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El Papa del mar : 2-02

El Papa del mar

SEGUNDA PARTE
LA GUERRA DE LOS TRES PAPAS

Capítulo II
Las navegaciones de la flota papal

de Vicente Blasco Ibáñez


Estaban los dos ante una fortaleza de sillares grises oscurecidos por el tiempo. Eran muros robustos y ásperos uniendo torres que tenían en su parte superior grandes ventanas ojivales, completamente abiertas. Una fila de almenas que no habían sido construidas como adorno arquitectónico —verdaderas almenas de guerra— seguía las líneas altas y bajas de torreones y murallas. Esta fortaleza era un templo. Las ojivas de las dos torres principales las ocupaban varias campanas inmóviles.

Rosaura y Claudio acababan de visitar la iglesia de la antigua abadía de San Víctor: tres naves góticas con sepulcros. También habían descendido a sus criptas, que databan de los primeros siglos del cristianismo, cuando San Víctor murió mártir de los habitantes paganos de Marsella.

A sus espaldas se extendía el Puerto Viejo, repleto de embarcaciones, algunas de formas arcaicas. En su boca funcionaba un gigantesco transbordador, deslizándose de una orilla a otra, sobre las aguas que en pasados siglos estaban obstruidas por una cadena. Más allá del Puerto Viejo se extendía, siguiendo la costa, en un espacio de kilómetros y kilómetros, la sucesión de puertos nuevos, donde venían a anclar grandes transatlánticos y buques de carga de todos los mares del planeta.

Borja describió a su acompañante el aspecto que ofrecía en otros siglos este mismo suelo pisado por ellos. Todos los depósitos de pescado seco, tonelerías y almacenes oliendo a sal que circundaban la iglesia de San Víctor habían sido hasta el siglo XVIII dependencias de la abadía del mismo nombre.

Cuando llegó la Revolución, los monjes de San Víctor se habían convertido en canónigos, pertenecientes todos ellos a la nobleza de Provenza, y su cargo les daba el título de conde. La abadía de San Víctor fue enormemente rica en la época de los papas de Aviñón. El pueblo de Vaucluse y los castillos que usted vio en sus alrededores eran de esta comunidad. Aquí vino a instalarse don Pedro de Luna después de abandonar su Palacio.

Como la abadía ocupaba una altura junto a la boca del puerto y eran frecuentes los ataques de piratas, sus monjes la convirtieron en fortaleza. Al abrigo de sus fosos y muros la rica comunidad había levantado grandes edificios, cultivando además extensos huertos frutales.

Benedicto XIII, instalado en los salones del abad, iba recibiendo a los grupos de arrepentidos que llegaban de distintos países de su obediencia, así como a sus leales partidarios. Uno de los primeros en presentarse fue el duque de Orleáns, hermano del rey de Francia, amigo siempre fiel, que había favorecido su fuga del palacio sitiado.

Todos los cardenales sediciosos venían a San Víctor a implorar su perdón. La Universidad de París, dentro de la cual contaba más enemigos que adictos, no podía resistirse a la corriente general en favor del Papa Luna, y enviaba también a Marsella una diputación de maestros de la Sorbona, llevando al frente como orador al célebre Gerson.

Las felicitaciones de la Universidad eran humildes. El austero Gerson comparó en su discurso al Pontífice español con David y con Judas Macabeo, asegurándose que era objeto de ternura para todos cuantos tenían la dicha de conocerlo. Benedicto, evadiéndose del palacio de Aviñón, era otro Jonás escapando del vientre de la ballena. Pedro de Luna, en vez de escuchar al demonio que le aconsejaba venganza, «vertía sobre la Universidad el rocío de sus gracias, a la manera del astro cuyo nombre ostentaba, la luna, que produce el rocío, según afirman los filósofos antiguos».

El Papa triunfador, después de tal discurso, dio a Gerson las rentas de un rico curato en París, repartiendo otras mercedes entre sus doctos acompañantes.

Un plan audaz preocupaba a Benedicto. Para dar término a la división de la Iglesia, había decidido ir en busca de su adversario, aunque tuviese que llegar para ello hasta la misma Roma. La vía de cesión propuesta por muchos no quería admitirla. Uno de los dos Papas debía ser forzosamente legítimo; y como él estaba seguro de poseer dicha legitimidad, se creía triunfante por adelantado si lograba organizar un acto público en el que se viesen frente a frente el Papa de Roma y él.

