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La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo X
Razón frente a pasión

de Benito Pérez Galdós


Al día siguiente recibió León un anónimo; después, la visita de dos amigos que le comunicaron algo muy interesante, pero también muy penoso para él, y a consecuencia de esto pasó en gran desasosiego el día, y la noche en vela. Levantose temprano y anunció a Facunda que se marchaba: una hora después, dijo: «No, me quedo, debo quedarme». Por la tarde salió a pasear a caballo, y al regreso envió un recado a Pepa, diciéndole que deseaba hablar con ella. Desde el día en que supo la noticia de la muerte de Cimarra, León no había visto a la hija del marqués de Fúcar sino dos o tres veces. Un sentimiento de delicadeza le había impedido menudear sus visitas a Suertebella.

Recibiole Pepa poco después de anochecer en la misma habitación donde Monina había estado enferma y moribunda. La graciosa niña, medio desnuda sobre la cama, se rebelaba contra la regla que manda dormir a los chicos a prima noche, y entre las sábanas y sin hacerse de rogar como otras veces, contaba todos los medios cuentos que sabía, y decía todas sus chuscadas y agudezas; empezaba una charla que concluía en risa, y castigaba a su muñeca después de darla de mamar, y saludaba como las señoras, y con sus dedillos hacía un aro para imitar el lente monóculo del barón de Soligny. Después de mucha batahola, vacilando entre la risa y una severidad fingida, Pepa logró hacerla arrodillar, cruzar las manos y decir de muy mala gana un hechicero padrenuestro, mitad comido, mitad bostezado. Siguió a esta oración el Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, y como si esta ingenua plegaria tuviese en cada palabra virtud soporífera, Monina guiñó los ojos, cerró sus párpados con dulce tranquilidad, y murmurando las últimas sílabas, quedose dormida en los brazos del Señor.

Después que ambos la contemplaron en silencio durante largo rato, León la besó en la frente.

-Adiós, nena -dijo lleno de emoción.

-¿Y por qué adiós? -preguntó Pepa muy inquieta-. ¿Te vas?

-Sí.

-Me avisaste que querías hablarme.

-Despedirme.

-¿No estás bien aquí?

-Demasiado bien, pero no debo estar.

-No te comprendo. ¿Te has reconciliado con tu mujer?

-No.

-¿Vas al extranjero?

-Tal vez.

-¿A dónde?

-No lo sé todavía.

-Pero ¿avisarás, escribirás, dirás: «estoy en tal parte»?

-Es posible que no diga nada.

Pepa miró torvamente al suelo.

-Es necedad que tú y yo hablemos con medias palabras y con frases veladas y enigmáticas -dijo León-. Hace algunos meses que hablamos como los que ocultan una intención perversa. Si hay maldad, mejor estará dicha que hipócritamente ocultada. Es preciso decirlo todo. Desde que perdí completamente las ilusiones de mi bienestar doméstico, frecuento tu casa; quizás, o sin quizás, la he frecuentado demasiado en este tiempo; mi soledad, mi tedio, mi anhelo de saborear la vida de los afectos, hacíanme buscar ese arrimo que al alma humana es tan necesario como el equilibrio al cuerpo. Yo estaba helado, ¿qué extraño es que me detuviera allí donde encontré un poco de calor? Empecé admirando a Monina y acabé por adorarla, porque yo tenía, más que afán, rabiosa sed de afectos íntimos, de amar y ser amado. ¡Es tan fácil hacerse amar de un niño!... Yo sentía en mí afanes imperiosos de deleitarme en cosas pueriles, de poner mi corazón, vacío ya de grandes afecciones, bajo los piececillos de un chicuelo para que lo pateara. No sé cómo explicártelo... presumo que tú comprenderás esto. Se me figura que lees en mí, así como tú no me eres, no, desconocida. Me parece que hace tiempo estamos representando una comedia...

-Yo no represento jamás -dijo Pepa con aplomo.

-Pues yo tampoco. Oye lo que ha pasado en mí. Yo me sentía solo en mi casa, solo en la calle, solo en medio de la sociedad más bulliciosa, solo en todas partes, menos junto a ti. Una fatalidad... pero no demos este cómodo nombre a lo que es resultado de nuestra imprevisión y nuestros errores... digamos que la situación creada por nosotros mismos nos impedía declarar con la frente alta un afecto del corazón... Ambos éramos casados.

