La familia de León Roch : 1-03

La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo III
Donde el lector verá con gusto los panegíricos que los españoles hacen de sus compatriotas y de su país

de Benito Pérez Galdós

-Ya es evidente que León se casa con la hija del marqués de Tellería -dijo Federico Cimarra-. No es gran partido, porque el marqués está más tronado que los cómicos en Cuaresma.

-Ya sólo le queda la casa de la calle de Hortaleza -apuntó Fúcar con indiferencia-. Es buena finca, construida en tiempos del marqués de Pontejos... Al fin se quedará también sin ella. Dicen que en esa familia todos, desde el marqués hasta Polito, tienen la cabeza a pájaros.

-¿Pero no le queda a Tellería más que la casa? -preguntó el hombre de Administración con curiosidad que parecía el afán celoso del Fisco buscando la materia imponible.

-Nada más -repitió el de Fúcar, demostrando conocer a fondo el asunto-. Las tierras de Piedrabuena han sido vendidas en subasta judicial hace dos meses. Con las casas y la fábrica de Nules se quedó mi cuñado en Febrero último. En fondos públicos no debe de tener nada. Me consta que en Junio tomó dinero al 20 por 100 con no sé qué garantía... En fin, otra torre por los suelos.

-Y esa casa fue poderosa -dijo Onésimo-. Yo le oí contar a mi padre que en el siglo pasado estos Tellerías ponían la ley a toda Extremadura. Era la segunda casa en ganados. Tuvieron medio siglo las alcabalas de Badajoz.

Federico Cimarra se puso en pie frente a los otros dos, y abriendo las piernas en forma de compás, empezó a hacer el molinete con su bastón.

-Es increíble -dijo sonriendo- la calaverada que va a hacer ese pobre León... Cuidado que yo le quiero... Es mi amigo... ¿Pero quién se atreve a contradecirle? Váyase usted a argumentar con estas cabezas de piedra que se llaman matemáticos. ¿Han conocido ustedes un solo sabio que tenga sentido común?

-Ninguno, ninguno -exclamó el marqués de Fúcar riendo a borbotones, que era su especial manera de reír-. ¿Y es cierto lo que me han dicho?... ¿que la chica es algo mojigata? Sería cosa muy bufa a un libre-pensador de mares altos pescado con anzuelito de padrenuestros y avemarías.

-No sé si es mojigata; pero sí sé que es muy bonita -afirmó Cimarra paladeando-. Pase lo de santurrona por lo que tiene de barbiana... Pero su carácter no está formado... es una chiquilla, y después que está enamorada no piensa en santidades. La que me parece en camino de ser verdadera beata es la marquesa, que no podrá eludir la ley por la cual una juventud divertida viene a parar en vejez devota. ¡Qué desmejorada está la marquesa! La vi la semana pasada en Ugoibea y me pareció una ruina, una completa ruina. En cambio, María está hecha una diosa... ¡Qué cabeza!... ¡qué aire y qué trapío!

En el lenguaje de Cimarra se mezclaban siempre a la fraseología usual de la gente discreta los términos más comunes de la germanía moderna.

-Eso sí -dijo el marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de sátiro-. María Sudre vale cualquier cosa... Yo creo que el matemático ha perdido la chaveta y se ha dejado enloquecer por aquellos ojos de fuego. Esa chiquilla no me gustaría para esposa... Hermosura superior, fantasía, tendencia al romanticismo, un carácter escondido, algo que no se ve... en fin, no me gusta, no me gusta.

-¡Caramba! -exclamó el hombre de administración dándose una palmada en la propia rodilla-. Todo menos hablar mal de María Sudre. La conozco... es un portento de bondad... es lo mejor de la familia.

-Hombre -dijo el marqués de Fúcar descuadernando su cara en una risa homérica-. La familia es la familia de tontos más completa que conozco, sin exceptuar al mismo Gustavo, que pasa por un prodigio.

-¡Ah!, no, la chica vale, vale -afirmó Onésimo-. No diré lo mismo de León. Es un sabio de nuevo cuño, uno de estos productos de la Universidad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me inspiran confianza. Mucha ciencia alemana, que el demonio que la entienda; mucha teoría oscura y palabrejas ridículas; mucho aire de despreciarnos a todos los españoles como a un hatajo de ignorantes; mucho orgullo, y luego el tufillo de descreimiento, que es lo que más me carga. Yo no soy de esos que se llaman católicos y admiten teorías contrarías al catolicismo; yo soy católico, católico.

