El conde de Montecristo: 4-09

El conde de Montecristo
Cuarta parte: El mayor Cavalcanti
Capítulo 9

de Alejandro Dumas
Capítulo noveno
Los progresos del señor Cavalcanti hijo

Entretanto, el señor Cavalcanti padre, había partido para volver a su servicio, mas no al ejército de su majestad el emperador de Austria, sino a su pueblo de Luca, de donde era uno de los más asiduos cortesanos.

No olvidemos decir que había llevado consigo hasta el último franco de la suma que le fue entregada para su viaje, y en recompensa al modo majestuoso y solemne con que supo representar su papel de padre.

Andrés había heredado en esta partida todos los papeles que atestiguaban que tenía el honor de ser hijo del señor Bartolomé Cavalcanti y de la marquesa Leonor Corsinari.

Ya había sido introducido en una sociedad parisiense, tan fácil en recibir a los extranjeros, y en tratarlos, no como lo que son, sino como lo que quieren ser.

Por otra parte, ¿qué es lo que exigen en París a un joven? Que hable su lengua, que vaya vestido con elegancia, que sea buen jugador y que pague en oro.

Añadamos que tratan con más indulgencia a un extranjero que a un parisiense nativo.

Andrés había, pues, adquirido en quince días una buena posición. Llamábanle señor conde, decíase que tenía cincuenta mil libras de renta, y ya se hablaba de tesoros inmensos de su señor padre, enterrados en Saravezza.

Un sabio, delante del cual hablaron de estos tesoros, dijo que cuando hizo su viaje a Italia pasó por Saravezza, lo cual bastó para que todo el mundo creyese en la existencia de los tesoros.

Un día fue Montecristo a hacer una visita al señor Danglars. Este había salido, pero propusieron al conde si quería entrar a ver a la baronesa, que estaba visible. Montecristo aceptó.

Después de la comida de Auteuil, la señora Danglars se estremecía cada vez que oía pronunciar el nombre de Montecristo. Si la presencia del conde no seguía a su nombre, la sensación dolorosa era más intensa. Si, por el contrario, se presentaba, su fisonomía franca, sus ojos brillantes, su galantería para con ella, disipaba al momento de su mente el menor recelo. Parecía imposible a la baronesa que un hombre tan encantador pudiese abrigar malos designios contra ellos.

Por otra parte, los corazones más corrompidos no pueden creer en el daño sino apoyándolo en un interés cualquiera. El mal inútil y sin causa repugna como una anomalía. Cuando Montecristo entró en el gabinete donde ya hemos introducido a nuestros lectores, y donde la baronesa seguía con miradas inquietas unos dibujos que le presentaba su hija, después de haberlos mirado el señor Cavalcanti hijo, su presencia produjo un efecto ordinario, y después de haberse trastornado un poco al oír su nombre, trató de sonreír y saludó al conde. Este, por su parte, abarcó toda la escena de una ojeada.

Al lado de la baronesa estaba Eugenia sentada sobre una butaca, y Cavalcanti, en pie, a su lado. Andrés, vestido de negro como un héroe de Goethe, con zapatos bajos de charol y medias de seda blanca, pasaba una mano bastante blanca y cuidada por sus rubios cabellos, en medio de los cuales brillaba un diamante, que a pesar de los consejos del conde de MonteCristo, el vanidoso joven no había podido resistir al deseo de poner en su dedo meñique. Este movimiento iba acompañado de miradas asesinas lanzadas a la señorita Danglars, y suspiros enviados en la misma dirección que las miradas.

La señorita Danglars continuaba siendo la misma, es decir, hermosa, fría e irónica. Ni siquiera una de las miradas, uno de los suspiros del joven Andrés pasaron inadvertidos para ella, pero hubiérase dicho que resbalaban sobre la coraza de Minerva, coraza con que algunos filósofos cubren el pecho de Safo.

Eugenia saludó al conde con frialdad, y se aprovechó de las primeras preocupaciones de la conversación para retirarse a su gabinete de estudio, donde pronto se oyeron dos voces alegres y ruidosas, mezcladas a los primeros acordes de un piano. Montecristo comprendió que la señorita Danglars prefería a la suya y a la del señor Cavalcanti, la compañía de la señorita Luisa de Armilly, su maestra de canto.

Entonces fue cuando, mientras hablaba con la señora Danglars, notó el conde la solicitud del señor Andrés Cavalcanti, cómo iba a escuchar la música a la puerta, que no se atrevía a abrir, y su manera de expresar su éxtasis y admiración.

Al cabo de un rato entró el banquero; su primera mirada fue para Montecristo, más la segunda para Andrés. En cuanto a su mujer, saludó ésta a su marido, como solía hacerlo, con una frialdad y una ceremonia poco adecuada a un matrimonio de veinte años.

-¡Cómo! ¿No os han invitado esas señoritas a cantar con ellas? -preguntó Danglars a Andrés.

-¡Ah!, no señor -respondió éste, lanzando otro suspiro.

Danglars se adelantó hacía la puerta y la abrió.

Entonces se pudo ver a las dos jóvenes sentadas en el mismo sillón delante del mismo piano. Cada una acompañaba con una mano, ejercicio al cual se habían acostumbrado por capricho, y en el que habían adquirido una facilidad admirable.

La señorita de Armilly, que entonces pudo verse, gracias a la puerta, formando con Eugenia un cuadro encantador, era también de una belleza notable o más bien de una dulzura y una gracia delicadas. Era delgada y rubia como un hada, con unos rizos largos que caían sobre su esbelto cuello, como suele pintar Perugino para sus vírgenes, y unos ojos grandes, rasgados y velados por la fatiga. Decían que tenía la voz un poco débil, y que, como Antonia, del Violín de Cremona, moriría un día cantando.

El conde de Montecristo dirigió a aquel grupo una mirada rápida y curiosa; era la primera vez que veía a la señorita de Armilly, de quien tanto había oído hablar en la cara.

-¡Y bien! -preguntó el banquero a su hija-, nos habéis excluido, ¿verdad?

Condujo entonces al joven al saloncito, y fuese por casualidad o por astucia, detrás de Andrés se entornó la puerta, de modo que desde el sitio en que estaban Montecristo y la baronesa, no pudiesen ver nada. Pero como el banquero siguió a Andrés, la señora Danglars no pareció notar esta circunstancia.

Unos momentos más tarde, el conde oyó la voz de Andrés unida a los acordes del piano, acompañando una canción corsa.

Mientras el conde escuchaba sonriendo esta canción que le hacía olvidar a Andrés, para atraerle a la memoria Benedetto, la señora Danglars alababa a Montecristo la serenidad de su marido, que había perdido aquella misma mañana tres o cuatrocientos mil francos.

Y en verdad, el elogio era merecido, porque si el conde no lo hubiera sabido por la baronesa, o tal vez por uno de los medios que tenía de saberlo todo, la fisonomía del banquero no le habría revelado nada.

-¡Bueno! -dijo para sí Montecristo-, ya oculta lo que pierde; hace un mes se vanagloriaba de ello.

Luego dijo en voz alta:

-¡Oh!, señora, el señor Danglars conoce tan bien la Bolsa que siempre recobrará el doble de lo que ha perdido.

-Veo que participáis del error común -dijo la baronesa Danglars.

-¿Y qué error es ése? -dijo Montecristo.

-Que el señor Danglars no juega nunca.

-¡Ah!, sí, es verdad, señora; me acuerdo de que el señor Debray me dijo... a propósito, ¿qué ha sido de él...?, hace tres o cuatro días que no le veo.

-Yo tampoco -dijo la señora Danglars con un aplomo milagroso-. Pero comenzasteis una frase que no habéis acabado.

-¿Cuál?

-Que el señor Debray os había dicho...

-¡Ah!, es verdad. Me ha dicho que sacrificabais al demonio del juego.

-He tenido afición durante algún tiempo, lo confieso -dijo la señora de Danglars-, pero ya no juego nunca.

-Y hacéis mal, señora. ¡Oh!, las casualidades, hijas de la fortuna, son precarias, y si yo fuese mujer, y mujer de un banquero, por mucha confianza que tuviese en la buena suerte de mi marido, porque en cuanto a especulación todo es gracia y desgracia, pues bien, por mucha confianza que tuviese en la buena suerte de mi marido, comenzaría por asegurarme una fortuna independiente, aunque tuviese que adquirirla poniendo mis intereses en manos que le fuesen desconocidas.

La señora Danglars se sonrojó.

-Mirad -dijo Montecristo, como si nada hubiese visto-, se habla mucho de una jugada muy buena sobre los intereses de Nápoles.

-Bien, bien, no quiero pensar en ello -dijo vivamente la baronesa-. Pero verdaderamente, señor conde, ya hablamos demasiado de Bolsa. Parecemos dos agentes de cambio. Hablemos un poco de esos pobres Villefort, tan atormentados en este momento por la fatalidad.

-¡Oh!, ya lo sabéis. Después de haber perdido al señor de Saint-Merán tres o cuatro días después de su partida, acaban de perder a la marquesa, tres o cuatro días después de su llegada.

-¡Ah!, es verdad -dijo Montecristo-, ya me he enterado, pero como dice Claudio en Hamlet, es una ley de la naturaleza. Sus padres habían muerto antes que ellos, y los habrán llorado. Ellos morirán antes que sus hijos y sus hijos los llorarán.

-Pero aún no es eso todo.

-¿Qué queréis decir?

-Vos sabéis que iban a casar a su hija...

-Con el señor Franz d'Epinay... ¿Se ha desbaratado tal vez el casamiento?

-Ayer por la mañana, según parece, Franz les ha devuelto su palabra.

-¡Ah, de veras...! ¿Y se conocen las causas de esa ruptura?

-No.

-¿Qué me decís, señora...? Y el señor de Villefort, ¿cómo acepta esa desgracia?

-Como siempre, con filosofía.

En este momento entró Danglars solo.

-¡Y bien! -dijo la baronesa-. ¿Dejáis al señor Cavalcanti solo con vuestra hija?

-Y la señorita de Armilly -dijo el banquero-, ¿es que no es nadie?

Volvióse en seguida a Montecristo, diciendo:

-Qué joven tan encantador, el príncipe Cavalcanti, ¿no es verdad...?; pero, decidme, ¿sabéis que es príncipe?

-No respondo de ello -dijo Montecristo-. Me presentaron a su padre como marqués. Sería conde, pero yo creo que él no hace mucho caso de ese título.

-¿Por qué? -dijo el banquero-, si es príncipe, hace mal en no vanagloriarse de ello. Cada cual en su derecho. No me gusta que reniegue de su origen.

-¡Oh!, sois un auténtico demócrata -dijo Montecristo sonriendo.

-Pero mirad a lo que os exponéis -dijo la baronesa-. Si el señor de Morcef viniese por casualidad, encontraría al señor Cavalcanti en un cuarto, donde el prometido de Eugenia no ha podido nunca entrar.

-Hacéis bien en decir por casualidad -repuso el banquero-, porque diríase que era la casualidad la que le traía, puesto que se le ve en tan contadas ocasiones.

-En fin, si viniese y encontrase aquí a este joven al lado de vuestra hija, podría disgustarse.

-¡El! ¡Oh, Dios mío! Os equivocáis. El señor Alberto no nos hace el honor de estar celoso de su prometida, no la ama tanto para eso. Por otra parte, ¿qué me importa que se disguste o no?

-No obstante, en el estado en que nos hallamos...

-Sí, el estado en que nos hallamos, ¿queréis saberlo? Que en el baile de su madre no ha bailado más que una vez con mi hija, que el señor Cavalcanti ha bailado tres veces con ella, y ni siquiera se ha enterado.

Un criado anunció:

-¡El señor vizconde de Morcef!

La baronesa se levantó vivamente. Iba a pasar al salón de estudio para prevenir a su hija, cuando Danglars la detuvo.

-Dejadle -dijo.

Ella le miró asombrada.

Montecristo fingió no haber observado esta escena.

Alberto entró. Estaba alegre y satisfecho. Saludó a la baronesa con gracia, a Danglars con familiaridad, a Montecristo con afecto, y volviéndose hacia la baronesa, dijo:

-Señora, ¿me permitís que os pregunte por la señorita Danglars?

-Muy bien, caballero -respondió vivamente el banquero-. En este momento está cantando en su salón de estudio con el señor Cavalcanti.

Alberto conservó su aire tranquilo e indiferente. Tal vez sufría algún despecho interior, pero observó la mirada de Montecristo clavada en la suya.

-El señor Cavalcanti tiene una hermosa voz de tenor -dijo-, y la señorita Eugenia es una magnífica soprano, sin contar con que toca el piano cual otro Thalberg. Debe ser un concierto encantador.

-El caso es -dijo Danglars- que concuerdan perfectamente.

Alberto pareció no haber notado este equívoco tan grosero, que hizo sonrojar a la señora Danglars.

-Yo también canto -continuó el joven-. Canto, según dicen mis maestros al menos; pues bien, ¡cosa extraña!, nunca he podido arreglar mi voz a ninguna otra, ni a las de soprano. ¡Es particular!

Danglars se sonrió de un modo significativo y exclamó:

-Enfadaos, enhorabuena. En cambio, mi hija y el príncipe -prosiguió, esperando sin duda conseguir el objeto deseado- han excitado la admiración general. ¿No os encontrabais allí, señor de Morcef?

-¿Qué príncipe? -preguntó Alberto.

-El príncipe Cavalcanti -repuso Danglars, que siempre se obstinaba en dar este título al joven.

-¡Ah! , ¡perdonad! -dijo Alberto-. Yo ignoraba que lo fuese. ¡Ah!, ¡el príncipe Cavalcanti cantó ayer con la señorita Eugenia! Estaría encantador, y siento vivamente no haberme hallado presente. Pero no pude asistir, porque tuve que acompañar a la señora de Morcef a casa de la baronesa de Chateau-Renaud, donde cantaban los alemanes.

Tras un momento de silencio, y como si nada hubiera ocurrido, repitió Morcef:

-¿Me será permitido saludar a la señorita Danglars?

-¡Oh!, aguardad, aguardad -dijo el banquero deteniendo al joven-. ¿Oís esa deliciosa cavatina...? Ta, ta, ra, ra, ti, ta, ti, ta... eso es magnífico, ahora va a concluir..., dentro de un segundo. ¡Perfectamente! ¡Bravo, bravísimo, bravo!

Y el banquero empezó a aplaudir frenéticamente.

-En efecto -dijo Alberto-, eso es magnífico, y es imposible comprender mejor la música de su país que como lo hace Cavalcanti. Habéis dicho que es príncipe, ¿no es verdad?, ¡pues bien!, si no lo es, lo harán, en Italia eso es muy fácil. Mas volviendo a nuestros adorables cantantes, deberíais hacernos un favor, señor Danglars; sin decir que hay un extraño, deberíais suplicar a la señorita Danglars y al señor Cavalcanti que cantasen un poco. ¡Es tan hermoso gozar de la música a cierta distancia y sin ver a los músicos, a fin de que ellos puedan entregarse a todo el entusiasmo de su corazón!

Esta vez Danglars se desconcertó al ver la irónica calma del joven. Llamando a Montecristo aparte le dijo:

-¡Y bien! ¿Qué os parece nuestro amante?

-¡Diantre! ¡Me parece frío, indudablemente, pero qué queréis, estáis comprometido!

-Sin duda, estoy comprometido. Pero a dar a mi hija a un hombre que la ame, y no a uno que no la ame. Ahí tenéis a ese amante frío como un mármol, orgulloso, como su padre. Si fuese rico, si poseyese la fortuna de los Cavalcanti, podría perdonársele. Todavía no he consultado a mi hija, pero si tuviese buen gusto...

