La mujer del César: 06

La mujer del César
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Capítulo VI

de José María de Pereda

Aquella misma noche se hallaban alrededor de la chimenea en casa de Isabel, esperando a que ésta diera la última mano a su prendido, la marquesa, su marido, Carlos y Ramón. La primera, hecha una verdadera lástima de encajes y pedrería; el segundo, de rigurosa etiqueta; Carlos, de bata y pantuflas, y Ramón como siempre. El marqués revolvía los tizones; su mujer miraba sin pestañear los monigotes de la chimenea; Ramón no cabía en la butaca, de desasosiego, y Carlos, más pálido y ojeroso que nunca, miraba cómo se retorcían las cintas de fuego entre los tizones, que se iban consumiendo a su contacto, como la humana vida entre las malas pasiones. Ninguna conversación llegaba a formalizarse allí, por más que el marqués las apuntaba de todas clases, y Carlos trataba de conjurar aquella monotonía recordando a la marquesa su perdido pleito. Así se pasó una hora.

Al cabo de ella apareció Isabel.

Y aquí lamento yo mi falta de erudición indumentaria, pues por ello me es imposible decir al lector de qué tela era el vestido de la hermosa dama, cómo se llamaba cada pieza de adorno, cuántas eran estas piezas, a qué época de la historia respondía la falda, o a cuál las ondulaciones o escabrosidades del peinado, y tantísimos otros interesantes pormenores que no se le escaparían en este caso al último de los cronistas del «buen tono».

Únicamente diré, y eso por decir algo, que los altos del cuerpo del vestido iban sumamente bajos, y que los bajos de las mangas subían hasta muy cerca del sitio que debían ocupar los altos del cuerpo, merced a lo cual Isabel llevaba al aire libre mayor cantidad de carnes que la que autorizan una moral severa y los usos ordinarios de la sociedad. Esto aparte, Isabel estaba deslumbradora de hermosura... y de diamantes. Llevábalos sobre el pecho, sobre la cabeza, en las orejas y en los brazos; y aunque tan desparramados iban, Ramón reconoció en ellos los mismos que por la mañana había visto amontonados en un estuche. Este reconocimiento le hizo dar un brinco sobre la butaca, brinco que sacó a la marquesa de sus meditaciones y la obligó a volver la cabeza hacia Isabel: fijóse entonces en el aderezo, que brillaba como un incendio con los fuegos cruzados del salón y de la chimenea, y lanzó a poco un ¡Jesús! que hizo abrir un palmo de boca al marqués, que iba, con los ojos, de la marquesa a Isabel, de Isabel a Carlos y de Carlos a Ramón, sin acabar de comprender la causa de aquellos ademanes extremosos.

Carlos, entre tanto, observaba el cuadro con la mayor serenidad. Su rostro, como de costumbre, era un pedazo de mármol sobre el cual no asomaba el menor destello de la situación de su ánimo.

Isabel, objeto entonces del escándalo de unos y de la curiosidad de otros, se calzaba los guantes risueña; y de seguro era el personaje, de cuantos formaba el grupo, que tenía el alma más en reposo.

A todo esto, la marquesa había dejado la butaca; Ramón se paseaba por la sala hecho un veneno, y el marqués, acercándose disimuladamente a su mujer, le preguntaba por lo bajo:

-¿Qué pasa?

-El aderezo -respondió ella con ira reconcentrada.

-¿Qué aderezo?

-¡El de tu cuento, imbécil!

-¿Dónde está?

-Sobre Isabel.

-¡Zambomba! -exclamó el meleno abriendo medio palmo de boca y mirando a Carlos con ojos de compasión.

-¡La gazmoña! ¡La virtud de bronce! -murmuraba trémula su mujer.

-¡Qué fortuna la de ese pillo! -se atrevía a pensar el marqués.

-Cuando ustedes gusten -dijo Isabel, echando sobre sus hombros túrgidos un elegante abrigo.

Y mientras la marquesa se ponía el suyo y el marqués se vestía un gabán sobre el frac, Ramón, trocando en apacible su gesto de hiel y vinagre, se acercó al grupo diciendo:

-Un momento más, si ustedes me le conceden. En estos salones de Madrid, ¿se admite a los hombres honrados en su traje habitual?

-Según sea el traje -contestó Isabel riendo.

