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La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XIII
Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya

de Benito Pérez Galdós


La señora de Roch fue muy temprano a San Prudencio. Hacía algún tiempo que madrugaba para cumplir sus deberes piadosos, tornando a casa a las nueve, con lo que evitaba hallarse entre el tumulto de fieles y de damas amigas que iban a las horas cómodas. Aquel día, que era domingo, madrugó mucho y salió muy temprano de la iglesia, cumplido el precepto que más halagaba su espíritu. Como de costumbre, pasó parte de la mañana en lecturas religiosas; pero ha de advertirse que no había buscado sus textos en nuestra rica literatura mística, fundida en el crisol del espiritualismo más puro y que arrebata el alma creyente, ya encendiendo en ella divinos fuegos, ya embelesándola con un discurrir metafísico y quintesenciado. María apacentaba su piedad, triste es decirlo, con lo peor de esta literatura religiosa contemporánea, que es, en su mayor parte, producto de explotaciones simoníacas, literatura de forma abigarrada y de fondo verdaderamente irreligioso, tirando a sensual, que, combinada con el periodismo y con las congregaciones, es uno de los negocios editoriales más considerables de la librería moderna. Mucho de esto nos viene aquí traducido del francés y tiene un sello de mercantilismo que convida a la profanación. No falta al exterior la consabida elegancia material que la industria contemporánea imprime a todas sus obras, y por dentro el verso y la prosa alternan en la expresión del pensamiento; ¡pero qué verso, qué prosa! Hay ideas que reclaman la sencillez, vestidura propia y genuina, sin la cual no pueden existir; hay sentimientos que exigen la seriedad y la majestad como su natural vehículo, y sin él degeneran en afectada declamación. Incapaz María de comprender esto, hallaba elocuencia y sublimidad en un escrito, muy predilecto suyo, en el cual, para celebrar la presencia de Cristo en la Hostia, misterio solemnísimo al cual no se debe tocar la retórica, se hablaba de armonía y silencio, de fuentes selladas, de manantial de amores, de celestial sonrisa, de flores de Jesé, de oro puro, de la mirra del arrepentimiento, del incienso de la oración, de seráficos incendios, de horno que a un tiempo refresca y reanima, de brisas suaves, de perfumes, de virginales y solitarios espíritus, de banquete fraternal de perla única y celeste rocío del nuevo Edén. Este lenguaje, que habla tan sólo a los sentidos, cautivaba a María más que cualquier otro lenguaje. Su inteligencia limitada no habría comprendido otra manera de hablar o la hubiera visto con desdén, y en cambio, dotada de imaginación y de una facultad sensoria muy afinada, su espíritu daba fácil acceso a todo lo que viniera por aquella vía y llegase a él en el vehículo de lo bien oliente, de lo tangible, de lo bonito y de lo apetitoso.

María admiraba a Santa Teresa porque le habían enseñado a admirarla; pero no comprendía sus ingeniosas metafísicas. Aquellos amores seráficos eran para ella un juego de lenguaje o no eran nada. No se recalentaba el cerebro pensando en las maneras más sutiles de amar al Señor, ni poseía tampoco un gran corazón que le permitiera prescindir de maneras sutiles. Su idiosincrasia burda y sensual, en el sentido recto, iba ciegamente al entusiasmo religioso por otros caminos. Para ella, por ejemplo, la misericordia de Dios era una idea incuestionable y firme; pero no se encariñaba profundamente con ella sino después de asociarla a alguna reliquia. Las perfecciones absolutas del Autor de todas las cosas, tampoco reinaban con fuerte imperio en su ánimo si no llegaban a este por el conducto, digámoslo así, de las perfecciones estéticas de una imagen. La Virgen María, ideal consolador que más fácilmente que otro alguno seduce el espíritu de la mujer y parece que lo informa y compenetra, subyugaba a la insigne dama; mas para que aquel ideal divino tuviera en ella una fuerza incontrastable y la hiciera gemir y llorar, érale preciso (válganos la expresión) remojarlo y desleírlo en agua de Lourdes.

No es necesario decir más para que se vea que la religiosidad de María Sudre era la religiosidad de la turbamulta, del pueblo bajo, entendiéndose aquí por bajeza la triste condición de no saber pensar, de no saber sentir, de vivir con esa vida puramente mecánica, nerviosa, circulatoria y digestiva que es el verdadero, el único materialismo de todas las edades. La verdadera plebe no es una clase: es un elemento, un componente, un terreno, digámoslo así, de la geología social; y si se hiciera un mapa de la vida, se vería marcado con tinta negra este horrible detritus en todas las latitudes de la región humana.