Se dio dos palmadas en el pecho.

-Hombre, sea usted todo lo católico que quiera -dijo Fúcar, riendo con menos estrépito, o si se quiere con cierta tendencia a la seriedad-. Todos somos católicos... Pero no exageremos... ¡Oh!, la exageración es lo que mata todo en este país. Dejemos a un lado las creencias, que son muy respetables, pero muy respetables. Lo que digo es que León es un hombre de mucho, de muchísimo mérito. Es lo mejor que ha salido de la Escuela de Minas desde que existe. Su colosal talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia Natural le son familiares, y es un astrónomo de primera fuerza.

-¡Oh!, León Roch -exclamó Cimarra con el tono de hinchazón protectora que toma la ignorancia cuando no tiene más remedio que hacer justicia a la sabiduría-, vale mucho. Es de lo poco bueno que tenemos en España. Somos amigos, estuvimos juntos en el colegio. Verdad es que en el colegio no se distinguía; pero después...

-No me entra, repito que no me entra; no le puedo pasar... -dijo Onésimo como quien se niega a tomar una pócima amarga.

-Mire usted, amigo Onésimo -indicó el marqués en tono solemne-, no hay que exagerar... La exageración es el principal mal de este país... Eso de que porque seamos católicos condenemos a todos los hombres que cultivan las ciencias naturales, sin darse golpes de pecho, y se desvían... Yo concedo que se desvíen un poco, mucho quizás, de las vías católicas... Pero ¿qué me importa? El mundo va por donde va. Conviene no exagerar. Para mí la falta principal de Leoncillo... Yo le conozco desde que era niño: él y mi hija se criaron juntos en Valencia... pues su gran falta es comprometer su juventud, su riqueza, su porvenir, en ese enlace con una familia desordenada y decadente que le devorará sin remedio.

-¿Es rico León?

-¡Oh!, ¡mucho! -exclamó Fúcar con grandes encarecimientos-. Conocí a su padre en Valencia, el pobre D. Pepe, que murió hace tres meses, después de pasarse cincuenta años trabajando como un negro. Yo le traté cuando tenía el molino de chocolate en la calle de las Barcas. La verdad es que en aquel tiempo el chocolate del señor Pepe era muy estimado. Me acuerdo de ver entonces a León tamaño, así, con la cara sucia y los codos rotos, estudiando aritmética en un rincón que había detrás del mostrador. En Navidad vendía D. Pepe mazapanes... Pero si los ha vendido hasta hace quince años, y no hace treinta que trasladó su industria a Madrid... Después que tuvo capital, entrole el afán de aumentarlo considerablemente. ¡Oh!, es incalculable el dinero que se ha ganado en este país haciendo chocolate de alpiste, de piñón, de almagre, de todo menos de cacao. Estamos en el país del ladrillo, y no sólo hacemos con él nuestras casas, sino que nos lo comemos... El señor Pepe trabajó mucho: primero a brazo; después con aparato de fuerza animal, al fin con máquina de vapor. Resultado (el marqués de Fúcar se alzó su sombrero hasta la raíz del pelo): que compró terrenos por fanegadas y los vendió por pies; que el 54 construyó una casa en Madrid: que se calzó los mejores bienes nacionales de la huerta; que negociando después con fondos públicos aumentó su fortuna lindamente. En fin, yo calculo que León Roch no se dejará ahorcar por 8 ó 9 millones.

-Lo mejor de la biografía -dijo Cimarra, sentándose junto a sus dos amigos- se lo ha dejado usted en el tintero. Hablo de la vanidad del difunto D. Pepe. Lo general es que estos industriales enriquecidos, aunque sea envenenando al género humano, sean modestos y no piensen más que en acabar tranquilamente sus días, viviendo sin comodidades, con los mismos hábitos de estrechez que tuvieron cuando trabajaban. Pero el pobre señor Pepe Roch era célebre hasta no más. Su chifladura consistía en que le hiciesen marqués.

