con sequedad el italiano.

-Sin duda no merezco su confianza. ¿Pues qué? ¿No sabe usted que mi mujer?... He oído que los adúlteros tratan de ponerse en salvo.

-Caballero -dijo Paoletti con severidad-, yo no entiendo una palabra de lo que usted quiere saber de mí, ni me meto en donde no me llaman, ni me importa cosa alguna que los criminales se pongan en salvo o no. Estoy aquí acompañando y velando el cuerpo de una dulcísima hija y amiga de quien he tenido el honor de ser director espiritual.

-Lo sé... Pero usted es muy apreciado en todas partes. Don Pedro le aprecia a usted, mi mujer es muy religiosa, y cuando está afligida gusta que le hablen de la Virgen del Carmen y de los santos. Podría haber sucedido que usted hubiera sido llamado a consolarla esta mañana, esta tarde... qué sé yo... Podría suceder que usted supiera lo que yo ignoro, y dándonos a hacer conjeturas, podría suceder también que usted quisiera revelármelo y sacarme de la incertidumbre en que estoy.

-Ni yo sé nada, ni sabiéndolo, podría rebajarme a hacer el papel de intrigante y chismoso que usted exige de mí -dijo Paoletti, mostrando no poco enfado-. Usted no me conoce. Sus dignísimos tíos han olvidado decir a usted qué clase de hombre soy. Mi oficio es consolar a los afligidos, corregir a los malos. No me mezclo en intereses mundanos. El que me busca no me encontrará en parte alguna si no es en el confesonario. Con Dios, caballero.

Levantose para marcharse. El intruso le detuvo pillándole el hábito.

-¡Oh!, aún me queda mucho que exponer -dijo-. No me juzgue usted tan a la ligera. Y si yo confesara, y si yo...

El clérigo se volvió a sentar.

-No, no se trata aquí de confesionario. Si fuera a él, sería un hipócrita. Mal cuadraría la farsa de mis labios que gustan de decir la verdad, aunque esta verdad salga de ellos metiendo ruido y amenazando como del cañón la bala. Déjeme usted que le diga algo de mí propio, para que mejor comprenda mi pretensión urgente.

Dijo que reconocía su escaso mérito, que el mundo moral era para él como un palacio cuyas puertas estaban cerradas. Él, por su parte, no se encontraba con ganas de mortificarse para poner sitio al susodicho palacio ni para escalar sus muros. Tenía la suerte, o la desventura (que esto le era difícil decidirlo), de no creer en Dios ni en cosa alguna más allá de esta execrable cazuela de barro en que estamos metidos, y con tan cómoda manera de pensar disfrutaba de una tranquilidad sombría que, teniendo su espíritu en perpetuo letargo, le permitía recibir con indiferencia sabrosa los juicios, buenos o malos, del mundo...

Alarmado y lleno de miedo, el clérigo, al oír tan horrible profesión de fe, quiso de nuevo marcharse, diciendo que él era confesor de gentes, pero no domesticador de fieras, con lo que el otro sonrió, y deteniendo al Padre le habló así:

-Aún me falta decir algo que tal vez agradará a usted... Me siento fatigado. He sido rico y pobre, poderoso y humilde; he visto cuanto hay que ver y gozado cuanto hay que gozar. En negocio de mujeres sólo diré que, en general, las desprecio. No creo en la virtud de ninguna. Si me pregunta usted la opinión sobre los hombres, le diré como el poeta escéptico: plus je connais les hommes, plus j'aime les chiens.

-Aconsejo -dijo con ironía Paoletti- que se vaya usted a vivir en una sociedad de perros, o que funde una colonia canina, donde se encontrará más a sus anchas. Estoy esperando a ver si brota alguna chispa de luz de la torpísima negrura de su alma, y nada veo.