-¡Oh! -dijo Montecristo-, no sé si me cegará mi amistad hacia él, pero os aseguro que el señor de Morcef es un joven muy simpático que hará feliz a vuestra hija, y que tarde o temprano llegará a ser algo, porque, en fin, la posición de su padre es excelente.

-¡Hum!, ¡hum! -exclamó Danglars.

-¿Por qué dudáis?

-Siempre queda el pasado..., ese pasado oscuro...

-Pero el pasado del padre nada tiene que ver con el hijo.

-¡No digáis eso!

-Veamos, no os acaloréis. Hace un mes encontrabais ese casamiento bajo todos conceptos execelente..., ya comprenderéis, yo estoy desesperado, en mi casa es donde habéis visto a ese joven Cavalcanti, a quien yo no conozco, os lo repito.

-Pues yo sí le conozco -dijo Danglars-, y esto me basta.

-¿Vos le conocéis? ¿Habéis pedido informes? -preguntó Montecristo.

-¿Hay acaso necesidad de ello? ¿No se conocen a primera vista todas las ventajas de una persona? En primer lugar, es rico.

-Yo no lo aseguro.

-Sin embargo, ¿respondéis de él?

-De cincuenta mil libras, una miseria.

-Tiene una educación esmerada.

-¡Hum! -exclamó Montecristo a su vez.

-Es músico.

-Como todos los italianos.

-Vamos, conde. Sois injusto con ese joven.

-¡Pues bien!, sí, lo confieso, veo con disgusto que, conociendo vuestros compromisos con los Morcef, venga a interponerse y a dar al traste con el casamiento.

Danglars soltó una carcajada.

-¡Oh, sois un puritano! -dijo-, pero eso sucede todos los días en el mundo.

-Sin embargo, no podéis romper así como así, querido señor Danglars. Los Morcef cuentan con la boda.

-¿De veras?

-Desde luego.

-Entonces que se expliquen ellos. Vos deberíais decir dos palabritas al padre respecto a este asunto, conde, vos que lo tratáis tan íntimamente.

-¡Yo! ¿De dónde habéis sacado eso?

-En un bade. ¡Cómo!, la condesa, la orgullosa Mercedes, la desdeñosa catalana, que apenas se digna abrir la boca para saludar a sus antiguos conocidos, os cogió del brazo, salió con vos al jardín, se fue por una de las alamedas y no volvió sino media hora después.

-¡Ah!, barón, barón -dijo Alberto-, nos impedís que oigamos, ¡eso es una tiranía!

-Está bien, está bien, señor burlón -dijo Danglars. Y volviéndose hacia Montecristo añadió: -¿Os encargáis de decir esto al conde?

-Con mucho gusto, si así lo deseáis.

-Mas, por esta vez, que lo haga de manera más explícita y definitiva. Sobre todo, que me pida a mi hija, que fije una época, que declare sus condiciones pecuniarias, a fin de que todos nos entendamos; pero no más dilaciones.

-¡Pues bien!, daremos ese paso.

-No os diré que le espero con placer, pero en fin, le espero. Un banquero debe ser esclavo de su palabra.

Y Danglars arrojó uno de esos suspiros que momentos antes arrojaba Cavalcanti.

-¡Bravo, bravo! -exclamó Morcef, aplaudiendo el final de un duo.

Danglars empezaba a mirar a Alberto de reojo, cuando vinieron a decirle unas palabras al oído.

-Vuelvo al momento -dijo el banquero a Montecristo-, esperadme, tal vez tenga algo que deciros.

Y salió. La baronesa se aprovechó de la ausencia de su marido para abrir la puerta del salón de estudio de su hija, y Andrés se puso en pie rápidamente, pues estaba sentado delante del piano, al lado de Eugenia.

Alberto saludó sonriendo a la señorita Danglars, que sin manifestar la menor turbación, le devolvió un saludo con su frialdad habitual.

Cavalcanti pareció evidentemente turbado. Saludó a Morcef, que le devolvió el saludo con la mayor impertinencia del mundo.

Entonces Alberto empezó a hacer mil elogios sobre la voz de la señorita Danglars, y sobre el sentimiento que experimentaba, por no haber asistido el día anterior a la soirée.

Cavalcanti empezó a hablar con Montecristo.

-Basta de música y de cumplidos -dijo la señora Danglars-, venid a tomar el té.

-Ven, Luisa -dijo la señorita Danglars a su amiga.

Pasaron al salón próximo, donde en efecto, estaba preparado el té. En el momento en que empezaba a dejar, a la inglesa, las cucharillas en las tazas, abrióse la puerta y Danglars se presentó, visiblemente agitado.

Montecristo observó al punto esta agitación e interrogó al banquero con una mirada.

-¡y bien! -dijo Danglars-, acabo de recibir un correo de Grecia.

-¡Ah, ah! -exclamó el conde-, ¿para eso os llamaron?

-Sí.

-¿Cómo está el rey Otón? -preguntó Alberto con tono jovial.

Danglars le miró de reojo sin responderle, y Montecristo se volvió para ocultar la expresión de lástima que apareció en su rostro, pero que se borró instantáneamente.

-Nos marcharemos juntos, ¿verdad?

-Como queráis -dijo Alberto al conde.

Alberto no podía comprender aquella mirada del banquero. Así, pues, volviéndose hacia Montecristo, que le había comprendido muy bien, dijo:

-¿Habéis visto cómo me ha mirado?

-Sí -respondió el conde-, pero ¿halláis algo de particular en su mirada?

-Sí, pero ¿qué quiere decir con sus noticias de Grecia?

-¿Cómo queréis que yo lo sepa...?

-Porque supongo que vos tenéis relaciones en ese país.

Montecristo se sonrió como persona que trata de eludir una respuesta.

-Mirad -dijo Alberto-, ahora se acerca a vos, y yo voy a hablar un poco a la señorita Danglars. Mientras tanto el padre tendrá tiempo de deciros algo.

-Si le habláis, habladle de su voz, por lo menos -dijo Montecristo.

-No; eso lo haría todo el mundo.

-Mi querido vizconde -dijo Montecristo- a veces sois un hombre muy raro.

Alberto se dirigió a Eugenia con la sonrisa en los labios.

Durante este tiempo Danglars se inclinó al oído del conde.

-Me habéis dado un excelente consejo -dijo-, estas dos palabras encierran toda una historia: Fernando y Janina.

-¡Ah, ah! -exclamó Montecristo.

-Sí. Ya os lo contaré. Pero llevaos al joven. Sólo de verle me turbo, a pesar mío.

-Eso es lo que hago. Va a acompañarme. Ahora, decidme, ¿persistís en que os envíe el padre?

-Más que nunca.

-Bien.

El conde hizo una seña a Alberto.

Los dos saludaron a las señoras y salieron. Alberto, con un aire indiferente a los desdenes de la señorita Danglars. Montecristo, repitiendo a la señora Danglars los consejos acerca de la prudencia que debe tener la mujer de un banquero en asegurarse su porvenir.

El señor Cavalcanti quedó dueño del campo de batalla.

Apenas los caballos del conde doblaron la esquina del bulevar, cuando Alberto se volvió hacia el conde, soltando una carcajada demasiado fuerte para no ser un poco forzada.

-¡Y bien -le dijo- Yo os preguntaré lo que el rey Carlos IX preguntaba a Catalina de Médicis después de la noche de San Bartolomé: ¿Qué tal he desempeñado mi papel?

-¿Cuándo y sobre qué? -preguntó Montecristo.

-Sobre la instalación de mi rival en casa del señor Danglars...

-¿Qué rival?

-¿Quién ha de ser? Vuestro protegido, el señor Andrés Cavalcanti.

-¡Oh!, dejémonos de bromas, vizconde. Yo no protejo al señor Cavalcanti, al menos en casa del señor Danglars...

-Y yo no me quejaría si lo hicieseis. Pero, felizmente, puede pasar sin vuestra protección.

-¡Cómo! ¿Creéis que hace la corte...?

-Os lo aseguro. ¿No os habéis dado cuenta de sus miradas, sus suspiros, las modulaciones de sus sonidos armoniosos...? ¡Nada!, aspira a la mano de la orgullosa Eugenia. Palabra de honor, lo repito, aspira a la mano de la orgullosa Eugenia.

-¿Y eso qué importa, si no piensa más que en vos?

-No digáis eso, mi querido conde, ¿no veis la amabilidad con que me han tratado?

-¡Cómo! ¿Quién...?

-Sin duda, la señorita Eugenia apenas me ha respondido, y la señorita de Armilly, su confidente, no me ha contestado en absoluto.

-Sí, pero el padre os adora -dijo Montecristo.

-¿El padre? Al contrario, me ha hundido mil puñales en el corazón. Puñales que sólo se introducen en la ropa, es verdad; puñales de tragedia, pero no era esa su intención.

-Los celos indican que hay cariño.

-Sí, pero yo no estoy celoso.

-¡El sí lo está!

-¿De quién? ¿De Debray?

-No, de vos.

-¿De mí? Apuesto a que antes de ocho días me da con la puerta en las narices.

-Os equivocáis, mi querido vizconde.

-¿Una prueba?

-¿La queréis?

-Sí.

-Estoy encargado de indicar al señor conde de Morcef que dé un paso definitivo sobre el casamiento.

-¿Quién os lo ha encargado?

-El propio barón.

-¡Oh! -dijo Alberto con tono suplicante-. No haréis eso, ¿verdad, señor conde?

-Os equivocáis, Alberto, lo haré, pues lo tengo prometido.

-Vamos -dijo Alberto-, ¡qué empeño tenéis también vos en casarme!

-Quiero estar bien con todo el mundo. Pero, a propósito de Debray, ya no le veo en casa de la baronesa.

-Está reñido.

-¿Con ella?

-No, con él.

-¿Se ha dado cuenta de algo?

-Vaya con lo que ahora salís.

-Pues qué, ¿sospechaba antes...? -dijo Montecristo con una sencillez encantadora.

-¡Ah! ¡Diantre! ¿De dónde venís, mi querido conde?

-Del Congo, si queréis.

-Pues no está muy lejos.

-¿Conozco por ventura a vuestros maridos parisienses...?

-¡Ah!, mi querido conde, los maridos son iguales en todas partes. Desde el momento en que estudiéis al individuo en un país cualquiera, conocéis la raza.

-Entonces, ¿qué causa ha podido indisponer a Danglars con Debray? Parecían tan amigos... -añadió Montecristo con mayor sencillez aún.

-¡Ah!, atañe ya a los misterios de familia. Cuando el señor Cavalcanti se case, se lo podéis preguntar.

El carruaje se detuvo.

-Ya hemos llegado -dijo Montecristo-. No son más que las diez y media, subid.

-Con mucho gusto.

-Mi carruaje os llevará.

-No, gracias; mi cabriolé ha debido seguirnos.

-Ahí viene, en efecto -dijo Montecristo, bajando de su carruaje.

Entraron en la casa y luego en el salón, que estaba iluminado.

-Decid que nos hagan té, Bautista -dijo Montecristo.

Bautista salió sin hablar una palabra. Dos segundos después volvió con una bandeja con el servicio del té, como si hubiera surgido de debajo de la tierra.

-En verdad -dijo Morcef-, lo que admiro en vos, mi querido conde, no es vuestra riqueza, otros habrá más ricos que vos. No es vuestro talento, Beaumarchais no tendría más, pero sí tanto como vos. Es vuestro modo de ser servido, sin que nadie os responda una palabra, al minuto, al segundo, como si adivinasen en la manera con que llamáis lo que deseáis, y como si todo lo que deseáis estuviese preparado.

-Lo que decís no deja de tener fundamento. Ya conocen mis costumbres. Por ejemplo, ahora veréis. ¿No deseáis hacer algo después de beber el té?

-¡Diantre!, deseo fumar.

Montecristo se acercó al timbre y llamó una vez.

Al instante se abrió una puerta particular y Alí se presentó con dos pipas llenas de excelente latakié.

-Eso es maravilloso-dijo Morcef.

-No -repuso Montecristo-, es muy sencillo. Alí sabe que cuando se toma café o té, se fuma generalmente. Sabe que he pedido té, sabe que he entrado con vos, oye que le llamo, sospecha la causa y como es de un país donde se ejerce la hospitalidad, con la pipa sobre todo, en lugar de una, trae dos.

-Seguramente esa es una explicación como otra cualquiera, pero no es menos cierto que sólo vos..., ¿pero qué es lo que oigo...?

Y Morcef se inclinó hacia la puerta, por la que, en efecto, entraban sonidos parecidos a los de un arpa.

-A fe mía, mi querido vizconde, esta noche la música os persigue. Acabáis de oír el piano de la señorita Danglars, para oír luego la guzla de Haydée.

-Haydée, ¡oh, qué nombre tan adorable! ¿Puede haber mujeres que se llamen Haydée, además de las que así se llaman en los poemas de Byron?

-Desde luego. Haydée es un nombre muy raro en Francia, pero muy común en Albania y en Epiro. Es lo mismo que si dijeseis castidad, pudor, inocencia.

-¡Oh! ¡Eso es encantador! -dijo Alberto-. ¡Cómo me gustaría el que se llamasen nuestras francesas señorita Bondad, señorita Silencio, señorita Caridad cristiana! Decidme, si la señorita Danglars, en lugar de llamarse Clara-María-Eugenia, como la llaman, se llamase señorita Castidad-Pudor-Inocencia Danglars, ¡diablo! ¿No sería mucho más hermoso?

-¡Loco! -dijo el conde-. No habléis tan alto, podría oíros Haydée.

-¿Y se enojaría, tal vez?

-No -dijo el conde con aire altanero.

-¿Es amable? -preguntó Alberto.

-No es bondad, es deber; una esclava no se enfada nunca contra su amo.

-¡Vamos!, no os burléis. ¿Hay todavía esclavos?

-Sin duda, puesto que Haydée lo es mía.

-En efecto, vos no hacéis ni tenéis nada semejante a los demás. Esclava del señor conde de Montecristo es una posición en Francia. A juzgar por el modo con que empleáis vuestro dinero, ¿es un destino que le valdrá cien mil escudos al año?

-¡Cien mil escudos! La pobre ha poseído mucho más. Ha venido al mundo sobre tesoros, al lado de los cuales no son nada los de las Mil y una noches.

-¿Es una princesa?

-Vos lo habéis dicho, y una de las principales de su país.

-Ya lo sospechaba. ¿Pero cómo siendo princesa ha podido llegar a ser esclava?

-¿Y cómo llegó a ser Dionisio el Tirano, maestro de escuela? El azar de la guerra, mi querido vizconde, el capricho de la fortuna.

-¿Y su nombre es un secreto?

-Para todo el mundo, sí. No para vos, mi querido vizconde, que sois uno de mis amigos, y que lo guardaréis, ¿no es verdad que guardaréis el secreto?

-¡Oh, palabra de honor!

-¿Sabéis la historia del bajá de Janina?

-¿De Alí-Tebelín?; sin duda, puesto que a su servicio fue donde adquirió mi padre su fortuna.

-Es verdad, lo había olvidado.

-¡Y bien! ¿Qué tiene que ver Alí-Tebelín con Haydée?

-Es su hija.

-¡Cómo! ¿Hija de Alí-pachá?

-Y de la hermosa Basiliki.

-¿Y es esclava vuestra?

-¡Oh, Dios mío, sí!

-¿Pues cómo?

-¡Diantre!, un día que pasaba yo por el mercado de Constantinopla, la compré.

