Abrir menú principal

La familia de León Roch : 3-14

La familia de León Roch
Tercera Parte
Capítulo XIV
Vulnerant omnes, ultima necat

de Benito Pérez Galdós



La ceremonia anunciada se verifica después de anochecer con pompa y fervor. El palacio de Suertebella prestase maravillosamente a la ostentación de mil y mil hermosuras, homenaje tributado por las gracias materiales a un rito augusto. Flores preciosísimas, luces sin cuento, son la ofrenda más propia para festejar al Señor de los Señores. Entre tanto brillo, parece que las mismas obras de arte humano se hacen más bellas y se perfeccionan, como si también les tocara a ellas algo del bien que la divina visita trae a la casa. El rumor de llanto que por doquiera se siente, ya en un ángulo de la sala japonesa, ya tras de la estatua griega cuyo perfil majestuoso parece simbolizar el equilibrio perfecto el espíritu con la materia, completa la profunda gravedad triste del espectáculo. El fervor y el miedo, originados aquel de la idea del más allá y este de la proximidad de una muerte, se juntan en un solo sentimiento.

El cura de Polvoranca trae la Sagrada Forma de la parroquia cercana, en lujoso coche, al que otros muchos siguen con alineación melancólica. Parece que los mismos caballos comprenden que no debe hacerse ruido, y pisan quedo. El hermoso pórtico se llena de personas, cuyas caras se enrojecen con el fulgor del hacha que tienen en la mano, y confundidas libreas con gabanes, señores y criados están de rodillas. La campana, en cuyo son se mezclan por misterioso modo el pavor y el consuelo, va clamando por las anchas galerías, despertando de su sueño ideal a las figuras de mármol. El arte serio y el cómico se transforman, tomando no sé qué expresión de temor cristiano. El charolado suelo refleja las luces. Por el techo y las altas paredes corren reflejos rojos y sombras de cabezas. Flores y tapices se inclinan con silencioso acatamiento. Los pasos resuenan con bullicio sobre la madera. Se creería oír redoble lejano de fúnebres tambores. Después se apagan sobre las alfombras, produciendo efectos acústicos semejantes a los de una trepidación subterránea. Al fin, para el ruido y se detienen los pasos. El silencio es sepulcral. La procesión ha llegado a su término. Durante aquel rato solemne, todo el palacio está desierto porque cuantos en él respiran están en las inmediaciones de la escena. Los que no pueden presenciar el acto entran con la imaginación en la alcoba, llena de luces y suspiros, y gozan o gimen imaginándose lo que no pueden ver. Desde fuera se adivina la escena y el corazón tiembla. En el pórtico y en las galerías solitarias e iluminadas, la atmósfera muda parece un inmenso aliento suspendido por la expectación del respeto. Todo calla: sólo puede oírse quizás, en el rincón más oscuro, el roce de un vestido que pasa, se desliza, corre y desaparece.

Pasa un rato. Siéntese primero un murmullo; después, los pasos nuevamente; reaparece la fila de lacayos con hachas, crece el rumor, se aumenta la claridad, sombras de vivos corren por sobre las figuras pintadas, vuelven a crujir las charoladas tablas; sigue mucha librea, mucho color, mucho traje, hombres y mujeres de todas clases, rostros indiferentes, otros que revelan pena o lástima; óyense las sílabas quejumbrosas del rezo del cura y sus acólitos. La procesión, que unos ven con inefable sentimiento y otros con frío pavor, avanza al son de la esquila que agita un niño, el mismo a quien Monina llamaba Guru, y sale por el pórtico, donde unos la despiden de rodillas, otros la acompañan con la cabeza descubierta. Dentro, la fragancia de las flores parece la misteriosa huella del pie invisible que ha entrado en el palacio.

Ego sum via, vita veritas.

Toda la familia asistió al acto: la marquesa, agobiada por el dolor y sin fuerzas para tenerse de rodillas (tan vivamente la afectaba aquel trance temido), el marqués y sus dos hijos, manifestando sinceramente su pena.