-Voy a tocar el punto delicado. Ya sabe usted lo de mi mujer. Cuando yo pasaba por muerto, mi mujer amó a otro hombre. Yo creo que le amaba desde hace mucho tiempo, porque eso no se improvisa. Pepa me aborreció desde que me casé con ella. Verdad que yo hice todo lo posible para que me aborreciera. La traté mal, quise envilecerla, la comprometí mil veces con mis atrocidades pecuniarias; con sus ahorros sostuve el lujo de otras mujeres; mi lenguaje con ella no fue nunca delicado, como no lo fueron mis acciones. La consideraba como un buen arrimo y nada más.

-Basta -exclamó con horror el padre, apartándole de sí, como se aparta un objeto inmundo-. Si eso es confesión de culpas, lo oiré; pero si es asqueroso alarde de cinismo, no puedo, no tengo fuerzas...

-Me ha interrumpido usted en lo mejor... Iba a decir que ahora mi mujer me inspira cierto respeto, que me reconozco muy culpable y muy inferior a ella, que merezco su desprecio, y que es cosa muy natural y hasta legítima en teoría... advierto a usted que yo también tengo teorías... pues digo que me parece natural que Pepa ame a otro hombre, tan natural como lo es que las aves hagan sus nidos en las ramas del árbol en vez de hacerlos entre las mandíbulas del zorro.

-Nunca es natural y legítimo que una mujer casada ame a un hombre que no es su marido -dijo Paoletti con solemnidad-. Lo natural y legítimo es que su señora de usted, en vez de admitir el amor de un hombre casado, contribuyendo así al martirio y a la muerte de un ángel, hubiera dedicado a Dios por entero el corazón que usted no merecía.

-El misticismo es un agua figurada que no satisface a los sedientos. Ella no ha querido aficionarse a un fantasma, sino a un hombre. Tengo motivos para presumir que le ha querido desde la niñez. En una de nuestras acaloradas disputas, que eran un día sí y otro no, me dijo: «tú no eres mi marido ni lo has sido nunca; mi marido está aquí» y se señaló la frente. Otra vez me dijo: «el casarme contigo fue una manera especial que tuve de despreciarme». En fin, querido padre, hoy por hoy yo siento un poquillo de respeto hacia esa desgraciada que fue mi víctima. Como mujer me es indiferente. Nada dice a mi corazón ni a mi imaginación ni a mis sentidos. El amor casi casi le toleraría romper el lazo para contraerlo con otro, pero el amor propio no puede permitirlo. Además, sépalo usted, yo aborrezco a ese hombre; creo que le aborrezco desde que estuvimos juntos en el colegio; pienso que mi antipatía y el amor de ella han ido paralelamente hasta este momento terrible en que se encuentran, se tropiezan, se traban en batalla y... yo he de vencer, yo he de vencer.

-Usted trata de hacer valer sus derechos. Esto no me incumbe. Yo no soy abogado del derecho, sino del espíritu.

-Voy al caso. Aquí se juntan la moral y el derecho y ambos están de mi parte -dijo el otro con energía-. Yo soy el fuerte; ellos, los débiles; yo soy el ofendido; ellos, los criminales; a mí me amparan la religión y la moral, Dios y su ley, la Iglesia y la opinión pública; a ellos, nada ni nadie los ampara. El terreno en que me coloco es terreno firme, es el más propio para quien, como yo, quiere reconciliarse ahora con los grandes organismos que gobiernan el mundo y ser una rueda útil de la máquina social. Seguro en mi puesto y ayudado por la justicia humana y por la que llaman divina, he pensado perseguirles en el terreno legal, apurar todos los medios, no dejarles vivir, no darles tregua ni descanso, cubrirles de deshonor, rodearles de escándalo... acusarles con el Código en una mano y las prácticas de la Iglesia en otra. Ésas son mis armas; pero ha de saber usted que mis respetables tíos y mi respetable suegro han estado todo el día concertando un arreglo. ¡Ah!, mi esclarecido suegro es hombre eminentemente práctico y aborrece la exageración. Me ama como se podría amar a un dolor de muelas. Por desgracia suya, ese hombre que todo lo puede en nuestra sociedad y que trata a los españoles como a negros comprados o a blancos vendibles, no puede nada contra mí. Las armas legales con que me ataque se volverán contra él...