-¡Eso es magnífico!, con vos, señor conde, no se vive, se sueña. Ahora, escuchad, voy a pediros una cosa, seré discreto.

-Hablad.

-Pero puesto que salís con ella, puesto que la lleváis a la ópera...

-¿Y qué más?

-Bien puedo pediros esto.

-Podéis pedir lo que queráis.

-Entonces, mi querido conde, os pido que me presentéis a vuestra princesa.

-Con mucho gusto, pero bajo dos condiciones.

-Las acepto antes de conocerlas.

-La primera, que no confiaréis a nadie esta presentación.

-¡Muy bien, lo juro! -dijo Morcef extendiendo la mano.

-La segunda, que no le diréis que vuestro padre ha servido al suyo.

-Lo juro también.

-Muy bien, vizconde, tendréis presentes estos dos juramentos, ¿no es verdad?

-¡Oh! -exclamó Morcef.

-Perfectamente. Sé que cumpliréis vuestra palabra.

El conde volvió a llamar con el timbre.

Alí se presentó.

-Es preciso que avises a Haydée -le dijo-, de que voy a tomar café con ella, y hazle comprender que le pido permiso para presentarle uno de mis amigos.

Alí se inclinó y salió.

-De modo que es cosa convenida. Cuidado con las preguntas directas, querido vizconde. Si deseáis saber algo, preguntádmelo a mí y yo se lo preguntaré a ella.

-Convenido.

Alí compareció por tercera vez, y tuvo levantado el tapiz para indicar a su amo y a Alberto que podían pasar.

Montecristo dijo:

-Entremos.

Alberto pasó una mano por sus cabellos y se retorció el bigote. El conde tomó su sombrero, se puso los guantes y precedió a Alberto a la estancia guardada por Alí en la antesala, y defendida por las tres camareras mandadas por Myrtho.

Haydée esperaba en la primera pieza, que era el salón, con sus ojos un tanto dilatados por la sorpresa, porque era la primera vez que otro, además de Montecristo, penetraba hasta sus aposentos. Estaba sentada sobre un sofá, en un ángulo, con las piernas cruzadas a lo oriental, y había hecho, por decirlo así, un nido en las ricas telas de seda rayadas y bordadas, las más hermosas de Oriente. Junto a ella estaba el instrumento cuyos sonidos la habían descubierto. Estaba encantadora.

Al ver a Montecristo se levantó con aquella su peculiar sonrisa, que expresaba a la par los sentimientos de hija y de enamorada. Montecristo se dirigió hacia donde ella estaba, y le presentó su mano, sobre la cual, como siempre, imprimió sus labios.

Alberto se había quedado junto a la puerta, subyugado por aquella belleza extraña que veía por primera vez, y de la que nadie podía formarse una idea en Francia.

-¿A quién me traes? -preguntó en griego la joven a Montecristo-. ¿A un hermano, a un amigo, a un simple conocido o a un enemigo?

-A un amigo -dijo Montecristo en la misma lengua.

-¿Su nombre?

-El conde Alberto, es el mismo a quien yo libré de las manos de los bandidos en Roma.

-¿En qué lengua quieres que le hable?

Montecristo se volvió a Alberto y le preguntó:

-¿Sabéis el griego moderno?

-¡Ah! -dijo Alberto-, ni el moderno, ni el antiguo, mi querido conde. Ni Homero ni Platón han tenido nunca un discípulo más pobre y, casi me atrevo a decir, más desdeñoso.

-Entonces -dijo Haydée, probando por la pregunta que hacía, que había entendido la de Montecristo, y la respuesta de Alberto-, hablaré en francés o italiano, si mi señor lo permite.

Montecristo reflexionó un instante.

-Hablarás en italiano -dijo.

Y volviéndose a Alberto:

-Lástima que no sepáis el griego moderno o el griego antiguo, pues Haydée los habla admirablemente. La pobre tendrá que hablaros en italiano, lo cual os dará una idea falsa de ella.

E hizo una seña a Haydée.

-Bien venido seas, amigo, que vienes con mi señor y amo -dijo la joven en excelente toscano y con su dulce acento romano que hace la lengua de Dante tan sonora como la de Homero-. Alí, café y pipas.

Y Haydée manifestó a Alberto que se aproximase mientras que Alí se retiraba para ejecutar las órdenes de su señora. Montecristo mostró a Alberto dos almohadones, y cada cual fue a buscar el suyo para acercarse a un magnífico velador cargado de flores naturales, dibujos y libros de música.

Entró Alí, trayendo el café y las pipas. En cuanto a Bautista, la entrada a aquella parte de la casa le estaba prohibida. Alberto rehusó la pipa que le presentaba el nubio.

-¡Oh!, tomad, tomad -dijo Montecristo-. Haydée está casi tan civilizada como una parisiense. Le desagrada el habano porque no le gustan los malos olores, pero el tabaco de Oriente es un perfume, bien lo sabéis.

Alí salió.

Las tazas estaban preparadas, pero habían añadido un azucarero para Alberto. Montecristo y Haydée tomaban el licor árabe a la usanza de los árabes, es decir, sin azúcar.

La joven extendió la mano y tomó con el extremo de sus afilados dedos la taza de porcelana del Japón, que llevó a sus labios con el sencillo placer de un niño que bebe o come una cosa que ama con pasión.

Al mismo tiempo entraron dos mujeres con dos bandejas cargadas de helados y sorbetes que colocaron sobre dos mesitas destinadas a tal efecto.

-Mi querido huésped, y vos, signora -dijo Alberto, en italiano-, disculpad mi estupor. Estoy aturdido, y es natural. Me encuentro en Oriente, en el verdadero Oriente, no como yo lo he visto, sino como lo he soñado. En el seno de París, hace poco oía rodar los ómnibus y sonar las campanillas de los vendedores de limonada. ¡Oh!, signora, ¡que no sepa yo hablar griego!, entonces vuestra conversación, unida a este conjunto mágico, me haría recordar esta noche, como la noche más deliciosa de toda mi vida.

-Hablo bastante bien el italiano para dialogar con vos, caballero -dijo tranquilamente Haydée-, y haré todo lo posible, si os gusta el Oriente, para que lo encontréis aquí.

-¿De qué le he de hablar? -preguntó en voz baja Alberto a Montecristo.

-De lo que queráis. De su juventud, de sus recuerdos, y si queréis, de Roma, de Nápoles o de Florencia.

-¡Oh! -dijo Alberto-, no vale la pena teniendo una griega delante, hablarle de todo lo que debía de hablarse a una francesa. Dejadme que le hable de Oriente.

-Como gustéis, querido Alberto. Por otra parte, es la conversación que más le agrada.

Alberto se volvió hacia Haydée.

-¿A qué edad salisteis de Grecia? -preguntó.

-A los cinco años -respondió Haydée.

-¿Y os acordáis de vuestra patria? -preguntó Alberto.

-Cuando cierro los ojos, veo todo lo que he visto. Hay dos miradas: La mirada del cuerpo puede olvidar a veces, pero la del alma recuerda siempre.

-¿Y cuál es la época más remota de que tenéis memoria?

-Apenas andaba. Mi madre, a quien llaman Basiliki, Basiliki quiere decir real -añadió la joven levantando la cabeza- mi madre me cogía de la mano y cubiertas las dos con un velo, después de haber puesto en el fondo de la bolsa todo el oro que poseíamos, íbamos a pedir limosna para los prisioneros, diciendo:

-El que da a los pobres presta al Eterno. Luego, cuando estaba llena la bolsa, volvíamos al palacio, y sin decir nada a mi padre, enviábamos este dinero que nos habían dado, tomándonos por unas mendigas, a un convento que lo repartía entre los prisioneros.

-Y en esa época, ¿qué edad teníais?

-Tres años -dijo Haydée.

-Entonces os acordáis de todo lo que os ha ocurrido desde aquel tiempo.

-De todo.

-Conde -dijo en voz baja Morcef a Montecristo-, debierais permitir a la signora que nos contase algo de su historia. Me habéis prohibido que le hable de mi padre, pero tal vez ella me hablará de él, y no sabéis cuánto gusto tendré en oír pronunciar mi nombre por una boca tan hermosa.

Montecristo se volvió hacia Haydée, y con una seña que indicaba prestase la mayor atención a la recomendación que iba a hacerle, le dijo en griego:

-Patros men aten, ma de onoma prodotu kai prodosiam, eipe emin.

Haydée lanzó un suspiro y una nube sombría pasó por su frente tan pura.

-¿Qué le decís? -preguntó en voz baja Morcef.

-Le repito que sois mi amigo y que no tiene por qué ocultarse delante de vos.

-Así, pues -dijo Alberto-, aquella piadosa cuestación para los prisioneros es vuestro primer recuerdo, ¿cuál es el otro?

-¿El otro...? Me veo bajo la sombra de los sicómoros, junto a un lago cuyas aguas temblorosas percibo a través de las hojas de los árboles. Contra el más viejo y el más frondoso estaba mi padre sentado sobre almohadones, y yo, débil niña, mientras mi madre estaba recostada a sus pies, jugaba con su larga barba blanca, que le llegaba hasta el pecho, y con el alfanje de puño de diamantes que de su cintura pendía. Luego, veo cuando se le acerca un albanés que le decía algunas palabras a las cuales daba muy poca importancia y respondía con el mismo tono de voz: Matadle o ¡perdonadle!

-Es extraño -dijo Alberto- oír tales cosas de boca de una joven, fuera del teatro y pudiendo decir: Esto no es ficción, no es mentira. ¡Ah! -añadió-. ¿Cómo halláis Francia después de haber visto aquel Oriente tan poético, aquellos paisajes tan maravillosos?

-Creo que es un hermoso país -dijo Haydée-, pero yo miro a Francia tal cual es, porque la miro con ojos de mujer. Mientras que, al contrario, mi país que sólo he visto con mis ojos infantiles, está siempre envuelto en la niebla luminosa o sombría, según mis recuerdos hacen de ella una hermosa patria o un lugar de amargos sufrimientos.

-Tan joven, signora -dijo Alberto, cediendo a pesar suyo a un sentimiento de compasión-, ¿cómo habéis podido sufrir?

Haydée se volvió hacia Montecristo, que murmuró haciéndola una seña imperceptible.

-¡Eipe!

-Nada hay que forme el fondo del alma como los primeros recuerdos, y excepto los dos que acabo de citaros, todos los demás de mi juventud son tristes.

-Hablad, hablad, signora -dijo Alberto-, sabed que os escucho con un gozo inexplicable.

Haydée se sonrió con tristeza.

-¿Queréis que pase a mis otros recuerdos?

-Os lo suplico -exclamó Alberto.

-¡Pues bien!, tenía yo cuatro años, cuando un día fui despertada por mi madre. Estábamos en el palacio de Janina, me tomó en sus brazos, y al abrir los ojos vi los suyos llenos de lágrimas.

Sin pronunciar una palabra me llevó consigo violentamente. Al ver que lloraba, yo también iba a llorar.

-¡Silencio, niña! -me dijo.

Generalmente, a pesar de los consuelos o de las amenazas maternas, caprichosa como todos los niños, seguía yo llorando, pero esta vez había en la voz de mi madre una entonación tai de terror, que al punto me callé.

Seguía caminando rápidamente.

Entonces vi que descendíamos por una escalera muy ancha. Delante de nosotros todas las servidoras de mi madre llevando cofres, cajas, objetos preciosos, adornos, joyas, bolsas llenas de oro, descendían la misma escalera, o más bien se precipitaban por ella.

Detrás de las mujeres venía una guardia de veinte hombres armados con largos fusiles y pistolas, y vestidos con ese traje que conocéis en Francia desde que Grecia llegó a ser nación.

Algo de siniestro había, creedme -añadió Hydée moviendo la cabeza y palideciendo sólo al recordar este incidente-, en aquella larga fila de esclavos y de mujeres, adormecidas aún, o al menos así lo creía, porque lo estaba yo.

En la escalera veía sombras gigantescas que las antorchas hacían temblar en las bóvedas.

-¡Pronto, pronto! ¡No hay que perder un instante! -dijo una voz en el fondo de la galería.

Esta voz hizo inclinarse a todo el mundo, a la manera que el viento inclina con una de sus bocanadas un campo sembrado de espigas.

A mí también me hizo estremecer. Era la de mi padre. Iba el último, cubierto con un magnífico traje, y llevaba en la mano su carabina, que le había regalado vuestro emperador, y apoyado sobre su favorito Selim, nos conducía delante de sí, como conduce un pastor su rebaño de ovejas.

-Mi padre -dijo Haydée- era un hombre ilustre, conocido en toda Europa bajo el nombre de Alí-Tebelín, rajá de Janina y delante del cual ha temblado Turquía.

Alberto, sin saber por qué, se estremeció al oír estas palabras, pronunciadas con un acento indefectible de altanería y dignidad. Parecióle ver brillar algo de sombrío y espantoso en los ojos de la joven, cuando, semejante a una pitonisa que evoca un espectro, despertó el recuerdo de aquella sangrienta figura, a quien su muerte hizo aparecer gigantesca a los ojos de Europa.

-Pronto -prosiguió Haydée- se detuvo la comitiva al pie de la escalera y a orillas de un lago. Mi madre me estrechaba contra su palpitante pecho y a dos pasos de donde yo estaba vi a mi padre que dirigía miradas inquietas a todos lados. Delante de nosotros se extendían cuatro escalones de mármol, y junto al último se mecía blandamente una barca.

Todos bajamos a ella. Todavía recuerdo que los remos no hacían ningún ruido al tocar el agua. Me incliné para mirarlos y vi que estaban envueltos en ceñidores de nuestros soldados griegos, o palicarios.

Después de los barqueros, no había en la barca más que mujeres, mi padre, mi madre, Selim y yo.

Los palicarios se habían quedado a orillas del lago, prontos a sostener la retirada, arrodillados en el último escalón, y dispuestos a hacer con sus cuerpos un muro en el caso de que hubiesen sido perseguidos.

Nuestra barca se deslizaba sobre las aguas, veloz como el viento.

-¿Por qué va tan de prisa la barca? -pregunté a mi madre.

-¡Calla, hija mía! -dijo-, es porque huimos.

No comprendí por qué huía mi padre, mi padre, tan poderoso, delante del cual huían siempre los demás, y que había tomado por divisa:

¡Me odian, luego me temen!

En efecto, aquello era una fuga. Después me dijeron que la guarnición del castillo de Janina, fatigada de un largo servicio...

Aquí Haydée fijó su mirada en Montecristo, cuyos ojos no se apartaban de los suyos.

La joven continuó, pues, lentamente, como si suprimiera o inventara.

-Signora, decíais -dijo Alberto, que prestaba la mayor atención a este relato- que la guarnición de Janina, fatigada por un largo servicio...

-Había tratado con el seraskier Kourdhid, enviado por el sultán para apoderarse de mi padre, que tomó entonces la resolución de retirarse, después de haber enviado al sultán un oficial francés, en el cual tenía mucha confianza, al asilo que él mismo se había preparado mucho tiempo antes, y que llamaba Kasaphygion, es decir, refugio.

-¿Y os acordáis del nombre de ese oficial, señora? -preguntó Alberto.

Montecristo cambió con la joven una mirada rápida como un relámpago, que pasó inadvertida de Morcef.

-No -dijo ella-; no me acuerdo, pero tal vez más tarde lo recuerde, y lo diré.

Alberto iba a pronunciar el nombre de su padre, cuando Montecristo levantó suavemente el dedo en señal de silencio. El joven recordó su juramento y se calló.

-Bogábamos hacia un quiosco.

