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La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XIV
La revolución

de Benito Pérez Galdós


Una dama hablaba con María. Era la marquesa de San Salomó.

-Queridísima -le dijo-, no quiero ser de las últimas en venir a llorar contigo.

-¿A rezar?

-A rezar y a llorar. Dios nos aflige con sus castigos. No te vi hoy en San Prudencio. El padre Paoletti me dijo que te habías retirado temprano, y lo sentí. Quería hablar contigo, consolarte como puede consolar una buena amiga.

-¡Consolarme!... -dijo María con aturdimiento-. ¡Ah!, sí, de mi abandono, de mi desaire... Hace tiempo que padezco en silencio, y el Señor, la verdad, no me ha negado dulcísimos consuelos. ¿Para qué estamos en el mundo sino para padecer? Hay que penetrarse bien de esta idea, para que cuando venga el dolor nos encuentre prevenidos.

-¡Oh! -exclamó Pilar con sincera admiración, dando un beso a su amiga-. ¡Qué buena eres!, ¡qué santa!, ¡qué excepción tan admirable eres tú en nuestra sociedad, María! Debiera venir la gente aquí a darte culto, a rezarte como si estuvieras canonizada.

-¡Qué error, Pilar, qué error tan grande! ¿Y si yo te dijera que soy muy pecadora?

-¿Tú pecadora?... ¿tú? -observó la de San Salomó, haciendo aspavientos, cual si oyera una blasfemia-. Pues si tú eres pecadora, ¿qué soy yo?, ¿quieres decírmelo? ¿Qué soy yo?

Y se contestó a sí misma, no con palabras, sino con un grande y entrecortado suspiro, queja angustiosa de su conciencia, incapaz ya de poder resistir más peso.

-No me admiró yo de que hubiera santos, cuando las ocasiones de pecar eran escasas, cuando la mitad del género humano vivía dentro de conventos o en feos desiertos, y se estaban viendo a cada instante ejemplos que imitar; lo admiro ahora, cuando la libertad ha multiplicado los vicios, cuando todo el mundo hace lo que quiere, y se ven rara vez casos ejemplares dignos de imitación. Por eso digo que tú debieras ser canonizada, porque dentro de Madrid, que es sin duda lo más perdido del universo y en este siglo que es, como dice Paoletti, la vergüenza del tiempo, has sabido despreciar el mundo tentador y has igualado a los santos penitentes, a los confesores... y también a los mártires.

Pronunció el también a los mártires con entonación fuertemente intencionada.

-¡Oh!, no me hables así -dijo la Egipcíaca, que aunque gustaba de los elogios, tenía costumbre de disimular aquel gusto.

-Yo te admiro mucho, muchísimo -añadió Pilar con arranque cariñoso-, porque estoy muy lejos de ti, porque disto mucho de parecerme a ti. ¡Ay, querida mía!, si Dios me concediera el andar un pasito sólo de ese camino de perfección en cuyo fin estás tú y que yo ni aun he podido principiar... ¿Sabes lo que pienso? Que voy a intimar más contigo, a acompañarte en tus rezos si lo permites, a leer lo que tú leas, y mirar lo que tu mires, y pensar en lo que tú pienses, por ver si de ese modo se me pega algo. Por de pronto, deseo y te pido que me des algo tuyo, un objeto cualquiera, un pañuelo, por ejemplo para tenerlo siempre aquí sobre mi pecho, como se tiene una reliquia. Yo quiero que me toque constantemente algo que te haya tocado a ti. Aunque no fuera sino porque al ver tu pañuelo me acordaría de ti y de la virtud, y podría atajar un mal pensamiento o una mala acción... ¿Te admiras? Pues no debes asombrarte, queridísima, ma petite, tú no te estimas en lo que vales. Mira, cuando te mueras, la gente ha de andar a mojicones por conseguir pedacitos de tu ropa.

-Pilar, que estás ofendiendo a Dios con tus lisonjas.