-¿Y decía usted que el venerabilísimo señor D. Justo Cimarra y el Sr. D. Pedro han concertado un arreglo? -preguntó Paoletti, que a pesar de su entereza, dejábase vencer un poquillo por la curiosidad, sentimiento desarrollado tras de la reja de las culpas.

-Separación amistosa, convencional.

-Pero no hay nada positivo aún, reverendísimo señor. Todo depende del filósofo, del geólogo, del buscador de trogloditas. Gustavo me ha dicho que tienen todo dispuesto para la fuga, y lo creo... ¡Oh!, confieso que puesto yo en el caso de él haría lo mismo.

-Pues por mi parte aseguro que nada de eso me importa -dijo Paoletti, sobreponiéndose a su curiosidad-. Me habla usted de litigios y nada de la conciencia.

-Ahora voy a hablar de esa señora. Usted sabrá que yo tengo una hija.

-Ya...

El clérigo sintió de nuevo en sí el aguijoncillo de la curiosidad.

-Monina es mi hija. Pues bien, señor cura; el único ser que hay en el mundo capaz de despertar en mí algo parecido a un sentimiento; el único ser que me hace pensar a veces de una manera distinta de como pienso casi siempre; el único ser por quien algo sonríe dentro de la región oscura, misteriosa, que llamo alma por no poder darle otro nombre, es mi hija. No sé qué pasa en mí. Cuando estuve a punto de perecer a bordo de aquel horrible vapor cargado de petróleo, todo el mundo huyó de mi pensamiento, no quedando más que el peligro, y en el peligro una linda cabecita rubia me bailaba delante de los ojos. Paréceme que me agarré a ella para salvarme en aquella espantosa lancha rota, que se sumergía a cada instante... Se reirá usted de mis sandeces... En otros tiempos yo jugaba con ella, la hacía reír para reírme yo viendo su risa...

-Al fin, al fin -dijo Paoletti con gozo- veo la chispa pequeñísima.

-No, no me crea usted bueno por eso... Es que esa nena o juguete rubio con ojos de ángel tiene sobre mí un atractivo singular. Se me figura que la quiero, que la querré más si la veo mucho tiempo cerca de mí. Me han dicho que estuvo a punto de morirse del crup. Si vuelve a tenerlo... ¿Qué dice usted?

-Que no hay tierra, por desolada e inculta que sea, donde no nazca una flor.

-No se trata aquí de flores. Lo que sí diré a usted es que al pasar por Nueva York vi en un escaparate un cochecillo de muñecas chiquitas, tirado por corderos, y lo compré para traérselo.

Paoletti sonrió, diciendo:

-Veo su amor propio de usted, veo la indiferencia hacia su esposa, veo el odio que tiene usted a su rival, veo el litigio y la proyectada transacción, veo el horrible ateísmo de usted, veo sus pasiones, su cínica inmoralidad, veo el amor a la niña, veo el cochecillo tirado por dos corderos (y el hombre lo llevaba en el bolsillo); pero no veo lo que yo tengo que hacer aquí.

-Hemos llegado al punto concreto, a la cosa urgente. Yo tengo grandísimo anhelo por saber lo que ellos traman... ¿Está él aquí esta noche?... Me han dicho que hoy recibió aquí a sus amigos. Yo estoy persuadido de que usted lo sabe, porque mi mujer le habrá confiado algo.

-¿A mí?... Creo que soy muy antipático a la señora.

-O lo sabrá por la condesa de Vera, que es la confidente de mi mujer, y si no me engaño es hija espiritual de usted.

-Nada sé ni nada me han dicho -replicó el padre y aunque lo supiera...

-No tema usted que yo, en caso de fuga, me vuelva personaje trágico y haga en Suertebella una escena ruidosa. Yo no grito, yo no mato. Soy más filósofo que él y que todos los filósofos juntos.

-Repito que no sé nada, ni me importa saberlo.