Un piso bajo, adornado de arabescos que bajaban hasta el agua, y un piso principal, cuyos balcones caían al lago, he aquí lo único visible que este palacio ofrecía a la vista. Sin embargo, debajo del quiosco, internándose en la isla, había un subterráneo, vasta caverna donde nos condujeron a mi madre, a mí y a nuestras mujeres, y donde habían depositado, formando dos montones, sesenta mil bolsas y doscientos toneles. En estas bolsas había veinticinco millones de oro, y en los barriles mil libras de pólvora. Junto a estos barriles estaba Selim, el favorito de mi padre, del cual os he hablado ya. Velaba día y noche con una lama, en el extremo de la cual ardía una mecha encendida constantemente. Tenía orden de hacerlo volar todo, quiosco, guardias, bajá, mujeres y oro, a la primera señal de mi padre.

Recuerdo que nuestras esclavas, sabiendo los proyectiles que las rodeaban, pasaban día y noche orando, llorando y gimiendo.

En cuanto a mí, siempre veo al joven soldado de pálida tez y brillantes ojos, y cuando el ángel de la muerte descienda hasta mí, estoy segura de que reconoceré a Selim.

No sabría decir cuántos días estuvimos así. Aún ignoraba yo lo que era el tiempo en aquella época. Algunas veces mi padre nos mandaba llamar a mi madre y a mí a la azotea del palacio. Estas eran mis horas de fiesta, pues en el subterráneo no veía nunca más que sombras gimientes y doloridas, y la encendida mecha de Selim. Mi padre, sentado delante de una gran abertura, fijaba una mirada sombría en las profundidades dcl horizonte, interrogando cada punto negro que aparecía en el lago. Mientras mi madre, medio recostada a su lado, apoyaba su cabeza sobre su hombro, jugaba yo a sus pies, admirando con ese asombro de la infancia que hace que los objetos sean mayores de lo que son, las escarpadas montañas que se elevan en el horizonte, los castillos de Janina, que surgían blancos y angulosos del fondo de las aguas del lago, los inmensos árboles que nacen en la montaña y que de lejos parecen otras tantas manchas negras.

Una mañana nos mandó llamar mi padre. Mi madre había llorado toda la noche. Le encontramos bastante tranquilo, pero más pálido que de costumbre.

-Ten paciencia, Basiliki -dijo-. Hoy se acabará todo. Hoy llega el permiso del señor y mi suerte quedará decidida. Si la gracia es entera, volveremos triunfantes a Janina. Si la nueva es mala, huiremos esta noche.

-Pero ¿y si no nos dejan huir? -dijo mi madre.

-¡Oh!, tranquilízate -respondió Alí sonriendo-. Selim y su mecha me responden de ellos. Quisieran verme muerto, mas no bajo la condición de morir junto conmigo.

Mi madre no respondía sino con suspiros a estos consuelos que no salían en verdad del corazón de mi padre.

Preparóle agua helada, que bebía a cada instante, porque después de su retirada al quiosco se hallaba consumido por una fiebre ardiente. Perfumó su blanca barba y encendió su pipa, en la que a veces durante horas enteras seguía distraído con los ojos el humo que se dispersaba en el aire.

De repente hizo un movimiento tan brusco que yo me sobrecogí de miedo. Y sin apartar la vista del punto que reclamaba su atención, pidió su anteojo.

Mi madre se lo entregó, más blanca que el estuco contra el que se apoyaba. Yo vi temblar a mi madre.

-¡Una barca...!, ¡dos...!, tres... -murmuró mi padre-, ¡cuatro!

Y se levantó cogiendo sus armas, llenando de pólvora, me acuerdo, la cazoleta de sus pistolas.

-Basiliki -dijo a mi madre con un visible estremecimiento-, éste es el instante que va a decidir de nosotros. Dentro de media hora sabremos la respuesta del sublime emperador. Retírate al subterráneo con Haydée.

-No quiero separarme de vos -dijo Basiliki-, si morís, señor, con vos quiero morir también.

-¡Idos al lado de Selim! -gritó mi padre.

-¡Adiós, señor! -murmuró mi madre, obediente a las órdenes de mi padre.

-¡Acompañad a Basiliki! -gritó mi padre a sus palicarios.

Pero a mí me habían olvidado. Me precipité hacia él y extendí mis manos. Me vio, e inclinándose hacia mí, puso sus abrasados labios sobre mi frente. ¡Oh!, ¡este beso! Este beso fue el último y aún lo siento sobre mi frente.

Al bajar distinguíamos a través de las ventanas las barcas, cuyo tamaño aumentaba sobre la superficie de las ondas, y que, semejantes a puntos negros, parecían ahora aves marinas deslizándose sobre el agua.

Durante este tiempo, veinte palicarios sentados a los pies de mi padre, y ocultos por los pedestales, esperaban con ojos inyectados en sangre la llegada de las barcas, y tenían preparados sus largos fusiles incrustados de nácar y de plata. Cartuchos en gran número estaban esparcidos sobre el pavimento. Mi padre miraba su reloj y se paseaba con angustia.

Fue lo que más me sorprendió cuando me separé de mi padre después de recibir de él su último beso.

Mi madre y yo atravesamos el subterráneo. Selim continuaba en su puesto. Al vernos se sonrió tristemente. Fuimos a buscar unos almohadones a la parte opuesta de la caverna, y nos sentamos al lado de Selim; en los grandes peligros se siente una impresión inexplicable y aunque yo era muy niña, conocía que pesaba sobre nuestras cabezas un grave desastre.

Alberto había oído contar, no a su padre, que jamás hablaba de ello, sino a sus conocidos, los últimos momentos del visir de Janina; había leído varios párrafos que los periódicos dedicaron a describir su muerte. Pero aquella historia, contada por la hija del bajá, y aquel tierno acento, le infundían a la vez un encanto y un horror inexplicables.

En cuanto a Haydée, entregada a aquellos terribles recuerdos, había hecho una pausa. Su frente, como una flor que se dobla en un día de tempestad, descansaba sobre su mano, y sus ojos, perdidos vagamente, parecían ver en el horizonte las montañas y las aguas azules del lago de Janina, espejo mágico que reflejaba el sombrío cuadro que describía.

Montecristo la miraba con una inefable expresión de interés y de piedad.

-Continúa, hija mía -le dijo en griego.

Haydée levantó su frente, como si las sonoras palabras que acababa de pronunciar Montecristo la hubiesen sacado de un sueño, y replicó:

-Eran las cuatro de la tarde. Pero, aunque el día estaba diáfano y brillante, nos hallábamos sumergidos en la sombra del subterráneo.

Un solo resplandor brillaba en la caverna, semejante a una estrella en el fondo de un cielo negro. Era la mecha de Selim.

Mi madre era cristiana, y rezaba.

Selim repetía de cuando en cuando estas alb

-¡Dios es grande!

Sin embargo, mi madre tenía alguna desconfianza.

Al bajar había creído reconocer al francés que había sido enviado a Constantinopla, y en el cual mi padre tenía toda su confianza, porque sabía que los soldados del suelo francés son por lo general nobles y generosos.

Avanzó hacia la escalera y se puso a escuchar.

-Se acercan -dijo-, ¡con tal que traigan la paz y la vida!

-¿Qué temes, Basiliki? -respondió Selim con su voz suave y fiera a la vez-. Si no traen la vida, les daremos la muerte.

Y atizaba la llama de su lanza con un ademán que le hacía asemejarse al Dionysos de la antigua Creta.

Pero yo, que no era más que una pobre niña, tenía miedo de aquel valor, que me parecía feroz e insensato, y me asustaba aquella muerte espantosa en el aire y en las llamas.

Mi madre sufría las mismas impresiones, porque la veía estremecerse.

-¡Dios mío! ¡Dios mío!, mamá -exclamé-. ¿Vamos a morir?

Y al oír esto, el llanto y los lamentos de las esclavas subieron de punto.

-Hija mía -dijo Basiliki-. ¡Dios te preserve de llegar a desear esta muerte que tanto temes hoy!

Y después dijo en voz baja:

-Selim, ¿cuál es la orden de tu señor?

-Si me manda su puñal, es que el Sultán se niega a perdonarle, y prendo fuego. Si me manda su anillo, es que el Sultán le perdona, y apago la mecha.

-Amigo -díjole mi madre-, cuando llegue la orden de tu amo, si te envía el puñal, en lugar de matarnos a las dos con esa muerte que nos espanta, te presentaremos el cuello y nos matarás antes con el mismo puñal.

-Está bien, Basiliki -respondió tranquilamente Selim.

De repente oímos unos fuertes gritos. Escuchamos. Eran gritos de alegría. El nombre del francés que había sido enviado a Constantinopla resonaba repetido por nuestros palicarios: Era evidente que traía la respuesta del sublime emperador y que esta respuesta era favorable.

-¿Y no os acordáis de ese nombre? -dijo Morcef pronto a ayudar a la narradora.

Montecristo le hizo una seña.

-No, no me acuerdo -respondió Haydée-. El ruido aumentaba y oyéronse pasos más cerca de nosotros. Bajaban la escalera del subterráneo. Selim preparó su lama. Pronto apareció una sombra en el crepúsculo azulado que formaban los rayos de luz al penetrar hasta la puerta de la cueva.

-¿Quién eres? -gritó Selim-. Pero quienquiera que seas, no des un paso más.

-¡Gloria al Sultán! -dijo la sombra-. Se le ha concedido el perdón al visir Alí, y no sólo puede vivir, sino que hay que devolverle su fortuna y sus bienes.

Mi madre profirió un grito de alegría y me estrechó contra su corazón.

-¡Detente! -le dijo Selim al ver que se lanzaba ya para salir-. ¡Sabes que necesito el anillo!

-Es verdad -dijo mi madre, y cayó de rodillas, levantándome hacia el cielo, como si al mismo tiempo que rogaba a Dios por mí, quisiera levantarme hacia El.

Haydée se detuvo por segunda vez, vencida por una emoción tal, que su frente pálida estaba bañada por el sudor, y su fatigada voz parecía incapaz de salir de su garganta.

El conde de Montecristo llenó un vaso de agua helada y se lo presentó, diciendo con una dulzura que dejaba traslucir una gran ternura:

-Valor, hija mía.

Haydée enjugó sus ojos y su frente, y prosiguió:

-Durante este tiempo nuestros ojos, acostumbrados a la oscuridad, habían reconocido al enviado del bajá. Era un amigo.

Selim le había reconocido, pero el valeroso joven no sabía más que una cosa: ¡Obedecer!

-¿En nombre de quién vienes? -dijo.

-Vengo en nombre de vuestro señor Alí-Tebelín.

-¿Sabes lo que debes entregarme, si vienes en nombre de Alí?

-Sí -dijo el enviado-, te traigo su anillo.

Al mismo tiempo levantó su mano sobre su cabeza, pero estábamos demasiado lejos para conocer qué era lo que en ella tenía.

-No veo lo que tienes ahí -dijo Selim.

-Acércate -dijo el mensajero-, o me acercaré yo.

-Ni uno ni otro -respondió el joven soldado-, deja en el sitio donde estás el objeto que me muestras y retírate hasta que lo haya visto.

-De acuerdo -dijo el mensajero.

Y después de haber colocado la señal de reconocimiento en el sitio indicado, se retiró.

Nuestro corazón palpitaba fuertemente, porque, en efecto, el objeto parecía ser un anillo. Pero... ¿sería el de mi padre?

Selim, siempre con su lanza en la mano y la mecha encendida, se dirigió a la abertura, se inclinó radiante hacia el rayo de luz y recogió la señal.

-¡El anillo del visir! -dijo besándolo-. ¡Dios es grande!

Y agarró la mecha, la tiró contra el suelo y allí la apagó con el pie.

El mensajero lanzó un grito de alegría y dio tres palmadas. Al oír esta señal, cuatro soldados del seraskier Kourchid aparecieron en la puerta y Selim cayó atravesado de cinco puñaladas. Cada cual había dado la suya.

Y, en seguida, ebrios de codicia, aunque pálidos de miedo, se precipitaron en el subterráneo, buscando por todos los rincones y recogiendo sacos de oro.

Entretanto, mi madre me cogió en sus brazos, y con toda la agilidad de que era capaz, se precipitó hacia unas sinuosidades, llegó a una escalerilla falsa, en la cual reinaba un tumulto espantoso.

Las salas bajas estaban pobladas enteramente por los tehodoars de Kourchid, es decir, por nuestros enemigos.

Cuando mi madre iba a empujar la puertecita, oímos la terrible y amenazadora voz de mi padre.

Mi madre se asomó a las hendiduras de las planchas. Una abertura había también delante de mis ojos y miré.

-¿Qué queréis? -decía mi padre a unos hombres que tenían en la mano un papel con caracteres dorados.

-Queremos -respondió uno de ellos- comunicarte las órdenes de Su Alteza ¿Ves esta firma?

-La veo -dijo mi padre.

-Pues bien, lee. Pide tu cabeza.

Mi padre arrojó una carcajada más espantosa que una amenaza, y aún no había cesado, cuando disparó dos pistoletazos matando a dos hombres.

Los palicaros que se hallaban escondidos alrededor de mi padre se levantaron e hicieron fuego. La sala se llenó de ruido, llamas y humo.

Al momento empezó el fuego en la parte opuesta y las balas agujerearon los tabiques alrededor de nosotras.

¡Oh! ¡Cuán bello y majestuoso estaba el visir Alí-Tebelín, mi padre, en medio de las balas, con la cimitarra empuñada, y el rostro ennegrecido por la pólvora! ¡Cómo huían sus enemigos!

-¡Selim! ¡Selim!, guardián del fuego, ¡cumple con tu deber!

-¡Selim ha muerto! -respondió una voz sorda que parecía salir delas profundidades del quiosco-, y tú, Alí, estás perdido.

Al mismo tiempo se oyó una detonación sorda, y un tabique voló en mil pedazos alrededor de mi padre.

Sin embargo, no estaba herido.

Los tehodoars tiraban por las aberturas de los tabiques. Tres o cuatro palicarios cayeron mortalmente heridos.

Mi padre rugía como un león. Introdujo sus dedos por los agujeros de las balas y arrancó una tabla entera, dejando un hueco bastante grande para podet huir, como pensaba.

Sin embargo, al mismo tiempo, estallaron veinte tiros por esta abertura, y las llamas, que salían como de un volcán, llegaron hasta los arabescos del techo.

En medio de todo este espantoso tumulto, en medio de estos gritos terribles, dos de ellos más fuertes que los demás, dos de ellos más desgarradores que todos, me helaron de espanto.

Aquella última explosión hirió mortalmente a mi padre y él fue quien lanzó los dos gritos.

No obstante, había permanecido en pie y habíase agarrado a una ventana. Mi madre sacudía la puerta para ir a morir con él, pero la puerta estaba cerrada por dentro. A su alrededor los palicarios luchaban con las convulsiones de la agonía. Dos o tres que no estaban heridos se lanzaron por las ventanas.

Al mismo tiempo, el pavimento se estremeció, mi padre cayó sobre una rodilla. Al punto se extendieron hacia él veinte brazos, armados de sables, pistolas y puñales, e hirieron a la vez a un solo hombre, y mi padre desapareció en un torbellino de fuego, atizado por aquellos demonios rugientes, como si el infierno se hubiera abierto a sus pies.

Yo caí al suelo. Mi madre también se había desmayado.

Haydée dejó caer sus brazos, lanzando un gemido y mirando al conde como para preguntarle si estaba satisfecho de su obediencia.

El conde se levantó, se dirigió a ella, le cogió una mano y le dijo en griego:

-Descansa, hija mía, y recobra un poco de valor pensando que hay un Dios que castiga a los traidores.