-Sí -dijo con serenidad y firmeza la de Fúcar, como si ella hubiera ya pensado muchas veces aquello mismo, como si lo hubiera repetido mil veces en su interior y considerádolo bajo infinitos aspectos.

-Ahora ya tú no lo eres, yo sí. La situación es casi la misma. Pero tu viudez me ha hecho más insensato... Yo no debo estar aquí, y sin embargo, estoy y cuando veo este color negro de tus vestidos y del vestido de Monina, siento en mí no sé qué horrible levadura de osadía y sacrilegio; lucho por ahogarla y callarme, pero tú misma, con una fuerza de atracción que tienes siempre en ejercicio y que me arrastra, me obligas... no puedo decirlo de otro modo, me obligas a decirte que te amo, que te amo desde hace tiempo... No tengo fuerzas ni palabras para maldecir un sentimiento que en mí ha nacido de este lúgubre destierro doméstico en que vivo, y en ti... no sé de qué.

-Creo que nació conmigo -dijo Pepa, que apenas tenía respiración-. Me has dicho una cosa que presumía mi corazón... ¡Pero oírtela decir... oír de tu misma boca, aquí, delante de mí... donde sólo Dios y yo podemos oírlo...!

Le faltó la voz. Transfigurada y sin color, como el que se va a morir, no pudo hallar para el desahogo de su alma otro lenguaje más propio que apoderarse de una mano de León y besársela tres veces con ardiente ternura.

-Hemos llegado a una situación difícil -dijo él-. Afrontémosla con dignidad.

-¿Situación difícil? -indicó Pepa, con cierta sorpresa candorosa, como si la situación le pareciera a ella muy fácil.

-Sí; porque a estas horas somos víctimas de la calumnia.

Pepa alzó los hombros, como diciendo: -¿Y qué me importa a mí la calumnia?

-Convendrás conmigo en que he cometido una gran falta en venir a vivir tan cerca de ti.

-¿Falta? ¿Falta venir aquí? -dijo la dama, dando a entender que si aquello era falta, también lo era la salida del sol.

-Falta ha sido. Te advierto que yo, a quien muchos tienen por hombre de entendimiento, me he equivocado siempre en las cosas prácticas.

Pepa indicó su conformidad con aquella idea.

-Mi último error ha desatado la lengua a la maledicencia. ¡Pobre amiga mía! Ya es cosa averiguada en Madrid que a los dos meses de viuda tienes un amante, que ese amante soy yo, que vivimos juntos, injuriando la moral pública. No contenta con esto, la gente hace un odioso trabajo retrospectivo, dando a nuestras relaciones criminales un origen remoto, y de esto resulta una afirmación fuera de toda duda.

-¿Cuál?

-Que Monina es hija mía.

Pepa se quedó un instante perpleja. Creeríase que la tremenda afirmación no hacía gran mella en su alma. Argumentando mentalmente, no sabemos de qué modo, dijo:

-Pues bien, cuando la calumnia es tan grosera, tan absurda, no debemos afligirnos por ella.

-¿Sabes tú cuál es el escudo en que la calumnia puede estrellarse? -le dijo León con serenidad-. ¿Lo sabes tú? Pues es la inocencia. Nuestra inocencia, Pepa, es tan sólo relativa, o mejor dicho, parcial. La maledicencia que nos agobia lleva en sí algo de fundado: se equivoca sólo en los hechos. Miente cuando dice que soy tu amante y que vivimos juntos; pero acierta cuando dice que te amo. Miente cuando dice que Monina es hija mía; pero...

Pepa no le dejó concluir. A borbotones se le salieron las palabras de la boca para exclamar con júbilo:

-Pero acierta al decir que la adoras como si fuera tu hija: lo mismo da.

-La calumnia se equivoca en los hechos; pero a falta de hechos hay intenciones, sentimientos, esperanzas. Contéstame: ¿crees tú que somos inocentes?