-Eres tan buena que te escandalizas de oírlo decir. Así era tu hermano Luis, que en la gloria esta. Pero tú vales más que él.

-¡Pilar, por amor de Dios! -exclamó María verdaderamente escandalizada.

-Más que él: yo sé lo que digo.

-¡San Antonio!

-Más que él... Él fue santo, tú además de santa eres mártir. Has llegado al sumo grado de la perfección cristiana. Yo no conozco criatura más alta que tú, y no sé si sentir por ti más lástima que admiración o más admiración que lástima...

María no entendía bien.

-Así es que el nombre de santa me parece poco... Y dime tú ¿qué nombre deberíamos dar al que teniendo en su casa este tesoro de virtud y de bondad, huye de ella y desprecia el tesoro y se cubre de baldón desdeñando el oro por el estaño, y poniendo en lugar del ángel que Dios le dio por mujer, a una...?

-Pilar... ¡por Dios!, ¿te refieres a mi esposo?

-¡Oh!, amiga de mi alma -dijo la de San Salomó, que había enrojecido dando muestras de gran agitación-. Perdóname si me pongo furiosa al hablar de esto. No puedo remediarlo.

-Pero León... Pilar, tú no sabes lo que dices. Mi marido es un hombre formal.

Si de María hemos dicho que era limitada de inteligencia, algo basta de sensibilidad, pues su corazón de fibras gruesas y sin finura carecía de aptitud para los afectos entrañables y delicados, con la misma lealtad se ha de manifestar lo que en ella había de bueno, y era un fondo de honradez, un cimiento de esa rectitud innata que engendra siempre cierta confianza candorosa en la rectitud de los demás. María se sublevó contra las reticencias de su amiga.

-Veo -dijo ésta- que estoy cometiendo una gran indiscreción. Sin duda no sabes nada.

-¡Que no sé nada!... ¿de qué?

-¡Oh!, no, debo callarme. Yo creí que tu mamá...

-Háblame con claridad... has nombrado a mi marido.

-Y ya me pesa.

-Mi marido es... así... de cierto modo... No cree en nada... se condenará de seguro... es ateo, rebelde... pero se porta bien, se porta bien.

Bruscamente Pilar rompió a reír. Su risa sonora, importuna que duraba más de lo regular, llevó al alma de María grandísima turbación.

-Si llamas portarse bien estar separado de su mujer, que es una santa, y tener relaciones con otra... -dijo la amiga con una entonación despiadada, agria, que tenía algo del cuchillo que corta o de la lima que raspa.

María se quedó como una difunta, pálida, los ojos fijos, la boca entreabierta.

-¡Con otra!

Esto no era nuevo en ella como idea; éralo como hecho. Habían precedido a la noticia presunciones vagas, temores; pero con todo, la triste verdad abruma aun cuando haya sido precedida por el asustadizo sueño.

-¿Has dicho que con otra?

-Con otra, sí. Lo sabe todo Madrid, menos tú.

-Has dicho... con otra... -repitió María, que estaba con el conocimiento a medio perder, alelada, padeciendo una especie de parálisis, cual si cada una de aquellas dos terribles palabras fueran enorme piedra que había caído sobre su cráneo.

-¡Sí!... ¡con otra! -dijo Pilar, rompiendo a reír por segunda vez, lo que no indicaba un gran respeto a la mujer canonizable.

-¿Y quién es? -preguntó con fulgurante viveza la penitente, que pasó del idiotismo a una especie de excitación epiléptica-. ¿Quién es, quién es?