-Es una historia espantosa, conde -repuso Alberto asustado de la palidez de Haydée-, y ahora me echo en cara el haber sido tan cruelmente indiscreto.

-Eso no es nada -respondió Montecristo, y poniendo su mano sobre la cabeza de la joven, continuó-, Haydée es una valerosa mujer; algunas veces ha encontrado alivio a sus males hablando de sus dolores.

-Porque mis dolores me recuerdan tus beneficios, señor -dijo vivamente la joven.

Alberto le dirigió una mirada de curiosidad, porque aún no le había contado lo que deseaba saber, es decir, cómo había llegado a ser esclava del conde.

Haydée vio expresado el mismo deseo en las miradas del conde y en las de Alberto y continuó:

-Al recobrar mi madre los sentidos, nos hallábamos delante del seraskier.

-Matadme -dijo-, pero respetad el honor de la viuda de Alí-Tebelín.

-No es a mí a quien tienes que dirigirte -dijo Kourchid.

-¿A quién, pues?

-A tu nuevo amo.

-¿Quién es?

-Mírale ahí.

Y Kourchid nos mostró uno de los que habían contribuido más a la muerte de mi padre -continuó la joven con cólera sombría.

-Luego -preguntó Alberto-, ¿fuisteis esclavas de aquel hombre?

-No -respondió Haydée-, no se atrevió a quedarse con nosotras, nos vendió a unos mercaderes de esclavos que iban a Constantinopla. Atravesamos Grecia y llegamos moribundas a la Puerta Imperial, atestada de curiosos que se hacían a un lado para dejarnos pasar, cuando de repente mi madre siguió con la vista la dirección de sus miradas, lanzó un grito y cayó, mostrándome una cabeza que había encima de la Puerta. Debajo de esta cabeza estaban escritas estas palabras:

«Esta es la cabeza de Alí-Tebelín, bajá de Janina.»

Yo me eché a llorar, procuré levantar a mi madre, pero estaba muerta.

Me condujeron al bazar. Un armenio rico me compró, me instruyó, me dio maestros, y cuando tuve trece años me vendió al sultán Mahmud.

-Al cual -dijo Montecristo- yo la compré, como os he dicho, Alberto, por la esmeralda compañera de la que me sirve para guardar mis pastillas de hachís.

-¡Oh! ¡Tú eres bueno! ¡Tú eres grande!, señor -dijo Haydée besando la mano de Montecristo-, y yo soy feliz al pertenecerte.

Alberto estaba absorto. Apenas podía dar crédito a lo que acababa de oír.

-Acabad vuestra taza de té -le dijo el conde-, pues la historia ha concluido.

Retrocedamos un poco.

Franz había salido del cuarto de Noirtier tan aterrado, que la misma Valentina tuvo piedad de él.

Villefort, que sólo había articulado algunas palabras incoherentes y que había salido de su despacho, recibió dos horas después la siguiente carta.

«Después de las revelaciones de esta mañana, no podrá suponer el señor Noirtier de Villefort que sea posible una alianza entre su familia y la del señor Franz d'Epinay, que se horroriza al pensar que el señor de Villefort, que parecía conocer los acontecimientos contados esta mañana, no le haya avisado antes.»

El que hubiese visto en este momento al procurador, abatido por el golpe, no hubiese pensado lo que preveía. En efecto, nunca hubiera creído que su padre llevaría la franqueza, más bien la rudeza, hasta contar semejante historia. Es cierto que el señor Noirtier nunca se había ocupado de aclarar este hecho a los ojos de su hijo, y éste había creído siempre que el general Quesnel, o el barón d'Epinay, había muerto asesinado y no en un duelo leal como se le había demostrado.

Esta carta tan dura de un joven hasta entonces tan respetuoso era mortal para el orgullo de un hombre como Villefort.

Apenas acababa de entrar en su despacho cuando entró en él también su mujer.

La salida de Franz, llamado por el señor Noirtier, había asombrado de tal modo a todo el mundo, que la posición de la señora de Villefort, que se quedó sola con el notario y los testigos, era cada vez más embarazosa. Entonces la señora de Villefort tomó un partido y salió anunciando que iba a ver lo que ocurría.

El señor de Villefort se contentó con decirle que, a consecuencia de una discusión entre él, el señor Noirtier y el señor d'Epinay, el casamiento de Valentina con Franz se había desbaratado.

Difícil era comunicar esto a los que esperaban. Así, pues, la señora de Villefort, al entrar, se contentó con decir que el señor Noirtier tuvo al comienzo de la conversación un ataque apopléjico, y que por esta razón el contrato se dilataba, naturalmente, para después de algunos días.

Esta noticia, aunque era falsa, causó tal extrañeza después de las dos desgracias del mismo género, que los testigos se miraron asombrados y se retiraron sin decir una palabra.

Entretanto, Valentina, feliz y espantada a la vez, después de haber abrazado y dado gracias al débil anciano que acababa de romper de un solo golpe una cadena que ella miraba como indisoluble, pidió que la dejasen retirarse a su cuarto, y Noirtier le concedió permiso para ello.

Pero, en lugar de subir a su cuarto, Valentina entró en el corredor, y saliendo por la puertecita, se lanzó hacia el jardín. En medio de todos los acontecimientos que acababan de sucederse unos a otros, un terror sordo había oprimido constantemente su corazón. Esperaba de un momento a otro ver aparecer a Morrel pálido y amenazador como el aire de Ravenswod en el contrato de Lucía de Lammermoor.

En efecto, era tiempo de que llegase a la reja Maximiliano, que había sospechado lo que iba a ocurrir al ver a Franz salir del cementerio con el señor de Villefort. Le había seguido, después de haberle visto salir y entrar de nuevo con Alberto y Chateau-Renaud. Para él ya no había duda. Se dirigió a su huerta preparado a cualquier evento, y seguro de que en su primer momento de libertad, Valentina correría en su busca.

No se había engañado Morrel. Con los ojos arrimados a las tablas de la valla, vio aparecer, en efecto, a la joven que, sin tomar ninguna de las acostumbradas precauciones, corría hacia donde él se encontraba.

A la primera ojeada que le dirigió Maximiliano se tranquilizó. A la primera palabra que pronunció ella, saltó de alegría.

-¡Salvados! -dijo Valentina.

-¡Salvados! -repitió Morrel, no pudiendo creer en semejante felicidad-. ¿Salvados, por quién?

-Por mi abuelo. ¡Oh! ¡Amadle mucho, Morrel!

Morrel juró amar al anciano con toda su alma, y este juramento lo pronunciaba con un placer tanto mayor, cuanto que desde aquel instante no sólo le amaba como a su amigo, sino que le adoraba como a un dios.

-Pero ¿cómo es posible? -preguntó Morrel-. ¿De qué medios se ha valido?

Valentina iba a abrir la boca para contárselo todo, pero se acordó de que había en el fondo de todo aquello un terrible secreto que no pertenecía sólo a su abuelo.

-Más tarde -dijo- os lo contaré todo.

-¿Pero cuándo?

-Cuando sea vuestra mujer.

Esto era poner la conversación en un estado en que Morrel accedía gustoso a todo cuanto le pedía Valentina. Dijo para sí que bastante era para un día lo que acababa de saber, pero no consintió en retirarse sino después de haber exigido la promesa de que vería a Valentina al día siguiente por la noche.

Esta prometió hacer lo que él quisiera.

Todo había cambiado a sus ojos, y seguramente le era menos difícil creer ahora que se casaría con Maximiliano, que convencerse una hora antes que no se casaría con Franz...

Durante este tiempo, la señora de Villefort había subido al cuarto del señor Noirtier, que la miró con aquellos ojos sombríos y severos con que acostumbraba hacerlo.

-Caballero -le dijo ella-, no necesito comunicaros que el casamiento de Valentina se ha desbaratado, puesto que aquí es donde ha tenido lugar este acto.

Noirtier permaneció inmóvil.

-Pero -continuó la señora de Villefort- lo que vos no sabéis es que yo siempre me había opuesto a tal enlace y que éste se iba a celebrar a pesar mío.

Noirtier miró a su nuera como pidiéndole una explicación.

-Ahora que se ha deshecho ese matrimonio, por el cual yo sabía la repugnancia que sentíais, voy a dar un paso que no podrían dar el señor de Villefort ni su hija.

Los ojos de Noirtier preguntaron qué pasó era éste.

-Vengo a suplicaros -continuó la señora de Villefort-, como la única que tiene derecho a hacerlo, porque no reportaré utilidad alguna de ello. Vengo a suplicaros que devolváis la herencia a vuestra nieta.

Los ojos de Noirtier permanecieron un instante inciertos. Evidentemente buscaba los motivos de este paso y no podía hallarlos.

-¿Puedo esperar, caballero, que vuestras intenciones estén en armonía con la súplica que vengo a haceros?

-Sí -indicó Noirtier.

-Entonces me retiro feliz y llena de reconocimiento hacia vos.

Y saludando al señor Noirtier se retiró.

En efecto, al día siguiente mandó Noirtier llamar a un notario. Se rompió el primer testamento y redactóse otro nuevo, en el que dejó todos sus bienes a Valentina, bajo las condiciones de que no la separarían de él.

Algunas personas calcularon entonces que la señorita de Villefort, heredera del marqués y de la marquesa de Saint-Merán, y amada de su abuelo, tendría algún día trescientas mil libras de renta.

Mientras en casa de los Villefort se rompía este casamiento, el conde de Morcef recibió la visita del de Montecristo, y para mostrar sus deseos de complacer a Danglars, se vistió su uniforme de gala de teniente coronel con todas sus cruces, y pidió sus mejores caballos.

Luego se dirigió a la calle de Chaussée d'Antin y se hizo anunciar a Danglars, que en aquel momento estaba efectuando sus pagos de fin de mes. No era éste el momento más a propósito para encontrar a Danglars en su mejor humor.

Así, pues, al ver a su antiguo amigo, Danglars tomó su aire majestuoso y se repantigó en su sillón.

Morcef, tan grave por lo general, había afectado al contrario un aire risueño y afable. De consiguiente, seguro como estaba de que su primera frase produciría una buena acogida, no hizo más cumplidos, y fue derecho al asunto.

-Barón -dijo-, aquí me tenéis. Mucho tiempo ha que no hemos hablado acerca de la palabra que mutuamente nos dimos...

Morcef esperaba que se alegrase la fisonomía del banquero al oír estas palabras, pero, al contrario, volvióse casi más impasible y frío que antes.

Por esto Morcef se detuvo en medio de su frase.

-¿Qué palabra, señor conde? -preguntó el banquero, como si buscase en su imaginación la explicación de lo que el general quería decir.

-¡Oh! -dijo el conde-, vos sois formalista, señor mío, y me recordáis que el ceremonial debe hacerse en toda regla. Disculpadme, ¡qué diantre! Perdonadme, como no tengo más que un hijo, y es la primera vez que pienso casarle, estoy aún en el aprendizaje. Vaya..., veamos ahora.

Y Morcef, con una sonrisa forzada, se levantó, hizo una profunda reverencia a Danglars, y le dijo:

-Tengo el honor, señor barón, de pediros la mano de la señorita Danglars, vuestra hija, para mi hijo, el vizconde Alberto de Morcef.

Pero Danglars, en vez de acoger estas palabras como un favor que Morcef podía esperar de él, frunció las cejas y sin invitar al conde a volverse a sentar, repuso:

-Señor conde, antes de responderos, tengo necesidad de reflexionar.

-¡De reflexionar! -repuso Morcef cada vez más asombrado-. ¿No habéis tenido tiempo todavía de reflexionar después de ocho años que hablamos de ese casamiento por vez primera?

-Señor conde, todos los días están sucediendo cosas que hacen que se renueven las reflexiones.

-¿Pues cómo? -preguntó Morcef-, no os comprendo, barón.

-Me refiero, caballero, a que hace quince días, nuevas circunstancias...

-Permitid -dijo Morcef-, ¿es eso una comedia o no lo es?, quisiera saberlo.

-¿Cómo, una comedia?

-Sí, pongamos las cartas boca arriba.

-No os pido otra cosa.

-¿Habéis visto a Montecristo?

-Le veo muy a menudo -dijo Danglars con petulancia-. Es uno de mis amigos.

-¡Pues bien! Una de las últimas veces que le habéis visto, le dijisteis que yo era un olvidadizo, y que no acababa de tomar una resolución respecto a la boda.

-Es cierto.

-¡Pues bien! Yo no soy olvidadizo ni me falta resolución, bien lo veis, puesto que vengo a recordaros vuestra promesa.

Danglars no respondió.

-¿Habéis mudado tan pronto de parecer? -añadió Morcef-. ¿O no habéis provocado esta demanda sino por el placer de humillarme?

Danglars comprendió que si continuaba la conversación en el tono en que la había emprendido, la cosa no sería muy provechosa para él.

-Señor conde -dijo-, debéis estar sorprendido de mi reserva. Lo comprendo, yo soy el primero en lamentarlo, pero creed que no puedo menos de obrar así, porque circunstancias imperiosas me lo ordenan.

-Esas son disculpas, mi querido amigo -dijo el conde-, con las que se podría contentar un cualquiera, pero el conde de Morcef no es un cualquiera. Y cuando un hombre como él viene a buscar a otro hombre, le recuerda la palabra dada, y cuando este hombre falta a su palabra, tiene derecho a exigir que le den otra razón más convincente.

Danglars era cobarde, pero no quería aparentarlo. Afectó picarse del tono que tomaba Morcef y dijo:

-No me faltan razones de peso.

-¿Qué vais a decirme?

-Que tengo una razón que os convencería, pero es difícil decirla.

-Sin embargo, vos conocéis -dijo Morcef- que yo no puedo contentarme con vuestras razones y lo único que veo más claro en todo esto es que rechazáis mi alianza.

-No, señor -dijo Danglars-; suspendo mi resolución, que es diferente.

-¡Pero no creo que supondréis que yo me he de someter a vuestros caprichos, hasta el punto de esperar tranquila y humildemente que os dé la gana resolveros!

-Entonces, señor conde, si no podéis esperar, consideremos nuestros proyectos como nulos.

El conde se mordió los labios hasta saltársele la sangre, y sufría en no poder dar rienda suelta a su furor. No obstante, comprendiendo que en tales circunstancias el ridículo estaría de su parte, ya había empezado a acercarse a la puerta del salón, cuando reflexionando, volvió sobre sus pasos.

Por su frente acababa de cruzar una nube, dejando en lugar del orgullo ofendido, las huellas de una vaga inquietud.

-Veamos -dijo-, mi querido Danglars, nosotros nos conocemos desde hace muchos años y por consiguiente debemos tener algunas consideraciones uno con otro. Vos me debéis una explicación, y quiero saber al menos la causa de esta ruptura entre nosotros. ¿Sería mi hijo el que...?

-No se trata de una cuestión personal del vizconde, esto es cuanto puedo deciros, caballero -respondió Danglars con más ironía cada vez.

-¿Y de quién es personal entonces? -preguntó con voz alterada Morcef, cuya frente se cubría de palidez.

Danglars, que espiaba todos sus movimientos, no dejó de notar estos síntomas y clavó en él una mirada más tranquila y penetrante que las demás.

-Dadme gracia porque no soy más explícito -dijo.

Un temblor nervioso, que sin duda provenía de una cólera contenida, agitaba a Morcef.

-Tengo derecho -respondió, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo- a exigir que os expliquéis. ¿Tenéis algo contra la señora de Morcef? ¿Es acaso porque mi fortuna no es tan considerable como la vuestra? ¿Es porque mis opiniones son contrarias a las vuestras...?

