Siluetas parlamentarias: 05

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.
MANUEL DERQUI


Cabeza bosquejada á formón, y trabajada á martillazos.

Rostro que justifica la exactitud del término féve séche (haba seca), elegido com oindicativo del tipo intermediario entre el blanco europeo y el over-burned coffee (café bien tostado) de los africanos.

Una mala caricatura de Recke esbozada por Demócrito, con la mirada de Miguel Juarez animada por el resplandor de las naturalezas tropicales; trocado el corte á lo Francisco Primero, por un pera militar poco tupida, cual corresponde á los espíritus blandos; con la estatura reducida y magra de las personas nerviosas é impresionables: hé ahí la facha enfermiza y descolorida del Senador Derqui.

Diríase que, para concertar lo físico con lo político, se ha querido obsequiar al Senado con un antípoda del simpático Baibiene.

Este acopia en las líneas fisonómicas, toda la rudeza de los caractéres que poseen la áspera austeridad de Catón.

El doctor Derqui no tiene un solo gesto que denuncie al hombre capaz de imponer silencio al clamor de sus debilidades con un solo grito de su conciencia.

He observado que todos juzgan á los hombres públicos, por lo que hablan mas que por lo que callan.

Es que vivimos en el «siglo de la palabra», en plena preponderancia de la frase.

Y eso que hace siglos desde que se descubrió el verdadero objeto de la palabra humana: superficie del pensamiento, oculta ó disimula los escollos de su cauce. Sirve, como la tinta de la gibia, para enturbiar el medio que rodea á cada mortal.

¿Porqué, pues, juzgar al hombre por lo que dice, cuando tiene por hábito dejar las verdaderas intenciones en el secreter de su silencio?...

¿No es verdad que á los lectores de EL NACIONAL les será mas de interés saber lo qeu callan Baibiene y Derqui, que leer ó escuchar la frase concisa del uno, y el tic-tac oratorio del segundo?

El entrecejo de Baibiene es su centro fisonómico: allí convergen todos sus pensamientos, desde la ironia cuyas sombras se reflejan en la pupila, hasta el apóstrofe mudo de la virtud, mas sublime que una frase fulminante de Mirabeau.

Derqui, como los hombres poco sinceros, tiene tan indefinibles rasgos faciales, como descolorida es su elocución, vaga su mirada, y equívoca su conducta.

Ese hombre es una nevera: oculta precipicios bajo su cáscara suave y quebradiza.

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El Senador Derqui es el mal genio de la Provincia de Corrientes. Hace diez años se desposó por vez primera con la Gobernación de su desdichada Provincia natal.

Pero esa Gobernación era un especie de Barbe-Bleeu, algo como un potro arisco para cuyo lomo no habian sido hechas las piernas de chorlito del político correntino.

Este se vió desmontado, y como marido incapaz de se culotter, requirió al auxilio policial del Congreso para ser reintegrado en el tálamo gubernativo de la Provincia de Corrientes.

Pero, mal gré la elocuencia de los Doctores Gallo y Wilde, el Presidente Avellaneda hizo gancho en favor de la desdeñosa autora de divorcio, y el ex-gobernador se vió privado hasta de la pensión alimenticia.

Sus hoy colegas, Febre y Baltoré, contribuyeron no poco á remolcarlo hasta el Poder Judicial de Entre-Rios, que llegó á servir de fondeadero al pontón Derqui.

Alli estuvo á pique de podrirse, cuando los candidatos de la última campaña presidencial, se cotizaron para carenarlo.

Y tripulado por Toledo y su famoso batallón, el Dr. Derqui reivindicó el mando del que, seis años antes, habia sido despojado. Ocupó el sillon mas elevado de los Poderes Públicos de Corrientes, como habria podido instalarse en la camilla de un Hospital.

Indudablemente, no ha nacido para gobernar correntinos: una vez, los mitristas no lo dejaron en paz; en su segunda ascención fueron los riñones los que atentaron contra el goce de las sensualidades oficiales del Dr. Derqui.

También en esta ocasión, le fué útil la asistencia del doctor Wilde. En 1878 lo habaia asistido como Diputado, en 1885 lo salvó como médico, y en 1886 le prestó ayuda como Ministro.

Wilde es la Providencia de Derqui.

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Derqui ha ingresado este año al Senado. Se dice que ha invocado la representación de la Provincia de Corrientes; y que, despues de prestar juramento, ha ido ha sentarse en una de las bancas de la «izquierda dinástica».

O ambos hechos son exactos, ó ni uno ni otro reviste seriedad.

Es tan inconcebible que los correntinos se hagan representar por Derqui, como que esto sea un situacionista de corazón.

Lo primero, porque Derqui, con todo su talento, no ha conseguido ni conseguirá hacerse simpático á los ojos de los correntinos.

Lo último, en razón de que, por sus antecedentes y por su facha, mas bien estará en el centro moderado, en la línea media, en el si-nó, que en alguno de los estremos.

