Siluetas parlamentarias: 15

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.
RAMÓN FEBRE


La oposición dispone de dos quintos del Senado.

Y de esos doce senadores, la mitad representan á las cuatro Provincias del Litoral.

Santa Fé tiene una banca sin ocupar y Corrientes otra, sobre la cual se ha dejado caer el ex-gobernador de tan desdichada Provincia.

Quedan dos votos por Buenos Aires, uno por Corrientes, uno por Santa Fé y dos por Entre Ríos.

Rocha, el mas infatigable de los jefes del malogrado movimiento de resistencia contra la candidatura presidencial de Juarez.

Del Valle, que, con relación á la oratoria, es en el Senado lo que Goyena en el Parlamento: el artista de la palabra torrentosa y resplandeciente.

Baibiene, el caudillo que, habiendo sido militar, gobernante, orador, periodista y hasta diplomático, se ha convertido en un pontón de amargas decepciones amarrado á la banca senatorial.

Pizarro, el campeón exaltado en sus ideas pero fatigoso en el hablar, que encarna dentro del Senado los propósitos del partido católico, cuya vanguardia forman los Diputados Estrada y Goyena en la otra Cámara.

Febre, el senador de vistas prácticas, de temperamento enérgico, de carácter altivo, y cuya voluntad es tan tenaz como sus convicciones.

Y Baltoré, hombre de fisonomía modelada á la antigua, de entendimiento rigoroso y claro, y de frase espiritual aunque sóbria.

Este último, con un poco mas de fuerza inicial en su carácter, hubiese descollado aún sobre la actividad emprendedora de Febre.

Baltoré no ha sido siempre el Senador grave y reconcentrado, que solo de vez en cuando deja percibir en las líneas severas de su rostro uno que otro relámpago de cáustica malignidad.

Ya porque el Senador Rojas exorna con arabescos de sentido común su famosísimo proyecto haciendo obligatorio el uso de los caros, escasos y poco durables durmientes de quebracho.

Sea oyéndola insinuación del Senador Cambaceres, sugiriéndole algún truc parlamentario al inofensivo Presidente del Secado.

El Senador Baltoré ha tenido épocas en las cuales su inteligencia, en perigeo con el sprit, deslumbraba al circulo de sus numerosas, cultas y juveniles relaciones, con los destellos de su fecunda originalidad.

Allá en sus buenos años fué Catedrático de Derecho Internacional en el Uruguay, como su amigo el doctor Leguizamón lo fué en Buenos Aires.

Entonces su inteligencia hacía invernadas de engorde en las bibliotecas, y marchaba, parejo con la erudición de mayor tiro que se pusiese al alcance de su amena causerie. Pero el ex-Catedrático, el ex-Presidente de Legislatura y el ex-Ministro dejó de ser «hombre de avería» en el Senado.

Uno que otro informe, á la ligera, como quien se saca un peso de encima, ha servido de muestra suficiente para dejar comprender la potencia oratoria del que hacia gala de un estilo fácil y correcto, sirviendo de liso cauce a un manantial de voz clara y no mal timbrada.

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Menos erudito pero mas práctico, sin tanta destreza en la frase pero con mayor vehemencia en los conceptos, con inferior amenidad en su trato, pero con rasgos mas profundos en su fisonomía moral, el doctor Febre ha ido é irá siempre mas lejos que su simpático colega y paisano.

Semblante lleno y de espresión altiva, mirada cóncava y gesto desdeñoso, el senador Febre dispone para el comercio humano de un forro barnizado da reposo, impermeable á todas las sensaciones cuyos reflejos exteriores pudieran descubrir su juego mental.

Por eso, lo reputo uno de los mejores hombres de lucha con que he tropezado en mis breves incursiones dentro de los campos políticos de mi país.

Sobre todo, para nuestra política que, al revés de la guerra, de ciencia vá trocándose en arte.

Rostros cuyos elásticos musculares no ceden al peso de los sentimientos propios, pero que adquieren flexibilidad, como los arcos de antiguos ballesteros, en proporción á la destreza y fuerza de quienes los manejan: ¡vamos! son de los mejores pertrechos políticos para posesionarse de las cumbres del Estado.

Un partido político es como las armas blancas: sus elementos mejor templados están agrupados en la punta, ó alineados en el filo.

Las masas entusiastas forman el duro dorso, —y los partidarios moderados las caras de la hoja.

Es así como hay partidos anchos como cuchilla de fiambres; partidos de doble filo, como puñales; partidos de pura punta como estoques; y partidos mochos y desafilados como pedazos do arco de barril.

