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La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo V
La madre

de Benito Pérez Galdós


¡Qué horas las de aquella noche! En ellas no pasaba nada, y, sin embargo, trascurrían llenas de interés, como los años de la historia preñados de pasmosos acontecimientos. La excitación nerviosa de Pepa era tan grande que parecía tocada de locura: llorando, parecía reír, y sus palabras entrecortadas, sueltas, incoherentes y sin sentido anunciaban el extraordinario desvarío de su alma, vacilante entre la desesperación y la esperanza. A veces temblaba como una vieja decrépita; a veces iba de aquí para allí como una niña que no sabe lo que hace.

Y Monina, después de expeler mayor cantidad de falsas membranas, seguía sudando copiosamente. Aquel sudor semejaba un rocío del cielo. El color amoratado de su rostro iba desapareciendo, y en sus mejillas alboreó ligero tinte rosado. Daba alegría ver cómo apuntaban las flores de la vida en aquello que había sido yermo de muerte. Su respiración era blanda, y en sus labios mudos, ligeramente dilatados, apuntaba también el capullo de la más hermosa flor de la infancia que es la risa. No se podía verla sin esperanza: no era posible desechar aquella esperanza que se apoderaba del alma como una inspiración del cielo.

Aclaraba el día cuando Moreno se volvió hacia Pepa y le habló así:

-Ya es hora de poder decir algo positivo.

-¿Sí?

-Mi hija...

-Pues la niña -añadió el médico, estrechando la mano de Pepa- está fuera de peligro. Una reacción sudorífica, precedida de la expulsión de las membranas, nos la ha salvado. León quería intentar la traqueotomía... La disolución cáustica obrando sobre la mucosa nos ha devuelto la joya que creíamos perdida.

Pepa le besaba las manos, llenándoselas de lágrimas.

-No he sido yo, señora: ha sido la Naturaleza y el tártaro y la disolución cáustica... en una palabra, la Naturaleza sola, o mejor dicho, Dios solo. Ahora es tiempo de que yo descanse un poco.

Después de dar breves instrucciones, se retiró.

Pepa se había quedado muda. La alegría no le permitía decir nada. Se puso a rezar y estuvo en oración más de media hora. León estaba junto al lecho, apoyada la frente en las manos. De pronto sintió una voz que le llamaba. Miró y vio a Pepa junto a él.

-¡Qué día y qué noche has pasado! -le dijo ésta-. Horas de ansiedad, de muerte y, después, de alegría. Tú no eres padre; si lo fueras, ¡bienaventurados tus hijos!... El interés que has mostrado por esta niña de una familia amiga, pero extraña, de una familia que no es la tuya...

-Ese interés es un cariño irresistible, que aun aquí no me puedo explicar. Paréceme una aberración, una locura.

-¡Locura!... eso no... Yo quiero que ames a mi hija. Mira, León, si vivo mil años, no olvidaré estas horas en que tanto ha padecido y trabajado mi pobre alma, y lo que menos olvidare será aquel momento, que fue el más solemne y crítico de esta noche, y aquellas palabras que oí y que están en mi memoria como si las hubieras estampado con fuego.

-No sé qué dices.

-Ni yo tampoco -replicó la de Fúcar inclinándose hacia León-. Creo que la alegría me ha vuelto demente... Noto en mi cerebro no sé qué aberración o desquiciamiento... ¿Pero es verdad que tengo a mi hijita?... ¿es verdad que conservo a este ángel para que me acompañe en mi soledad?

Miró a la niña, y acercándose despacio, la besó en la frente con mucho cuidado para no turbar su tranquilo sueño. Cuando se volvió hacia el amigo, este pudo observar una extraña iluminación en los ojos de Pepa.

-Tú estás muy excitada -le dijo-. Debes acostarte y dormir un poco. ¡Pobre madre!, has padecido mucho desde anteanoche.

-Mucho -repitió Pepa-. He padecido mucho; pero no ha sido sólo ahora, sino antes, antes... Estoy familiarizada con el padecer.

-Cálmate... tienes calentura.

-Pues como te decía -indicó la dama, pasando bruscamente de una indecisión sombría a una claridad sonriente-, no olvidaré jamás aquellas palabras...: «Señor, que no se muera Monina. Es lo que más amo en el mundo». ¡Lo que más amas en el mundo!

León bajó los ojos.

-Yo agradezco mucho que quieras a mi hija de ese modo -dijo Pepa, pronta a llorar-. Al fin, no soy yo sola quien la quiere... Eres un buen amigo, amigo mío desde la infancia... Siempre te he apreciado, y ahora más que nunca... En fin, al ver el interés que has tomado por mi niña, interés verdadero, profundo; al ver esto, siento un deseo irresistible de romper un silencio que me ahoga, de quebrantar un secreto que no cabe en mí, y decirte que...

Dejó caer desplomada su cabeza sobre el hombro de León, y lo regó con abundantes lágrimas. Él no decía nada. Sentía el peso de aquella cabeza y el calor de aquel aliento y la humedad de aquellas lágrimas y callaba, torvo y reconcentrado en sí mismo. Parecía que la dama lloraba sobre una piedra.

Un sentimiento de dignidad o de pudor estalló súbito en el alma de Pepa. Incorporándose, ruborizada, lanzó una exclamación que parecía significar: «¿Qué estoy haciendo?... ¡Qué escándalo!».

-Pepa -dijo León, estrechándole cariñosamente una mano-. Tu niña se ha salvado. Yo me retiro.

En aquel momento sorprendioles a entrambos una voz fresca, argentina, angelical, una voz del cielo, que gritaba:

-Mama, mama...

Pepa se la comió a besos. Monina resucitaba, pedía chicha (carne), melutita (merluza), bichichi (roast-beef), cayamelo (caramelos), panimiteca (pan y manteca), todo junto, todo a un tiempo, y en gran cantidad, y después de esto, no sabiendo más nombres, pedía cosas. Con esta palabra comprendían los niños su insaciable deseo de posesión. Es el vocablo sintético de su codicia y de su gula.


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