-Nada de eso, caballero -dijo Danglars-, ello sería imperdonable, porque yo me comprometí sabiendo todo eso. No; no tratéis de indagar, me avergüenzo yo mismo de lo que está ocurriendo. Nada, tomemos el término medio de la dilación, que no es ni un rompimiento ni un compromiso. No hay tanta prisa, ¡qué demonio! Mi hija tiene diecisiete años, y vuestro hijo veintiuno. Durante el plazo, el tiempo mismo os dirá las razones que me impulsan a obrar así. Las cosas que un día le parecen a uno oscuras, al siguiente están claras como el agua. Hay veces en que las calumnias...

-¿Calumnias habéis dicho, caballero? -exclamó Morcef poniéndose lívido-. ¿Me han calumniado a mí?

-Señor conde, no entremos en explicaciones, os lo suplico.

-De modo, caballero, que debo aguantar tranquilamente esa negativa...

-Penosa para mí sobre todo, caballero, sí, más penosa que para vos, porque yo contaba con el honor de vuestra alianza, y un casamiento desbaratado causa siempre más perjuicio a ella que a él.

-Está bien, caballero, no hablemos más -dijo Morcef.

Y arrojando sus guantes con rabia salió de la habitación.

Danglars recordó que aquélla era la primera vez que retiraba su palabra, sobre todo, habiéndosela dado a Morcef.

Aquella noche hubo una larga conferencia con muchos amigos, y el señor Cavalcanti, que había estado constantemente en el saloncito de las señoras, salió el último de casa del banquero.

Al despertarse al día siguiente, Danglars pidió los periódicos. Al punto se los trajeron. Separó tres o cuatro y tomó El Imparcial.

Este era el periódico del que Beauchamp era el redactor principal.

Rompió rápidamente la cubierta, lo abrió con una precipitación nerviosa, pasó desdeñosamente la vista por el artículo de fondo, y habiendo llegado a las noticias varias, se detuvo con una sonrisa diabólica en un párrafo que comenzaba de esta suerte:

«Nos escriben de Janina...»

-Bien, bien -dijo después de haberlo leído-, aquí tengo un parrafito acerca del coronel Fernando, que según toda probabilidad me ahorrará el tener que dar explicaciones al señor conde de Morcef.

Casi al mismo tiempo que ocurría esta escena, es decir, hacia las diez de la mañana, Alberto de Morcef, vestido de negro, con su frac abrochado hasta el cuello, el paso agitado y grave el semblante, se presentaba en la casa de los Campos Elíseos.

-El señor conde acaba de salir hace media hora -dijo el portero.

-¿Le ha acompañado Bautista? -preguntó Morcef.

-No, señor vizconde.

-Llamadle, pues quiero hablarle.

El portero fue a buscar al ayuda de cámara y al instante volvió con él.

-Amigo mío, os pido perdón por mi indiscreción -dijo Alberto-, pero he querido preguntaros a vos mismo si era cierto que vuestro amo había salido.

-Sí, señor -respondió Bautista.

-¿Para mí también?

-Yo sé cuánto gusta mi amo de recibiros, y me guardaría muy bien de incluiros en una medida general, pero ha salido.

-Tienes razón, porque tenía que hablarle de un asunto grave. ¿Crees tú que tardará mucho en volver?

-No, porque ha dicho que tenga preparado su almuerzo para las diez.

-Bien, voy a dar una vuelta por los Campos Elíseos y a las diez estaré aquí. Si el señor conde vuelve antes, suplícale que me espere.

-Podéis estar seguro, descuidad.

Alberto dejó a la puerta del conde el cabriolé de alquiler en que había venido.

Al pasar por delante del Paseo de las Viudas creyó reconocer los caballos del conde esperando a la puerta de tiro de Gosset. Acercóse y después de haber reconocido los caballos, reconoció al cochero.

-¡Hola! ¿Está en el tiro el señor conde? -preguntó Morcef a aquél.

-Sí, señor -respondió el cochero.

En efecto, ya había oído Alberto muchos tiros regulares desde que se iba aproximando a aquel sitio.

Entró. En el jardín se encontraba el mozo.

-Perdonad -dijo-, pero el señor vizconde tendrá la bondad de esperar un instante.

-¿Por qué, Felipe? -preguntó Alberto, que, a fuerza de parroquiano de aquel tiro, se admiraba de que no le dejasen entrar.

-Porque la persona que se ejercita en este momento toma el tiro para él solo y nunca tira delante de nadie.

-¿Ni siquiera delante de vos, Felipe?

-Bien veis, caballero, que estoy a la puerta de mi morada.

-¿Y quién le carga las pistolas?

-Su criado.

-¿Un nubio?

-Un negro.

-Eso es.

-¿Conocéis a ese señor?

-Vengo a buscarle; es amigo mío.

-¡Oh!, entonces eso es otra cosa, voy a pasarle recado.

Y Felipe, llevado también de su curiosidad, entró en el tiro.

Un segundo después apareció Montecristo junto a la puerta por donde salió Felipe.

-Perdonad que os haya perseguido hasta aquí, mi querido conde -dijo Alberto-, pero empiezo por deciros que nadie más que yo tiene la culpa. Me presenté en vuestra casa, me dijeron que habíais salido, pero que volveríais a las diez para almorzar. Yo me paseé a mi vez esperando que fuesen las diez, y mientras estaba paseando vi vuestros caballos y vuestro carruaje.

-Eso me hace creer que almorzaremos juntos.

-Muchas gracias, no se trata de almorzar ahora. Tal vez almorzaremos más tarde, pero en mala compañía, ¡voto a...!

-¿Qué diablos me estáis contando?

-Querido, me bato hoy mismo.

-¡Vos! ¿Qué me decís?

-¡Que voy a batirme en duelo!

-Sí, lo entiendo. ¿Pero por qué? Uno se bate por mil cosas, ya comprenderéis.

-Por el honor.

-¡Ah!, eso es más grave de lo que imaginaba.

-Tan grave que vengo a pediros un favor.

-¿Cuál?

-El de que seáis mi padrino.

-Entonces, eso es todavía más grave. No hablemos más de esto y volvamos a casa. Dame agua, Alí.

El conde se subió las mangas de su camisa, y pasó al vestíbulo que precede a los tiros y donde los tiradores solían lavarse las manos.

-Entrad, señor vizconde -dijo Felipe en voz baja-. Veréis algo bueno.

Morcef entró. En lugar de hitos, la tabla estaba llena de cartas.

De lejos, Morcef creyó que era un juego completo. Había desde el as hasta el diez.

-¡Ah!, ¡ah! -dijo Alberto-. ¿A qué jugáis?

-¡Psch! -dijo el conde-, estaba terminando una jugada.

-¿Cómo?

-Sí, como veis no había más que ases y doses, pero mis balas han hechos treses, cincos, sietes, ochos, nueves y dieces.

Alberto se acercó.

En efecto, las balas, con líneas perfectamente exactas y distancias iguales, habían reemplazado los signos ausentes, agujereando el cartón en el sitio en que debiera estar pintado.

Al dirigirse a la plancha, Morcef recogió también dos o tres golondrinas que habían tenido la imprudencia de pasar por delante del conde y que éste mató implacablemente.

-¡Diablo! -exclamó Morcef.

-¿Qué queréis?, mi querido vizconde -dijo Montecristo enjugándose las manos en una finísima toalla que le trajo Alí-, en algo he de consumir mis ratos de ocio. Pero vámonos, os espero.

Ambos subieron al carruaje de Montecristo, que los condujo en pocos instantes a la casa número 30.

Montecristo condujo a Morcef a su gabinete, y le mostró un sillón. Ambos se sentaron.

-Ahora hablemos con toda calma y sosiego -dijo el conde.

-Bien veis que estoy perfectamente tranquilo.

-¿Con quién vais a batiros?

-Con Beauchamp.

-¿Uno de vuestros amigos?

-Con los amigos es con los que se bate uno siempre.

-Dadme al menos una razón.

-Tengo una.

-¿Qué os ha hecho?

-En su periódico de ayer hay... pero no, leed vos.

Alberto mostró a Montecristo un periódico en que se leían estas palabras:

Nos escriben de Janina:

Hemos llegado a conocer un hecho importante ignorado hasta ahora, o al menos inédito. Los castillos que defendían la ciudad fueron entregados a los turcos por un oficial francés, en quien el visir Alí-Tebelín había depositado toda su confianza. Este oficial se llamaba Fernando.

-Y bien -preguntó Montecristo-, ¿qué es lo que os sorprende en ese párrafo?

-¿Qué es lo que me sorprende?

-Sí. ¿Qué os importa que los castillos de Janina hayan sido entregados por un oficial llamado Fernando?

-Me importa, puesto que mi padre, el conde de Morcef, se llama Fernando.

-¿Y vuestro padre servía a Alí-Bajá?

-Es decir, combatía por la independencia de los griegos. Esa es precisamente la calumnia.

-¡Ah, vizconde, hablemos razonablemente!

-No es otro mi deseo.

-Decidme: ¿Quién diablos sabe en Francia que el oficial Fernando es el mismo conde de Morcef, y quién se ocupa ahora de Janina, que fue tomada en 1822 o en 1823, según creo?

-Ahí está precisamente la perfidia. Han dejado pasar tiempo para salir ahora con un escándalo que pudiera empañar una elevada posición. Pues bien, yo, heredero del nombre de mi padre, no quiero que sobre él haya ni aun la sombra de una duda. Voy a mandar a Beauchamp, cuyo periódico ha publicado esta nota, dos testigos, y la retractará.

-Beauchamp no la retractará.

-Entonces nos batiremos.

-No, no os batiréis, porque os responderá que tal vez había en el ejército griego cincuenta oficiales que se llamasen Fernando.

-A pesar de esa respuesta, nos batiremos. ¡Oh, quiero que esto desaparezca! Mi padre, un soldado tan noble..., una carrera tan ilustre...

-O bien pondrá: «estamos seguros de que este Fernando nada tiene que ver con el conde de Morcef, cuyo nombre de pila es también Fernando».

-Quiero que se retracte de una manera más completa. No me contentaré con eso.

-¿Y vais a enviarle vuestros padrinos?

-Sí.

-Haréis mal.

-Lo cual quiere decir que me negáis el favor que venía a pediros.

-¡Ah!, ya sabéis mi teoría respecto al duelo; creo habéroslo dicho en Roma, ¿no os acordáis?

-Esta mañana, hace un momento, os encontré en una ocupación que está poco en consonancia con esa teoría.

-Porque, amigo mío, vos comprenderéis que algunas veces es menester salir de sus casillas. Cuando se vive con locos, es preciso también aprender a ser insensato. De un momento a otro, algún calavera, aunque no tenga más motivo para buscar camorra que el que tenéis vos para buscársela a Beauchamp, puede venirme con cualquier necedad, enviarme sus testigos o insultarme en público. Pues bien, tengo que matar a ese calavera.

-¡Ah! Luego, ¿también vos os batiríais?

-Naturalmente.

-¡Pues bien! Entonces, ¿por qué queréis que yo no me bata?

-No digo que no os batáis, sino que un duelo es cosa muy grave y de reflexionar.

-¿Y él ha reflexionado para insultar a mi padre?

-Si no ha reflexionado, y os lo confiesa, no debéis atentar contra él.

-¡Oh!, mi querido conde, sois demasiado indulgente.

-Y vos, demasiado riguroso. Veamos, yo supongo..., escuchad con atención. Yo supongo..., ¡no os vayáis a enojar por lo que voy a deciros!

-Escucho.

-Supongo que el hecho sea cierto...

-Un hijo no debe nunca admitir semejantes suposiciones sobre el honor de su padre.

-¡Oh, Dios mío! ¡Estamos en una época en que se admiten tantas cosas!

-Ese es precisamente el defecto de la época.

-¿Y pretendéis reformarla?

-Sí; por lo que a mí respecta.

-¡Oh! ¡Dios mío!, buen reformista haríais, amigo mío.

-No lo puedo remediar.

-Sois inaccesible a los consejos que os dan de buena fe.

-No cuando proceden de un amigo.

-¿Creéis que yo lo sea vuestro?

-Sí.

-¡Pues bien!, antes de enviar a Beauchamp vuestros padrinos, informaos.

-¿De quién?

-¡Oh...! De Haydée, por ejemplo.

-Mezclar en todo esto a una mujer, ¿y qué podrá hacer?

-Decir que vuestro padre no tiene nada que ver con la derrota o con la muerte del suyo, o deciros la verdad, si por casualidad vuestro padre hubiese tenido la desgracia...

-Ya os he dicho, mi querido conde, que no podía admitir esa suposición.

-Entonces, ¿rehusáis ese medio?

-Lo rehúso.

-¿Absolutamente?

-Absolutamente.

-Oíd, entonces, mi último consejo.

-Bien, pero que sea el último.

-¿No queréis oírlo?

-Al contrario, os lo pido.

-No enviéis a Beauchamp vuestros padrinos.

-¿Cómo?

-Id vos mismo a buscarle.

-Eso va contra la costumbre.

-Ese duelo nada tiene que ver con los comunes, veamos.

-¿Y por qué debo ir yo mismo?

-Porque de ese modo el asunto quedará entre vosotros dos.

-Explicaos.

-Si Beauchamp está dispuesto a retractarse, preciso es dejarle el mérito de la buena voluntad; no por eso dejará de hacer lo que le parezca. Si por el contrario, entonces será tiempo de revelar el secreto a los dos extraños.

-No serán dos extraños, serán dos amigos.

-Los amigos de hoy son enemigos mañana.

-¡Oh! ¡Cómo... !

-Dígalo Beauchamp.

-Así, pues...

-Así, pues, os recomiendo prudencia.

-¿Y me aconsejáis que vaya yo mismo a buscar a Beauchamp?

-Sí.

-¿Solo?

-Solo. Cuando se quiere obtener algo del amor propio de un hombre, es preciso salvar a ese amor propio hasta la apariencia del sufrimiento.

-Me parece que tenéis razón.

-¡Gracias a Dios!

-Iré solo.

-Escuchad. Creo que mejor haríais en no ir ni solo ni acompañado.

-Pero eso es imposible.

-Haced lo que os digo, os tendrá más cuenta.

-Pero en este caso, veamos: si a pesar de todas mis preocupaciones, llega a efectuarse el desafío, ¿me serviréis de testigo?

-Mi querido vizconde -dijo Montecristo con una gravedad extremada-, ya conoceréis que en todo estoy pronto a serviros. Pero lo que me pedís sale ya del círculo de lo que puedo hacer por vos.

-¿Por qué?

-Quizás un día lo sabréis.

-Pero mientras tanto...

-Dispensadme, es un secreto.

-Está bien. Elegiré a Franz y Chateau-Renaud.

-Perfectamente. ¡Franz y Chateau-Renaud son muy a propósito para el caso!

-Pero, en fin, si me bato, ¿me daréis una leccioncita de espada o de pistola?

-No; eso también es imposible.

-¡Oh! ¡Qué singular sois! ¿Conque en nada queréis mezclaros?

-En nada absolutamente.

-No hablemos entonces más de ello. Adiós, conde.

-Adiós, vizconde.

Morcef tomó su sombrero y salió.

A la puerta encontró su cabriolé, y conteniendo cuanto pudo su cólera, se hizo conducir a casa de Beauchamp, que estaba en la redacción.

Entonces Alberto se hizo conducir allí.

Beauchamp estaba en un salón sombrío y oscuro como suelen ser las redacciones de periódicos.