-No. Por lo menos yo no lo soy. La calumnia que ha caído sobre mí y me hiere en mi honor, parece que trae consigo algo de justicia -dijo Pepa con acento patético-. ¡La miro con menos horror del que debía sentir, porque hay dentro de mí tanto, tanto, que podría justificar una parte, lo principal, el fundamento de ella!... Tú eres una persona de rectitud y de conciencia, yo no lo soy. Estoy acostumbrada a acariciar, cultivándolos en el secreto y en la soledad de mi alma, sentimientos contrarios a mi deber; yo soy una mujer mala, León, yo no merezco este afecto tardío que sientes por mí; yo soy criminal, y como criminal no puedo tener ese pavor escrupuloso que tú tienes a la calumnia.

-Pepa, Pepa, no hables de ese modo, -dijo León, estrechando la mano de su amiga-. No es así como te he visto y te he contemplado en mi alma, cuando te apoderabas de ella y lentamente te hacías reina de todos mis afectos.

-¡Oh! Si no te gusto así -replicó la de Fúcar en un tono de amargura y dolor que oscurecía sus palabras-, ¿por qué no viniste a tiempo? Si hubieras llegado cuando se te esperaba, ¡qué pureza y qué elevación de sentimientos habrías podido hallar! ¡Qué noble y santa pasión, tan propia y tan digna de ti habrías encontrado entre aquellas ridiculeces pueriles que no eran sino signos de locura con que se manifestaban mi corazón comprimido, mi imaginación desesperada! Si hubieras venido a tiempo, dignándote agraciar con una palabra amante a la voluntariosa, a la pobre loca, a la necia, ¡qué hermoso tesoro de afectos habrías descubierto, tesoro íntegramente reservado para ti y que en tus manos habría perdido su tosquedad!... Yo parecía no valer nada; yo parecía una calamidad, ¿no es cierto?... Es que yo quería estar en manos que no querían cogerme; era un instrumento muy raro que no podía dar sonidos gratos sino en las manos para que se conceptuaba nacido. Fuera de mi dueño natural, todo en mí era desacorde y disparatado... No te quejes ahora si me encuentras un poco destituida de conciencia y con escaso, muy escaso sentido moral. Yo he padecido mucho; he llevado una vida de incansable y espantosa lucha conmigo misma, de desacuerdo constante con todo lo que me rodeaba; he llevado sobre mí el peso de un desprecio recibido, y este desprecio, extraviándome la razón y haciéndome correr de desatino en desatino, me ha quitado aquella pureza de sentimientos que un tiempo guardé y atesoré para quien no quiso tomarla. No soy tan rigorista como tú; no soy escrupulosa de conciencia; no tengo valor para mayores sacrificios, porque mi corazón está fatigado, herido, lleno de llagas como el loco que se muerde a sí mismo; no creo al mundo con derecho a exigirme que me atormente más, pues bastantes mordazas he puesto en mi boca, y así te ruego que tampoco seas rigorista, que no hagas caso de la moral enclenque de la sociedad, que des algo al corazón, que sigas viviendo aquí, que me visites todos los días, y que me pagues algo de lo mucho que me debes, queriéndome un poco.

No pudo conservar su entereza hasta el fin del discurso, y se echó a llorar.

-Mi necio orgullo -dijo León, más bien acusándose que defendiéndose- nos hizo a entrambos desgraciados. ¡Que aquel desprecio que te hice caiga sobre mi cabeza; que todos los infortunios ocasionados por mi error sean para mí!

-No más infortunios, no. Basta con los pasados. La culpa toda no fue tuya. Yo no tenía otra cualidad buena que la de quererte; yo hacía locuras, yo desvariaba. Comprendo tu preferencia por otra, que además era guapa; yo nunca he sido bonita... ¡Y ahora vienes a mí, después de tanto tiempo, por los caminos más raros; y ahora...!

Un sacudimiento nervioso desfiguró las facciones de Pepa. Hizo un gesto de terror, como apartando de sí una visión terrible, y exclamó sordamente:

-¡Tu mujer vive!

León no encontró palabras para comentar ni para atenuar la terrible elocuencia de esta frase. Humillando su frente, calló.