Concluida la ceremonia, se retiraron todos apremiados por los amigos más íntimos. Milagros perdió el conocimiento y fue preciso llevarla a un rincón de la sala japonesa, donde amigas solícitas la rodearon para consolarla. El marqués, que había perdido la memoria de sus excursiones artísticas por el palacio, huía de los consuelos de importunos amigos y quería estar solo. Allá en un ángulo de la sala de tapices halló lugar propicio a su recogimiento y dolor, y oculto tras de un sátiro de mármol meditaba sobre la vanidad de las grandezas humanas. Gustavo atendía a su madre y se dejaba consolar por el poeta de los arrebatos píos y de las almas cándidas. Leopoldo echaba de su cuerpo suspiros y temblaba nerviosamente, sintiendo aquella glacial caricia de la muerte hecha tan cerca de su persona que parecía hecha a sí mismo.

Mucha gente salía, y en el parque los cocheros se llamaban unos a otros, dándose los nombres históricos de sus amos: «Garellano, ahora tú; Cerinola, entra; Lepanto, echa un poco atrás». La noche estaba hermosa, limpia, serena, inundada de la claridad azul de la luna, y el horizonte ofrecía a lo lejos la falsa apariencia de un mar tranquilo. Palidecían las estrellas pequeñas; pero las grandes lograban brillar, retemblando con visible esfuerzo. ¡Naturaleza espléndida, por donde parecía cruzar dulce respiración de calma y amor! Más bien convidaba a nacer que a morir.

¡Cuánto abruma al hombre observar la majestuosa indiferencia de los cielos visibles ante los dolores de la tierra! El más horrendo cataclismo moral no podía formar la más ligera nubecilla. Todas las lágrimas de la humanidad no llevarían a esos espacios insensibles una sola gota de agua.

León salió de la triste alcoba para decir dos palabras de gratitud al marqués de Fúcar.

-Querido -le dijo este, estrechándole con cariño las manos-, recibe el pésame de un afligido. Aquí donde me ves, gimo bajo el peso de un disgusto.

-¿Hay algún enfermo en casa?...

-No... ya hablaremos... ahora no es ocasión... No, no tienes que agradecerme nada... era mi deber. Ya ves que he mandado adornar el palacio como corresponde a ceremonia tan augusta y a la firmeza de mis ideas religiosas. Se trajeron todas las camelias de la estufa, los rododendros y los naranjos que están en pesados cajones de madera. Pero no importa; hay ocasiones en que me parece conveniente llegar hasta la exageración... Volveré a saber... A su debido tiempo hablaremos.

Poco después salió a tomar su coche para irse a Madrid, pensando en esta desdichada, en esta mal dirigida nación, que al día siguiente de hacer un empréstito ya necesitaba hacer otro.

León volvió a la alcoba. La terminación parecía próxima. Rafaela, Paoletti, Moreno y él rodeaban a la pobre María, que, desde las últimas palabras de su espiritual confesión, se había ido postrando y perdiendo rápidamente el aspecto de persona viva. Su hermosa cabeza y cara, en que estaba representado, por vanagloria de la Naturaleza, el ideal de la belleza humana, parecían más perfectas en aquel momento cercano a la extinción de la vida orgánica, y su inmovilidad, su blancura, la fijeza de aquel blando reposo sobre la almohada, la calma escultural de las facciones y de los músculos faciales, no contraídos por dolor alguno, la asemejaban a una representación marmórea de la muerte tranquila, noble, aristocrática, si es permitido decirlo así, puesta en figura yacente sobre el sepulcro de una gran señora. Nada se movía en ella y lograba el privilegio de entrar en el reino sombrío con sosegada parsimonia, sin dolor físico, como se pasa de una visión a otra en el entretenido viajar de un sueño.

Sus ojos, medio velados por las negras pestañas, se fijaban en el rostro sombrío y atónito del hombre de la barba negra. León esperaba junto al lecho, observando con dolor aquella hermosura sublimada por la muerte, y pensaba en el sentido profundamente filosófico de la aparente transformación de su mujer en estatua. La solemnidad del caso doloroso, el silencio del lugar, sólo turbado por un aliento apenas ronco y que se hacía más difícil a cada minuto; la mirada triste de aquellos ojos moribundos, fijos en él como una raíz misteriosa que no quiere dejarse arrancar, lleváronle a pensar cosas divinas, referentes a él mismo, a ella, dos seres que se decían esposos y sólo estaban unidos ya por el hilo de una mirada. Sondeó su corazón, deseando hallar en él un resto de amor para ofrecerlo, como la última florecilla de la galantería conyugal, a la que expiraba en la soledad fría de su misticismo, y por más que buscó y rebuscó, no pudo encontrar nada. Todo lo que su corazón contenía en caudales de amistad y ternura, había sido retirado sigilosamente del hogar legítimo para ser depositado y como escondido en otra parte.

