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El Papa del mar

TERCERA PARTE
EN EL ARCA DE NOÉ

Capítulo IV
En el arenal donde quemaron al fraile por "envenenador y nigromante"

de Vicente Blasco Ibáñez


Los amigos que tenía Borja en Peñíscola, el médico y el secretario municipal, subieron a la fortaleza atraídos por la noticia de esta visita. A los pocos minutos buscaron un pretexto para retirarse, satisfecha ya su curiosidad.

Sentíanse intimidados en presencia de esta gran señora, a la que no sabían qué decir. Balbucían, a pesar de la sonrisa y las miradas amables con que acompañaba ella sus preguntas. Los dos se preocuparon de buscar el sitio donde podría almorzar la elegante forastera. No debía ser dentro de Peñíscola. Consideraban imposible que se sentase a la mesa en una de las casas del pueblo, sin otro horizonte que la pared de enfrente, en una calle angosta, y teniendo que sufrir los enjambres pegajosos de insectos.

Resultaba mejor para dicha instalación la lengua de arena ocupada por los pescadores. Y partieron ambos para disponer lo necesario, deseosos al mismo tiempo de verse a solas y poder comentar dicha visita. Iban a apoderarse de los langostinos más grandes que hubiesen traído las barcas. En Peñíscola era inadmisible una comida sin estos mariscos, célebres en toda España.

Rosaura y Claudio pasearon por los baluartes del castillo, contemplando el mar. Luego descendieron lentamente por las calles en cuesta hacia el istmo arenoso.

Eran las once. Como aún faltaba para la hora del almuerzo, Borja empezó a hablar de la muerte de su héroe.

—Don Pedro falleció en un secreto absoluto. Transcurrieron siete meses antes que los vecinos de Peñíscola y el resto del mundo se enterasen de su muerte. Por justas deducciones ha venido a saberse que el enérgico Papa murió el veintinueve de noviembre de mil cuatrocientos veintidós, cuando había cumplido noventa y cuatro años. Hasta después de muerto sufrió persecuciones, pasando por trágicas aventuras. Su cuerpo, momificado por la edad, se mantuvo incorrupto. El cadáver no era más que piel y huesos. Lo enterraron en la basílica del castillo, y sus admiradores dijeron que surgía del sepulcro una suavísima fragancia. Sus sobrinos lo trasladaron después a la casa solariega de Illueca, convirtiendo en capilla el aposento donde había nacido. Allí permaneció su cadáver más de dos siglos, guardado en una urna, completamente entero, como el de muchos santos, con una lámpara ardiendo día y noche lo mismo que en los altares.

Un prelado extranjero, al pasar por Illueca, en el siglo XVI, protestó del culto tributado a los restos del famoso antipapa. Benedicto XIII era ya entonces un antipapa, un simple ambicioso. La historia del cisma había sido modificada para siempre a gusto de sus enemigos triunfantes en Roma. La capilla quedó cerrada hasta principios del siglo XVIII, cuando estalló la guerra de Sucesión entre los partidarios de Austrias y Borbones.

—Los descendientes de Luna eran del bando austríaco, como todos los de la antigua corona de Aragón. El vecindario de Illueca defendió su castillo contra las tropas de Felipe Quinto, nieto de Luis Catorce, compuestas en su mayor parte de franceses. Yo he visto aún en la entrada del castillo de Illueca una pieza de artillería, grotesca, fabricada por aquellas pobres gentes: un cañón de madera con aros de hierro, teniendo por montaje dos ruedas de carro. Los franceses, enfurecidos por dicha resistencia, mataron a la mayor parte de los defensores y saquearon el edificio.

Esto no fue una excepción en aquella guerra, abundante en incendios intencionados de ciudades y bárbaras represalias que parecían de otros siglos. La soldadesca abrió la capilla, creyendo que ocultaban algún tesoro, y al encontrar por toda riqueza la momia intacta, la hizo pedazos con las culatas de sus fusiles, arrojándola en un barranco cercano.

—Parecía que el eterno destino de este hombre extraordinario fuera verse atacado por los franceses hasta tres siglos después de muerto. Unos labradores recogieron su cabeza, llevándola al administrador de la familia Luna. Hoy la guardan en una arquilla los condes de Saviñán, que habitan un pueblo inmediato. Yo la he tenido en mis manos: sorprende por su pequeñez cuando se piensa en la enormísima voluntad que se cobijó dentro de ella. Guarda su epidermis y restos de sus ojos, como las cabezas de los faraones en el museo de El Cairo. Se la reconoce por la exagerada curva de su nariz aguileña, desviada, lo mismo que en sus retratos.