-El mío, por ejemplo -dijo Ramón muy serio.

-Tanto como eso... -observó Carlos movido de cierta curiosidad.

-Entonces -añadió Ramón dirigiéndose a éste-, te ruego que me prestes un frac con todas sus inherentes zarandajas.

Imagínense ustedes la sorpresa que causaría en los circunstantes tan inesperada salida.

-¡Extraña pretensión! -le dijo Carlos.

-Nada de eso -respondió su hermano-: he pensado que ver este pueblo en las calles, no es ver a Madrid; y como yo he venido a verle, de paso que a ti, quiero estudiarle una vez siquiera en los salones... aunque no sea más que por llevar algo curioso que referir en el pueblo. Pero es difícil que vuelva yo a hallarme tan dispuesto como ahora a dar ese paso, y que se me presente una ocasión tan favorable como la reunión a que ustedes van esta noche. He aquí por qué me propongo asistir a ella, en la inteligencia de que Isabel no tendrá a desdoro presentar en la buena sociedad a un hermano tan rústico como yo.

-Pero ¿hablas de veras? -insistió Carlos lleno de extrañeza, mientras Isabel se hacía cruces y el marqués se pasmaba y la marquesa se daba a los demonios con aquella nueva contrariedad.

-Como si fuera a morirme -respondió Ramón resueltamente.

-Entonces -dijo Carlos-, si estas señoras quieren tomarse la molestia de esperar un rato, yo me comprometo a transformarte en un elegante de primer orden.

-¿Y qué mayor gloria para mí -añadió Isabel riéndose de veras-, que contribuir a reconciliar con las vanidades del mundo a un filósofo como Ramón?

-Va a ser el gran acontecimiento de la noche -observó el marqués con un poquillo de ironía.

-Será lo que usted guste -le dijo Ramón saliendo con su hermano-; pero me ha entrado ese antojo... y yo soy así.

Carlos tenía bien conocido el carácter de Ramón, refractario a toda sujeción, incompatible con todo género de etiquetas; habíale observado desde el mediodía, inquieto, sombrío, receloso; había notado también un repentino sobresalto al acercársele Isabel últimamente, y, por fin, su pretensión de asistir con ella a una fiesta del gran mundo, le parecía mucho hasta para soñado por un hombre como su hermano. ¿Qué pasaba, pues, por Ramón que quizá se relacionaba con su cuñada? Carlos no podía comprenderlo; pero que pasaba algo extraordinario, era para él evidente.

Con el objeto de averiguarlo, tanto como con el de servirle, acompañó a Ramón a su gabinete; pero en vano, mientras le vestía y acicalaba, le provocó la lengua: ésta no se movió sino para decir:

-He venido a Madrid a conocer de todo, y por eso voy esta noche al gran mundo. Si esto os desagrada, me quedaré en casa; pero si deseáis complacerme, no me contrariéis este capricho.

Carlos, que encontraba, hasta en las inflexiones de la voz de su hermano, algo de nuevo y aun de solemne, dejándose llevar sin disimulo de los impulsos de su corazón.

-No solamente -le dijo- no te combato el propósito, sino que te aconsejo que persistas en él... Y que procures aprovechar bien el tiempo esta noche,

-Gracias-respondió Ramón-; yo te juro que no te daré motivo para que te pese haberme aconsejado así.

¡Y qué ganas se le pasaban, entre tanto, de contar a su hermano todo aquel capítulo de iniquidades que estaban abrasándole la memoria y punzándole la lengua!

A todo esto iba empaquetándose en un traje de etiqueta; y salvas algunas estrecheces de frac por razones de espaldas, el improvisado gentleman no dejaba de estar presentable.

Faltábale únicamente lo que se llama, no sé por qué, chic de buen tono; y esto lo confirmaron la risa de su cuñada, el mohín de la marquesa y el respingo del marqués, cuando Ramón apareció delante de ellos con marcial desenvoltura y diciendo por toda excusa:

-Me faltan los guantes blancos para acabar de ponerme en carácter; pero los compraré, al pasar, en una guantería. Conque, perdón por la tardanza, y cuando ustedes gusten...

-Andando, pues -dijo Isabel, tomando alegremente el brazo de su cuñado.

El apreciable matrimonio salió detrás.

Al quedarse solo Carlos, dejó caer su cuerpo en una butaca y la cabeza entre sus manos.