Pero si amor no, la hermosa estatua que había sido embeleso de su juventud le inspiraba una compasión tan viva y tan honda, que con el amor mismo se confundiera en aquel instante supremo. Al despedir aquella vida, que habría podido ser encanto y ennoblecimiento de la suya, y que, sin embargo, no lo había sido, León sintió que las lágrimas subían a sus ojos y que el corazón se le oprimía. «¡Infeliz! -dijo para sí-, Dios te perdonará todo el mal que me has hecho; te lloro como si te amase, y te compadezco, no sólo por tu muerte prematura, sino por el desengaño que vas a tener cuando sepas, y lo sabrás pronto, que el amor de Dios no es más que la sublimación del amor de las criaturas».

Se acercó más a ella, atraído por los ojos que se abrían un poco más. Vio de cerca el vello finísimo, casi imperceptible, que sombreaba su labio superior; vio el punto luminoso de su pupila irradiada de oro; sintió su aliento, que casi no se sentía ya. ¡Desconsolada! No hay voces para expresar aquel desconsuelo, que por sí no se expresaba tampoco con palabras, sino con el último destello de una mirada que lloraba apagándose.

Bajo la tranquilidad exterior de su cuerpo y la calmosa fijeza de su mirar de desconsuelo, se revolvían quizás tormentosas ansias y los ardientes afanes humanos, despertados sordamente en lo más íntimo del ser moribundo, cuando ya no existía el poder físico para darles forma. Pero la superficie no decía nada, así como la costra helada del río no permite oír la bulliciosa y veloz corrida de las aguas profundas.

Él lo comprendió así. Vio una gota brillante temblar en cada uno de los ojos de María. Eran la última y la única forma posible de expresar la postrera energía de sentimiento humano en su alma, solicitada ya del abismo insondable y atada aún al mundo por la tenue raíz de un deseo. Dos lágrimas asomadas, que no llegaron a correr, fueron lo único que de aquel oleaje recóndito salpicó fuera.

León acercó sus labios al rostro frío y oprimió firme. Oyó entonces el fuerte suspiro de una gran ansiedad satisfecha. Estremecido con sacudimiento el cuerpo exánime, oyose una voz que dijo:

-¡Oh!... ¡gracias!...

Transit.

Quietud absoluta. ¡Formidable silencio aquel en que María Egipcíaca resbaló por la pendiente de la invisible playa, como grano de arena arrastrado por la ola y llevado a donde la humana vista no puede penetrar!

Los que la miraban morir se encontraron solos. Con un suspiro se dijeron que ya la infeliz esposa no existía. Ya se podía hablar en voz alta.

El que tenía la obligación de cerrar aquellos ojos los cerró con trémula mano... Temía hacerle daño.

El Padre, puesto de rodillas, rezaba en silencio, la mirada fuertemente contenida dentro de los párpados, como el prisionero a quien se doblan los cerrojos de su calabozo. León contempló breve rato lo que restaba de quien fue la mujer más hermosa de su época, reuniendo a este privilegio el de ser la más santa de su barrio, y tembló de dolor al choque de las memorias que a él venían, de los sentimientos que en él se encrespaban. ¡Cuán triste hermosura en aquella calma de los despojos tibios, donde lo bello ocultaba tan bien lo fúnebre, que venía bien en aquel caso llamar ascéticamente muerte a la vida y vida a la muerte!

Lleno de turbación y rebosando lástima de su corazón oprimido, el viudo salió de la alcoba como si saliera de su juventud. Las fieles amigas de devociones y los criados quedaron allí. Paoletti se retiró a la capilla a rezar.

Circuló por el palacio la noticia y se oían lamentos lejanos, bullicio de gente que corría en busca de cordiales, secreteo suspirón de amigos que entraban y salían. León fue a dar a la sala de Himeneo, donde se arrojó en un diván, fijando la vista en el antiguo reloj artístico que en torno al círculo de las horas tenía un renglón curvo, semejante a un triste ceño, con esta inscripción:

Vulnerant omnes, ultima necat.



}