Abrir menú principal

La familia de León Roch : 2-16

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XVI
El deshielo

de Benito Pérez Galdós


No había andado el coche medio kilómetro, cuando a María le asaltó en el pensamiento la idea de una dificultad terrible, y era de tal naturaleza, que casi casi estuvo a punto de dar al traste con sus proyectos. Era que siendo aquel traje como elegido para salir a la una de la tarde, impropio para una excursión tan de mañana, la señora estaba ridícula y hasta cursi. ¿Cómo no había caído en ello mientras se vestía?, ¿cómo no eligió otras ropas más sencillas, más conformes, en fin, con lo que las pragmáticas del vestir ordenan para la primera hora? Gran descuido y aturdimiento fue el suyo; pero ya no tenía remedio, y aunque le amargaba mucho no ser en aquel día un modelo de buen gusto, se conformó, considerando que la hermosura superior hace las leyes de la moda y nunca es esclava de ella.

Su mente estaba solicitada por cosas más graves y pronto olvidó lo del vestido. Lo que la ocupaba era un continuo inventar de frases y discursos. Ya sabía ella todo lo que le había de decir su marido y todo lo que debía contestarle la esposa ultrajada. Los discursos sucedían a los discursos y las frases se perfeccionaban en su cerebro, como si este fuera el crisol heráldico de la Academia. Ya un adjetivo le parecía tibio y ponía otro más quemador; ya cambiaba una oración afirmativa por otra condicional, y así iba anticipando la expresión de su ira, poseyéndose tanto en aquel ensayo, que hablaba sola.

No se fijó en ningún accidente del camino ni en nada de lo que veía. Para ella, el coche rodaba por una región oscura y vacía. No obstante, como acontece cuando el pensamiento está obstruido por un orden determinado y exclusivo de ideas, María, que no observaba las cosas grandes y dignas de notarse, se hizo cargo de algunas insignificantes o pequeñísimas. Así es que vio un pájaro muerto en el camino y un letrero de taberna al que faltaba una a; no vio pasar el coche del tranvía, y vio que el cochero de él era tuerto. Esto, que parece absurdo, era la cosa más natural del mundo.

Por fin entró en aquel para ella aborrecido poblachón, que ni es ciudad ni es campo, sino un conjunto irregular de palacios y muladares. No sabiendo fijamente a dónde dirigirse, preguntó a unas mujeres, que la informaron con amabilidad. El coche siguió adelante. Ya llegaba, ya estaba cerca. El corazón de la pobre esposa se saltaba del pecho, llevándose consigo los discursos y las frases tan trabajosamente compuestas.

Al fin, dejó el coche... apenas podía andar y se sentía sin fuerzas. Vio un portalón ancho que daba a un gran patio. En aquel patio había muebles, colchones liados, gran cama de hierro empaquetada. Todo anunciaba mudanza. También vio a una mujer que hablaba con alguien. María entro, acercose a ella, y entonces advirtió, llena de asombro, que la mujer no hablaba con nadie. ¿Estaba loca?... María le hizo la pregunta que era indispensable para poder entrar.

-¿D. León Roch? -dijo Facunda con semblante amable y esperando un poco a que se le pasara el asombro-. Arriba está.

Y señalaba una puerta por donde se veía una escalera. Subió rápidamente hasta la mitad; después tuvo que detenerse porque no tenía respiración. Arriba ya, entró en una grande y clara pieza. No había nadie.

María vio libros conocidos, muebles conocidos, algún desorden, como cuando se está embalando para un viaje; pero ni un alma... ¡Ah!, de repente, como pájaro que al ruido salta y aparece saliendo de una mata, apareció una niña, saliendo de detrás de la mesa. Tenía una muñeca medio rota en la mano, mucho abrigo sobre el cuerpo y una toquilla de lana blanca, puesta poco más o menos como se la ponen las monjas. Se comía un pedazo de pan. Su cara era como la de un ángel, suponiendo que a un ángel se le pongan húmedas las naricillas a causa del fresco de la mañana.

