Siluetas parlamentarias: 16

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.
JUAN CARBALLIDO


Es el Benjamín de la vieja tribu, recibido con los brazos abiertos por sus hermanos, quienes, sin ser vendidos ni servir de lastre aun costal madianita, pero sí habiendo sufrido las abstinencias del valido de Faraón, llegaron á participar en la administración de los graneros electorales de la Provincia de Buenos Aires.

Carballido, como el último hijo de Jacob, pertenece á la fracción mitrista cuya fidelidad al antiguo patriarca no han derrumbado los ventarrones políticos de 1874 á la fecha.

Legionario contra Avellaneda, decurión contra Roca, obtuvo el tribunado en la última jornada contra Juárez.

Y es hoy el único miembro de su partido que, instalado en la banca de diputado, altera la soledad del grupo de butacas huérfanas, que ocuparon los representantes espulsados en 1874 y 1880.

Grande, muy grande debió ser la fuerza impulsiva del partido del General Mitre, cuando á los seis años de su caida consiguió hacer temblar las columnas del Poder, y hoy, después de su descomposición política, todavía ha tenido la rara suerte de verse representado en el Parlamento.

Carballido habrá sentido un gran pesar el día que una mayoría disciplinada cerró las puertas del Congreso al viejo historiador que, habiendo probado la gloria de dirigir la clase culta, y de fanatizar las muchedumbres, tuvo que soportar el desconocimiento del derecho que invocaba para representar á sus conciudadanos.

Quedábale al joven diputado mayor tarea como leader de sus propias ideas. Pero también ha llevado al Parlamento inmensas satisfacciones: la de su aspiración á la vida pública; la del legítimo orgullo de una escepcion honrosa sin dejar de ser merecida; y la de haber aprendido una escelente lección de ciencia política.

Ya sabe que aún las eminencias del talento político, y los ejemplos de la virtud cívica, tienen sus eclipses.

Cuando no saben ó no quieren interpretar fielmente las verdaderas pasiones de la multitud.

O cuando desconocen la eficacia de las circunstancias en la vida de las sociedades humanas.

Hay premisas que deben constituir el credo de todo estadista.

Que no es dable juzgar á los hombres con una pincelada, porque la escuela realista es la cátedra contemporánea, y ella nos enseña que nada hay bueno en absoluto, ni nadie es absolutamente malo.

Que la profesión de principios sanos es una esperanza que, para trocarse en realidad, necesita codearse con otros factores positivos: la atmósfera política del momento, los elementos que en ella respiran, y la situacióa histórica en que debe actuar el estadista.

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Políticos hay, empero, que prefieren la postergación indefinida de sus patrióticas aspiraciones, á contemporizar con los engendros de la abominación y del escándalo.

No les hago reproche: al revés, les hago justicia. No han querido arriesgar sus convicciones, aunque en el tapete figurase como puesta, la dignidad de la patria.

Esperan, y con razón, que «los polvos que el viento levanta, al viento caerán en tornando la calma.»

Pero esa paciencia se esplica en hombres envejecidos en las duraderas combinaciones del laboratorio político.

Mitre, Quintana, Costa, Lastra, Elizalde, Castro, Varela, son luchadores de antaño, que optan por esconder sus rostros avergonzados, antes que bajar á la arena y medir sus armas de viejo sistema con las de precisión que la corrupción política ha puesto en manos de los hombres de hogaño.

Carballido, aunque mas joven que todos esos jefes y soldados de la Guardia Liberal, ha hecho lo que poquísimos de su generación: permanecer fiel á la tradición, y á la disciplina de su partido.

Inteligente, simpático, honrado, pudo desertar sin mengua de su puesto de sostenedor del gastado palio mitrista, ó ir á campear una fortuna que no le hubiese sido arisca, y que, años atrás, lo habría remolcado hasta la importante posición que hoy ocupa.

Sin embargo, no lo hizo. Vestal invulnerable de su religión política, continuó sin fatiga atizando el fuego del mitro-liberalismo, con su propaganda personal, primero; con su colaboración en las conferencias de «La Argentina», mas tarde; y últimamente en la dirección de las evoluciones políticas del Napoleón que no ha conocido mas Isla de Elba que La Nación ni mas Santa-Helena que su biblioteca, después del Leipzick de 1874, y del Waterloo de 1880.

Aunque su espírítu diste mucho de ser estacionario, Carballido se preocupa poco ó nada de rectiñear las teorías adquiridas la víspera, formulando nuevos principios de fisiología social ó política.

Hay, en efecto, tres esferas de adhesión individual. La de las abstracciones, susceptible de ser modificada por el estudio.

La de lo concreto, espuesta á las correcciones periódicas de la esperiencia.