-Yo creí que ya lo sabías... ¡Pobre mártir! Es Pepa Fúcar, la hija del marqués de Fúcar, ese que los periódicos llamaban antes el tratante en blancos y ahora le llaman egregio, porque se ha enriquecido adoquinando calles, haciendo ferro-carriles de muñecas, envenenando a España con su tabaco, que dicen es la hoja seca de los paseos, y por último, prestando dinero al Tesoro durante la guerra, al doscientos por ciento; un buen apunte, un gran señor de ahora, un dije del siglo, un noble haitiano, un engendro del parlamentarismo y del contratismo, que no me puede ver ni en pintura porque una noche, en casa de Rioponce, empezó a galantearme y le volví la espalda, y porque siempre que le veo en alguna tertulia al alcance de mi voz, me pongo a hablar del tabaco podrido, de la multiplicación de los adoquines, del gas que apesta, y del calzado con suelas de papel que dio a la tropa.

Y Pilar soltó la tercera carcajada.

María no oyó ni podía oír aquel gráfico y cruel bosquejo del marqués de Fúcar. Escuchaba un tumulto extraño que repercutía dentro de sí misma, el estruendo de una revolución, de una sublevación, así como el despertar súbito y fiero de un pueblo dormido. La sierpe que ya se enroscaba en su pecho incubó de improviso innumerables hijuelos, y estos salieron ágiles culebreando en todas direcciones, vomitando fuego y mordiendo. Eran los celos, ejército invisible y mortificante cuyo conjunto presentaba como una irradiación continua de mordidas y quemaduras, y así los pintamos porque así se los representaba ella misma, por su prurito de dar a los sentimientos como a las ideas forma de sensaciones físicas, de tal modo, que este afecto era para ella como caricia y arrullo, aquel otro como bofetada, o como pellizco, o como aguijonazo.

Nunca había sentido la pobre santa y mártir cosa semejante, ni sabía lo que era aquello. Su dolor se confundía con el pasmo, con una sorpresa terrible. El sacudimiento que experimentaba era tan vivo que no se le ocurría, como pareciera natural, pensar en Dios, ni llamar en su auxilio a la paciencia o a la resignación. ¿Qué era aquello? Lo real destruyendo el artificio. El alma y el corazón de mujer recobrando su imperio por medio de un motín sedicioso de los sentimientos verdaderos. Era la revolución fundamental del espíritu de la mujer, reivindicando sus derechos y atropellando lo falso y artificial para alzar la bandera victoriosa de la naturaleza y de la realidad, aquello que emana de su índole castiza y por lo cual es amante, es esposa, es madre, es mujer, mala o buena, pero mujer verdadera, la eterna, la inmutable esposa de Adán, siempre igual a sí misma, ya sea fiel, ya sea traidora, bien heroína, bien extraviada. Esta revolución la hace algunas veces el amor, pero no es seguro, porque el amor, en su sencillez inocente, se deja vencer por los sofismas y por la caricia traidora de su hermano el misticismo; quien la hace siempre con éxito es el mayor monstruo, la terrible ira calderoniana, los celos, la pasión brutal y atropelladora por su doble índole, perversa y seráfica, como alimaña híbrida engendrada por el amor, que es ángel, en las entrañas de la envidia, que es hija de todos los demonios.

Ya veremos que la súbita pasión que había estallado en el alma de María tenía más de la índole aviesa de su madre, la envidia, que del generoso natural de su padre, el amor. Por eso era un tormento horrible, sin mezcla de alivio alguno, un traqueteo sin descanso, un fuego que crecía a cada instante. Como alcázar minado que revienta y cae en pedazos, así cayó por el pronto resquebrajándose su mojigatería. En aquel momento verificose en ella un eclipse total de Dios. Dando un doloroso grito, se llevó las manos a la cabeza, y dijo:

-¡Infame... me las pagarás!

En aquel momento entró la marquesa de Tellería, y comprendiendo que María estaba enterada de todo, se arrojó en sus brazos. Su hija no lloraba: tenía los ojos secos y fulgurantes. La madre se condecoró el rostro con una lágrima que traía preparada, como se traen preparados los suspirillos al entrar en una visita de duelo.