Monina vio que aparecía en la puerta aquella señora y se quedaba mirándola de hito en hito, quieta, fija, muda. No era señora, era una muñeca grande, muy grande, vestida como las señoras. El primer sentimiento de Monina fue asombro, después miedo. Vio que la gran muñeca adelantaba lentamente, sin quitar de ella los ojos, ¡y qué ojos! Monina se iba quedando pálida y quería gritar; pero no podía. Y la enorme muñeca avanzaba hacia ella sin parecer que andaba, sino que la movían resortes debajo de la falda, y llegaba hasta ella, se inclinaba doblándose por la cintura... El terror de la pobre niña llegó a su colmo, pero no podía chillar, porque aquellos ojos la miraban de una manera que le la voz... Y la muñeca rígida y colosal alargó una mano y la puso sobre el hombro de Monina, y asiendo después el brazo de la infeliz niña, apretaba, apretaba, como aprieta el hierro de las tenazas, mientras una voz indefinible, que a Monina no le pareció voz humana, sino esa voz de fuelle que en el pecho de las muñecas dice papá y mamá, le preguntaba:

-¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

El instinto de conservación venció al miedo, y al fin la pobre Ramona dio un chillido agudísimo y prolongado, retirando su brazo oprimido. En aquel momento salía León Roch de la estancia próxima, y se quedó en el marco de la puerta como una figura en su nicho. Al contrario de Santo Tomás, veía y no creía. Pasó algún tiempo sin que volviera de su pasmo y terror, haciéndose cargo de la situación dificilísima en que estaba. Verla allí era realmente extraordinario; pero no absurdo; lo absurdo era verla guapa, vestida a la moda, con elegancia, casi con exceso de elegancia y lujo por la discrepancia entre la hora y el traje. Tal fenómeno no cabía dentro del círculo de previsiones y cálculos de León, y era, por lo tanto, un fenómeno inexplicable.

Dueño al fin de sí mismo, y resuelto a afrontar la escena que se preparaba, León, antes de decir la primera palabra a su mujer, tomó de la mano a Monina, salió a la escalera, llamó a alguien, entregó la niña, y volviendo adentro, cerró la puerta con brío, como el domador en el momento de enjaularse con sus queridas fieras, que, después de todo, no son otra cosa que su familia.

Cuando se acercó a María, esta se había sentado. Apenas podía tenerse en pie.

-¿No me esperabas? -murmuró temblando.

-No ciertamente.

-Te creías libre... ¡pobre hombre!... libre para correr sin camino... por un freno... digo, para correr sin freno por un camino de infamias. No contabas con mi... con mi...

Los discursos que María traía perfectamente ordenados en su cabeza se evaporaban palabra tras palabra.

Hizo un esfuerzo de memoria para recordar una frase que creía de efecto; pero la frase se le iba, se le escapaba. Apenas pudo atrapar al vuelo una palabra, y gritó con voz ronca:

-¡Presidiario!

León se sonrió ligeramente; María dijo:

-¡Presidiario!... yo soy la policía.

-Bien -dijo León con serenidad, apoderándose al punto de aquella idea-. Convengo en que soy presidiario, en que tú eres la policía; pero no tienes cadena para atarme, porque tú misma la has roto.

María había preparado sus frases contando siempre con que su marido le diría algo que ella se imaginaba; mas como León no dijo aquello sino otras cosas, he aquí que la aturdida esposa estaba como el histrión que ha olvidado sus papeles.

-¡La cadena! -murmuró, no comprendiendo en el primer momento-. ¿Dices que yo la he roto?

-Sí, tú la has roto. Mi libertad, ¿quién me la ha dado sino tú?

-Eres un malvado, un libertino, un ingrato -dijo la dama, cayendo en las recriminaciones vulgares de todas las esposas ofendidas-. ¿De qué libertad hablas? Tú no la tienes, tú eres mi esposo, y estás atado a mí por un lazo que nadie puede desatar sino Dios, porque Dios lo ató. Estos infames materialistas creen que así se juega con el matrimonio, una institución divina.

-Y también humana. Pero no disputemos, María. Concluyamos: ¿a qué has venido?

-¡Pues no pregunta el miserable que a qué he venido! -dijo la dama perdiendo ya el miedo y exaltándose mucho. A pedirte cuenta de tu criminal conducta, a sorprenderte en tu infame retiro, a avergonzarte y, finalmente, a despreciarte.