—Hay que carearse con el intruso —decía a sus allegados.

Como para conseguir tal entrevista era preciso un viaje que en aquella época resultaba largo y no exento de peligros, el Papa, desde sus salones de San Víctor, empezó a dar órdenes a toda la Cristiandad de su obediencia, lo mismo que si fuese un almirante.

Amaba el mar, viendo en él un camino francamente libre, sin los obstáculos que podían oponerle la parcialidad y el egoísmo de los hombres. Su carácter recio sentíase atraído por la majestuosa fuerza de los elementos. Necesitaba reunir una flota, y escribió al rey de Aragón especialmente, para que le enviase galeras de Cataluña y de Valencia. Él poseía dos buques que llevaban la cruz en el remate de sus mástiles y una media luna blanca invertida sobre fondo rojo pintada en sus banderas. Caballeros de San Juan de Jerusalén, habituados a la vida del mar le aconsejaban en los preparativos de su expedición.

—También algunos corsarios españoles del Mediterráneo —dijo Borja—, por simpatía de nacionalidad y por convenirles un protector tan poderoso habían venido a Marsella, entrando al servicio del Pontífice. Las costumbres de aquellos tiempos eran otras que las nuestras. Ser corsario no resultaba extraordinariamente deshonroso. Los guerreros más heroicos de tierra adentro eran también ladrones siempre que se les presentaba ocasión. Honrados navegantes, si montaban un buque armado y encontraban otro más pequeño con valioso cargamento, rara vez se resistían a la irresistible tentación de hacerlo suyo.

Don Pero Niño, almirante del rey de Castilla, navegaba por el Mediterráneo con una escuadra de galeras en persecución de algunos corsarios de Cádiz: Juan de Castrillo, Pero Lobete, Nicolás Giménez, que causaban grandes daños en las costas de España. Al saber que uno de ellos bordeaba cerca de Marsella, marchó en su busca, persiguiéndolo hasta el interior del puerto; pero tuvo que desistir de batirlo por haberse agregado a la flota que preparaba el Padre Santo.

Benedicto XIII, admirador de los héroes del mar, sentó a su mesa a don Pero Niño, que años después, haciendo la guerra a los ingleses en el Atlántico, desembarcaba en Inglaterra, quemando la ciudad de Plymouth.

Un ruido de campanas llegó a la ribera del Puerto Viejo. Otras campanas contestaron desde la orilla oriental, y la actividad en los buques y los muelles empezó a decrecer, apagándose sus rumores.

—Son las doce, Borja, y nos espera la bouillabaisse. Estos paseos instructivos me dan un apetito extraordinario. Además, siento impaciencia por volver a nuestro restaurante de anoche. ¡Qué interesante!

La rica criolla celebraba con un entusiasmo pueril todos los lugares que le iba haciendo conocer el español. Fatigada de la vida de París, de los restaurantes ceremoniosos y escandalosamente caros, de la suntuosidad convencional y monótona, en último término, que constituye la existencia diaria de unos cuantos miles de privilegiados, conocía ahora el regocijo de la novedad. Era un placer semejante al de ciertos personajes que bajo la protección de la Policía visitan de noche las tabernas y otros antros donde se reúnen las últimas clases del populacho. Su estómago ahíto de platos refinados parecía reanimarse ante los guisos que Borja le iba ofreciendo. Estos le recordaban algunas veces otros de su adolescencia confeccionados por cocineras emigrantes recién llegadas a Buenos Aires.

Se dirigieron hacia el final del Puerto Viejo por callejuelas pendientes y muelles que olían a pescado fresco. En varias ocasiones tuvo ella que agarrarse a un brazo de Claudio para saltar sobre arroyuelos de agua sucia que arrastraban valvas de ostras, agallas de peces, pequeños erizos. Este olor salido de pescadería recién barrida excitaba su apetito, evocando al mismo tiempo el recuerdo de otras comidas que habían hecho juntos.

—¿Ha olvidado, Claudio, nuestro almuerzo de Vaucluse?... Estuvo usted algo incorrecto; pero se lo he perdonado al pensar en los cangrejos a la americana y el Château—neuf—du—Pape. Además, ¡aquella agua tan cantora! ¡Aquella frescura rumorosa!... Reconocerá que soy una mujer romántica: poesía de la Naturaleza..., y cangrejos con salsa picante. Pero la vida es esto: una mezcla de cosas contradictorias .. ¿Y nuestros almuerzos en aquel pequeño restaurante cerca del Palacio, para huir de la cocina monótona y avarienta de nuestro hotel?