Después de este suceso, los enemigos de Luna atribuyeron una nueva profecía de San Vicente Ferrer. Éste, según ellos, indignado en Perpiñán por la tenacidad del Pontífice, había dicho: «Para castigo de su orgullo, algún día jugarán los niños con su cabeza a guisa de pelota.»

Como murió de viejo, sin otra enfermedad que su vetustez, en pleno uso de su inteligencia, creó dos días antes de su fallecimiento cuatro cardenales, para que el Papado legítimo de Aviñón no terminase con él. Este colegio cardenalicio debía elegir un sucesor, continuando así la no interrumpida cadena de pontífices verderamente herederos de San Pedro. Dichos cardenales de Peñíscola designados in extremis fueron dos aragoneses, Julián de Loba y Jimeno Dahe, y dos franceses, un religioso llamado Domingo de Bonnefoi, prior de la cartuja Monet Alegre, y Juan Carder, que andaba en aquellos momentos por el sur de Francia sosteniendo la causa de Benedicto XIII.

Los tres cardenales residentes en Peñíscola mantuvieron en secreto la muerte de don Pedro durante siete meses, fingiendo que el Papa vivía aún, publicando en los días señalados las acostumbradas indulgencias, sirviéndose de su propio sello para expedir documentos pontificios y cartas en su nombre. Hasta los vecinos de Peñíscola ignoraban dicho fallecimiento, no extrañando la ausencia del Pontífice por haber pasado éste los últimos meses de su vida sin salir del castillo. Mientras tanto, los tres cardenales —según afirmó después su compañero Garrier— se repartieron el oro y la plata del tesoro pontificio, los anillos con piedras preciosas, los vasos sagrados, libros, ornamentos y alhajas de la capilla papal y hasta reliquias de santos. Además, aprovecharon los siete meses de secreto para ponerse en relación con Alfonso V que había abandonado sus reinos de España, dejando como gobernadora de ellos a su esposa doña María, y andaba por Italia haciendo la guerra para consolidar la conquista de Nápoles. Una relación misteriosa se estableció entre el promontorio de Peñíscola y el castillo del Huevo, al otro lado del Mediterráneo, en la bahía de Nápoles, donde vivía el monarca aragonés.

—Pero hablemos de Juan Carrier —continuó Borja— personaje interesante por sus aventuras, clérigo inquieto, de voluntad no común, que fue a modo de una caricatura de Benedicto Trece, repitiendo en pequeño los últimos actos del Pontífice. Este Juan Carrier, nacido en Tolosa, se había distinguido entre los franceses partidarios de Luna, coleccionando cuantos escritos se compusieron a favor o en contra de él, lo que le hizo ser considerado como notable erudito en las cuestiones del cisma.

Benedicto XIII le confería varios cargos eclesiásticos, y al quedar aislado en Perpiñán, lo nombró su vicario general en los estados del conde de Armagnac. El reino de Escocia fue el último en abandonar su obediencia, dos años antes de .su muerte, quedándole después de esto como único soberano amigo el conde de Armagnac, poderoso señor vasallo de Francia, pero que procedía como un verdadero rey.

Sostuvo Martín V una lucha tenaz con los condes de Armagnac, abundante en triunfos, derrotas, conciliaciones y nuevas peleas, hasta mucho después de muerto el Pontífice de Peñíscola. Tal era la actividad de Carrier en su vicariato general, que el Papa de Roma tuvo que ordenar una especie de cruzada contra él.

Por instigaciones de su legado, muchos señores y algunas ciudades de Francia hicieron la guerra a Carrier, que se había refugiado en un castillo inexpugnable de la familia de Turena. Como la situación del vicariato de Benedicto XIII resultaba semejante a la de su Pontífice refugiado en Peñíscola, Carrier dio a dicho castillo el nombre de Pegniscolette, y lo mismo hicieron los sitiadores.

El legado acumuló bombardas y huestes en torno a la segunda Peñíscola. Martín V excomulgó al conde de Armagnac por haber prestado apoyo a Carrier, y éste, para no causar mayores perjuicios a su protector, se escapó de Pegniscolette, emprendiendo el camino de España para ver a su Pontífice.

Cuando llegó al célebre promontorio del Mediterráneo, en 1423, recibió de golpe tres noticias. Hacía un año que Benedicto XIII había muerto; a él lo había nombrado cardenal de San Esteban dos días antes de su fallecimiento, y como sucesor suyo reinaba en Peñíscola un nuevo Papa, llamado Clemente VIII.

Los tres cardenales se habían constituido en cónclave, y después de varios meses de inútiles deliberaciones, acabaron por nombrar Pontífice al canónigo de Valencia don Gil Sánchez Muñoz. Poseedor de numerosos bienes, había desempeñado este canónigo misiones importantes de Benedicto XIII en los últimos años de su Pontificado.