-Podías haberme despreciado en tu casa.

-Es que he querido ver si tenías un resto de pudor y vergüenza; si te turbabas delante de mí; si te atrevías a confesarme tu falta...

-Ya ves que me he turbado un poco -dijo León alzando los ojos-. En cuanto a faltas, si alguna he cometido, no eres tú a quien debo confesarla.

-¡Que descarada perversidad!... Pues también he venido a otra cosa -añadió María, lívida de ira-; he venido con la esperanza de encontrar aquí a esa liviana mujer, para darle el nombre que merece y...

Sus manos se engarfiaron una contra otra y apretó los párpados fuertemente.

-¿Qué mujer?

-¡Y lo pregunta el hipócrita...! ¡Oh! No la nombro, porque me parece que se me mancha la boca... ¿Te atreverías a sostener que no tienes relaciones criminales con ella?

-¿Con quién?

-Con esa -dijo señalando con energía a Suertebella.

-María -repuso León poniéndose muy pálido-. No quiero verte convertida en propagadora de hablillas miserables... Muy difícil me será dejar de respetarte; pero, si quieres que no falte jamás a la consideración que te debo, no toques esa cuestión; calla, déjame, márchate. Tú no necesitas ya de mi afecto, puesto que te basta con tu religión; vete a tus altares y déjame a mí solo con mi conciencia.

María se recogió en sí, contrayendo los brazos contra el pecho, cual una fiera que va a atacar, y viose en sus ojos verdes como un oscurecimiento vidrioso, precursor de un brillo más grande.

-¡Ladrón, infame! -exclamó-. ¿Tienes el atrevimiento de arrojarme a mí, la mujer legítima, la mujer que te posee y que no te soltará, no, no te soltará, porque Dios le ha dicho que no te suelte...? ¿Quién eres tú, miserable, para romper un sacramento, para dar una bofetada al Padre de todas las criaturas?

-¡Romper sacramentos yo!... ¿yo?

Al decir esto León, se levantaba.

-¿Yo? -repitió acercándose a su mujer-. Yo no he roto el sacramento.

-¿Pues quién?

-Tú -afirmó él, apuntando a su esposa tan enérgicamente con el dedo índice, que parecía le iba a sacar los ojos.

-¡Yo!

-Tú, tú lo hiciste pedazos, cuando, apremiada por mí para salvar nuestra mutua paz, me dijiste: «Mi Dios me manda contestarte que no te ame».

María quedose un momento lela y aturdida. Su viva cólera había cedido un poco.

-Es verdad que dije eso... sí, y en verdad, si querías mi amor, ¿por qué no te apresuraste a merecerlo, haciéndote cristiano católico? A pesar de tu horrible ateísmo, yo no puedo decir que no te amase... algo... ¿Por qué no eres como yo? ¿Por qué no me imitabas en mi piedad?

-Porque no podía -dijo León con sarcasmo-; porque hay algunas clases de piedad que están fuera del orden natural, que son locas, absurdas, ridículamente necias... Conste, pues, que el Sacramento lo rompiste tú, tú misma.

-Pero yo -dijo María, cogiendo al vuelo un argumento irresistible- he sido fiel; tú, no.

León vaciló un instante.