-¡La hermosa, la santa, la perfecta!... -añadió Pepa-. Pero ¿no es así más grande mi triunfo? Has venido a mí, la has abandonado.

Júbilo inmenso iluminó su rostro.

-No, no... -dijo León vivamente-. Yo he sido abandonado. Yo he amado a mi mujer, yo he sido fiel esclavo de mi juramento hasta ahora, hasta ahora que lo he roto.

-Bien roto está -dijo la de Fúcar con brío-. ¿Por qué temes el fallo de los tontos? ¿Por qué el fantasma de tu mujer te aleja de mí?

-Pepa, amiga querida, por piedad, tu despreocupación me causa miedo.

-Ya te he dicho que yo no tengo sentido moral; lo perdí, me lo quitaste tú con la última ilusión. No tener ilusión alguna ¿no equivale a ser mala? Yo fui mala desde aquella noche horrenda en que la última esperanza salió de mí como si hubiera salido el alma toda, dejándome yerta, vacía, helada, verdaderamente loca. Desde entonces, todo en mí ha sido desvariar: me casé lo mismo que me hubiera arrojado a un río; me casé en vez de suicidarme. No supe lo que hice; había en mí un germen de maldad el cual yo misma quería que se agrandara. Si al menos hubiera tenido educación... Pero tampoco tenía educación. Yo era una salvaje que ostentaba riquezas, fórmulas sociales y apariencias deslumbradoras, como otros cafres se adornan con plumas y vidrios. ¡Luego aquel despecho, aquel puñal clavado en mi corazón!... El despecho me inclinaba a entregar al menos digno lo que yo reservaba para el más digno. ¿No había podido obtener el primero?, Pues me entregaba al último. ¿No recuerdas que echaba mis joyas al muladar? ¿De qué servía mi pobre ser despreciado? ¡Casarme con un hombre estimable, con un hombre de bien! Eso habría sido tonto... ¡Qué gusto tan grande aborrecer a alguien, aborrecer al más cercano, al que el mundo llamaba mi mitad y la Iglesia mi compañero! Es que yo quería ser mala. Ya sabes que en ciertas esferas, a la joven de malos instintos que quiere entrar en la libertad se le abre una puerta muy ancha. ¿Cuál es? El matrimonio. En mi turbación decía yo: «soy rica, me casaré con un imbécil y seré libre». ¡Pero yo no acordé de mi pobre padre! ¡Qué mala he sido! Muchas hacen lo mismo que hice yo, pero sin tan fatales consecuencias. Al casarme, todas las desgracias cayeron sobre mi casa... Yo era libre, continuaba en la desesperación, y en tanto tú... lejos, siempre lejos de mí. Tu honradez me enloquecía y me hacía meditar. ¿Creerás que me sentía abofeteada por tu honradez, y que a veces mi alma se encariñaba con la idea de ser también honrada?... No sé dónde hubiera concluido. Al fin Dios me salvó dándome esta hija, que al nacer me trajo lo que nunca había yo conocido: tranquilidad. Cuando Monina crecía a mi lado, yo adquirí por milagroso don cultura de espíritu, sensatez, amor al orden, sentido común. Fui otra, fui lo que hubiera sido desde luego pasando de los delirios de mi amor contrariado a la paz y al yugo de tu autoridad de esposo. Ahora me encuentras curada de aquellas extravagancias que me hicieron célebre; pero no soy tan buena como debería serlo; hay en mí un poco, quizás mucho, de falta de temor de Dios; no me hallo dispuesta a sacrificar mis sentimientos a las leyes que tanto me han martirizado; se me conoce involuntariamente que he vivido en un mundo donde todas las leyes son de fórmula, donde hay más palabras sonoras que acciones buenas, y así te digo: libre soy, libre eres...

-Yo...

-Sí, tú; porque libre es quien rompe sus cadenas. ¿No dices que has sido abandonado?

-Sí.

Una vacilación dolorosa se pintaba en las facciones de León.

-¡Oh!, ya veo que aquí la abandonada siempre soy yo, siempre yo -exclamó Pepa con desesperación-. Bien, bien.

