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La familia de León Roch
Tercera Parte
Capítulo VIII
Sorbete, jamón, cigarros, pajarete

de Benito Pérez Galdós



La noticia de la mejoría, volando de aposento en aposento y llegando hasta el picadero, donde estaba Polito, y hasta la estufa, donde los marqueses de Tellería y de Onésimo examinaban las piñas exóticas, haciendo discretísimas apreciaciones sobre los progresos de la aclimatación (de lo cual debía resultar con el tiempo, según D. Joaquín, un gran aumento en la materia imponible); llegando también hasta la pajarera, donde estaba Milagros encantada con el piar de las pequeñuelas aves, que era un recreo muy de su gusto, esparció el júbilo por todas partes. Además de los Tellerías, mucha y diversa gente había acudido a enterarse, y algunos aceptaban los aparatosos obsequios del marqués Fúcar. Otros se volvían después de dejar una tarjeta, pero las amigas íntimas quedábanse un rato para consolar a Milagros, que después de dar una vuelta por el jardín, había entrado bastante tarde y daba descanso a su fatigada persona en un sofá de la sala japonesa. Allí entre ídolos y jarros de color de chocolate exhalaba sus quejas y suspiros.

-Ahora no se opondrá ese troglodita a que yo vea a mi hija... Pst.

Un lacayo que pasaba con un servicio de copas y licores se detuvo al llamamiento.

-Tráigame usted un helado.

-¿De qué lo quiere la señora?

-De piña, si hay; si no, de plátano... Pilar, ¿no tomas nada?

-Si acabo de tomar dulce de coco, plumpudding, Jerez y no sé qué más. Ese bendito marqués de los adoquines quiere vengarse de mis burlas haciéndome morir de empacho. Se empeña en que me quede a comer aquí, en que pasee en sus caballos y en sus coches, en que me lleve todas las camelias... Si ya sabemos, señor tratante en blancos, que tiene usted buen cocinero, buenos caballos, un gran jardinero y muchos muñecos de baratillo. El cocinero vale poco. Es un marmitoncillo que estaba en París en los Trois Freres Provenceaux... Francamente, me carga lo que no es decible este palacio de similor, tan semejante a una prendería... Parece una gran librea recargada de galones... Pero querida Milagros, ¿sabe usted que estamos aquí haciendo un papel lucido? ¿Entramos en la alcoba de María? ¿Habrá reconciliación por ahora?

Los ojos de la marquesa se iluminaron como la luz de los faros giratorios cuando les llega el momento de crecer. Después se apagaron, mientras los labios decían:

-¡Reconciliación! ¡Oh! ¡Desgraciadamente, no la habrá!

-¿Y Pepa, dónde está?

-En Madrid.

-Sería una desfachatez que se presentase en Suertebella. Todavía no me explico por qué está aquí María.

-Mi pobre hija fue acometida de un violento ataque. Hallábase en un caserón sin muebles, sin camas, sin recursos. El marqués de Fúcar la hizo trasladar aquí. ¡Cuánto le agradecemos su bondad!... Pero mi bendito yerno... No puedo contenerme, voy a decirle cuatro verdades... ¡Ah!, el sorbete.

La marquesa se había levantado con ciertos ademanes de femenil fiereza; pero se sosegó, volviendo a su primer asiento entre ídolos y jarrones para hacer desaparecer el sorbetillo en las profundidades inconsolables de su ser afligido.

Polito había vuelto al billar, donde jugaba a carambolas con su amigo Perico Nules.

-¡Eh!... Philidor... -exclamó de improviso, mascullando el tarugo de aspirar brea-. Haga usted el favor de mandar que me traigan un poco de jamón en dulce y una copa...

-¿De Jerez?

Vaciló, rascándose la barba rala.

-No... que me irrita... De Chateau-Iquem. Si yo pudiera dejar la maldita brea...; pero no, no puedo dejarla, porque me ahogo... ¡Eh!, un momento, mon cher Philidor... A este tráigale usted también jamón en dulce o lengua escarlata y pajarete.

Cuando se quedaron solos, Polito se llevó los dedos a la boca y dijo a su amigo:

¿Smocking?...

-¿Fumar? Pues fumemos -dijo el otro sacando su petaca.

-Hombre, no... Mira, allí está la caja... Toda la Vuelta Abajo la tenemos en casa.

Los dos, bastoneando con los tacos, fueron derechos a una caja de tabacos que con su incitante olor revelaba el aristocrático abolengo de los vegueros que entre sus tablas de cedro tenía.

-¡Buenos cigarros, buenos!

-Mira, chico, aquí viene bien aquello de «lo que es de España...». Hagamos provisiones.

Y metieron la mano en la caja.

-Hombre, es demasiado -dijo Perico Nules, algo escandalizado de aquella incautación.

-No seamos panolis... Digamos como Raoul: chascun per se...

Esto lo dijo cantando a Meyerbeer. Cada nota disminuía de un modo deplorable la riqueza tabaquina del marqués de Fúcar.

-Verdaderamente ¿qué es esto que vemos, que tocamos, que fumamos? -dijo Nules, encendiendo una cerilla-. ¿Qué recinto es este, espléndido y rico, donde ahora estamos? Este salón lujoso ¿qué es? Los ricos alicatados árabes de esta sala, el caballo en que has paseado esta tarde, las piñas de la estufa, los cuadros, las flores, los tapices, los vasos, ¿qué son? Pues son el jugo, la savia, la esencia de nuestro país, de nuestra amada patria... ¿tú te enteras?, y como las cosas sacadas de su centro natural por malos caminos tienen que volver a su natural centro temprano o tarde, bien así como los seres orgánicos se asimilan por el alimento aquello mismo que pierden por el uso de la vida, resulta que...

Trajeron el jamón, y la presencia del lacayo obligoles a guardar silencio.

-Y como nosotros somos el país o parte del país...-dijo Leopoldo.

-El país recobra lo que le pertenece -añadió Nules arremetiendo al condumio.

Aquel humorístico joven era el mismo que había hecho, según crónicas fidedignas, la interpretación profana y maliciosa de las pinturas y letreros de la capilla.

-La riqueza, querido Polo -dijo escanciando el pajarete-, es un círculo, ¿te enteras bien?, es un círculo... sale y vuelve al punto de partida... El Estado saca a mi padre por contribución la mitad de sus rentas de Jerez; Fúcar le saca al Tesoro, en el feliz instante de un empréstito, la contribución de seis meses, y yo me bebo el vino de Fúcar y le fumo sus cigarros, con lo cual satisfago una necesidad que mi padre no pudo satisfacerme por causa de aquella maldita contribución. ¿Tú te enteras de este círculo infinito?... Todavía quedan algunos cigarros en la caja. Esos se los fumarán los criados.

-No lo consiento. ¡Pietoso ciel! -dijo Leopoldo-. No faltaba más... in tal periglio estremo...

-¡Oh!, ¡feliz encuentro! -exclamó Nules mirando al parque por la ventana-. Ahí están las de Villa-Bojío, madre e interesantes hijas.

Leopoldo se asomó para ver a las damas que del landó bajaban junto a la escalinata, y su corazón se movió en pecho con trabajoso palpitar, así como la pepita de una avellana medio seca que tiembla en las ramas agitadas por el viento.

-Convidémoslas a dar un paseo en coche -dijo Nules.

-Sí, que enganchen. ¡Attelez!... Philidor... -dijo Leopoldo gritando-. Pero vamos a recibirlas.

-Las llevaremos a dar un paseo a Leganés.

-No hay nada que ver.

-Aunque sea a ver a los locos.



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