-Yo también lo he sido. Ante Dios, y por la memoria de mi madre y de mi padre, juro que lo he sido. Fiel, cariñoso y atento contigo por todo extremo he sido yo cuando tú, arrastrada a una santidad enfermiza por las ardientes amonestaciones de tu hermano, pusiste una muralla de hielo entre tu corazón y el mío. Me negaste hasta las palabras íntimas y dulces, que suelen suplir a los afectos cuando los afectos se han ido; me mortificaste con tus necios escrúpulos, con tus recriminaciones crueles, que tenían no sé qué semejanza con las injurias del populacho; me hiciste en mi propia casa un vacío horrible; todo me lo teñiste de un lúgubre negror frío que me oprimía el corazón, me agostaba las ideas, me inclinaba a las violencias; tuviste a gala el despojarte de las gracias, de la pulcritud, hasta del bien parecer que hace agradables a las personas, y para mortificarme más, te vestías ridícula y parecía que tu orgullo estribaba en serme repulsiva y odiosa. Toda palabra mía era para ti una blasfemia; toda disposición mía dentro de la casa, un crimen digno de la Inquisición. ¡Ah, insensata! Ya que abrazaste la carrera de la santidad con tanto brío, ¿por qué no imitaste de mí la paciencia, aquella virtud evangélica con que sufrí tu soberbia vestida de humildad, tu aspereza anti-cristiana, tu devoción, que por lo insolente y lo atormentadora y lo rebelde y lo despótica, parecía más bien la travesura de todos los demonios juntos representando una comedia de ángeles con máscaras de cartón?... ¡Y a mí, que he sufrido esto, que me he visto odiado y escarnecido por ti, siendo un modelo de tolerancia, vienes a pedirme cuentas en vez de perdón...!, perdón, María, que es la única palabra que hoy cuadra en tu boca. Después de tanta sandez mojigata y de tanta injuria contra mí, vienes a pedirme cuentas ¿de qué? Al esposo a quien se ha dicho que no se le ama, no se le piden cuentas. Demasiado prudente he sido y soy, cuando a pesar de todo, aún no me he atrevido a declarar roto nuestro matrimonio, aún te tengo por esposa, aún me siento amarrado a ti por no sé qué invisible lazo, y no pido libertad, sino paz, no pido compensación, sino descanso.

-Casi, casi podrías tener alguna queja de mí -dijo María, abrumada por el apóstrofe de su marido-, si desde aquella época me hubieras guardado la fidelidad que yo te he guardado a ti. Pero no lo has hecho, no; me has sido infiel desde hace mucho tiempo.

-Falso.

-Sí, infiel, infiel -afirmó la esposa, insistiendo en el argumento fuerte y de más efecto, y dando sobre aquel yunque con fiera energía-. En vez de defenderte de este cargo, me has acusado: es el procedimiento de todos los criminales hábiles... Yo estaba ciega, ignorante de tus perfidias. Tú me engañabas miserablemente.

-Falso.

-Desde hace mucho tiempo,

-Falso.

-Al fin lo he sabido todo, he descubierto toda la verdad. Y ahora no podrás negarlo. El presente ha revelado el pasado. Tu crimen actual descubre el crimen de ayer. Has perdido el decoro, no ocultas la antigüedad de tus relaciones, y aquí, en esta casa donde te has retirado para pecar a tus anchas, pasas todo el día jugando con esa niña, con esa mocosilla...

Las miradas de León saltaron sobre su mujer, fulgurantes, terribles, como saetas disparadas del arco con invisible presteza. María llevó todo su aliento a su laringe para decir con voz ronca:

-...¡Que es hija tuya!

Con los labios lívidos, la mirada asesina, como la fulguran los ojos del criminal en el momento del crimen, León se acercó a su mujer, y empuñándole y sacudiéndole el brazo que encontró más cerca, gritó:

-¡Calumniadora!... ¡embustera!...

Después soltó el brazo y mascó las demás palabras que iba a decir. El respeto obligábale a tragarse su ira. María Egipcíaca, devorada interiormente por sus culebras quemadoras, no halló palabras en su mente para expresar la ira de aquel momento, porque los celos y el despecho, cuando llegan a cierto grado, no se satisfacen con voces: necesitan acción. El rencor de la dama no podía tener entonces más desahogo que un destrozo cruel, trágico, sangriento, de lo que había causado su arrebato. Hacer trizas entre sus manos a Monina era su pasión del momento, y sin vacilar lo puso en práctica, arrancándole con salvaje dureza los brazos, la cabeza... No se asuste el lector: lo que María destrozaba era la muñeca que Monina se había dejado sobre una silla. Las manos trémulas de la mujer legítima luchaban sin piedad con los miembros de cartón. Arrojando los pedazos lejos de sí, exclamó con entrecortada voz:

-Así... así debe tratar la esposa legítima a la... a la...

Se ahogaba. León, recobrando algo e su serenidad, pudo decirle:

-No te creí capaz de hacerte eco de una infame calumnia. No sé de qué sirve la santidad que ignora hasta el fundamento primero de toda doctrina. Nunca tuviste entrañas.