Recordaba ahora todos los detalles de su existencia en la ciudad papal durante cuatro días. Después habían venido a Marsella, con la repentina decisión que pueden permitirse los que poseen un gran automóvil esperando a todas horas sus órdenes.

Como Borja tenía el proyecto de venir a esta ciudad, ella lo trajo en su vehículo. A su doncella la había enviado por ferrocarril a su casa de la Costa Azul para que le remitiese a Marsella cuantos telegramas y cartas encontrase allá.

Siguió alabando Rosaura el aspecto y los méritos de estos restaurantes del Puerto Viejo que le hacía conocer su acompañante. Algunos eran parecidos a los del golfo de Nápoles por el continuo desfile de cantores juglares y ebrios de graciosas charlas situados ante las mesas de sus terrazas. Además, la rica señora encontraba muy interesante a los camareros sirviendo las mesas en mangas de camisa, a determinados parroquianos con rudo aspecto de hombre de mar que comían algunas veces conservando calado su sombrero y a ciertas damas de amplio chambergo exageradamente adornado de plumas, muy perfumadas y pintadas, que a través de sus voluptuosos olores, dejaban pasar, como aguda punta de estilete, un agresivo hedor de ajo.

Nunca se hubiera atrevido a sentarse sola en tales lugares. Al lado de Borja mostraba una curiosidad insaciable de verlo todo, de comerlo todo. La noche anterior había devorado un sinnúmero de moluscos del Mediterráneo, cuya existencia ignoraba, y una bouillabaisse distinta a la conocida en los restaurantes elegantes: un plato para marinos, que la obligó a beber frecuentemente vino de Cassis. Ahora mostraba cierta impaciencia estomacal por verse otra vez ante la misma mesa de mantel blanco y áspero, sintiendo en su olfato el perfume de la langosta, de la escorpena, de otros peces que, revueltos con variados moluscos, entraban en la confección del gran plato mediterráneo.

—Siga hablando, Borja. Cuénteme cómo el Papa Luna navegó hacia la Ciudad Eterna en su flota. Esto me hará olvidar el hambre hasta que lleguemos a nuestra bouillabaisse.

Y el joven continuó su relato de los ensueños y trabajos del Pontífice tenaz en la abadía, que iba quedando a sus espaldas. Nueve meses había morado en ella preparando su expedición. El conde de Saboya le ofrecía Niza como lugar de descanso. El mariscal Boucicaut (pariente del que lo había tenido sitiado en Aviñón) gobernaba en nombre de Francia la ciudad de Génova y las plazas inmediatas. Mónaco, Ventimiglia y Albenga le brindaban también seguridades. En Pisa, gentes importantes prometían su apoyo, y lo mismo en Florencia. Además, dentro de los estados de la Iglesia existían numerosos soldados sueltos de las antiguas compañías gasconas y bretonas, acostumbrados a guerrear por los papas, y sólo esperaban su presencia para engancharse como mercenarios. Venecia, siempre bien enterada por sus hábiles embajadores de lo que ocurría en el mundo, parecía segura de que el Papa español iba a llegar hasta Roma, apoderándose de su adversario.

Para todo esto necesitaba mucho dinero, y lo pedía a su pariente el rey don Martín, exigiendo también adelantos en el pago de los tributos eclesiásticos a sus colectores de España y Francia. Muchos obispos amigos suyos rivalizaban en esplendidez al enviarle subsidios. Todos los vasos sagrados y alhajas de la cámara apostólica eran pignorados o vendidos, produciendo dicha operación más de veinte mil florines de oro puro, cantidad enorme en aquella época.

Las galeras enviadas por Barcelona y Valencia se unieron a la de Luna, completándose su flota con otros buques pertenecientes a los caballeros de San Juan y algunas naves de antiguos corsarios, limpios ya de pecados por la penitencia y la bendición pontificia. Benedicto XIII abandonó a Marsella, entrando en Niza en los últimos días de diciembre de 1404. Desde allí lanzó varias bulas anunciando a la Cristiandad su viaje a Italia para hacer entrar en razón a su adversario Inocencio VII, que él llamaba simplemente Cosme Megliorato, por nombre de familia, y otras veces, el intruso.