Tenia en su familia amigos íntimos del rey de Aragón, y era muy vil pecador, según dijo Carrier, lo que no significa tal vez otra cosa que haber mostrado cierta afición por las mujeres, pecado común del clero rico en aquellos tiempos.

—Este inquieto Carrier, que no deja de ser gracioso algunas veces al indignarse contra sus adversarios, afirma con toda gravedad en uno de sus escritos que, al ser nombrado Pontífice Clemente octavo, o sea, el canónigo Gil Muñoz, se extendió en el salón del cónclave un olor muy fétido, viéndose durante la noche vagar por las terrazas del castillo de Peñíscola un espantoso macho cabrío.

Rosaura se acordó de la cabra que rumiaba los hierbajos de las murallas. A pesar de su aspecto dulce, debía de ser descendiente del macho cabrío infernal que celebró con su aparición el triunfo del canónigo pecador.

—Tal vez —contestó Borja, sonriendo—. En esta prolongación del reino papal de Luna se mezclaron cosas ridículas. El Pontificado de Clemente octavo fue grotesco, mas no por ello indigno de ser tenido en cuenta. Una cosa que dura ocho años no es para despreciarla.

Al proclamarse en Peñíscola el nuevo Pontífice, se alarmó el reino de Aragón. Todos habían mirado con respeto la desgracia y la lenta vejez de Benedicto XIII; pero originó asombro y luego cólera la noticia de que un nuevo Papa completamente desconocido iba a prolongar la discordia en la Cristiandad.

Siguiendo sus propios impulsos, la reina gobernadora ordenó a todas las poblaciones de la costa que estableciesen un bloqueo en torno a Peñíscola, y hasta preparó tropas para que se apoderasen de la plaza; pero los tres cardenales y el Papa elegido sabían más que ella y sus consejeros de Aragón. Llegaron del castillo del Huevo órdenes del conquistador de Nápoles para que dejasen en paz al Pontífice elegido en Peñíscola y a su Corte.

Alfonso V sostenía una lucha diplomática con el Papa de Roma, reacio a acatar y legitimar su conquista de Nápoles. Al rey de Aragón le convenía mantener en sus estados un cisma que inquietase a Martín V.

No era segura la situación de éste. El Concilio de Constanza, después de haber prometido una reforma general de las costumbres de la Iglesia, se había disuelto sin hacer otra cosa que nombrarlo a él y suprimir a sus tres antecesores. Los husitas, partidarios de Juan Huss y Jerónimo de Praga, habían tomado las armas para vengar a estos mártires y sostener las doctrinas de Wiclef. Su caudillo, Juan de Ziska, obtenía continuas victorias sobre los sostenedores del Papa.

—Una parte considerable de la Iglesia se mostraba descontenta del Pontífice elegido en Constanza. Para evitar los peligros de tal animosidad, Martín Quinto tuvo que convocar un nuevo Concilio en Basilea, pero murió antes que éste inaugurase sus sesiones. Eugenio Cuarto, su sucesor, se vio depuesto por dicho Concilio, y en su lugar fue nombrado Félix Quinto. A éste lo declararon finalmente antipapa; pero todo lo dicho demuestra cuán insegura fue la situación de Martín Quinto durante su Pontificado.

Se entendió al fin el rey de Aragón con el Papa de Roma, y Gil Muñoz, obedeciendo las órdenes de aquél, renunció a su Pontificado de Peñíscola, que ya llevaba ocho años de duración.

—La lentitud con que circulaban las noticias en aquel tiempo, los largos plazos que eran necesarios en todos los asuntos, la falta de periódicos y de comunicaciones rápidas, daban una larga existencia a lo que hoy se resolvería en pocas semanas. Gil Muñoz se mostraba también deseoso de abandonar su Pontificado. La Santa Sede de Peñíscola apenas tenia rentas y el rico canónigo se arruinaba siendo Papa. Mas al llegar el momento de su abdicación, Gil Muñoz y sus cardenales mostraron una altivez verdaderamente española. Ya que cedían, debía ser con toda clase de honores. Además, veneraban la memoria de Benedicto Trece, reconociendo que nadie podía compararse con él, y rivalizaron para mantener hasta el último momento la legitimidad de su causa.

El modesto Pontífice de Peñíscola y sus cardenales no aceptaron nada que pudiera interpretarse como tácito reconocimiento de que Benedicto XIII había sido un usurpador. Su Pontificado era legítimo, y legítima igualmente la sucesión de Gil Muñoz, o sea, Clemente VIII. Lo único que podía hacer éste era renunciar a su legitimidad indiscutible para bien de la Iglesia.