Y la de los hombres, cuya estabilidad depende de dos factores poco estables: el carácter del agente, y la índole del paciente de determinado sentimiento de simpatía ó de antipatía

El Diputado Carballido tal vez obedezca á esa ley natural de los seres humanos; pero es indudable que su adhesión al General Mitre es de las escepcionales.

Es decir, como las que, procediendo de dos corazones afines, ó de uno generoso y otro grato, solo pueden ser desarraigadas por una creciente circunstancial en el manso arroyuelo de la vida.

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El doctor Carballido templó su estilo oratorio en la fragua del periodismo político, y lo modeló en las arengas populares, sirviéndole de yunque la tribuna de las grandes asambleas de su partido.

Su presencia es simpática, y bien timbrada su voz. Lástima que ambos elementos no sean suficientes para constituir un verdadero orador.

Colombres hace gala de mas «fermosa cobertura» sin aventajarlo en la fogosidad de la frase.

Luro es mas imponente en su actitud; pero no tiene su dicción la rapidez desbordante en que sobresale el orador mitrista.

Estrada y Goyena son los «millonarios» del acento, en la oratoria parlamentaria; pero ambos escollarían en la contextura de los párrafos de Carballido.

Sin embargo, este no puede pretender un puesto igual á los dos últimos, al muy superior á los primeros, en la escala de la elocuencia parlamentaria.

Es que las demás cualidades oratorias de Carballido no ajustan entre las apuntadas.

De la mímica, por ejemplo, maneja pasablemente la de los gestos, siendo deplorable su descuido en la de los ademanes.

En una conferencia pública inspiró serios temores á su auditorio por la suerte del húmero de uno de sus brazos, convertido en metrónomo de los compases oratorios del disertante.

Tampoco suele filar entre los tonos de su voz, ni dar á esta las inflexiones necesarias para impedir la monotonía del crescendo en cada párrafo.

Por otra parte, creo aplicable aquí una observación análoga á la que hice no ha mucho del Diputado Colombres, en punto á la timidez en el análisis oratorio de las cuestiones en debate.

Francamente, no me gusta esa horticultura que consiste en podar los temas sin examinar el tronco.

Prefiero el estudio, menos agradable pero mas trascendental, del sabio que aburre con las minuciosidades de sus investigaciones microscópicas, cuando filtra su curiosidad científica á través del lente, para no dejar un solo punto sin luz.

Ça viendra!... Es mi esperanza como la de todos los que aprecian inteligancias como la de Carballido, y deplorarían verla anegada por la espuma superficial de los grandes debates.

Hasta ahí el reverso. Volvamos nuevamente la medalla.

Tenemos otra vez el busto agradable del Dr. Carballido, con su rostro de nuances germánicas, su bigote rubio y su mirada intensa. Ha tenido su pequeño pasado literario, como tantos otros jóvenes de su generación, y dio pruebas de que su estilo sacaba, los hombros sobre la vulgaridad.

También hizo sus campañas periodisticas y electorales, en las que, si no descolló, fué merced á la constitución aristocrática de su partido.

Era de los comunes de su congregación politica, y solo merced á sus leales y desinteresados esfuerzos llegó á figurar entre los lores que dirigen los importantes restos de la popularidad del General Mitre.

Con decir que su ingreso al Congreso fué ruidoso y sinceramente festejado por los correligionarios y amigos de Carballido, queda perfilado su excelente carácter.

Tiene, ademas, una fuerza inicial en sus aptitudes, que está en proporción con el temple de sus convicciones y la fidelidad de sus afectos.

No quedará rezagado entre los suyos, ni dará en su primer paso el non plus ultra ibit! de los espíritus anémicos que apenas tienen aliento para perseguir una sola aspiración en su existencia.

Por eso, sus defectos no merecen el nombre de tales.

Son claros de su personalidad que su mente rellenará con los materiales que le suministre la esperiencia que le ha faltado.

Su oratoria recibirá pulimiento en los debates, sus esposiciones adquirirán soltura con la gimnasia continua del Parlamento, y su sentido práctico crecerá en la atmósfera de la vida legislativa.

«No hay que perder de vista esta verdad, decía Timón: grande es la diferencia que existe entre el escritor que vive en absoluto, y el diputado que se ocupa de lo relativo.

«El primero depende únicamente de si mismo, el segundo de sus electores; aquel trata de lo q' aun no existe, este de lo existente; el uno se halla en presencia de las teorías, el otro de su aplicación.

«El legislador debe imitar á la naturaleza que nunca reposa, que incesantemente se repara y se reproduce, que continuamente se rejuvenece, y que saca la vida de la misma muerte».

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Juan Carballido