Debo al lector la explicación de estas tristezas y la de algunas, al parecer, incongruencias de carácter de este personaje. Ninguna ocasión como ésta para echar un párrafo sobre el particular.

Carlos no engañó a su hermano cuando le dijo que al casarse con Isabel, no existía entre ambos una pasión ni mucho menos. Isabel conocía las brillantes cualidades morales de Carlos, que, por otra parte, era un mozo distinguidísimo y agradable. Un rival de más noble alcurnia y de mayor lustre social, quizá hubiera hecho muy difícil, si no imposible, el proyectado enlace; pero ese rival no existía ni Isabel le echaba de menos, especialmente desde que conoció los deseos de su padre en favor de su joven protegido. El anciano letrado no podía ignorar, con su experiencia y su talento, que su hija, en poder de un hombre sin más titulo que los de una ejecutoria ni más ambiciones que las de los vanos triunfos del lujo y la ostentación, llevaba muchas probabilidades de ser desgraciada, contribuyendo a ello su mismo caudal, que había de servir, sin duda alguna, para sostener esas mismas vanidades, cuando no otras menos lícitas del vanidoso.

De aquí su idea de unirla a Carlos, cuya modestia, cuya laboriosidad, cuya hidalguía, cuyo talento, formaban raro contraste con la petulancia, con la ligereza, con la ignorancia, con el impudor de la juventud brillante que en derredor veía.

En cuanto a Carlos, con la poco común hermosura de Isabel, su carácter noble y su fortuna inmensa, ¿cómo había de rechazar el pensamiento de su protector?

Cierto es que cuando consideraba con todos sus peligros la región que era el elemento natural de su novia y descendía a meditar sobre sus propias tendencias, tendencias al trabajo, al aislamiento del hogar y a la modestia en todo, cruzaban por su fantasía cuadros que no eran de color de rosa y horizontes nada risueños; mas ¿para qué servían el buen sentido y la previsión y tantas otras dotes que no le faltaban a él? Además, en todas partes hay media legua de mal camino, y no era mucho el contrapeso de estos imaginarios peligros tratándose de las positivas ventajas que se le iban a las manos.

Cuando, terminado el luto por la muerte de su padre, volvió Isabel al gran mundo, Carlos, que ya había formado su resolución de sostener su casa a expensas de su trabajo para evitar los inconvenientes que le hemos oído exponer a su hermano, la acompañó siempre; pero no tardó en comprender que, así por sus ocupaciones como por carácter, le era imposible continuar por semejante senda. Aquel mundo, sobre robarle las mejores horas de estudio y de meditación, le oprimía, le asfixiaba; sus vanidades le afligían y sus exigencias le repugnaban.

Entonces llegó para él la cuestión grave. Su retirada le era indispensable; pero al retirarse ¿dejaba a Isabel allí o se la llevaba consigo? Esto, ¿con qué derecho? Aquello, ¿con qué razón de buen sentido?

Isabel era buena y de muy nobles y honradas inclinaciones; pero tenía demasiados atractivos para dejarla sola en una región en que la lisonja, la galantería, el lujo y todas las vanidades imaginables entran por lo más esencial.

Sin embargo, Isabel no había conocido otro elemento que aquél; trasplantarla a otro más humilde era desorientarla, sofocarla, violentar su carácter, contrariar, tal vez, los deseos de su padre, que allí se la entregó, pues Carlos no desconocía que al pasar Isabel de la tutela de su padre a la suya, no había cambiado de terreno, digámoslo así, sino de pastor.

¿Cuál de todos estos inconvenientes era el más atendible?

En la posición de Carlos no era fácil decirlo.

He aquí el razonamiento que por conclusión se hacía después de una batalla por el estilo: «Mientras yo no tenga un motivo serio que exponerla por disculpa, no debo alejarla del mundo; hablarla de precauciones, sería ofender su virtud, o acaso despertar el enemigo que aún no conoce... En todo caso, dejemos pasar los días sin perder por completo de vista los acontecimientos, y... ello dirá.»

Arreglado a este modo de pensar, Carlos adoptó un sistema conciliador, dejando de ir a la sociedad sin retirarse de ella por entero.

Y así las cosas, crecieron las necesidades de su casa, y para cubrirlas todas tuvo precisión de aumentar las horas de su trabajo; pero a costa de su salud. Isabel no reparó siquiera en ello.