-¡Ay!, sí las tuve -dijo María fatigada de su propia cólera-; pero me alegro de no haber llevado nunca en ellas hijos tuyos. Dios me bendijo haciéndome estéril, como ha bendecido a otras haciéndolas madres. Dios no puede consentir que los ateos tengan hijos.

-¡Tus blasfemias me horrorizan! -añadió León, no pudiendo resistir más-. ¿Puede darse sacramento más quebrantado, lazo más roto? Entre tú y yo, María, hay una sima sin fondo y sin horizontes, un vacío inmenso y aterrador en el cual, por mucho que mires, no verás una sola idea, un solo sentimiento que nos una. Separémonos para siempre; no pongamos frente a frente estos dos mundos distintos, que no pueden acercarse y chocar sin que broten rayos y tempestades. Si hay algo irreconciliable somos tú y yo. Sí, también yo soy fanático; sí, tú me has enseñado a serlo con ardor y hasta con saña. Vámonos cada cual a nuestra playa, y dejemos que corra eternamente en medio este mar de olvido. Para calma de tu conciencia y de la mía, hagámoslo mar de perdón. Perdónemonos mutuamente, y adiós.

María, oyendo estas palabras, observaba que sus sentimientos de ira y despecho eran sustituidos por otros nuevos, tranquilos y por cierta idealidad contemplativa que se iba señoreando de su espíritu perturbado. Miraba a su esposo y le hallaba ¿a qué negarlo?, más digno que nunca de ser compañero amante de una mujer sensible. Veía su rostro lleno de dulce atractivo; su barba negra, que le daba melancolía y no sé qué de personaje heroico y legendario; sus ojos de fuego, su frente donde se reposaba un reflejo de la luz solar, como señalando el lugar que encerraba una gran inteligencia. Esta muda observación de la belleza varonil de su esposo actuó directamente sobre su corazón, haciéndole latir con fuerza. Acordose de sus primeros y únicos amores, de las felicidades y legítimos goces de la primera época de un matrimonio; sobre estos recuerdos volvió insistente como una manía, la idea de que aquel hombre era muy interesante, muy simpático, muy... ¿por qué no decirlo?, muy bueno, y le miró de nuevo, no se cansaba de mirarle... ¡De otra!, ¡para otra! Esta era la idea que echaba fuego en el montón de leña; esta la satánica idea que volcaba su corazón y su ser, derramando toda la piedad de él como los tesoros contenidos en un vaso. Por esta idea la frialdad se trocaba en fuego, el desdén en ansias cariñosas; por aquella idea se trasformaba ella toda y de arisca se convertía en blanda, de fea en bonita, de ridícula en elegante. Ardientemente enamorada, de celos más que de amor, María sintió una aflicción horrible cuando se vio despedida con bonitas palabras, pero despedida al fin. Ella podía aceptar la despedida, sí, y marcharse para siempre, podría quizás olvidar y perdonar que su marido no la amase... ¡pero eso de amar a otra... ser de otra!...

-¡No, mil veces no! -exclamó la dama, terminando en alto su meditación.

Diciéndolo se humedecieron sus ojos. Quiso luchar con su llanto, y secándose prontamente los ojos, dijo a su marido:

-Una noche me preguntaste...

-Sí, te pregunté...

-Y yo te respondí que Dios me mandaba que no te amase... Es verdad que me lo mandaba Dios. Yo lo sentía aquí, en mi corazón... Pero, ya ves, no debe tomarse al pie de la letra todo lo que se dice. Tú debiste preguntar otra vez.

-¡Te había hecho la pregunta tantas veces...!, ¡y de tan distintos modos!...

-Bien; ahora te pregunto yo a ti...

Se acercó a él y le puso ambas manos sobre los hombros.

-Te pregunto si me quieres todavía.

La mentira era refractaria al espíritu de León. Consultó primero a su conciencia, pensó que una falsedad galante y generosa le honraría; mas luego sintió que se revelaban contra él las falsedades galantes. Antes de que acabase de discutir consigo mismo aquel oscuro asunto, la verdad brotó de sus labios diciendo:

-No... Mi Dios, el mío, María, el mío, me manda responderte que no.

María se desplomó sobre su asiento. Parecía rugir cuando le dijo:

-¡Tu Dios es un bandido!