—En el gran salón abovedado que hemos visto se reunieron el veintiséis de julio de mil cuatrocientos veintinueve Clemente octavo y toda su corte. Uno de los tres cardenales que lo habían elegido, el francés Bonnefoi, vivía preso desde tres años antes en un calabozo del castillo por lo que diré luego. El aragonés Dahe también ocupaba una mazmorra, pero sólo desde las últimas semanas, por haberse mostrado contrario, con una tenacidad digna de Benedicto, a cumplir las órdenes del rey, acatando a Martín Quinto.

No obstante estas dos ausencias, la Corte pontificia conservaba tres cardenales: Julián de Loba, el único de los presentes nombrado por el Papa Luna; Gil Sánchez Muñoz, el Joven, sobrino de Clemente VIII —pues éste, para mostrarse verdadero Papa, empezó por proteger a su familia— y otro cardenal creado pocos días antes, que se llamaba Francisco Rovira. Los altos funcionarios eran veintidós, aragoneses y valencianos los más, y algunos franceses e italianos.

El cardenal De Foix, enviado de Martín V, presenció con todo su séquito esta ceremonia, que iba a ser el último acto de la célebre y tenaz resistencia del Papa Luna.

Revestido Clemente VIII con las insignias de su famoso antecesor, ocupó por última vez el trono papal. Con una firmeza solemne declaró que revocaba todas las sentencias y excomuniones que Benedicto XIII o él mismo hubiesen podido fulminar contra el cardenal Otón Colonna y lo habilitaba para recibir la dignidad de Papa. Si él había aceptado la sucesión de Benedicto, era con la esperanza de poder realizar dicha unión, y «por esto libremente, en honor de Dios y de la Iglesia, sin ser inducido por dádivas ni promesas, renunciaba a la dignidad pontifical.» Y pronunciando la fórmula de abdicación descendió del trono, se ocultó en una habitación in mediata y volvió a mostrarse poco después en simples hábitos de canónigo de Valencia.

Procedieron entonces los cardenales a la elección de un nuevo Pontífice votando por unanimidad a Otón Colonna, o sea, a Martín V.

Al día siguiente el antiguo Papa con sus cardenales fue a San Mateo, capital del Maestrazgo, donde vivía el cardenal De Foix, y éste, por su parte, en nombre de Martín V, los absolvió de las censuras que les había impuesto el Pontífice romano, admitiéndolos en el gremio de su Iglesia. Gil Muñoz y su pequeña corte entregaron al legado papal las dos joyas más valiosas que los pontífices de Aviñón se habían llevado de Roma y Benedicto XIII había guardado en Peñíscola: el Liber Censuum, volumen que contenía los títulos de propiedad de la Iglesia, y la famosa tiara de San Silvestre, toda de metal, con círculos de piedras preciosas.

—Esta tiara era cónica, como un embudo invertido. La forma ovoidal que tiene actualmente la tiara pontificia fue inventada cuando la famosa de San Silvestre desapareció para siempre, algunos años después de ser llevada de Peñíscola a Roma. El legado de Martín Quinto la trasladó con gran pompa a la Ciudad Eterna, depositándola en el tesoro de San Juan de Letrán, como un resto glorioso de la supuesta donación de Constantino.

Aunque muchos dudaban de tan remoto origen, era tradición que todos los papas la habían llevado en su cabeza desde los primeros tiempos del cristianismo triunfante. Medio siglo después entraron ladrones en el tesoro de la basílica de Letrán, llevándose la histórica tiara, sin que nadie haya sabido más de ella.

Terminadas estas ceremonias de reconciliación, un secretario de Alfonso V, que le había servido de embajador en Roma, restableciendo la paz entre su rey y el Papa Martín, era nombrado obispo de Valencia, y el legado de dicho Pontífice le colocaba la mitra en la iglesia del castillo de Peñíscola. Este nuevo prelado, Alfonso de Borja, jurisconsulto, hábil en las negociaciones diplomáticas, iba a ser años Papa veinticinco años después, con el nombre de Calixto III.

—¿Asi empezó la familia Borja su carrera? —Preguntó Rosaura.

—Así empezó. Sin las negociaciones de paz que terminaron con la renuncia de Gil Muñoz en Peñíscola, no habría pasado Alfonso de Borja de ser un consejero íntimo del rey de Aragón y de Nápoles. También a Gil Muñoz lo hizo obispo el Papa romano, dándole la mitra de Mallorca.

—¿Y los cardenales que estaban presos en las mazmorras?

Claudio se apresuró a satisfacer esta curiosidad de la dama, igual a la que podía sentir leyendo una novela.

—Los dejaron libres cuando el legado pontificio tomó posesión del castillo.