-Abandonada, no; pero hay una imposibilidad moral que ni tú ni yo debemos despreciar. Yo me hallo en el conflicto quizás más delicado y temeroso en que hombre alguno se ha visto jamás.

Pepa fijó en él sus ojos, atendiendo con toda el alma a lo que iba a decir.

-Soy casado. No amo a mi mujer ni soy amado por ella; somos incompatibles; entre los dos existe un abismo. Nos separa una antipatía inmensa. ¿Pero por qué mi mujer ha llegado a ser extraña para mí? No ha sido por adulterio: mi mujer es honrada y fiel, mi mujer no ha manchado mi nombre. Si hubiera sido adúltera, la habría matado; pero no puedo matarla, ni puedo divorciarme, y hasta la separación legal es imposible. No nos ha separado el crimen, sino la religión. ¿De qué acuso a mi mujer? De que es santa, de que es fanática creyente en su religión. ¿Acaso esto es una falta? ¡Quién puede decirlo! A veces viene a mi mente un sofisma, y me digo que puedo acusarla de demencia. ¡Horrible idea! ¿Con qué derecho me atrevo a llamar demencia a la práctica exagerada de un culto? Sólo Dios puede determinar lo que en el fondo de la conciencia pasa, y fijar el límite entre la piedad y el fanatismo. En mi conciencia declaro que puedo tener a mi mujer por fanática; pero no me creo con derecho a declararlo a la faz del mundo.

Al expresarse así, en frases entrecortadas y preguntas y respuestas, la boca de León, por donde aquel lenguaje agitado y vivo salía, era como un tribunal donde se discutían el pro y el contra de un crimen.

-Mi mujer ha faltado al cariño, que es ley del matrimonio, como lo es la fidelidad -añadió-; pero no ha escarnecido ni llenado de befa mi nombre. Mi nombre está puro. ¿Hay bastante motivo para que yo me declare libre?

-Sí, porque tu mujer no te ama, porque ella ha destruido el matrimonio.

-Lo ha destruido por el fanatismo religioso. Y yo miro a mi conciencia turbada y digo: «¿No seré yo tan culpable como ella». Así como ella tiene un fanatismo que la impele a aborrecerme, ¿no tengo yo también otras que me la hacen aborrecible? Ella tiene un orden de creencias que me hacen huir de ella. ¿Por ventura no seré también fanático?

-¡Tú no, ella, ella! -dijo Pepa con cierto encono.

-En el extremo a que nuestra desunión ha llegado, ¿quién es más culpable? Ella es fanática, sí; pero tiene un fondo de rectitud que no puedo desconocer. María es incapaz de toda acción verdaderamente deshonrosa... Es fanática, sí, y de pocas luces; pero es fiel. No me ama; pero no ama a otro. ¿Por ventura no soy más culpable yo, que amo fuera de casa?

Pasó la mano por su frente abrasada; después meditó para buscar salida a aquel dédalo terrible.

-Y en caso de que pueda declararme libre -dijo al fin-, no puedo unirme con otra, no puedo tratar de formarme una nueva familia, ni por la ley ni por la conciencia. Debo aceptar las consecuencias de mis errores. No soy, no puedo ser como la muchedumbre, para quien no hay ley divina ni humana, no puedo ser como esos que usan una moral en recetas para los actos públicos de la vida, y están interiormente podridos de malos pensamientos y de malas intenciones. La familia nueva que yo pueda formar será siempre una familia ilegítima... hijos deshonrados y sin nombre... una atmósfera de deshonor, envolviéndonos a todos. No creas tú que al hablarte así y al asustarme de la situación en que nos hallamos, obedezco a las hablillas de Madrid, ni que me fundo para tratar de ilegitimidad, en el sentido de la ley, que casi es impotente para resolver esta cuestión tremebunda: obedezco y atiendo a mi conciencia, que tiene el don castizo de hacerme oír siempre su voz por cima de todas las otras voces de mi alma. Interroga tú también a tu conciencia.

Pepa se inclinó suavemente, como si fuera a caer desfallecida, y, sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:

-Mi conciencia es amar.

Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa y patética en los labios de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se veía condenada a la reserva, y a desarrollar sus afectos en la vida calenturienta y tenebrosa de la imaginación.


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