Estando en Niza se avistaba con el joven rey de Sicilia, hijo de don Martín, y otros príncipes amigos suyos para que le proporcionasen tropas de tierra. El era el Papa del mar y había improvisado una flota; pero necesitaba que los soberanos le diesen quinientos hombres de desembarco, quinientos bacinetes, como los llamaban en el lenguaje de entonces, por la forma de sus cascos. Mas, a pesar de las promesas recibidas en Niza, nunca llegaron los quinientos bacinetes.

Este primer fracaso no amenguó su tenacidad. En todos los puertos era recibido con grandes manifestaciones de respeto y adhesión. Las autoridades de Mónaco le ofrecían las llaves de la ciudad y de su castillo; en Albenga, pueblo y clero iban en procesión hasta la galera pontificia, llevando al Papa a un gran banquete en el convento de predicadores; en Saona salía a recibirlo el cardenal Luis Fiesco, del bando romano, quien abjuraba públicamente del cisma urbanista, reconociendo al Papa de Aviñón. Y éste, dando al olvido antiguas injurias, lo perdonaba, restituyéndole el capelo.

—La mayoría de los cardenales —siguió diciendo Borja—, acostumbrados a su lujo y temiendo perderlo, mostraron en este larguísimo conflicto una falta absoluta de carácter, una facilidad vergonzosa para pasar de un bando a otro, según veían agrandarse o empequeñecerse las probabilidades de triunfo de cualquiera de los dos papas. Lo importante para ellos era encontrarse al lado del que venciese y no perder su posición. Hubo uno que recibió el apodo de el cardenal Tricapeli, porque en el curso de su vida cambió tres veces de Papa, haciéndose conferir a cada evolución un nuevo capelo.

Este viaje fue muy lento, como todo lo de aquella época. La flota papal, salida de Marsella en diciembre de 1404, llegaba a mediados de mayo del año siguiente al puerto de Génova. Gran número de barcas adornadas con ramas de laurel salieron al encuentro de la nave del sucesor de San Pedro: tal era su impaciencia por darle muestras de su vasallaje. Las altas dignidades eclesiásticas, el clero llevando las reliquias guardadas en sus templos, todo el vecindario puesto de rodillas esperaban en tierra la bendición del Papa, saludándolo después con inmensas aclamaciones.

Una larga procesión desfiló por las calles, adornadas con flores y ramajes. Detrás del clero marchaban los más importantes varones de Génova vestidos de rojo, los cinco cardenales acompañantes del Pontífice montando caballos con purpúreas gualdrapas y una mula de blanco pelaje que, según usanza de los pontífices de Aviñón, era cabalgada por un sacerdote llevando el Santísimo Sacramento. Al final, sobre un corcel del mismo color y bajo palio bordado de oro, avanzaba Benedicto XIII, jinete de aspecto majestuoso, a pesar de su pequeña estatura. El mariscal Boucicaut, el podestá, los magistrados de Génova, vestidos de blanco, daban escolta al Pontífice, y cerraba la procesión una guardia de honor que era casi un ejército, compuesta de los soldados que guarnecían la ciudad y de los hombres de armas de Luna desembarcados de su flota.

Nunca Papa alguno se vio recibido con tal aparato, ni aun en la misma Roma, según afirmación de los contemporáneos. Una orquesta de flautas y otros instrumentos marcaba el grave paso de la imponente comitiva. Tres días duraron las fiestas, interrumpiéndose todos los trabajos. Un doctor de la ciudad arengó a Benedicto, haciéndole saber el orgullo que sentía Génova al ser la puerta por la que penetraba en Italia el verdadero Pontífice para suprimir el cisma.

Inmediatamente envió emisarios a Inocencio VII, proponiéndole una reunión de todas las potencias italianas, ante las cuales comparecerían los dos para explicarse frente a frente. El Papa de Roma contestó a sus enviados que no quería prestarse a ningún arreglo, y Benedicto XIII, al denunciar al mundo su conducta, invocó contra el antipapa y sus anticardenales el auxilio de todos los cristianos, justificando con esto la marcha sobre Roma que iba a emprender. Inocencio, convencido de la inminencia del avance, huyó de la Ciudad Eterna, temiendo verse traicionado por los que lo rodeaban, mientras su adversario seguía en Génova dando recepciones suntuosas a cuantos personajes religiosos y laicos venían a ofrecerle su apoyo.