Al aragonés Dahe únicamente lo habían encerrado unas semanas, para que no se opusiera a que la reconciliación fuese unánime. El viejo cartujo Bonnefoi parecía un espectro después de su cautividad de tres años en un calabozo de piedra que únicamente tenía un exiguo ventanillo sobre el mar. Estaba demacrado, casi ciego y en una miseria tal que sus libertadores procuraron que nadie lo viese. Su delito consistía en haberse puesto de acuerdo con Juan Carrier, que protestaba desde Francia, no queriendo aceptar la legitimidad de la elección de Clemente VIII.

—Este Carrier representa una prolongación extravagante del cisma, como sólo era posible en aquella época de agitaciones eclesiásticas e indisciplina general. Hasta los concilios se reunían prescindiendo de los papas. Todos se consideraban con derecho a buscar la unión de la Iglesia, valiéndose de procedimientos a su modo.

Temiendo que Gil Muñoz lo metiese en un calabozo de Peñíscola si manifestaba francamente su rebeldía, se descolgó Carrier una noche a lo largo de una cuerda, desde lo alto del castillo, y huyó a Francia para refugiarse en el condado de Armagnac. Hizo celebrar por un clérigo, al que llamaban su capellán, la misa del Espíritu Santo, llamó a un notario y a varios testigos para que firmases un acta, y en nombre propio, ya que a los otros cardenales de Peñíscola los consideraba simoníacos, nombró un Papa, cuya identidad mantuvo oculta.

Este Papa designado por Carrier se supone que fue un sacerdote francés de la Guyana, agregado a la iglesia de Rodez. Durante mucho tiempo guardó en absoluto el nombre del misterioso personaje, mas no por ello disimulaba su existencia, y en los estados del conde de Armagnan empezó otra vez una guerra de tres papas, Martín V de Roma, Clemente VIII de Peñíscola y el tercer Pontífice sin nombre, rodeado de un interés novelesco, y en cuya representación hablaba el hombre de Pegniscolette.

Carrier se veía perseguido por los legados de Martín V y al mismo tiempo por el Papa de Peñíscola, que le excomulgó, quitándole el capelo. El conde de Armagnac, Juan IV, que se había mantenido fiel a Luna hasta el último instante, escuchaba al inquieto Carrier y le ofrecía un apoyo para su Pontífice incógnito, igual al que el rey de Aragón había prestado a Benedicto XIII.

Tal era la confusión del conde de Armagnac en tal asunto, que no sabia cómo decidirse a favor de uno de los tres papas, Martín V, Clemente VIII, o Benedicto XIV, pues éste era el nombre que había tomado finalmente el Papa de Carrier, en honor al Pontífice muerto en Peñíscola. Creía de buena fe dicho conde soberano que el asunto principal del cisma aún se hallaba pendiente, y se le ocurrió un medio infalible para averiguar la verdad.

Juana de Arco había llegado en aquel momento al apogeo de su sorprendente historia. Acababa de salvar a la ciudad de Orleáns, consagrando en Reims a Carlos VII como rey de Francia. Esta humilde campesina que triunfaba de los ingleses y oía voces sobrenaturales aconsejándole lo que debía hacer, era la persona indicada para disipar las oscuridades del cisma, y por eso Armagnac le envió una carta que decía así:

«Querida señora: Existen tres pretendientes al Papado; uno vive en Roma, se hace llamar Martín V y le obedecen todos los reyes cristianos; otro habita en Peñíscola y se hace llamar Clemente VIII; el tercero no se sabe donde vive, tan sólo el cardenal de San Esteban y unos pocos lo conocen, y se hace llamar Benedicto XIV.» Y le pedía que suplicase a nuestro Señor Jesucristo para que por medio de ella hiciese saber cuál de los tres era el verdadero Pontífice y poder obedecerle.

La célebre doncella de Orleáns recibió esta carta en Compiègne cuando, vestida de hierro, se disponía a montar a caballo al frente de sus hombres de armas. Quedó al principio en suspenso no sabiendo qué contestar. Sus voces jamás le habían hablado de este asunto. Nacida en 1412, había oído conversar, al tener uso de razón, del Gran Cisma de occidente como de una calamidad ya remota. La resistencia tenaz de Pedro de Luna en Peñíscola, preocupó a España, a Italia y los estados del sur de Francia, sin llegar nunca hasta la Lorena, su país. Todo lo más que había podido saber durante sus primeros años era la reunión de un Concilio en la ciudad de Constanza. A Muñoz y a Carrier nunca los había oído nombrar.

Con el deseo de no mostrarse descortés, dictó una respuesta al conde de Armagnac, diciendo que por el momento estaba ocupada en hacer la guerra; pero luego de su triunfo definitivo, cuando volviese ella a París, podía enviarle otro mensaje. Entonces le haría saber con certeza quién debía seguir, «según el consejo de mi director y soberano dueño, el Rey del mundo.»