-No tienes derecho sino a mi respeto.

-¿Amas a otra? -preguntó María, mordiendo la punta de su pañuelo y tirando de él-. Dímelo con lealtad... reconozco tu lealtad... confiésamelo, y te dejo en paz para siempre.

-Tampoco tienes derecho a hacerme preguntas -dijo León después de vacilar.

-Niégame el derecho y contéstalas.

León iba a decir: «pues bien, sí». Pero hay casos en que la verdad es como el asesinato. Decirla es encanallarse. León dijo:

-Pues bien, no.

-Te conozco en la cara que has mentido -dijo María, incorporándose bruscamente.

-¡En mi cara!

-Tú nunca mientes... yo reconozco que nunca has mentido: pero ahora acabas de revelarme que has perdido aquella buena costumbre.

León no replicó nada. María esperó un rato y después dijo:

-Nada tengo que hacer aquí...

León no dijo tampoco nada, ni siquiera la miró.

-Nada, nada más -añadió ella-, sino avergonzarme de haber entrado en esta casa de corrupción y escándalo.

María humedecía con su lengua sus labios secos; pero la lengua y los labios estaban juntamente impregnados de un amargor en cuya comparación el acíbar es miel deliciosa. María quiso escupir algo, escupir aquel otra que le parecía el zumo de una fruta cogida en los jardines del infierno. Sus labios balbucieron algo y se dejaron morder por los dientes hasta echar sangre.

-¡Qué vergüenza! -murmuró-. Haber descendido a tanto... arrastrarme a los pies del miserable... una mujer como yo, una mujer...

La rabia no la dejaba llorar, ni aun siquiera llorar de rabia.

-¡Verme despreciada!...

-Despreciada no -dijo el marido, haciendo un movimiento generoso hacia ella.

-Despreciada como una mujer cualquiera, como una...

-Desprecio jamás...

-Ni siquiera...

-Acaba...

-Ni siquiera... merezco una atención...

-Atención, sí -dijo León, que parecía tan agitado como ella.

María Egipcíaca sentía una extraordinaria humillación, que hacía descender su alma a un infierno de tristeza.

-Para ti, yo... ni siquiera soy hermosa. Soy una mujer horrible; he perdido...

-No -dijo León-. Te juro que desde que te conozco, nunca te he visto tan hermosa como ahora.

-Y sin embargo -gritó María saltando en su asiento-, y sin embargo, no me amas...

-Tú -le dijo León en voz baja-, que has cultivado tanto la vida espiritual, debes saber que la hermosura del cuerpo y el rostro no es lo que más influye en el cautiverio de las almas.

-¡Para ti soy horrible de espíritu!...

Y al decir esto se dio un golpe en la frente, exclamando: «¡Ah!» como quien recuerda algo muy solemne, o vuelve de un tenebroso desvarío a la luz de la razón.

-¿No he de ser horrible para ti, si soy mujer cristiana y tú un desdichado ateo materialista?... Ya se ve... ¡Y yo he cometido la falta, ¿qué digo falta?, el crimen de apartar los ojos por un momento de mi Dios salvador y consolador para fijarlos en ti, hombre sin fe; de haberme despojado de mi sayal negro para vestirme de estos asquerosos trapos de mujeres públicas con el infame objeto de agradarte... de solicitarte...! ¡No, no, Dios no me lo puede perdonar!

Y exaltada, delirante, levantose horrorizada de sí misma; se llevó las manos a la cabeza, arrancándose el sombrero pieza por pieza y arrojándolo todo con furor lejos de sí. El brusco arranque del sombrero deshizo su peinado, frágilmente compuesto por ella misma; cayeron los rizos negros sobre su sien, sobre sus hombros; y desmelenada, con el rostro trágico, la mirada extraviada, marchó hacia su esposo y en voz baja le dijo:

-Soy tan mala como tú; soy una mujer infame. He olvidado a mi Dios, he olvidado mi deber y mi dignidad por ti, miserable. Ya no merezco que me llamen santa, porque las santas...

Se miró el pecho y el lujoso vestido, y lanzando una exclamación de horror, añadió:

-Las mujeres consagradas a Dios no se visten con este uniforme del vicio. Me avergüenzo de verme así. ¡Fuera, fuera de mi cuerpo, viles harapos!