-No te sofoques, hija de mi alma. Veo que ya sabes todas esas infamias. Yo no había querido decírte nada por no turbar tu corazón angelical... Cálmate. ¿Pilar te ha contado?... Es horroroso, pero quizás remediable... Hace días que he perdido el sosiego... Vamos, un poco de resignación.

La de San Salomó creyó oportuno tomar la palabra:

-La gravedad del delito -dijo- consiste en la tus condiciones especiales, María. Falta grande es hacer traición a una mujer cualquiera; pero hacer traición a una santa... No sé a dónde irá a parar esta sociedad que nada respeta, y que aboliendo, aboliendo, ya se atreve hasta a abolir el alma. Oh!, c'est degoutant. ¡Y luego extrañan los malvados que haya un puñado de hombres de bien decididos a impedir la jubilación de Dios! ¡Y se espantan de que esos hombres levanten una bandera salvadora y se lancen a pelear por la sagrada causa de la religión, madre de todos los deberes! Si son vencidos por la perfidia, que hoy es dueña de todo, no importa; ellos volverán, ellos volverán y volverán, hasta que al fin...

Dicho esto se levantó, y dirigiéndose a un armario de luna que en el contrario testero estaba, durante un rato se recreó en su interesantísima persona, volviendo el cuerpo a uno y otro costado para ver si caía bien su elegante manteleta, si el efecto de su sombrero era bueno. Con sus preciosas manos enguantadas tocó aquí y allí delicadamente para pulsar un pliegue, o retirar un mechón de cabellos que avanzaban mucho. Después se volvió a sentar

-¿Sabes ya que vive con ella? -dijo la de Tellería a su hija, confundiendo las palabras con un beso.

-¡Con ella! -gritó horrorizada María, apartando de sí la cara harto pintoresca de su madre-. ¿En dónde?

-En Carabanchel... León ha tenido la desvergüenza de alquilar una casa junto a Suertebella... Se comunican por el parque.

-Voy allá -dijo María, levantándose y tirando con mano convulsa del cordón de la campanilla.

-Sosiégate... No, no hay que tomarlo así.

A la doncella que entró, dijo María:

-Mi vestido negro.

-Sí, sí, bonita vas a ir -dijo la marquesa, sonriendo- con tu vestidillo de merino, el único que tienes... En caso de ir, y eso lo discutiremos ahora, debes ponerte muy guapa, pero muy guapa.

-¡Oh! -exclamó María con expresión de inmenso dolor-. No tengo ropa, he dado todos mis vestidos de lujo.

-¿Y quieres ir con el trajecillo de merino?... ¡Pobre tonta! ¡Qué poco conoces el corazón de los hombres!... Eso es; preséntate a tu marido hecha un mamarracho, y verás el caso que te hace... La apariencia, la forma casi, o sin casi, gobiernan el mundo.

-Antes discutamos si debe ir -insinuó la de San Salomó.

-Sí, quiero ir allá... quiero -gritó María cruzando las manos y poniendo ojos de espanto.

-Nada de tragedias, nada de escenas, ¿eh?...

-Me parece peligroso que vayas. ¿Y si te expones a un desaire mayor, si te encuentras de manos a boca con Pepa o con su niña... suponiendo que la nena esté, como dicen que está siempre, en los brazos de su papá?...

-¿De su papá? -dijo María-. ¿Pues no ha muerto Federico?

-No, tonta -manifestó la de San Salomó, poniendo la misma cara que se pone cuando se coge una aguja larga y muy fina y se atraviesa de parte a parte el pecho de un pobre bicho destinado a las colecciones de Historia Natural-. No, tonta; el papá es tu marido.

-¡León!... ¡Mi marido!... ¡padre de Monina! -exclamó la de Roch, quedándose otra vez como idiota.

-La gente lo dice por ahí -indicó Milagros intentando atenuar la crueldad de la noticia.

-Y tú ¿qué crees?, ¿qué crees tú, mamá?, ¿será cierto? -dijo María, preguntando a las dos con febril ansiedad.