Este fue el golpe más rudo que sufrió la resignación de Carlos; pero tampoco tenía derecho a quejarse de él. Su mujer podía decirle siempre: «¿por qué trabajas?» y a él no le era dable, decentemente, responderla: «porque no puedas decirme nunca que vivo a expensas de tu dinero».

Falto de salud y recargado de trabajo y de disgustos, se retiró por completo de la sociedad, y entonces empezaron sus grandes amarguras; porque al considerarse lejos del peligro, dio en verle en su fantasía con proporciones colosales, y a su mujer caminando hacia él, vencida por una atracción irresistible.

Pensó en conjurarle de una vez para siempre, apelando a su indisputable autoridad de marido. Para ello era preciso hablar a Isabel, con cierto cuidado, sí, pero hablarla al alma. La ocasión era la que jamás se presentaba. La misma mujer que, considerada lejos de él, le inspiraba tan serios cuidados, ¡le parecía de cerca tan incapaz de faltar a sus deberes! ¡Mostrábase siempre tan serena, tan digna, tan en posesión de sí misma! ¡Inspirábale tal confianza cuando la comparaba con la marquesa, su vecina e inseparable amiga; cuando observaba el efecto de burla y aun de lástima, que en ella causaban las trivialidades y flaquezas de la fatua cortesana!

Y así se le pasaban las horas y los días, y jamás llegaba la ocasión de realizar los propósitos que formaba en sus soledades.

Para hacer éstas más angustiosas todavía, representábasele, sobre todas sus meditaciones, el desvío de Isabel, ¿Qué significaba aquella glacial indiferencia al dejarle solo y dolorido cada vez que concurría a las fiestas del mundo?

«Y ese mismo mundo -pensaba para colmo de amarguras-, ¿qué juzgará de mí cuando me ve, al parecer, tranquilo en mi bufete, mientras mi mujer, mi propia honra, anda a su libertad conquistando el aplauso de los salones?»

Y en éstas y otras, sufriendo siempre acerbo martirio en el alma, pasóse más de un año y llegó Ramón a Madrid.

Tampoco a él se le habían ocultado los tenaces galanteos del vizconde; pero en este punto estaba tranquilo, porque jamás creyó a un tipo semejante capaz de hacer vacilar la virtud de Isabel.

Sin embargo, fue aquel mequetrefe uno de sus mayores sufrimientos, por ser el único hombre a quien había visto intentar siquiera tamaño ultraje a su honra.

Estaba, pues, con esta disculpa más resuelto que nunca a establecer en su propia casa la honrada tranquilidad a que le daba derecho su cualidad de jefe de familia, máxime desde que su hermano estaba siendo testigo de ciertas apariencias que sólo con serlo le afrentaban.

Sensible en este punto y hasta visionario, no hay para qué decir con qué cuidado observó hasta el menor movimiento de los producidos en su casa desde el mediodía, por la aparición en ella del dichoso aderezo, especialmente al presentarse su mujer adornada con él; tanto que sin la inesperada resolución de su hermano, acaso hubiera tornado el mismo partido, cuando no el de prohibir a Isabel salir de casa aquella noche. Ignorante de lo que ocurría, pero en el firme convencimiento de que ocurría algo extraordinario y tal vez grave, el mejor remedio era cortar por lo sano y tomar en el acto el partido que estaba resuelto a tomar muy pronto. Esto no sería muy diplomático, pero sí muy saludable.

Por eso aplaudió en su interior el deseo de su hermano, que, sin hacerle a él sospechoso ni violento, podía contribuir a descubrirle la verdad sin menoscabo de la honra; por eso, dejándose llevar de sus impresiones del momento, pero guardando siempre el debido respeto a su propia dignidad, le hizo aquella advertencia mientras le vestía; advertencia que, aunque vaga en los términos, quizá fue comprendida por Ramón, por esa intuición misteriosa que une a dos seres a quienes afecta un mismo infortunio o sonríe una misma felicidad.

En tal situación de ánimo, y enfermo más que nunca del cuerpo, le dejó Isabel aquella noche sin fijarse siquiera en los estragos que en su semblante iban haciendo tantas horas robadas al sueño y al reposo, para adquirir las enormes sumas que ella despilfarraba sin duelo en caprichos y frivolidades.