—Don Pedro, de gran sobriedad en su mesa y vestido igualmente con modestia, era espléndido en los festines para los otros, y hacía en ellos valiosos regalos. Además, le gustaban los actos solemnes, y mientras estuvo en Génova, procesiones y banquetes alternaron con bailes populares y pomposas revistas de tropas. Al consagrar en dicha ciudad a cincuenta prelados, arzobispos, obispos y abades, regalaba a cada uno de ellos un anillo de oro con piedras preciosas. Por encargo suyo venían a Génova los personajes de vida más santa o más sabios de los países sometidos a su obediencia. Pedro de Ailly, hecho arzobispo por él, predicaba frecuentemente. La que fue luego Santa Coleta lo seguía desde Niza para recibir de sus manos el velo de la Orden que deseaba reformar. Un predicador de palabra apocalíptica sucedía al sabio Ailly, orador académico. Era maestro Vicente, famoso en todo el sur de Europa, y que años después fue llamado San Vicente Ferrer.

Todo parecía ayudar al triunfo de Benedicto. Su rival, Inocencio, estaba deshonrado por la avidez y las malas costumbres de un sobrino que gobernaba en su nombre. El pueblo de Roma saqueaba sus habitaciones y sus archivos. Gran número de barones italianos se disponían a ofrecer sus servicios al Papa de Aviñón. En Provenza se alistaban tropas para el ejército que había de llevarlo a la Ciudad Eterna.

De pronto todo cambió. Vióse el Papa sin dinero para esta empresa, superior a sus recursos. Había organizado una flota con la ayuda del clero español y no podía acudir de nuevo a él para crear un ejército. Además, acababa de surgir en Toscana una guerra, cerrando momentáneamente el camino de Roma.

Aún se irguió frente a Luna un enemigo más temible, el espectro lívido que tantas veces había cortado en el siglo XIV las combinaciones de los hombres: la peste.

Una epidemia empezó a cebarse en el vecindario de Génova, haciendo muchas víctimas entre los personajes de la Corte papal. El anciano Pontífice se retiró a Saona, perseguido por la muerte; luego, a Niza, a Frejus, a Tolón, hasta que la terrible calamidad que mataba los hombres a millares lo encerró de nuevo en la abadía de San Víctor. Para el recio aragonés, incapaz de dejarse vencer por los obstáculos de los hombres o las cóleras de la Naturaleza, dicho retroceso sólo representaba un descanso. Su flota lo esperaría anclada en el puerto de Marsella. Estaba seguro de emprender muy pronto una segunda expedición contra el intruso de Roma para discutir con él frente a frente.

—También nosotros hemos llegado a nuestra abadía — dijo Rosaura, interrumpiendo a su acompañante.

Entraron en el restaurante, situado en un muelle del Puente Viejo. Las mesas exteriores estaban resguardadas por rejas de madera pintadas de verde, y unos cajones de igual color sustentaban copudos arbustos. En la misma acera, varios puestos de venta de ostras, otros mariscos y peces crudos esparcían un olor de mar caldeado por el sol, de aguas adormecidas entre peñascos.

Se instalaron en una mesa del primer piso, viendo debajo de ellos la enorme y cuadrada lámina de este puerto antiguo, con sus orillas ocultas por hileras de buques, amarrados flanco contra flanco como bestias estabuladas.

Rosaura encontró el restaurante más agradable aún que en la noche anterior. El puerto burbujeante de luz entre los negros mástiles inmóviles, el ir y venir de numerosas lanchas sobre su luminosa superficie parecieron excitar su alegría. Al mismo tiempo, los olorosos cargamentos amontonados en los muelles le hicieron recordar sus viajes, el tránsito por los puertos de la América del Sur o por otros menos ruidosos del Oriente europeo, vistos en una excursión a Constantinopla.

—Esto es otra cosa que Vaucluse; pero también el almuerzo va a resultar memorable. ¡Qué panorama tan hermoso!... Dé usted prisa a esa gente, Claudio, para que nos sirvan en seguida.

La presencia de la deseada bouillabaisse los mantuvo en silencio largo rato. Temblaba sobre el mantel la mancha purpúrea de los vasos de grueso cristal llenos de vino de Cassis. La vista del agua azul y el optimismo que proporciona una buena comida les hizo desear a los dos luengos viajes, horizontes ilimitados, contemplando la Tierra entera como algo paradisíaco, que sólo podía guardar desgracias y peligros para los otros.