Pilar, lo mismo que la de Tellería, no eran mujeres perversas; su lamentable estado psicológico, semejante a lo que los médicos llaman caquexia o empobrecimiento, provenía de la falta de sentido moral, de la depauperación moral, mejor dicho, dolencia ocasionada por la vida que ambas traían, por el contagio constante y la inmersión en un venenoso ambiente de farsa y escándalo. Pero algo había en ellas que pugnaba contra la depravación llevada a tal extremo, y asustadas de la enormidad del cáliz que habían puesto en los labios de María, trataron de atenuar su amargura.

-No; yo creo que eso es fábula...

-No; yo creo...

La de San Salomó, que era un poquillo más mala que su amiga, no acabó la frase. Después dijo:

-La gente se funda en cierto parecido...

-¿De Monina?

-Con León... Yo, verdaderamente, no sé qué pensar. Sospecho que esas relaciones son muy antiguas.

María rebotó de su asiento. No hallamos otras palabras para expresar aquel salto brusco de corza herida en sueños, y aquel abalanzarse a su vestido negro para ponérselo y correr en aquel mismo instante a Suertebella.

-No te precipites, no seas tonta -dijo su madre, deteniéndola-. Ya no es hora de ir allá. ¿No ves que es de noche?

-¿Qué importa?

-No, de ninguna manera.

La tarde caía y la estancia se llenaba de sombras. Las tres damas apenas se veían.

-Luz, luz -gritó María-. Me muero en esta oscuridad.

-Yo creo que debes ir allá -afirmó Milagros-, pero no esta noche, sino mañana.

-Marquesa, ¿ha meditado usted bien ese paso? -dijo la de San Salomó-. ¿No será eso una humillación? ¿No será mejor el desprecio?

-¡Oh! -exclamó la solícita y amorosa madre-. Yo confío hasta en la reconciliación.

Su confianza en ella no era grande; pero la suplía el deseo.

-¡Una reconciliación!, ¡qué loca esperanza! ¿Crees tú en la reconciliación?

-No sé, no sé -repuso María mostrando su incapacidad para responder a esta pregunta como a otra cualquiera-. Yo no quiero reconciliación, sino castigo.

-¡Oh!, no estamos para melodramas -dijo la de Tellería extendiendo las manos, con esa afectación de los sacerdotes que salen en las óperas vestidos siempre con una sábana blanca-. Paz, paz... María, es preciso que vayas, y que vayas vestida como la gente. ¡Uf!, ese olor de lana teñida no se puede resistir.

Las dos marquesas prorrumpieron en risas, mientras Pilar arrojaba lejos el traje de su amiga.

María dirigió a su hábito de merino negro una mirada de indignación que quería decir: «¿Por qué no eres de seda y de corte elegante y a la moda?».

Por primera vez desde que renunciara al mundo, le pareció fea la sencilla hopa de su santidad que un día antes no habría trocado por el manto de un rey.

-La cuestión de vestido es fácil de arreglar -dijo la de San Salomó-. Tú y yo tenemos el mismo cuerpo. Te traeré vestidos míos para que escojas.

-Y manteleta.

-Y sombrero.

-También sombrero; ¿a qué hora vas a ir?

-Yo iría ahora mismo.

-No, mañana al medio día. Es preciso no olvidar las conveniencias, las horas convenientes, las ocasiones convenientes -indicó la de Tellería.

-Voy a comer... vuelvo enseguida -dijo Pilar-. Te traeré lo mejor que tengo para que escojas. Te pondremos guapísima. Pues no faltaba más sino que Pepa Fúcar se fuera a reír de tu facha estrambótica. Dentro de hora y media estaré aquí. Hoy no tengo convidados, y mi marido come fuera con Higadillos, un par de chulos y dos diputados... Adiós, querida... Milagros, addio.