El correntino ama á su Provincia, no con el sentimiento sensual que suele llegar hasta el martirio, sinó con el cariño filial que comienza en el sacrificio y acaba en el ferocidad.

Aun lo trivial subleva tempestados de susceptibilidad localista, bajo esos cráneos recalentados por el sol de los trópicos.

Las desdichas de su heróica Provincia, repercuten en sus corazones, con la vibració desgarradora del lamento materno en las fibras de la ternura filial.

De ahí que solo conozcan el ódio y el entusiasmo: aborrecen á los autores ó cómplices de los crímenes de lesa-provincia; y aman con el alma á los caudillos que han encabezado los movimientos patrióticos del pueeblo correntino.

Derqui no ha sido autor, porque le ha faltado talla, pero sí cómplice de las mayores desgracias que han afligido á Corrientes en los últimos años.

Con un poco de «ayuda-propia», hubiese vencido las resistencias de su carácter maleable; en vez de emprestar influencia, esta formaría parte de su capital político; y ni tendría que deplorar las decepciones de su oscura trayectoria, ni sería objeto de los justos reproches que le atrajo su conducta equívoca y vacilante.

Toledo fué el puntal formidable de su autoridad, en cambio de una «carta blanca» para vejar á todo Corrientes; y cuando la piedra se revolvió contra el mismo Derqui, este recorrió todos los grados de la fiebre del miedo: desde la agravación de sus dolencias físicas, hasta el refugio cobarde de las concesiones humillanes para adquirir el derecho de revocarlas en la fuga!...

No soy correntino; pero la pluma en su correr se clava y desgarra, cuando cae como un alud sobre sus puntos el recuerdo de abdicaciones monstruosas del albedrio individual, al remover los comentarios hacinados en la mente por la publicidad de los actos consecutivos de un personaje político.

Y eso que Derqui ha tenido de su parte una media arroba.

En su primer derrocamiento, las simpatías generales de la República le fueron propicias.

Su caida inspiró compasión, y todos se felicitaron cuando se vió que manos robustas sacaban á la orilla al náufrago de la política correntina.

Ultimamente volvió á su papel de víctima: ni Derqui ni su victimario eran de la devoción del concepto público; pero el recuerdo de la enfermedad del primero, el de su siempre penosa odisea política, y la consideración que toda persona inteligente inspira cuando cae bajo las botas de la fuerza, -hicieron que no fuera desagradable la restauración del inhábil gobernante de Corrientes.

Y hasta se creyó descifrar en el geroglífico de su actitud respecto de la política nacional, algo halagueño para la libertad y las instituciones de la República!

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Derqui pespunta malamente sus frases, como sastre chambón que se hubiese educado en un taller de modistas de percal.

El estilo es el hombre. Sin ser desagradable, su elocución es fofa como el corcho, y dócil como la masilla.

Cuando se trató de protestar contra la pedrada del monomaniaco Monges, el Dr. Derqui comenzó por atacar briosamente el tema, presentado un cuasi-proyecto de una cuasi-ley cuasi-condenatorio del cuasi-crimen.

Era darle barniz político al accidente. Algunos miembros del Senado rechazaron la forma insidiosa de la resolución que se requería, insinuando que todo debia quedar reducido á una minuta de cortesia, tal como se estila entre personas educadas de una sociedad civilizada, ó entre poderes políticos de una nación republicana y libre.

Y el indignada Senador Derqui confesó paladinamente que ese y no otro fué el objeto de su moción!

Refiriéndome, días pasados, al diputado Leguizamón sostuve la ventaja de que los miembros principales de la fracción situacionista fuesen hombres moderados.

Pero, no tan calvo...! El Dr. Leguizamón, viajando de interventor á Catamarca, se alarmó ante los precipicios suizos del Tortoral, Pero al regreso, los bordeó sin desconfianza ya que no con indiferencia.

Estoy seguro que el Dr. Derqui hubiera sonreido de ida y vuelta, pero sin que la segunda vez se sintiera preso de menor miedo... ¡Lo que es tener un carácter de mínima tensión!

¿Otro ejemplo? -Ahí tienen ustedes la diputación correntina, entre la cual solo sobresale un regular barítono: Gomez; un mal najo: Pujol Vedoya; y un feo mimo: Lubary.

Ahí está la gobernación de Corrientes, ofrecida á un Vidal, estimable como amigo, pero incapaz de alguna significación política.

Sin embargo, Derqui ha podido dar su mano protectora á una generación que vale mas que toda la que ocupa las bancas correntinas.

Los Balestre, los Lalanne, los Amadey, los Villafañe, y los Robert, pertenecen al partido vencedor, y solo les ha faltado la cuerda de un carácter mas sólido y menor egoista que el de Derqui para subir á los puestos que merecen.

Derqui, como la mayoría de nuestros politicastros, olvida que las plantas que solo creen dignas para servir de adornos, serán mañana la virilidad cuya sombra están condenados á mendigar los mismos que hoy la desdeñan.

Castigo demasiado débil para políticos de las condiciones del Senador Derqui!

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Manuel Derqui