Anunciáronle a Alberto de Morcef. Dos veces se hizo repetir el anuncio, y mal convencido aún, gritó:

-Entrad.

Alberto entró. Beauchamp lanzó una exclamación de sorpresa al ver a su amigo atravesar por entre los papeles y pisotear con la torpeza hija de la poca costumbre que tenía, los periódicos de todos tamaños que cubrían, no el pavimento, sino la mesa en que estaba escribiendo.

-¡Por aquí, por aquí, mi querido Alberto! -dijo, presentando al joven-. ¿Qué es lo que os trae por acá? ¿Venís a almorzar conmigo? Veamos, buscad una silla. Mirad, allí hay una junto a aquel geranio, que es lo único que recuerda que haya hojas en el mundo además de las de papel.

-Beauchamp -dijo Alberto-, vengo a hablaros de vuestro periódico.

-¡Vos, Morcef! ¿Qué deseáis?

-Deseo una rectificación.

-¡Una rectificación! ¿Respecto a qué, Alberto? Pero sentaos.

-Gracias -respondió Alberto por segunda vez y con un ligero movimiento de cabeza.

-Vamos, explicaos.

-Una rectificación sobre un hecho que ataca el honor de mi familia.

-¡Vamos! -dijo Beauchamp sorprendido-. ¿Qué hecho? Me parece que no se podrá...

-Lo que os han escrito de Janina.

-¿De Janina?

-Sí, de Janina. No os hagáis el ignorante.

-¡Palabra de honor que nada sé...! ¡Bautista, un número de ayer! -gritó Beauchamp.

-Es inútil. Traigo el mío en el bolsillo.

Beauchamp leyó:

«Nos escriben de Janina..., etc.»

-Ya podéis ver que el hecho es grave -dijo Morcef, así que Beauchamp hubo leído.

-¿Ese oficial es pariente vuestro? -preguntó el periodista.

-Sí -dijo Alberto sonrojándose.

-Pues bien, ¿qué queréis que haga por serviros? -dijo Beauchamp con dulzura.

-Quisiera que retractaseis este hecho, mi querido Beauchamp.

Beauchamp miró a Alberto con una atención que anunciaba seguramente mucha bondad.

-Veamos -dijo-, es cosa de tomarlo despacio, porque una retractación es siempre asunto de gravedad. Sentaos. Voy a leer otra vez estas tres o cuatro líneas.

Alberto se sentó y Beauchamp volvió a leer las líneas acriminadas por su amigo, con más cuidado que antes.

-Ya lo veis -dijo Alberto con firmeza y hasta con sequedad-, en vuestro periódico se ha insultado a un miembro de mi familia, y exijo una retractación.

-Exigís...

-Sí, exijo una retractación.

-Permitidme que os diga, mi querido vizconde, que vuestro lenguaje no es parlamentario.

-No trato de que lo sea -replicó el joven levantándose-, quiero la retractación de un hecho que habéis anunciado ayer, y la obtendré. Sois bastante amigo -prosiguió Alberto, apretando los dientes, viendo que Beauchamp empezaba a levantar la cabeza con aire desdeñoso-, sois bastante amigo, y por lo mismo supongo que me conocéis suficientemente para comprender mi tenacidad en semejante caso.

-Con palabras como las que acabáis de decir, Morcef, conseguiréis hacerme olvidar que soy amigo vuestro, como decís. Pero, veamos, no nos enfademos o dejémoslo para más adelante... ¡Sepamos quién es ese pariente que se llama Fernando!

-Es mi padre, nada menos -dijo Alberto-, el señor Fernando Mondego, conde de Morcef, un veterano que ha visto veinte campos de batalla y cuyas cicatrices se trata de cubrir con fango impuro.

-¡De vuestro padre! -replicó Beauchamp-, la cosa ya cambia. Ahora comprendo vuestra incomodidad, querido Alberto. Volvamos a leer.

Y leyó otra vez la nota, deteniéndose a cada palabra.

-Pero ¿en dónde veis -preguntó Beauchamp- que el Fernando del periódico sea vuestro padre?

-En ninguna parte. Pero lo verán otros, y por eso quiero que se desmienta el hecho.

Al oír la palabra quiero, Beauchamp levantó la vista para mirar a Morcef, pero bajándola al instante se quedó un momento pensativo.

-Desmentiréis este hecho, ¿no es verdad? -repitió Morcef con una cólera que iba en aumento y que procuraba reprimir.

-Sí -respondió Beauchamp.

-¡Está bien! -dijo Alberto.

-Pero después que me haya cerciorado de que es falso.

-¡Cómo!

-Sí; la cosa merece la pena de que se aclare, y yo la aclararé.

-Y qué tenéis que aclarar -dijo Alberto fuera de sí-. Si creéis que no es mi padre, decidlo sin rodeos, y si, por el contrario, creéis que es de él de quien se trata, explicadme los motivos que para ello tenéis.

Beauchamp miró a Alberto con esa sonrisa que le era peculiar y que sabía adaptarse a todas las pasiones.

-Caballero -repuso-, puesto que ya debemos tratarnos así, si habéis venido a exigirme una satisfacción, debíais haberlo hecho desde el principio, y no haberme hablado de amistad y de otras cosas ociosas como las que tengo la paciencia de oír hace media hora. Sepamos, ¿es por este terreno por el que debemos marchar en lo sucesivo?

-Sí; en el caso de que no retractéis la infame calumnia.

-Entendámonos y dejemos a un lado las amenazas, señor Alberto Mondego, vizconde de Morcef. No acostumbro sufrirlas de mis enemigos, y con mucho más motivo de mis amigos. Es decir, que tenéis formal empeño en que desmienta el hecho acerca del general Fernando, hecho en que, bajo mi palabra de honor, aseguro no haber tenido parte.

-¡Sí, lo quiero! -dijo Alberto, cuya mente empezaba a extraviarse.

-¿Sin lo cual nos batiremos? -continuó Beauchamp con la misma calma.

-Sí -replicó Alberto levantando la voz.

-Pues bien -dijo Beauchamp-. Ahí va mi contestación. Yo no he insertado ese hecho ni lo conozco, pero con vuestra conducta me habéis llamado la atención acerca de él. Subsistirá, pues, hasta que sea desmentido o confirmado por quien corresponda.

-¡Caballero! -dijo Alberto levantándose-. Tendré el honor de enviar mis padrinos. Discutiréis con ellos el sitio y las armas.

-Está bien.

-Y esta tarde, si os parece, o mañana, a más tardar, nos veremos.

-¡No, no! Estaré en el campo cuando deba estar, y me parece estoy en mi derecho, toda vez que soy el provocado, y me parece, digo, que todavía no ha llegado la hora. Sé que sois buen espadachín, mientras que yo manejo medianamente la espada; de seis blancos, soléis quitar tres, poco más o menos me sucede a mí. Sé que un desafío entre nosotros sería un desafío formal, porque vos sois valiente, y yo... lo soy también. No quiero, pues, exponerme a mataros o a que me matéis sin fundado motivo. Ahora voy a preguntaros a vos categóricamente: ¿Insistís en conseguir esa retractación hasta el extremo de matarme si no la hago, a pesar de haberos dicho, a pesar de repetiros y aseguraros bajo mi palabra de honor que no conocía el hecho, y a pesar, en fin, de declararos que nadie que no sea un visionario como vos, puede reconocer al señor conde de Morcef bajo ese nombre de Fernando?

-Este es mi empeño.

-Pues bien, señor mío, consiento en darme de estocadas con vos. Pero quiero tres semanas. Dentro de tres semanas me encontraréis para deciros: «Sí, el hecho es falso, y lo retracto, o bien: «Sí, el hecho es cierto», y desenvaino la espada, o saco las pistolas de la caja. Lo que vos elijáis.

-Tres semanas -exclamó Alberto-, pero tres semanas son tres siglos, durante los cuales estaré deshonrado.

-Si hubieseis seguido siendo mi amigo, os habría dicho: Paciencia, amigo mío; pero os habéis hecho mi enemigo, y os digo: ¿Qué me importa?

-¡Está bien! ¡Dentro de tres semanas! -dijo Morcef-. Pero, expirado ese plazo, no habrá dilación ni subterfugio que pueda dispensaros...

-Caballero Alberto de Morcef -repuso Beauchamp levantando-, no puedo arrojaros por la ventana hasta tres semanas, es decir, en veinticuatro días, y hasta esta época no tenéis derecho para insultarme. Estamos a 29 de agosto, hasta el 21 de septiembre. Hasta entonces, creedme, y es un consejo de caballero el que voy a daros, excusemos los ladridos de dos perros encadenados a larga distancia uno de otro.

Y saludando con gravedad al joven, Beauchamp le volvió la espalda y entró en la imprenta.

Alberto se vengó en un montón de periódicos que dispersó a latigazos, después de lo cual se marchó, no sin haberse encaminado antes dos o tres veces hacia la puerta de la imprenta.

Mientras Alberto fustigaba el caballo de su cabriolé, vio al atravesar el bulevar a Morrel, que con la cabeza erguida pasaba por delante de los baños chinescos, viniendo por la puerta de San Martín y encaminándose hacia la Magdalena.

-¡Ah! -dijo suspirando-. ¡He ahí un hombre feliz!

Casualmente Alberto no se equivocaba.

Efectivamente Morrel era feliz.

El señor Noirtier le había mandado llamar y tenía tanta ansiedad por saber la razón de ello, que no tomó un carruaje, fiándose más de sus dos piernas que de las cuatro de un caballo de alquiler. Partió, pues, ligero como un rayo, y se dirigió por la calle Meslay al arrabal de Saint-Honoré.

Caminaba con paso gimnástico, y el pobre Barrois apenas podía seguirle. En algo había de verse que Morrel tenía treinta y un años y Barrois sesenta. El primero estaba ebrio de amor, y el segundo sofocado por el gran calor. Estos dos hombres de intereses y de edad tan diversos, semejaban las dos líneas que forman el triángulo, que separadas de su base se reúnen en el vértice.

El vértice era el señor Noirtier, que envió a buscar a Morrel, recomendándole la prontitud, recomendación que, con gran disgusto de Barrois, seguía al pie de la letra.

Al llegar, Morrel no estaba cansado. El amor confiere alas; pero Barrois, que hacía mucho tiempo que no amaba, apenas podía moverse.

El viejo servidor hizo entrar a Morrel por la puerta secreta, cerró la del despacho y no tardó mucho en oírse el rumor de un vestido cuyos bordes rozaban el suelo y anunciaba la visita de Valentina. Estaba encantadora con el traje de luto.

Noirtier acogió benévolamente al joven, y recibió con agrado las muestras de gratitud que éste le daba, por la maravillosa intervención que había salvado a Valentina y a él de la desesperación. Su mirada se dirigió en seguida a la joven, que sentada a cierta distancia, esperaba que se la invitase a hablar, y aquella mirada era toda una pregunta.

Noirtier la miró también a su vez.

-¿Digo lo que me habéis encargado? -preguntó ella.

-Sí -respondió Noirtier.

-Señor Morrel -añadió entonces Valentina al joven que la miraba absorto-, mi abuelo tenía mil cosas que deciros; hace tres días que me las ha confiado, y os ha enviado a buscar hoy para que yo os las repita. Lo haré, ya que me ha escogido como su intérprete, sin cambiar una sílaba ni separarme en lo más mínimo de sus intenciones.

-¡Ah!, os escucho, espero con impaciencia. Hablad, hablad.

Valentina bajó los ojos, lo que pareció de buen agüero a Morrel, porque ella era débil en los momentos en que se sentía dichosa.

-Mi padre quiere dejar esta casa -dijo-. Barrois se ha encargado de buscar una que nos convenga.

-Pero, señorita, vos a quien el señor Noirtier quiere y necesita... -dijo Morrel.

-Yo -dijo la joven- no dejaré a mi abuelo. Estamos ya de acuerdo en esto. Mi habitación será contigua a la suya. O el señor de Villefort me dará su consentimiento para vivir junto a mi abuelo, o me lo rehusará. En el primer caso, parto ahora mismo; en el segundo, esperaré a ser mayor, lo que sólo tardará diez meses, y entonces, libre, independiente, con una buena fortuna, y...

-¿Y...? -preguntó Morrel.

-Y con la autorización de mi abuelo, os cumpliré la promesa que os he hecho.

Pronunció Valentina estas palabras con una voz tan débil que Morrel no las hubiera comprendido sin el grande interés que en ello tenía.

-¿He expresado bien vuestras intenciones, mi querido abuelo? -añadió Valentina dirigiéndose al señor Noirtier.

-Sí -respondió el anciano.

-Establecida en casa de mi abuelo, el señor Morrel podrá venir a verme en casa de este bueno y digno protector, y si el lazo que nuestros corazones ignorantes o caprichosos han empezado a formar, parece suave, y presenta garantías de una dicha futura, ¡ay!, según dicen, los corazones inflamados por los obstáculos se enfrían fácilmente al cesar éstos, entonces el señor Morrel me pedirá a mí misma y yo le atenderé.

-¡Oh! -dijo Morrel, queriendo arrodillarse ante el anciano, como ante un dios, y ante Valentina como ante un ángel-. ¡Oh! ¡Qué he hecho yo en toda mi vida para merecer tanta ventura!

-Hasta entonces -continuó la joven con su voz pura y severa-, es necesario respetar las conveniencias, la voluntad de nuestros padres, con tal que no signifique separarnos para siempre. En una palabra, y la repito porque ella lo dice todo: Esperaremos.

-Y los sacrificios que esta palabra impone -dijo Morrel-, os juro que sabré cumplirlos con resignación y con honor.

-Así, pues -continuó Valentina dirigiendo una dulce mirada, que penetró hasta el corazón de Maximiliano-, no más imprudencias, amigo mío, no comprometáis a la que de hoy en adelante se considera destinada a llevar pura y dignamente vuestro nombre.

Morrel puso la mano sobre su corazón.

Noirtier los contemplaba con la mayor ternura. Barrois, que había permanecido en el fondo del gabinete, como persona para quien nada hay oculto, sonreía, enjugando las gotas de sudor que se desprendían de su calva frente.

-¡Ay, Dios mío!, qué calor tiene este buen Barrois -dijo Valentina.

-¡Ah!, es que he corrido mucho, señorita, pero debo hacer justicia al señor Morrel, corría más que yo.

Noirtier indicó con los ojos una salvilla en que había una botella de limonada y un vaso. La limonada que faltaba la había tomado poco antes el señor Noirtier.

-Toma, buen Barrois, toma, porque veo que diriges una mirada codiciosa a la limonada.

-Es cierto -dijo Barrois- que me muero de sed, y que bebería de buena gana un vaso de limonada a vuestra salud.

-Bebe, pues -le dijo Valentina-, y vuelve en seguida.

Barrois se llevó la salvilla, y apenas había llegado al corredor, cuando por entre la puerta que dejó medio abierta le vieron echar atrás la cabeza para apurar el vaso que había llenado Valentina.

Despidióse ésta de Morrel en presencia de su abuelo, cuando se oyó resonar en la escalera la campanilla del señor de Villefort. Ello era señal de que llegaba alguna visita, y Valentina miró al reloj.

-Son las doce -dijo-, hoy es sábado, querido abuelo, es sin duda el médico.

Noirtier hizo una señal afirmativa.

-Va a venir aquí, es necesario que el señor Morrel se retire. ¿No es verdad, abuelo?

-Sí -respondió éste.

-Barrois -gritó Valentina-. Barrois, ven.

Oyóse la voz del criado que respondía.

-Voy, señorita.