—Todo esto —dijo Claudio— que visto desde nuestra época resulta algo pueril, sirvió como nueva arma a los perseguidores de la extraordinaria Juana, los cuales la acusaron, antes de quemarla en Ruán, de haberse mezclado en la vida interior de la Iglesia dudando de la legitimidad de Martín Quinto y prometido declarar en un plazo determinado quién era el verdadero Papa. Su cortesía, que la impulsó a contestar una carta, fue explotada como argumento para hacerla perecer en un brasero.

Rosaura y Claudio empezaron a pisar la arena de la playa. Junto a la puerta de piedra con el gran escudo de Felipe II esperaban los dos nuevos amigos de Borja. Habían hecho todo lo necesario para que pudiesen comer en el istmo. Un viejo marinero, experto en guisos de pescado, estaba trabajando para ellos dentro del parador.

En vano Rosaura insistió en invitarlos. Su timidez y su cortesía los impulsaba a alejarse. Eran las doce, y en sus casas los esperaban para comer. Volverían después; todo lo dejaban bien preparado. Y se alejaron en compañía del alcalde, que había hecho igualmente una corta aparición para convencerse de que nada faltaba a los forasteros.

Al quedar solos, juzgó Rosaura preferible comer en mitad de la lengua arenosa, lejos del lavadero, cuyas piedras olían a jabón fuerte, lejos también del parador con sus carros detenidos ante la puerta y su establo lleno de caballerías, que se azotaban incansablemente con la cola para espantar los insectos.

Avanzó el automóvil hasta la parte media del arenal, quedando junto a una fila de barcas negras de brea, con el mástil un poco inclinado hacia la proa.

La silenciosa chiquillería de la población había desaparecido. Aquí se vieron rodeados por los hijos de los pescadores, grumetes de piel tan bronceada, que parecían salidos de una toldería indígena de América; gatos de barca con el pantalón a media pierna, camiseta rayada y una gorra vieja con visera, todos de ojos ardientes, voz ronca y la fuerte dentadura oscurecida por el tabaco.

Empezaron pidiendo cigarrillos a Borja. Era para ellos el mejor regalo que puede recibir un mortal. Claudio cometió la imprudencia de arrojarles unas pesetas, y la playa silenciosa se estremeció con estruendo de pelea. Los pescadores y sus mujeres se habían retirado a sus casas para comer. Sólo quedaba en el arenal la chiquillería de la flota de Peñíscola, en plena libertad, y comenzaron a batirse entre ellos, disputándose a golpes la posesión de las monedas.

Se empujaban en su furia, cayendo arracimados sobre aquella pareja de señores generosos. Semejantes a los árabes, consideraban el título de tío como el más honorífico que puede darse a una persona digna de respeto. Colgándose muchos de ellos del brazo del tío para agarrarle las monedas antes que saliesen de su mano.

—¡Tía, a mí!... ¡A mí, tía guapa!

Y Rosaura les arrojó igualmente puñados de pesetas, riendo al ver cómo rodaban por la arena, agitando pies y manos. Uno de ellos echó varios zarpazos a su diestra, rasgando el guante que la cubría, clavando en ella sus uñas; tan grande era su impaciencia.

—¡Ah demonio! ¡ Toma, toma!

Corrió detrás de él dándole cachetes, pero éstos equivalían a una caricia para aquellos pequeños delfines, y volvieron a rodearla, gritando: «¡A mí! ¡A mí, tía!»

Tan grande fue el alboroto que atrajo la intervención de la autoridad, sentada a la puerta del parador, con su gorra dorada y su bastón de borlas negras. Otra vez vio Rosaura al alguacil, pero ahora los enemigos del orden eran menos obedientes y más talludos que los chiquillos que la habían seguido por las calles de la población.

Repartió unos cuantos golpes con la vara de justicia, y los gatos de barca, al recibirlos, procuraron ocultar su dolor, saltando y riendo, mientras gritaban: «¡No me ha hecho daño..., no me ha hecho daño!» Al fin, cansados de aguantar palos y fingir insensibilidad, fueron alejándose en diversos grupos, según sus amistades, haciendo cada cual el recuento de las pesetas conquistadas.

Ya no los vieron más que desde lejos, atisbándolos panza abajo, detrás de las barcas, por si se repetía el derrame metálico, sin atreverse a nuevos avances, como si el alguacil hubiese trazado en torno a los forasteros un infranqueable tabou.

Al quedar solos Rosaura y su acompañante, admiraron la bravía hermosura de esta playa, tan distinta a las que habían conocido en sus viajes veraniegos. Junto al límite de las últimas ondulaciones, donde la arena conservaba la humedad con brillo de espejo, vio saltar la dama un sinnúmero de insectos pequeños blancos casi transparentes. Eran las llamadas pulgas de mar.