No pertenecerá jamás á estos últimos el Dr. Febre: es de los que se complacen en hacer destacar la responsabilidad de sus convicciones.

Sereno é imperturbable, entra en lucha ocupando siempre una posición importante, y sin que su amplia y tostada máscara denuncie impaciencia en el vivac, fatiga en las marchas, regocijo en la victoria, ó desaliento en los contrastes...

En el Parlamento, conoce perfectamente sus deberes de miembro de la oposición, y suele tener arranques que traen en su auditorio el recuerdo de las frases incisivas del simpático cuanto desdichado Agustín Gómez.

Y eso que no es orador, salvedad que me sirve de escusa para la omisión del examen de las condiciones oratorias del Senador por Entre Ríos.

Eso sí: de Fébre y Baltoré, tomando retazos de uno y de otro, formaríase un Senador envidiable.

Si yo fuese frenólogo propondría una doble trepanación, y efectuando entre ambos cerebros destapados un canje de lóbulos encefálicos, tendría, al final del trueque, un Senador perfecto y otro inservible, en vez de dos Senadores complementarios.

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Fébre ha sido Gobernador de Entre Ríos en época difícil, cuando aún fresca la sangre del crimen del once de Abril, el espíritu autonómico de la mayoria de esa Provincia hizo abrazar con ardor por las poblaciones rurales la causa del caudillo responsable de la tragedia de San José.

Los odios jordanistas no cesaron de trocar en torno del sillón del doctor Fébre, durante el mayor tiempo de su Gobierno.

Pero supo afrontar con entereza aquella situación erizada de peligros, y antes vaciló la sede de su autoridad que la energía de su carácter y la tenacidad de sus propósitos.

Llegó la deplorable lucha de 1880.... Fébre había consolidado su propia influencia y se propuso un fin: imprimir á los acontecimientos el rumbo de sus tendencias, y dar á su Provincia la importancia que en la lucha futura le reservaba su posición intermediaria en el Litoral.

Como Navarro, como Gomez, como Iriondo, trabajó Febre por el General Roca, quien debió agradecer su importante concurso: si Entre Rios se pronunciaba por el Dr. Tejedor, valdria tanto como la escuadra contra Avellaneda, durante los sucesos de Junio.

Pero aquí comienzan los errores de Febre.... Hizo Gobernador al gaucho Antelo, creyendo contar con un hombre seguro. Antelo solo tenia la rudeza sin la lealtad del gaucho.

Flaqueó ante el peligro, necesitando Febre acudir á todo su prestigio para evitar tan peligrosa defección.

Segundo error!... O debió dejar seguir en su camino al Gobernador, ó debió hacerlo saltar del Gobierno.

La actitud del protegido nada bueno auguraba al protector!

A este le faltó perspicacia, y esa falta lo perdió.

Llegó el dia en que Febre, como Rocha, como Navarro, como Iriondo y como Gómez, quiso dejar de ser eslabón de la cadena, volver á campear por los fueros de su pueblo.

E hizo inútil alarde de independencia.

Peor que el curioso impertinente de Cervantes, teniendo un mal precedente de la fidelidad de Antelo, cometió la chambonada de ponerla á prueba!

En el pecado se llevó la penitencia.... de ese pecado y del de 1880.

Febre cayó.... El hombre de temple extraordinario vióse forzado á romper su espada, no como Nevers, en un arranque de generosidad indignada, sino en medio de la amarga espansión del desaliento, de la impotencia y del despecho.

Pobre Febre! Como á Cristo, una semana le fué suficiente para subir al Gólgota de su prestigio.

Como el pez por la boca muere, el hombre se pierde por su carácter.

El momento en que Febre se resistió á sancionar lo que creyó inicuo, fué también el último de su influencia política.

Ah! La Historia no es sino el nombre de la Providencia en la vida colectiva de los pueblos!

Nada escapa á su inexorable ley; nadie se sustrae á sus inflexibles sanciones.

Los pueblos viven mas que los hombres, y los que apresuran revoluciones sociales ó políticas caen siempre aplastados por la roca que empujaron.

«Nada violento es duradero,» decia mi ilustre maestro el señor Estrada, y yo recuerdo haber leido en mi niñez un proverbio sagrado que, poco mas ó menos, contiene esta verdad:

El que cava la fosa
caerá, en ella;
y contra el que agita la honda
se revolverá la piedra!
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Ramón Febre