Arrancó los lazos y adornos para arrojarlos fuera. Después agarró los bordes de su vestido por el seno, y tirando con fuerza varonil, rompió todo lo que pudo. Sus manos locas abrieron después grandes jirones en la tela, deshicieron pliegues, despegaron botones; eran, a pesar de conservar los guantes, dos garras terribles, capaces de hacer trizas en un instante la obra delicada y sólida de doscientas manos de modistas. Al fin se quitó también los guantes y la manteleta.

-¡Basta de afrenta, no más baldón! Vuelvo a mi Dios, a mi vida recogida e indiferente, donde gozaré maldiciendo mi hermosura, porque te ha gustado a ti; vuelvo a la paz de mis ocupaciones religiosas, donde ningún bullicio del mundo nos mortifica ; vuelvo a la meditación dulce, donde se conversa con Dios y se ve a los ángeles, y se oye su música, y hasta parece que se prueba algo de sus festines; vuelvo a mi dulce vida, que cuenta entre sus dulzuras la de olvidarte, y en su oscuridad las hermosas tinieblas de no verte a ti... He pecado, he sido indigna de los favores que el Señor se había dignado concederme... ¡Perdón, perdón, Dios mío! ¡No lo volveré a hacer más!

Cayó de rodillas, y deshecha en llanto verdadero, fácil, afluente, escondió el rostro entre las temblorosas manos. Lágrimas abundantes resbalaban por su hermosa garganta y caían sobre su seno medio descubierto. León tuvo miedo. Aquella lastimosa figura desgarrada, aquel llorar amargo, movieron profundamente su corazón. Acercose a ella echándole los brazos, la levantó, sentola en la silla...

-¡María, por Dios! -le dijo-. No hagas locuras. Tú misma... Serénate...

María no despegaba de su rostro las manos. Acercó León su silla, puso la mano sobre el hombro de su mujer, trató de remediar un poco el desorden de sus cabellos, de colocar lo mejor posible los jirones del vestido, que por la gran desgarradura mostraba desnudo el busto. De repente se sintió estrechado por un abrazo epiléptico, y sintió en su cara los labios ardientes de su mujer que le apretaban sin besarle; le apretaban como cuando se va a poner un sello en seco, y después una voz sorda, un gemido que así decía:

-Te ahogo, te ahogo si quieres a otra... ¿No soy yo guapa, no soy yo más hermosa que ninguna?... A mí sola... a mí... sola.

Después el vigoroso abrazo cesó lentamente; cedió toda fuerza muscular y nerviosa. Apartó de sí León aquellos brazos ya flexibles, que cayeron al punto exánimes, y cayó también la pálida cabeza sobre el pecho, velada por su propia melena como la del tétrico y maravillosamente hermoso Cristo de Velázquez. Después distinguió una ligera contracción espasmódica que corría por el cuello y el seno de su mujer, como haciendo temblar su epidermis, y oyó un murmullo profundo que dijo: «¡Muerte... pecado!».

Después María quedó inerte. Su marido le tocó el corazón, no latía. El pulso... tampoco.

Salió fuera gritando: ¡Socorro!

Desde que abrió la puerta se presentó gente. En la escalera y en la corraliza la curiosidad había reunido a algunos vecinos, porque se habían sentido voces, porque la que gritaba era la esposa del Sr. Roch, y una esposa que grita es objeto de la general atención. Subieron, entraron. También llegó el marqués de Fúcar, que venía a enterar a León de su encargo.

Aturdidos todos no sabían qué hacer.

-Que la lleven al punto a mi casa -dijo Fúcar-. ¿Hay aquí cordiales fuertes? ¿Hay...? Lo que primero hace falta es una cama, un médico... Llevémosla a mi casa.

-Que venga aquí el médico -dijo León.

-¿No hay cama? -repitió Fúcar, mirando a todos lados.

Los colchones y camas, lo mismo que los demás muebles, habían sido llevados ya.

-¿Y mi cama? -indicó Facunda-. No la tiene mejor un rey.

-¡Quite usted allá!... A ver... parece que late el corazón.

-Sí; late, late -dijo León con esperanza.