Besándolas a entrambas, se retiró. En el tiempo que estuvo fuera, la marquesa comió un poco; María, nada. Pero no era el almanaque quien le había impuesto el ayuno. Pilar volvió trayendo su coche atestado de preciosidades indumentarias, vestidos riquísimos, manteletas, abrigos, y para que nada faltase, trajo también sombreros, botas de última moda y hasta medias de seda de alta novedad. La pícara propagandista clerical se cubría con aquella estameña.

Los criados y la doncella fueron subiendo todo y poniéndolo en sillas y sofás. María contemplaba con mirada atenta y turbada los diversos colores, las formas peregrinas y caprichosas ideadas por el genio francés. Parecía que miraba y no veía.

-¿Qué te parece? A ver, ¿qué vestido escoges?

-Este es bonito -dijo María, fijándose con indiferencia en uno-. ¿Quién te lo hizo?

Y después estuvo contemplándolo con asombro un mediano rato. Parecía un viajero que vuelve de largo viaje y se pasma de ver las modas cambiadas.

-¡Qué cuerpo tan estrecho! -dijo.

-Éste color perla te sentará bien.

-No, prefiero el negro.

-El gro negro... con combinación de faya pajizo claro. ¡Oh!, admirablemente. Has tenido buen gusto.

-Aunque la estación no es avanzada, hace calor.

-¿Qué sombrero llevas?

María miró los tres que había traído Pilar. Después de un detenido examen señaló uno, diciendo:

-Este de color negro, y... ¿cómo se llama este otro color?... ¿crema? El colibrí también es bonito, y las rosas pálidas.

-¡Ah! -exclamó Pilar con admiración-, parece que no has abandonado el mundo un solo día, y que no has dejado de vestirte... ¡Qué bien eliges!... Bueno, pues hagamos una prueba. Es preciso ver si te está bien el vestido, para si no alargar un poco o encoger un poco. He traído a mi doncella, y entre todas...

María no había dado aún su consentimiento cuando su criada, su madre, Pilar y la doncella de esta empezaron a desnudarla de aquella horrible bata parda que parecía la sotana de un seminarista pobre. En aquel momento sintió la dama mística una ligera reacción del espíritu religioso y dijo afligidamente:

-Dios mío, ¿qué voy a hacer?

-Tonta, mil veces tonta -manifestó la marquesa-, déjate de escrúpulos... ¿Ni aun en este conflicto reconoces el error de tu exagerada devoción?

María se dejó llevar ante el espejo de su tocador en la pieza inmediata; dejose caer en la silla. El espejo estaba cubierto con un gran paño negro, y parecía un catafalco. Quitaron el paño, y nació, digámoslo así, sobre el limpio cristal inundado de claridad, la imagen hechicera de María Sudre. Aquello parecía un raro ejemplo de la creación del mundo.

-¡Dios mío, San Antonio bendito! -exclamó, cruzando las manos- ¡qué flaca estoy!

-Un poco delgada; pero más hermosa, mucho más hermosa -dijo la madre con orgullo.

-¡Monísima, charmante!... Juana, improvisa aquí un buen peinado -dijo Pilar a su doncella, que era una gran improvisadora de peinados-. Una cosa sencilla, un bosquejo nada más, para ver el efecto del sombrero. A ver si te luces.

Con gran presteza desenredó Juana los cabellos de María para empezar su obra. María, después de mirarse un rato, había bajado los ojos y parecía que oraba en silencio. Se había visto los marmóreos hombros, parte del blanco seno, y a la vista de aquellas joyas tembló de pavor, sintiendo alarmada otra vez su conciencia religiosa. Quizás habría llegado demasiado lejos la reacción si un flechazo partido del bien templado arco de su madre no la contuviera.

-Al verte, hija mía, parece increíble que ese mamarracho de Pepilla Fúcar...