-Es imposible que un sacerdote entre dos días seguidos en una casa sin saber todo lo que ocurre en ella.

-Yo no soy amigo de esta casa; soy enemigo.

-Y ya que no satisfaga usted mi curiosidad -dijo el intruso con desconsuelo-, ¿no me podría usted facilitar...?

-¿Qué?

-El ver a mi hija.

-No me pida usted favores que son impropios de mi carácter. Por nada del mundo pasaría más allá de esta sala. Diríjase usted a los criados.

-Ninguno quiere servirme por miedo a Fúcar. Mi distinguido suegro les ha mandado que no me permitan entrar. Desde la verja hasta aquí, a un solo criado he podido sobornar. Hasta los perros me odian aquí.

-Entre usted como entran los ladrones.

-Temo que me vean.

-Entre usted como padre.

-No puedo, al menos por ahora.

-Menos puedo yo.

-Si la condesa de Vera está aquí y usted le habla dos palabras, y le pinta con elocuencia mi deseo, tal vez... A usted no le negarán esto. Yo juro que no llevo ninguna intención mala, sólo quiero dar a mi hija tres besos bien dados...

-Vade retro. Desconfío de sus intenciones, que pueden ser como las pinta usted y pueden ser perversísimas.

-Pues no insisto más. Tengo la virtud de no ser pobre porfiado. Se acabó la parte urgente de nuestra entrevista. Usted dispensará mi atrevimiento.

-Dispensado.

-La cosa interesante que pensaba tratar con usted, y que podía diferirse, se enlaza con lo que acabo de decir. Supongamos que mi mujer cede ante la ley, domina su pasión y manda a paseo al geólogo... Pasado algún tiempo, fácil le será a usted, dado su prestigio entre las damas, llegar a ser director espiritual de Pepa.

-Yo no voy allí donde no me llaman.

-Pepa tiene muchas amigas que son hijas de usted... que forman, permítaseme la frase inofensiva, la familia espiritual del Padre Paoletti. La condesa de Vera principalmente...

-Me honra con su amistad: yo la dirijo.

-Pues bien. Si usted quiere dirigirá también a Pepa. Su misma soledad la llevará al misticismo. En el pensamiento de las pobres mujeres débiles, allí donde acaban las ilusiones empiezan los altares.

-En lo que usted me dice puede haber una intención santa y buena. Si se trata de que yo intervenga para arreglar un matrimonio desavenido y arrastrar hacia Dios a dos almas que pertenecen al Demonio, la idea me parece excelente. Mas para que esto pueda ser, principie usted por abjurar sus pestilentísimos principios y ser católico sincero...

-En cuanto a eso, mi propósito es no desentonar en el concierto general. Yo quiero reconciliarme con la sociedad, respetar sus más altas instituciones, ser hombre de orden, no dar escándalos ni tampoco malos ejemplos a las muchedumbres ignorantes, las cuales basta que nos vean a los de levita huir de la Iglesia para que se crean autorizados a robar y asesinar. No pienso volver a coger un naipe en la mano, y sí trabajar mucho en los negocios hasta labrarme una fortuna por mí mismo. Faró da me. Estoy seguro de que saldré adelante y aun de que dejará de llamarme bandido ese marqués de Fúcar, que se cree poco menos que un Dios, y al fin no se desdeñará de entrar en tratos financieros conmigo. La generación actual tiene en alto grado el don del olvido. Es fácil rehabilitarse en una sociedad como la nuestra, compuesta de distintos elementos, todos malos, dominados por uno pésimo, que es, permítaseme lo soez de la palabra, el elemento chulesco. No extrañe usted la crudeza de mis expresiones. Ego sum qui sum. Donde la mitad de los matrimonios de cierta clase son des menages a trois; donde la Administración debería llamarse la prevaricación pública; donde los altos y los bajos se diferencian en la clase de ropa con que tapan la deshonestidad de sus escándalos; donde hay un pillaje que se llama política; donde la gente se arruina con las contribuciones y se enriquece con las rifas; donde la justicia es una cosa para exclusivo perjuicio de los tontos y beneficio de los discretos, y donde basta que dos o tres llamen egregio a cualquier quidam para que todo el mundo se lo crea, es fácil labrarse una toga de honradez, y ponérsela, y ser distinguido hombre público y patricio ilustre y figurar retratado en las cajas de fósforos. Yo me comprometo, si pongo empeño en ello, a hacerme pasar por canonizable dentro de dos o tres años. Pero de eso a hacerme mojigato hay mucha distancia. No se moleste usted en echar un remiendo a este matrimonio que ya está roto. Si ella, por instinto de honradez, despide a su amante y se queda sola, hágala usted beata, que esto la consolará mucho. Que mi mujer sea devota, muy santo y muy bueno. A mí me gusta la gente edificante. Déjeme usted a mí que me rehabilite en la sociedad por otro camino. Lo que yo desearía de la bondad y catolicismo de usted es que, después de dominar completamente el espíritu de Pepa, y lo dominará sin duda sin intentar reconciliarnos, cosa que no me importa, la indujera a permitirme ver a mi hija. Para esto no será preciso que yo venga aquí, cosa que no deseo, porque siempre me ha aburrido este Suertebella, sino que me la lleven a casa, usted, por ejemplo... Vamos, que la dejen ir a comer conmigo dos veces, una vez por semana, y nada más.