-Diré a ustedes -manifestó gravemente el marqués, cortando con un gesto de hombre superior esta tendencia a las burlas-. D. José Roch era un infeliz, un hombre bondadoso y simple en su trato social. Le conocí bien. Él haría chocolate con la tierra de los tiestos que tenía su mujer en el balcón, según decían las malas lenguas del barrio; pero era un buen ganapán, y tenía en tan alto grado el sentimiento paterno, que casi era una falta. Para él no había en el mundo más que un ser: su hijo León: le quería con delirio. Tenía por enemigo declarado al que no le diese a entender que León era el más guapo, el más sabio, el primero y principal de todos los hombres nacidos. Todo el orgullo y la vanidad del pobre Roch estaba en ser autor de su hijo. El año pasado nos encontramos una noche en la Junta de Aranceles. Yo quise hablarle de una subasta de corcho... porque tiene mucho corcho... pero él no hablaba más que de su hijo. Casi con lágrimas en los ojos, me dijo: «Amigo Fúcar, para mí no quiero nada, me basta un hoyo y una piedra encima con una cruz. Mi único deseo es que León tenga un título de Castilla. Es lo único que le falta». Yo me eché a reír. ¡Apurarse por un rábano, es decir, por un título de Castilla!... Sr. D. José, si usted me dijera «quiero ser bonito, quiero ser joven...» pero ¿qué desea usted?, ¿ser marqués?... A las coronas les pasará lo que a las cruces, que al fin la gente cifrará su orgullo en no tenerlas. Pronto llegaremos a un tiempo en que, cuando recibamos el diploma, tendremos vergüenza de dar un doblón de propina al portero que nos lo traiga... porque también él será marqués.

Fúcar, al decir esto, soltó la risa. Empezaba esta por un hipo chillón y terminaba en un arrugamiento general de sus facciones y una especie de arrebato congestivo. Pasados los golpes de hilaridad, aún tardaba su cara una buena pieza en volver a su color primero y a su normal aspecto de seriedad majestuosa.

-Señores -dijo seguidamente y con cierto enfado la lumbrera de la administración, enojo que podría atribuirse a sus proyectos marquesiles-, por mucho que se hayan prodigado los títulos de nobleza, no creo que estén ahí para que los tomen los chocolateros. Pues no faltaba más...

-Amigo Onésimo -objetó el marqués con flemática ironía-, yo creo que están para el que quiera tomarlos. Si D. Pepe no tomó el título de marqués de Casa-Roch fue porque su hijo se opuso resueltamente a caer en esa ridiculez hoy tan en boga. Es hombre de principios.

-¡Oh!, sí -exclamó el hombre administrativo, en quien las instituciones venerandas tenían siempre poderoso apoyo-. Por lo común, estos sabios que tanto manosean los principios en el orden científico, carecen de ellos en el orden social. No faltan ejemplos aquí. Yo creo que todos los sabios son lo mismo. Ya hemos visto cómo gobiernan el país cuando este ha tenido la desgracia de caer en sus manos. Pues lo mismo gobiernan sus casas. En la vida privada, señores, los sabios son una calamidad, lo mismo que en la pública. No conozco un sabio que no sea un tonto, un tonto rematado.

-Aquí no salimos de paradojas.

-Es la verdad pura.

-Vivimos en el país de los vice-versas.

-No exageremos, no exageremos, señores -dijo el marqués, removiéndose y tomando el tono particularísimo que reservaba para su protesta favorita, que era la protesta contra la exageración-. Aquí abusamos de las palabras, y calificamos a los hombres con mucha ligereza. La envidia por un lado, la ignorancia... Qué, ¿qué hay?

Esto lo dijo interrumpiendo su discurso y mirando con expresión de miedo a un criado que hacia los tres avanzaba apresuradamente.

-La señorita llama a vuecencia. Está mala otra vez.

-Vamos, mi hija está hoy de vena -dijo el marqués de mal humor, levantándose-. Ustedes me preguntarán que qué tiene Pepa, y yo les diré que no lo sé, que no sé nada absolutamente. Voy a verla.

Sus dos amigos callaban, mirándole partir. El marqués de Fúcar andaba lentamente a causa de su obesidad. Había en su paso algo de la marcha majestuosa de un navío o galeón antiguo, cargado de pingüe esquilmo de las Indias. También él parecía llevar encima el peso de su inmensa fortuna, amasada en veinte años, de esa prosperidad fulminante que la sociedad contemplaba pasmada y temerosa.


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