Varias barcas se movían ancladas a corta distancia del istmo. Otras se iban deslizando por el límite del horizonte con sus velas de ala de gaviota. Ella admiró la placidez de este panorama marítimo, su silencio meridiano.

No había en toda la lengua de arena otros seres que ellos dos y el chófer. El suelo brillaba como polvo de oro bajo la luz vertical del sol. Temblaban las líneas de los objetos a causa de la evaporación de la arena. En este silencio se transmitían los menores ruidos a inauditas distancias. La caída de un remo, los gritos procedentes de las calles de la población, un carro lejanísimo marchando por los caminos de las marismas, adquirían a esta hora solar una sonoridad más extraordinaria que la de las horas nocturnas.

—¿Y fue en este sitio tan hermoso donde quemaron al fraile que quiso matar al Papa Luna? —preguntó Rosaura.

Sí; aquí habían quemado al fraile por envenenador y nigromante, como le llamaban en el proceso. Viciana, historiador del siglo XVI, aún había visto en dicho arenal un mojón de cal y canto marcando el lugar del suplicio.

—Ahora no queda ni memoria del rústico monumento expiatorio. Peñíscola ha sufrido tres sitios, que modificaron sus alrededores.

Al oír que la rica señora envidiaba la existencia de estas gentes de mar, Borja habló de las tempestades que pasan sus olas de un lado a otro del istmo, obligando a los barcos de Peñíscola a refugiarse en los puertos inmediatos de Benicarló y Vinaroz. Muchas veces la tormenta no les daba tiempo para guarecerse, y se mantenían haciendo frente a la tempestad, lo que originaba numerosos naufragios. ¡Cuántos de estos grumetes que gritaban: «¡Tío, a mí!», acabarían muriendo ahogados!...

La llegada del alguacil con el marinero que había guisado la comida interrumpió su conversación. Colocaron una mesa y dos sillas sobre la arena, a corta distancia de donde venían a extinguirse las últimas ondulaciones en delgadas curvas semejantes al cristal. Una vela tendida entre dos barcas les daba sombra.

Admiró la dama esta rústica instalación, y su entusiasmo fue en aumento al volver el marinero con una gran fuente ocupada toda ella por una pirámide de langostinos asados. Nunca los había visto tan enormes, ni pudo sospechar que dicho marisco poseyera tal perfume. Surgía de ellos un olor semejante al de las violetas.

Dio el guisandero explicaciones en valenciano, rogando a Borja que las tradujese a la señora. Hablaba con desprecio de los miserables cocineros de tierra firme, dignos de toda clase de tormentos, que hierven la langosta y los langostinos, dando a su preciosa carne un sabor de ropa mojada. Los cocineros del mar saben que estos animales preciosos sólo deben servirse asados o fritos. Su olor y su sabor se concentran con la acción directa del fuego.

Estos langostinos de caparazón delgadísimo podían comerse enteros a pesar de su tamaño extraordinario. Sus patas y envolturas crujían fácilmente bajo los dientes, confundiéndose con la carne firme y sabrosa oliendo a flor.

Como Rosaura había pasado la mitad del día sin otro alimento que el café tomado en Tarragona, empezó a comer ávidamente. Se acordaba del almuerzo en la fontana de Vaucluse y del otro, no menos agradable, en el Puerto Viejo.

—Este es mejor Borja. Su bouillabaisse de Marsella no puede compararse con el plato que acaban de traernos. Sabe usted obsequiar magníficamente a sus amigos; lo reconozco.

Tuvo que moderar él su entusiasmo, hablando de los peligros de un atracón. La primera vez que estuvo en Peñíscola quedó tan ahíto de langostinos, que al volver a Madrid no pudo soportar en varios meses su vista y su olor. Luego señaló un lugar de la costa donde se esbozaban las blancuras del caserío de Vinaroz.

Rosaura no ignoraba seguramente quién había sido el duque de Vendôme. Ella movió la cabeza sin dejar de comer. Conocía la plaza de Vendôme en París y la rue de la Paix inmediata. Allí estaban los joyeros, los costureros y hasta los zapateros de gran lujo que la tenían por clienta.

—Pues en aquella población que usted ve murió el mariscal Luis de Vendôme, soldadote grosero, pariente de los reyes de Francia, general de vida licenciosa, aborrecido por su primo Luis Catorce, el cual tuvo, sin embargo, que mantenerlo al frente de sus ejércitos, porque algunas veces conseguía victorias ruidosas no obstante sus descuidos. Al dirigir la guerra de Secesión en España, se quedó en Vinaroz con su corte especial de rufianes y rameras que lo acompañaban a todas partes. Nada tenía que hacer en esta costa, pero se instaló en ella por los langostinos solamente, y una indigestión lo mató en pocas horas.