Claudio habló con entusiasmo de los países que visitaría después, siguiendo la vida errabunda del Papa Luna. Pensaba ir a Perpiñán, en la frontera española. Allí se había iniciado la caída definitiva de este hombre tenaz que nunca se consideró vencido. Luego, atravesando a Cataluña y el principio del reino de Valencia, llegaría a Peñíscola, promontorio fortificado en medio del mar, unido solamente a la tierra firme, en días tranquilos, por una lengua de arena que invaden las olas cuando soplan vientos de tormenta. Allí había permanecido largos años el viejo Pontífice, entre el azul del cielo y el azul del Mediterráneo, abandonado de todos y representando, sin embargo, una amenaza, hasta después de su muerte, para la tranquilidad del Papa de Roma.

Describió Borja la vida pintoresca y abundante en peligros de los pescadores que ocupaban ahora esta fortaleza papal; los campos de la costa cubiertos de naranjos, el aire luminoso impregnado de olores salinos y perfumes de azahar.

Rosaura, con la taza humeante de café ante ella y envuelta en el humo rubio de su cigarrillo, lo miraba, entornando los ojos dulcemente burlones.

—¡Ah... truvador!... ¡ Truvador!

Los dos rieron al acordarse de aquel visitante norteamericano del palacio de Aviñón, cuyo acento imitaba Rosaura; pero el regocijo irónico de ésta era superficial. Sus ojos parecían reflejar sinceramente una visión ilusoria de remotos y desconocidos paisajes.

Claudio, como si adivinase sus deseos, continuó hablando:

—Usted debería venir allá conmigo; usted no conoce esa parte de España: es el jardín de las Hespérides. ¡Y tan interesante el castillo donde murió Luna a los noventa y cuatro años, haciendo frente a sus adversarios hasta el último momento!... En el Mediterráneo no hay nada que se le parezca. Únicamente la abadía de Mont—Saint—Michel, en el Atlántico, puede compararse con Peñíscola. Yo he estado una vez allá, y me emocioné al encontrar aún sobre sus puertas el escudo con la media luna invertida, cincelado por los tallistas del Pontífice. ¿Por qué no viene usted?... ¿Qué va a hacer sola en la Costa Azul?...

Iba creciendo en el interior de ella este mismo deseo, adivinado por su acompañante... Esperaba impacientemente las noticias de su doméstica. Aquella mañana, al levantarse, había pensado con delicia en la posibilidad de que le reexpidiese una carta o un telegrama, que tal vez la obligaría a desandar su camino, regresando a París. Y ahora, bajo la influencia del ambiente, viendo el mar, cuya inmensidad convida al viaje; escuchando a este compañero, que hacía revivir ante sus ojos las cosas inertes, rechazaba de pronto la idea de volver a París, le infundía tedio la posibilidad de verse sola en su casa, ante el Mediterráneo desierto.

La vida resulta alegre para los que se dejan arrastrar por ella sin oponer resistencia. Los días de Aviñón y los de Marsella parecían a Rosaura ligeros y repletos de interés. No había seguido sus pasos el demonio del aburrimiento que tanto la perseguía en los últimos meses. Consideraba ahora como gran contrariedad tener que separarse en Marsella de este joven que días antes no era en su memoria más que una pálida imagen ... ¿Por qué no acompañarlo en sus peregrinaciones, hasta que los relatos perdiesen para ella todo interés? Cosas menos explicables había hecho otras veces por buscar un poco de distracción ... Además ¡el dulce fuego de aquella comida saturada de especias, consistente en las mejores carnes que produce el mar, fosfóricas y excitantes...! ¡El vino rojo oscuro de la Provenza marítima, bebida de corsarios y de mercaderes audaces que comerciaron con los países de Las mil y una noches...!

Era conveniente dejarse llevar por la aventura, y, al fin, hizo un movimiento afirmativo con su cabeza contestando a los ruegos de Borja. Iría a España con él. Vería el solitario castillo del mar, acompañando de este modo al Papa errabundo hasta el sitio de su muerte. ¡Convenido!... Y sus diestras se estrecharon con largo apretón por encima de la mesa.