Así como ciertos seres privilegiados personifican en sí la aristocracia del pensar y del sentir, la mujer de León personificaba el vulgo crédulo. En otra época y en otras condiciones sociales, María, sin dejar de llamarse piadosa y de rezar seis horas y de confesar a menudo, hubiera echado las cartas para saber el porvenir, hubiera usado rosarios benditos para conjurar maleficios de brujas, hubiera incurrido en la repugnante manía de asociar a la religión las artes gitanas.

Pero los tiempos no son para esto; aunque, bien mirado, maleficios hay y arte de gitanos, si bien de otra suerte que en lo antiguo. El afán de María era pertenecer a todas las asociaciones piadosas, fueran o no de índole caritativa. Era, con preferencia a todo, lo que en la jerga mojigata se llama josefina o sea, individuo de la asociación de San José, cuyo objeto es rogar por el Papa, y que cuenta en su seno con personas muy respetables, dicho sea esto para que no se entienda como mofa, ni mucho menos, la mención hecha. A otras juntas y a muchas cofradías pertenecía también. Casi todas estas sociedades tienen hoy sus periódicos, creados con el fin de establecer sólida alianza entre los socios o cofrades y ofrecer una lectura altamente recreativa, a veces enormemente cómica, dicho sea también con el respeto debido. Para María no la había más sabrosa ni edificante, y se recreaba largas horas con las anécdotas (¡qué lástima no poder copiar algunas!), con las oraciones y, por último, con la parte que podría llamarse místico-farmacéutica, que es una lista mensual de todas las curaciones hechas con las obleas y las mantecas pasadas por el famoso perolito de Sevilla, prodigios que se dejan muy atrás los milagros de Holloway y de ciertos específicos. María guardaba siempre en su poder porción cumplida de obleas y mantecas pasadas por el perolito para atender a las enfermedades de sus deudos y amigos, segura del éxito siempre que estos tomasen la medicina con fe. La especulación del perolito no podría existir en ningún país donde hubiera sentido común y policía.

Estaba exenta María de aquel idealismo febril de su hermano Luis, y aunque ella se proponía imitarle en todo, era en sus ideas y en sus prácticas muy distinta. Su devoción enfermiza parecía un delirio nacido de la cortedad de inteligencia, alimentado por los sentimientos y exacerbado por la contumacia de su carácter asaz soberbio. Respecto de su consorte, las ideas y sentimientos de la señora eran muy extraños. Ya sabemos qué clase de amor le tenía, el único amor en ella posible. ¡Cuánto había trabajado en sus soledades de penitente para dominar aquel amor! ¡Cómo torturó su imaginación! ¡Qué de monstruosidades inventó para representarse feo al que era hermoso, desabrido al que era galán y seductor, repugnante al que era pulcro y lleno de atractivos! María Egipcíaca pensaba que mientras conservase en su mente la ilusión de aquel compañero de sus días y noches, no habría en ella verdadera santidad. Si tenía o no razón, ¿quién lo sabe? Sólo Dios, que con su vista infinita conocía la calidad de aquella ilusión.

«¡Si León no fuese ateo!» pensaba a cada instante. Y aquí entraba lo irreconciliable, aquí entraba la idea de no tener jamás trato moral ni doméstico con semejante hombre. Ella había consultado con el pensamiento la voluntad de su hermano, que como sombra cariñosa venía en las noches solitarias a vagar sobre su lecho santo, y la voluntad de su hermano era que no debía existir entre ella y el ateo relación de ninguna clase; que estaba manumitida de la esclavitud matrimonial, relevada de su carga de deberes, libre para no pertenecer más que a Dios.

María despertaba a veces con zozobra y agonía, bañada la frente de sudor, trémula y acongojada. «¿Y si quiere a otra?» murmuraba.

Aquí tomaban sus ideas un giro nuevo. Podía su extraviado espíritu conformarse con la idea de que muriera León, aun con la idea de no ser amada por él; ¡pero eso de que su marido viviese y amase, viviendo y amando a otra!... ¡eso de que fuera para otra lo que había sido suyo!... En esto consistía el martirio de aquella mujer, su mortificación constante, y al llegar a este delicado punto, todo su ser saltaba con un impulso, no de pura pasión, sino de apasionado egoísmo.