-Barrois va a acompañaros hasta la puerta, y ahora acordaos de una cosa, y es que mi abuelo os encarga no deis ningún paso que pudiera comprometer nuestra dicha.

En este momento entró Barrois.

-¿Quién ha llamado? -preguntó Valentina.

-El doctor d'Avrigny -dijo Barrois, que no podía tenerse en pie.

-¿Qué os ocurre, Barrois? -le preguntó Valentina.

El anciano no respondió, miraba a su amo con ojos desencajados, y con las manos agarrotadas buscaba apoyo para poder sostenerse.

-Pero va a caer -gritó Morrel.

En efecto, el temblor que se había apoderado de Barrois aumentaba gradualmente, y sus facciones, alteradas por los movimientos convulsivos de los músculos de la cara, anunciaban un ataque nervioso de los más intensos.

Las miradas de Noirtier, al ver así a Barrois, dejaban traslucir todas las emociones capaces de agitar el corazón de un hombre.

Barrois dio algunos pasos para acercarse a su amo.

-¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Señor! -dijo-, pero qué tengo yo para... padezco mucho..., no veo... Mil puntas aceradas me atraviesan el cráneo. ¡Oh! ¡No me toquéis, no me toquéis!

Tenía los ojos completamente fuera de las órbitas, la cabeza caída hacia atrás y el cuerpo frío y rígido. Valentina, espantada, lanzó un grito. Morrel la tomó en sus brazos, como queriéndola defender de un peligro desconocido.

-¡Señor d'Avrigny, señor d'Avrigny! -gritó Valentina con voz apagada-. ¡Venid, socorrednos!

Barrois dio una vuelta sobre sí mismo, retrocedió cuatro o cinco pasos atrás, tropezó y fue a caer a los pies del señor Noirtier, sobre cuya rodilla apoyó una mano gritando:

-¡Amo mío, mi buen amo!

En aquel instante el señor Villefort, atraído por los gritos, se presentó a la puerta del cuarto. Morrel abandonó a Valentina, medio desmayada, y se retiró, escondiéndose en un ángulo de la sala, detrás de una cortina.

Pálido, cual si una venenosa serpiente hubiera aparecido a sus ojos, dejó caer una mirada helada sobre el desgraciado que agonizaba.

Noirtier estaba impaciente y aterrorizado. Su alma volaba al socorro del pobre anciano, su amigo, más que su criado. Se veía en su frente el terrible combate entre la vida y la muerte, sus venas estaban hinchadas y sus músculos contraídos.

Barrois, con la faz fatigada, los ojos sanguinolentos y el cuello caído, yacía en tierra, dando golpes en el suelo con las manos, mientras que sus piernas, tiesas y endurecidas, no podían doblarse. Una ligera espuma cubría sus labios y apenas respiraba.

Villefort permaneció un instante espantado, fijos los ojos en este cuadro que se le ofreció a sus ojos al entrar en el cuarto, y sin haber visto a Morrel.

-¡Doctor, doctor! -gritó, dirigiéndose a la puerta-, ¡venid, venid pronto!

-¡Señora, señora! -gritaba Valentina llamando a su madrastra, y sosteniéndose en la pared de la escalera-, venid, venid pronto, y traed vuestro frasco de sales.

-¿Qué ocurre? -preguntó con voz metálica la señora de Villefort.

-¡Oh, venid, venid!

-¿Pero dónde está el médico? -gritaba Villefort.

La señora de Villefort bajó lentamente, se oían resonar sus pisadas. En una mano traía un pañuelo con el que enjugaba su frente. En la otra, un frasco de sales inglesas. Su primera mirada al llegar a la puerta fue para el señor Noirtier, cuya cara, aparte de la emoción, anunciaba una salud perfecta. La segunda fue al moribundo; palideció y sus ojos se apartaron del criado para fijarse en el amo.

-Pero, en nombre del cielo, señora, ¿dónde está el médico? Entró en vuestro cuarto. Esto es una apoplegía fulminante, y con una sangría se le salvará.

-¿Hace mucho rato que ha comido? -preguntó la señora de Villefort, eludiendo la cuestión.

-Señora -dijo Valentina-, aún no se ha desayunado, pero esta mañana ha andado mucho para cumplir ciertas diligencias que le encargó mi abuelo, y a su vuelta ha tornado solamente un vaso de limonada.

-¡Ah! -dijo la señora de Villefort-, ¿por qué no lo tomó de vino? La limonada es muy mala.

-La limonada estaba ahí, en la botella de mi abuelo, el pobre Barrois tenía sed, y ha bebido lo que encontró.

La señora de Villefort se estremeció. Noirtier le dirigió una profunda mirada.

-Señora -dijo Villefort-, os he preguntado dónde está el señor d'Avrigny, responded, en nombre del cielo.

-Está en el cuarto de Eduardo, que se halla algo indispuesto -contestó, no pudiendo eludir por más tiempo su respuesta.

Villefort se encaminó hacia la escalera para ir a buscarle en persona.

-Esperad -dijo su mujer, dando su frasco a Valentina-, van a sangrarlo sin duda. Me vuelvo a mi cuarto, porque no puedo soportar la vista de la sangre -y siguió a su marido.

Morrel salió del ángulo sombrío en que se había ocultado; nadie había reparado en él, tanta era la confusión que reinaba en la casa.

-Marchaos en seguida, Maximiliano -le dijo Valentina-, y esperad a que os avise antes de volver. Partid.

Morrel consultó con un gesto al señor Noirtier, que había conservado su sangre fría y que le respondió afirmativamente con otro. Apretó contra su corazón la mano de Valentina y salió por el pasadizo secreto, al mismo tiempo que el señor de Villefort y el doctor entraban por la puerta del lado opuesto.

Barrois empezaba a volver en sí, la crisis había pasado, y el infeliz quería hincarse de rodillas. El señor d'Avrigny y Villefort le llevaron a un sillón.

-¿Qué ordenáis, doctor? -preguntó Villefort.

-Que me traigan agua y éter. ¿Tenéis en casa?

-Sí.

-Que vayan inmediatamente a buscar aceite de terebinto y un emético.

-Id -dijo el señor de Villefort.

-Y ahora, que todos se retiren.

-¿Yo también? -preguntó tímidamente Valentina.

-Sí, señorita -dijo el doctor-, vos antes que todos.

Valentina miró con asombro al señor d'Avrigny, abrazó al señor Noirtier y salió. En seguida, el doctor cerró la puerta con un aire sombrío.

-Mirad, mirad, doctor, vuelve en sí, era un ligero ataque.

El señor d'Avrígny sonrió con tristeza.

-¿Cómo os sentís, Barrois? -preguntó al enfermo.

-Algo mejor, señor.

-¿Podréis beber este vaso de agua con éter?

-Lo intentaré, pero no me toquéis.

-¿Por qué?

-Porque me parece que si me tocáis, aun cuando sea con la punta de un dedo, me volverá a dar el accidente.

-Bebed.

Barrois tomó el vaso, lo llevó a sus labios amoratados y bebió casi la mitad.

-¿Qué es lo que os duele? -preguntó el facultativo.

-Todo el cuerpo, siento calambres espantosos.

-¿Tenéis mareos?

-Sí.

-¿Os zumban los oídos?

-Muchísimo.

-¿Cuándo os ha atacado el mal?

-Hace un momento.

-¿Así, de repente?

-Como el rayo.

-¿No habéis sentido nada ayer ni anteayer?

-Nada.

-¿Ni sueño, ni pesadez?

-No.

-¿Qué habéis comido hoy?

-Nada, únicamente he bebido un vaso de la limonada del amo.

Y Barrois hizo un movimiento con la cabeza para indicar al señor Noirtier, que inmóvil en su sillón no perdía un solo movimiento, una sola palabra, contemplando horrorizado esta terrible escena.

-¿Dónde está esta limonada? -preguntó repentinamente el doctor.

-Abajo, en una botella.

-¿Pero dónde abajo?

-En la cocina.

-¿Queréis que vaya por ella, doctor? -preguntó Villefort.

-No; permaneced aquí, y procurad que el enfermo beba el resto de este vaso de agua.

-Pero esa limonada...

-Yo mismo iré a buscarla.

El señor d'Avrigny se levantó, abrió la puerta, bajó precipitadamente la escalerá interior, y por poco echa a rodar a la señora de Villefort, que bajaba también a la cocina. Esta dio un grito, d'Avrigny no hizo caso, y dominado fuertemente por una idea, saltaba los escalones de cuatro en cuatro. Entró precipitadamente en la cocina y vio la botella vacía al menos en tres cuartas partes. Se lanzó sobre ella como un águila sobre su presa, volvió a subir y entró en la sala.

La señora de Villefort tomó lentamente el camino de su cuarto.

-¿Es ésta la botella que estaba aquí? -preguntó d'Avrigny.

-Sí, señor doctor.

-¿Esta limonada es la que habéis bebido?

-Así lo creo.

-¿Qué sabor le habéis encontrado?

-Un sabor amargo.

El doctor vertió unas cuantas gotas de limonada en la palma de la mano, las aspiró con los labios, y después de enjuagarse con ellas la boca, como se hace cuando se quiere tomar el gusto al vino, arrojó el líquido a la chimenea.

-Es la misma -dijo- ¿Y vos también habéis bebido de ella, señor Noirtier?

-Sí -dijo el anciano.

-¿Y le habéis encontrado el sabor amargo?

-Sí.

-¡Ah, doctor! -gritó Barrois-, ¡otra vez el ataque! ¡Dios mío! ¡Señor, tened piedad de mí!

El facultativo se acercó al enfermo.

-El emético, señor; ved si lo han traído.

Nadie respondía. En la casa reinaba el terror más profundo.

-Si hubiese un medio para introducirle el aire en los pulmones -dijo d'Avrigny, mirando por todas partes-, quizá podría contener la asfixia. ¡Pero no! ¡Nada, nada!

-¡Ay, señor!, ¡me dejáis morir sin prestarme auxilio! -gritaba Barrois-. ¡Ay, Dios mío! ¡Me muero! ¡Me muero!

-Una pluma, una pluma -decía el facultativo, y vio una sobre una mesa. Procuró introducirla en la boca del enfermo, que atacado de violentas convulsiones, hacía esfuerzos inútiles para vomitar, pero tenía tan apretados los dientes, que fue imposible hacer pasar la pluma. Había caído del sillón al suelo, y se revolcaba en él. El facultauvo le dejó, no pudiendo aliviarle, y se dirigió al señor Noirtier.

-¿Cómo os sentís? -le dijo rápidamente y en voz baja-, ¿bien?

-Sí.

-¿Con el estómago ligero o pesado?

-Ligero.

-¿Como cuando tomáis la píldora que os doy los domingos?

-Sí.

-¿Ha sido Barrois quien ha probado vuestra limonada?

-Sí.

-¿Sois vos el que le ha hecho beber?

-No.

-¿Fue el señor de Villefort?

-No.

-¿Su esposa?

-Tampoco.

-¿Valentina?

-Sí.

Un suspiro de Barrois llamó la atención de d'Avrigny, el cual dejó a Noirtier y se acercó al enfermo.

-Barrois, ¿podéis hablar?

Este balbució algunas palabras ininteligibles.

-Haced un esfuerzo, amigo mío.

Barrois abrió sus ojos, inyectados en sangre.

-¿Quién preparó la limonada?

-Yo.

-¿La habéis traído en seguida a vuestro amo?

-No.

-¿Dónde la dejasteis?

-En la repostería, porque me llamaban.

-¿Quién la trajo?

-La señorita Valentina.

D'Avrigny se dio una palmada en la frente.

-¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! -dijo a media voz.

-Doctor, doctor -gritó Barrois, que presentía el tercer acceso.

-Pero ¿no llega el vomitivo? -gritó el facultativo.

-Aquí está -dijo Villefort, presentando un vaso.

-¿Quién lo ha traído?

-El dependiente del boticario que ha venido conmigo.

-Bebed.

-No puedo, doctor, ya es tarde, la garganta se me aprieta, me ahogo. ¡Oh! ¡Mi corazón...!, mi corazón... ¡Qué infierno...! ¿Sufriré de este modo mucho tiempo?

-No, no, amigo mío. Dentro de poco ya no sufriréis.

-¡Ah!, os comprendo -gritó el desgraciado-. ¡Dios mío!, ¡tened piedad de mí! -y profiriendo un agudo grito, cayó de espaldas, como herido por un rayo. D'Avrigny le puso una mano sobre el corazón y acercó un espejo a sus labios.

-¿Y bien? -preguntó Villefort.

-Bajad a la cocina y decid que me traigan al instante el jarabe de violetas.

Villefort fue en seguida.

-No os asustéis, señor Noirtier -dijo d'Avrigny-, me llevo al enfermo a otro cuarto para sangrarlo. Ciertamente estos ataques son espantosos -y tomando a Barrois por debajo de los brazos, le llevó casi arrastrando a la habitación próxima, volviendo inmediatamente por la botella de limonada.

Noirtier cerraba el ojo derecho.

-¿Queréis que venga Valentina, es verdad? Voy a decírselo al momento.

Villefort subía, y d'Avrigny le encontró en el corredor.

-¿Y bien? -le dijo.

-Venid -respondió el facultativo, y le condujo al cuarto.

-¿No ha vuelto en sí? -preguntó el procurador del rey.

-Está muerto.

Villefort dio tres pasos atrás, púsose las manos en la cabeza, y exclamó con un acento de conmiseración inequívoca, mirando el cadáver:

-¡Muerto! ¡Y tan pronto...!

-¡Oh!, sí, muy pronto -dijo d'Avrigny-, pero eso no debe admiraros. El señor y la señora de Saint-Merán murieron también de repente. ¡Ah! ¡Y se tarda poco en morir en vuestra casa, señor de Villefort!

-¿Qué? -gritó el procurador del rey con un acento de horror y desesperación-. ¿Volvéis a esa terrible idea?

-Sí, siempre, siempre la he tenido, y para que os convenzáis de que esta vez no me engaño, escuchad, señor de Villefort.

Este temblaba convulsivamente.

-Hay un veneno que mata sin dejar rastro ni señal. Lo conozco, y he estudiado sus accidentes, todos los fenómenos que produce, lo he reconocido en el pobre Barrois, como lo reconocí en el señor y la señora de Saint-Merán. Es fácil de observar. Este veneno da un color azul al papel tornasolado, enrojecido por un ácido, y tiñe de verde el jarabe de violetas. No tenemos papel tornasolado, pero he aquí que me traen el jarabe de violetas que había pedido.

Efectivamente se oían pasos en el corredor. El doctor entreabrió la puerta, tomó de manos de la criada un vaso en el que había dos o tres cucharadas de jarabe, y volvió a cerrar.

-Mirad -dijo al procurador del rey-, ved aquí el jarabe y en esa botella el resto de la limonada que han bebido el señor Noirtier y Barrois. Si la limonada está pura, el jarabe no cambiará su color. Si, por el contrario, está envenenada, el jarabe se pondrá verde. Mirad.

El doctor vertió algunas gotas de limonada en el vaso, y al instante una especie de nube se formó en el fondo, tomó al principio un color azulado, después el de zafiro opaco, y últimamente, verde esmeralda. Al llegar a este color se fijó, por decirlo así, en él para no variar. El experimento no dejaba duda alguna.

-El desdichado Barrois ha sido envenenado con la nuez de San Ignacio -dijo d'Avrigny-, y lo afirmaré así ante Dios y ante los hombres.

Villefort no respondió, levantó los brazos al cielo, abrió sus espantados ojos y cayó sobre un sillón, como si le hubiese herido un rayo.



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Segunda parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17
Tercera parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10
Cuarta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9
Quinta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19