-Esto no es nada... un síncope... Todo por una disputa... He aquí los resultados de la exageración... Pero es preciso acostarla... A ver, envolvámosla en una manta... ¡Una manta!

El marqués de Fúcar era hombre a propósito para las situaciones rápidas que exigen don de mando, energía y gran presteza en ejecutar un pensamiento salvador. Cuatro robustos brazos levantaron a María, después de abrigarla cuidadosamente con una manta, y la transportaron fuera de la casa. Parecía un cuerpo amortajado que llevaban a enterrar.

León vio hacer aquello y lo permitió como habría permitido otra cosa cualquiera, sin darse cuenta de ello. Pasó mucho tiempo antes de comprender que aquella traslación, si por un lado era conveniente, por otro no. Cuando quiso oponerse, el triste convoy estaba ya en marcha.

Se comprenderá fácilmente el asombro de Pepa cuando en su casa vio entrar aquel cuerpo yerto... ¡Cielos divinos! ¡María Sudre! ¡Y en qué estado! Se explicaba el desmayo; pero no se explicaba fácilmente el vestido roto, el pelo en desorden.

La entraron en la primera habitación que se encontró a propósito y la pusieron sobre la cama.

-Han olvidado lo mejor -dijo Pepa-, aflojarle el corsé.

-Es verdad, ¡qué idiotas somos!

Diciendo esto D. Pedro cortó las cuerdas del corsé con una navaja. El médico entró y todos se retiraron, menos León y los Fúcares.

El médico habló de congestión cerebral... El caso era grave... Se despachó al punto un propio a Madrid llamando a uno de los primeros facultativos de la capital. El del pueblo hizo poco después mejores augurios. María volvió en sí, respirando ya con desahogo. ¡Si todo hubiera sido un síncope!... pero no era simple desmayo, porque María al volver en sí deliraba, no se hacía cargo de lugares ni personas, no se daba cuenta de cosa alguna, no conocía a nadie, ni aun a su esposo.

Después de un poco de desorden nervioso cayó en profundo sueño. Era indispensable el reposo, un reposo perfecto. El médico escribió varias recetas y ordenó un tratamiento perentorio, aplicaciones, revulsivos.

-Ahora -dijo-, dejadla en reposo absoluto. Parece que no hay peligro por el momento. No se haga en este cuarto ni en los inmediatos el más ligero ruido. Mejor está sola que con mucha compañía.

El médico salió. Pepa, llevándose el dedo índice a la boca, ordenó silencio. León y el marqués de Fúcar callaban, contemplando a la enferma. Pasó media hora, y Pepa dijo así:

-Sigue durmiendo, al parecer tranquila. Cuando despierte, yo me encargo de cuidarla; yo me encargo de todo.

-No -le dijo León prontamente-; te ruego que no aparezcas en este cuarto.

Pepa inclinó la frente y salió con su padre, andando los dos de puntillas. León se sentó junto al lecho. Aún le duraba el aturdimiento y estupor doloroso del primer instante; aún no se había hecho cargo claramente del sitio donde su mujer y él estaban. María reposaba con apariencia de sosegado sueño. El desdichado esposo miró a todos lados, observó la estancia, dio un suspiro, tuvo miedo. De pronto, vio que Pepa entraba con paso muy quedo por una puerta disimulada en la tapicería. León la miró con enojo.

Pero ella avanzaba, revelando en sus ojos tanto terror como curiosidad. Estaba más pálida que la enferma y su semblante era cadavérico. Sus pasos no se sentían sobre la alfombra: eran los pasos de un espectro. El gesto con que León la mandaba salir fuera no podía detenerla, y ella adelantaba hasta clavar sus ojos en el cuerpo y rostro de María, observándola como se observa la cosa más interesante y al propio tiempo más tremenda del Universo.

Tras ella entró Monina, deslizándose paso a paso, como un gatito que entra y sale sin que nadie lo sienta, y juntándose a su madre, y asiéndose de su falda con ademán de miedo, señalaba a la cama y decía: -Moña meta.

Moña meta, que quiere decir muñeca muerta.

Madrid. Octubre, 1878.


 
 
FIN DE LA SEGUNDA PARTE
 
 


}