-¡Qué amarguísimo nihilismo! -dijo Paoletti, no sacando ya los superlativos de un tarro de dulce, sino de un depósito de hiel-. Muchos hombres así he visto en la sociedad española; pero usted les da quince y raya a todos.

-Tengo el mérito de decir lo que siento.

-Para concluir, caballero Cimarra, usted es tan abominable, que no hay posibilidad de satisfacer el único deseo legítimo que nace casi invisible en esa alma llena de tinieblas, aridez, podredumbre y miseria. No cuente usted conmigo para nada. Si la señora se arrepiente y arroja a su amante, y soy llamado, como es posible, a dirigir su conciencia, procuraré primero hacerla sanar de la criminal dolencia que padece, y después encaminaré su espíritu a Dios, única salvación de las pobres mujeres que han tenido la flaqueza de amar a hombres indignos. ¡Oh!, ¡qué dulcísimo gozo sería para este pobre pastor ganar a Satanás una nueva batalla! Usted no existe para mí. No me detenga usted, que vuelvo al lado de mi queridísima muerta.

-Yo no bajo a la capilla. Tengo horror a los muertos. Perdóneme si le he molestado, padre.

-No olvidaré rezar por usted.

-No me opongo, antes bien, lo agradezco.

-Le aguardo a usted el día del arrepentimiento.

-Gracias... es usted muy bondadoso. Yo no merezco tanto. Adiós y mil perdones.

Retirose tranquilamente el clérigo pequeño. Sus pasos de plomo se perdieron en el silencio del corredor chico. Poco después salió Cimarra por el mismo sitio y bajó por la escalerilla de la tribuna sin entrar en la capilla, cuya iluminación de mortuorias hachas, saliendo por las altas vidrieras de colores, le infundían más espanto que respeto. Se paseó por el desierto parque buscando la sombra de los árboles cuando sentía pasos. A ratos se tentaba el bolsillo para ver si no había perdido el coche de muñecas tirado por dos corderos.

En una de las vueltas de su nocturno paseo, vio entrar el carruaje del marqués de Fúcar, y desde su escondite lejano le dirigió estas palabras, más bien pensadas que dichas:

-¡Ah! Traficante, ¡qué ojos le echabas esta tarde en la calle de Alcalá a la real prójima que he traído de los Estados-Unidos!... ¡Júpiter, ya querrías que fuese para ti!

Cuando le vio descender de su coche en compañía de otra persona, el intruso murmuró:

-Viene con mi tío... ¿Qué habrá aquí esta noche? ¡Oh!, fuego de la curiosidad, ¿por qué me abrasas como si fueras el de los celos?


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