Sólo hablaron ya de este viaje, olvidando por el momento a Luna y a sus andanzas. Veían las crestas de los Pirineos, la cima nevada del Canigó, y al otro lado de esta barrera internacional, las planicies de Cataluña, el Ebro divisorio, los naranjos de Valencia, una roca coronada por una fortaleza avanzando en el Mediterráneo, lo mismo que un navío de gigantes.

Sonreían al salir del restaurante como dos enamorados, aunque no se cruzaban entre ellos otras palabras que las de un entusiasmo geográfico por los países que iban a visitar. Otra vez anduvieron por aceras húmedas y oliendo a sal, entre puestos de venta repletos de diversos moluscos.

—Deme el brazo, Borjita —dijo ella con voz infantil, como si pidiera auxilio— Me siento un poco turbada... Además, ¡este suelo tan resbaladizo! Creo que he bebido demasiado. Los almuerzos pintorescos con que usted me obsequia resultan matadores.

Marchó con más seguridad por las aceras de la Cannebiere, amplias y secas. Ella quería ir al hotel inmediatamente. Lo evocaba como un lugar de refugio. Continuaron por la amplia avenida, en cuya parte alta estaba su hotel, el mejor de Marsella. Cuando se hallaban próximos a su gran puerta se fijaron los dos al mismo tiempo en un señor que salía apresuradamente hablando con un empleado, subía a un coche y se alejaba hacia el extremo final de la avenida.

Ambos creyeron haber visto al señor Bustamante; pero cuando desapareció empezaron sus dudas. Rosaura consideraba fácil la explicación de este error.

—No es extraño que veamos fantasmas después de un almuerzo tan tremendo... Creo que no volveré a comer hasta mañana.

Claudio dudó igualmente de dicha visión. Había recibido dos semanas antes, estando en la ciudad papal, una carta de su tutor. El gran iberoamericano no le hablaba de ningún viaje próximo. Escribía únicamente para comunicarle la interesante noticia de que su jefe, el personaje político que le había hecho ministro, volvía a fijarse en su persona, reservándole un altísimo puesto digno de sus méritos internacionales: una embajada cuando volviese a ocupar el Poder, lo que sería pronto, pues el Gobierno actual, usado por el desgaste de su funcionamiento, iba a retirarse, cediendo el paso al otro partido de turno, en espera de su hora. El gran hombre no decía más. Indudablemente, este viajero que acababan de ver no era Bustamante.

Entraron en el hotel, y al salir del ascensor, llegados al piso primero, se encontraron solos en mitad de un pasillo silencioso.

Iban a separarse. Sus habitaciones estaban en las dos fachadas opuestas del edificio. La de Rosaura, elegante y costosa, daba a la Cannebiere. Borja se había instalado en un cuarto más modesto, con las ventanas sobre una calle estrecha y antigua. Se despidieron sonriéndose, como si existiese entre ellos la complicidad de una vida íntima, hábilmente disimulada en público, que volvía a exteriorizarse apenas quedaban solos. Claudio le besó una mano, preguntando ansiosamente cuándo volverían a verse.

Eran las dos; tal vez algo más. Ella necesitaba descansar un poco. A las cinco tomarían el té en el hall del hotel. Luego pasearían en carruaje por el Prado y la Cornisa.

—Hasta las cinco——dijo el joven—. Piense en mí... No olvide nuestro viaje.

Tenía cogida aún la diestra de ella, y la llevó otra vez a sus labios.

Rosaura. familiar y confiada por obra de su turbación optimista, se alarmó un poco al notar este segundo beso en su mano.

Inmediatamente dio un grito y tuvo que echarse atrás. La boca que acariciaba su diestra se había remontado de pronto, en apasionada agresión, pegándose a la suya con un beso largo, ávido, succionante. Pero ella era fuerte, a pesar del aspecto desmayado que fingía algunas veces para dar nueva gracia a su persona. Guardaba el vigor adquirido en su infancia al vivir en las vastísimas propiedades de parientes y amigos, ejercitándose en todos los deportes de una existencia amazonesca. Le bastó un empellón para repeler a su acompañante, que parecía arrepentido y avergonzado de esta insólita audacia.

—¿Y usted pretende que viajemos juntos?... —dijo con voz temblona de cólera—. ¡Ni a España ni a ninguna parte!... No cuente conmigo.

Luego se alejó con paso enérgico y murmullos de protesta, cual si le volviese la espalda para siempre.



El Papa del mar de Vicente Blasco Ibáñez

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