Como el abatido corcel salta, herido por la espuela, así saltaron los celos de María. Sus ojos verdes brillaron con apasionado fulgor, y se contemplaron absortos y embelesados de sí mismos, como diciendo: «¡Qué bonitos nos ha hecho Dios!». Después María puso la cabeza en las dos actitudes contrarias de medio perfil, torciendo los ojos para poderse ver. ¡Qué hermosa visión! ¡Cuánto la realzaba su palidez! Se habría podido ver en ella un ángel convaleciente de mal de amores celestiales.

En un santiamén armó Juana airoso peinado, tan conforme con el rostro y la cabeza de María, que el más inspirado artista capilar no lo habría hecho mejor. Una exclamación de sorpresa acogió obra tan maestra y la misma María se contempló con admiración, pero sin sonreír. En seguida, pasando a la habitación donde estaba el espejo grande, se procedió a ponerle el gran traje princesa, operación no fácil, pero que al cabo fue terminada con general aplauso. El vestido estaba que ni pintado, el corte era perfecto, el efecto sorprendente.

-¡Oh!, ¡qué bien está esta pícara! -dijo la de San Salomó con cierta envidia-. Veamos la manteleta. Escogeremos esta de cachemir de la India, con riquísimo agremán y flecos. La cortó un discípulo de Worth.

María puesta en pie, las obedecía ciegamente y se dejaba vestir, se devoraba con sus propias miradas ansiosas, dando al cuerpo el contorno particular y gracioso que es necesario para ver los costados. La criada alzaba la luz alumbrando aquel precioso cuadro.

-Ahora el sombrero.

Era la gran pincelada, el supremo toque que al sublime cuadro faltaba. Pilar no quiso confiar a nadie aquella obra delicada, que era como la coronación de una reina. Ella misma levantó en alto el sombrero y se lo puso a su amiga. ¡Efecto grandioso, sin igual! ¡Inmensa victoria de la estética! María Egipcíaca estaba elegantísima, hechicera; era la elegancia misma, el figurín vivo. Tenía expresado en su persona el ideal del vestir bien, ese infinito del traje, que unido al infinito de la belleza produce esas figuras de desesperación ante las cuales sucumben a veces la prudencia y la dignidad, a veces la salud y el dinero de los hombres. ¡Pobre Adán, cómo te acordarás de aquel tiempo en que para ataviarse bien bastaba alargar la mano a una higuera!

-Vaya -dijo Pilar-, ya se ve el efecto. Pero mañana volveré para vestirte definitivamente. Ahí te dejo lo demás: zapatos, medias... ¡mira qué bonitas! Escoge el color azul. ¿Te vendrá mi calzado? Creo que sí. Ahí tienes botas húngaras y zapatos... Te he traído hasta guantes, porque si no me engaño, ni aun guantes tienes... Con que hasta mañana.

Y dándole un ruidoso beso, le dijo al oído:

-Mañana es día de prueba para ti. Voy a mandar encender el Santísimo en San Prudencio... El Señor te favorecerá, ¡pobre santa y mártir!... Entre paréntesis, querida, la función de hoy en San Lucas, como cuantas hace la de Rosafría, no se libró de aquel aspecto, de aquel barniz general de cursilería que llevan consigo todas las cosas de Antoñita. ¡Si hubieras visto qué cortinajes, qué pabellones!... Parecía una fiesta cívica progresista... En fin, si llegan a tocar el himno de Riego no me hubiera sorprendido... ¡Y qué sermón, hija! Habías de oír aquella voz de falsete... Luego una pobreza de alumbrado... En fin, no quiero entretenerte más, que es tarde... Adiós; ahora se me ocurre una cosa: debo mandar que te enciendan también la Virgen de los Dolores.

-Sí -dijo María enérgicamente-, la Virgen de los Dolores.

-Adiós, Milagros: esta noche me toca el Real. Voy a ver si alcanzo dos actos de Hugonotes... Conque mañana al medio día...

-Al medio día. Adiós, Pilar... Y que venga también Juana, yo traeré algo de tocador, porque ni siquiera polvos de arroz hay en esta casa.

-Adiós... adiós.


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