Su tumba, con inscripciones enfáticas en latín, la había visto Borja en la iglesia de Vinaroz, pero no contenía ya más que sus entrañas. Su cuerpo lo habían llevado al panteón de Infantes en El Escorial.

Claudio no consiguió aterrarla con este ejemplo. Por una sola comida no iba a morir como el glotón Vendôme. Y sólo abandonó la enorme fuente de langostinos al ver que el marinero llegaba con otra semejante, provocando sus protestas y las del joven español. ¿Cómo podrían devorar este nuevo envío más que suficiente para todos los huéspedes de un gran hotel?...

Quedaron tan hartos que apenas pudieron probar los otros platos traídos por el guisandero, todos bien especiados, con arreglo a la gastronomía marinera, para que despertasen en el paladar un deseo de continuo beber.

Explicó Borja la procedencia del vino de color granate oscuro colocado sobre la mesa. Llevaba el nombre de la vecina ciudad de Benicarló. En los últimos tiempos de la navegación a vela, bergantines y fragatas lo cargaban para América, vendiéndolo especialmente en Buenos Aires. Era el vino llamado en la Argentina Carlón, del que había oído hablar Rosaura a sus abuelos; el único que gustaba a los viejos criollos, haciéndoles dar este nombre desfigurado de Benicarló a todos los vinos tintos llegados del país.

Ya no hizo más viajes el guisandero, luego que hubo dejado sobre la mesa una cafetera llena hasta los bordes de líquido denso, intensamente negro, con tanta achicoria como café, tal como les gustaba a las gentes de mar.

Conversaban los dos sobre lo que podían hacer aquella misma tarde. Borja consideraba conveniente ir a pasar la noche en Castellón, capital de la provincia, donde encontrarían hoteles cómodos y limpios. El viaje no era largo. En menos de dos horas podían llegar a dicha ciudad, aunque el camino estuviese en mal estado. Además, las noches eran de luna. Ella diría al día siguiente lo que pensaba hacer; si seguir hasta Valencia, adonde iba él, o regresar a París después de haber satisfecho su curiosidad de conocer a Peñíscola.

—No sé —contestó Rosaura con voz de cansancio—. Me parece bien que vayamos a esa ciudad que usted dice... Pero ya que nos queda tiempo, quisiera dormir un poco. He comido tan bien, que siento ahora sueño..., mucho sueño. ¡Me levanté tan temprano!...

Quiso dormir en el arenal, acariciada por la frescura del mar. Recordó las veces que había hecho lo mismo siendo niña, en sus excursiones por las estancias, a la sombra de un ombú todo leña, envuelta en un poncho y la cabeza inclinada en los jaeces de su caballo, mientras éste iba pastando libremente.

Interrumpió el chófer su gran banquete de mariscos para traer el asiento mayor del automóvil, que iba a servir de cama a la señora; otro más pequeño como almohada y una manta de viaje. Ella se tendió en este lecho improvisado, incorporándose dos veces para convencerse de que en tal postura no dejaba descubierta ninguna intimidad de su cuerpo.

Borja sin abandonar su asiento, dormitó un poco con los codos apoyados en la mesa.

La exagerada abundancia de comida atrajo a varios perros. Devoraban los grandes langostinos caídos en la arena como si fuesen desperdicios sin valor alguno. Lamían en silencio las salsas picantes de los platos. Husmeaban despectivamente las frutas del país que habían rodado de la mesa.

Despertó el joven presintiendo la proximidad de alguien que le contemplaba mientras dormía. Sus dos amigos de Peñíscola, después de muchas vacilaciones y de pasear el istmo de un extremo a otro, habían acabado por acercarse.

El primer movimiento de Claudio fue mirar hacia donde estaba la señora de Pineda, con una inquietud celosa, temiendo que se hubiese destapado durante su sueño. Seguía envuelta en la manta de cintura abajo y su busto se movía acompasadamente con el ritmo de una respiración tranquila.

Eran más de las tres de la tarde; mejor dicho, faltaba poco para que diesen las cuatro. Borja les habló del equipaje que dejaba en su alojamiento de Peñíscola, rogando que se lo enviasen a Castellón por ferrocarril.

Mirando el cielo y el mar, le pareció que debía de ser más tarde que la hora indicada por sus amigos. Se había adormecido en pleno sol, bajo un cielo azul, procurando mantenerse a la sombra de la vela. Ahora el mar era gris, las nubes cubrían las montañas y el sol estaba oculto, como si ya hubiese empezado a iniciarse el crepúsculo.

Llegó el alcalde hacia ellos, con su paso balanceante de patrón de barca.

Miró a un lado y a otro, cual si husmease el tiempo, y movió la cabeza. Luego creyó oportuno dar un consejo:

—Don Claudio, si piensan ir a Castellón, váyanse pronto. El cielo amenaza tormenta.


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