Durante la época en que León se iba apartando lentamente de ella, María gozaba en mortificarle, gozaba en verle entrar todas las noches, porque es cosa que halaga al verdugo la puntualidad de la víctima en ponerse bajo su azote. A veces por la fuerza de la costumbre y por el afecto verdadero que el largo trato había hecho nacer en ella, sentía mucho gusto de verle; pero disimulaba esta alegría y aquel afecto. ¡San Antonio! No convenía dar a conocer que el ateo era bien recibido. Secretamente solía interesarse por todo lo que a él atañía; dirigía mil preguntas a los criados, y si estaba enfermo, prontamente le hacía llevar medicinas, guardándose bien de mandarle el agua de Lourdes y las mantecas del perolito, por no ser estos ingredientes eficaces sino para el que cree en ellos.

Cuando hablaban tenía que hacer grandes esfuerzos para no contemplar con agrado la simpática y para ella hechicera figura de su esposo, y luego, cuando estaba sola, se arrepentía de ello, se castigaba mentalmente, se llamaba perversa, lasciva, y pedía auxilio a la memoria de su hermano y a la virtud de veneradas reliquias. ¡Si no fuera ateo!, decía, y a veces al decirlo lloraba.

Cuando León se retiró definitivamente, María, que le había expulsado diciéndole: «Mi Dios me manda que no te ame», sintió un descorazonamiento, un vacío, un inexplicable terror... ¿De qué?, ella no sabía lo que tenía. Durante una noche entera, la noche aquella que mencionamos, no pudo poner en su mente una idea devota. Estaba aturdida, y en su cerebro retumbaba un rumor de malos pensamientos, como pisadas de fantásticos corceles que vienen de lejos dando resoplidos. Necesitó largas lecturas y consultas y amonestaciones de clérigos para poder echar alguna tierra sobre el hermoso cadáver del bien perdido, rezó mucho, se mortificó mucho, puso en gran trabajo la imaginación por su método favorito, que era representarse feo lo que era hermoso, amargo lo dulce, asqueroso lo recreativo y placentero. Este horrible trabajo de limpiar el alma por medio de la fantasía, luchando por afear y cubrir de inmundicia las nobles galas del amor, las bellezas de la vida, no era nuevo en ella. Los ermitaños y cenobitas lo han hecho, completándolo con las mortificaciones exteriores. María Egipcíaca trabajó horrendamente en las tinieblas de su atormentado cerebro por representarse como nefandos y teñidos de lúgubres colores los alegres días de su luna de miel y las más pacíficas y dulces horas de su vida de casada. ¡Espantoso desorden, horrible anarquía del alma!

Como hemos dicho, María, al verle ausente para siempre, sintió un vacío, una desazón, una inquietud, una soledad... ¿A dónde había ido? Sin dar a conocer su turbación hizo varias preguntas. En sus rezos meditaba la santa sobre esta profanidad... ¡San Antonio! Indudablemente aquel hombre era suyo. Indudablemente lo suyo, lo verdaderamente suyo, no debía ser para los demás. ¡Cómo fulgura a veces la lógica en los entendimientos más turbados! Lo extraño era que, a pesar de lo que ella llamaba ateísmo de León, siempre había visto en él un fondo de honradez que le inspiraba confianza. Jamás pensó ella, ¡tan limitada era su inteligencia!, en el problema de compaginar aquel ateísmo con esta honradez. ¿Por qué creía ella en la honradez de un ateo? No podía decirlo; pero indudablemente que la confianza existía. Ahora, con la partida de su esposo, de su compañero, de su hombre, la confianza desaparecía. María experimentaba una sensación muy singular. Enorme y fea víbora se acercaba a ella, la miraba, la rozaba, se escurría resbaladiza y glacial por entre los pliegues de su ropa, ponía el expresivo hocico de ojos negros en su seno, oprimía un poco, entraba primero la cabeza, después el largo cuerpo hasta el postrer cabo de la cola delgada y flexible. Entrando, entrando la horrible alimaña se aposentaba en el pecho, se enroscaba despidiendo un calor extraordinario, y se estaba quieta como muerta en la abrigada concavidad de su nido.


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