Siluetas parlamentarias: 01

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.
DELFIN GALLO


No recuerdo donde ni á quién he oido esta regla proporcional: «la elocuencia es á la oratoria, lo que la inspiración es para la poesía».

Es decir, el alma del arte de hablar. Prescindo del adverbio de bondad, porque ni hablar mal es arte, ni necesita de reglas el que solo tiene la función mecánica de ser un surtidor de sandeces. Para mí, la proporción que va adelante puede ser reducida á esta sencilla regla de tres: la elocuencia es la inspiración del arte oratoria.

Puesto que, para que lo artístico exista, debe proceder y coexistir la inspiración del artista.

Un poema, un lienzo, una partitura, un discurso, animados por la inspiración artística, toman nombres propios de resplandor intenso: se llaman Byron, Rafael, Mozart ó Cicerón.

Hasta aquí la suprema inspiración del arte creador, Pero hay también la cópia, la traducción, las ejecuciones, y las espresiones vocales y mímicas de la poesía y de la música: el canto, la declamación y las acciones que constituyen el vasto repertorio teatral.

Si bien de menor aprecio, no es tan escasa la dósis de inspiración que debe animar á los intérpretes de los artistas creadores.

Los artistas del segundo grado vienen á ser naturalezas complementarias de aquellos cuyas obras interpretan ó vulgarizan.

Sinó, solo habrá caricatura y no agua fuerte, gritos de Prevost y no música de Verdi...

Todo eso estará muy bueno (ó muy malo), dirá el lector; pero ¿y.... el Doctor Gallo?...

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No estoy de acuerdo con los fisiognomistas en punto á la importancia secundaria del color de los cabellos y los ojos.

El doctor Gallo, tipo de peau blanche y de poil blond, será una corroboración ó una fé de errata de las observaciones de Lavater y Mantegazza.

Pero imagínense ustedes ese gran rostro pálido, con barba y cabellos negros, haciendo pendant á los mismos ojos del Diputado tucumano, pero teñidos por un brun mas firme que el actual.

Y tendrán el tipo del charlatán callejero, del procurador de labia, del corredor inaguantable ó del martillero solista.

Es decir, cambio total de los órganos comunicativos, con solo media vuelta del kaleidoscopio intelectual! Y todo por un simple cambio de color en los cabellos, en la barba y en el iris!

Primera evolución: el doctor Gallo, de severa tonalidad oratoria, de galano estilo y de patética peroración, transformado en una vulgaridad de ojos de buey y de cabellos lácios, como tantos bonachones con que topamos al doblar cada esquina.

Seria necesario echarle la frente sobre las cejas, alinearle verticalmente el perfil, retocarle las fronteras de la sonrisa, siquiera sea en perjuicio de la estética bucal, para reconocer el rostro simpático del orador, no de la frase ni de la estrategia ciceroniana, sinó del acento persuasivo y reposado que capta las voluntades sin el irresistible encanto de las sirenas oratorias: Manuel Gorostiaga.

Al revés: tomemos al doctor Gallo de cabellos, barba y ojos negros; abultemos su semblante, esmerándonos en la corrección del perfil y sombreando las órbitas para aumentar la intensidad de la espresión de los ojos. Tendremos, mas ó menos, la fachada del orador de la frase atrayente y deslumbradora, con la simpática dulzura de su voz, menos engolada que las de los Varela, y sin la flexibilidad soprendente de la de Avellaneda. Ese es Del Valle.

Otra transformación: afinemos las facciones de Gallo «en negro», suavicemos su mirada, modelemos delicadamente su perfil, y resultará otro orador: el del gran repertorio de acentos: desde el armonioso de del Valle hasta le retumbante de la frase de Estrada, el límite de esa série á la que tambien pertenece el doctor Goyena. Me refiero á Quintana.

Terminaré estas metamórfosis á pluma, con una observación curiosa: Avellaneda y Estrada, cabos de ambas selecciones oratorias, se distinguen por la profundidad del pensamiento, que destila frases de incomparable densidad y de espléndidos reflejos.

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El orador, además del bien decir, debe ser vir bonus.

En el arte creatriz de la elocuencia, mas que en ningun otro, se requiere la sinceridad del artista.

La oratoria se propone encaminar la conducta de los individuos. Al revés de las otras artes, la voluntad humana es su objeto esclusivo y solo toca el sentimiento como poderoso resorte de nuestras acciones, resorte que otras bellas artes afinan y educan.

El doctor Gallo, bajo este punto de vista puede aspirar con justicia á figurar entre los oradores cuya palabra, al par de admiración, infunde respeto.

Y eso que tiene en su contra un detalle funesto: ha entrado en su tercer período legislativo en la misma Cámara del Congreso.

Es decir, ha realizado como pocos buenos, el prodigio que fué hasta no hace mucho tiempo, privilegio de vivos ó de ineptos.

No puede afirmarse que el doctor Gallo sea vivo: no es la primera vez que se bate por las libertades públicas, como el otro día en pró de las de Catamarca.

Su erudición y su talento son notorios, y no se prestan á exageraciones por la publicidad de sus muestras.

¿Entonces?.... Suerte y nada mas. Esto no ofenderá al doctor Gallo.

En un lustro de oro, encontró una madre adoptiva bastante libre para entregarle su mandato; en la seguridad de que sabria llenarlo con altura.

Y en 1873, el doctor Gallo fué armado caballero de la órden de Ciceron, ganando el título de orador de buena lid, aunque á favor de un mal gobernante que el viento de un motín echó por tierra.

Ahora, le toco al doctor Gallo la rara suerte de ser hijo legítimo de una Provincia no pacificada. Se alegrará de haber nacido en ella, tanto como se regocija Tucumán de haber visto nacer á su blondo representante del Legislativo.

Pero no hay Gallo sin Roca, ni Sarmiento sin Cabeza.

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La figura del doctor Gallo resaltará doblemente en las sesiones de este año: como uno de los leaders de la fracción independiente del Congreso: y por la insignificancia de sus actuales adversarios, en su mayor parte bisoños en la disciplina parlamentaria.

El discurso sobre las elecciones de Catamarca quedará en el Libro de Sesiones como la nota afrentosa que el porvenir asentará al márgen de la página hoy abierta de nuestra historia, y de la foja de servicios nacionales con que Pino, Augier y Figueroa pretendan embaucar á la posteridad.

Del mal éxito de su filípica no se cure el Dr. Gallo: no salieron mejor librados Demóstenes y Cicerón.

Pero el hierro quedó en la herida.

El imperio de Alejandro sufrió la suerte de la víctima de Filipo; y César fué sacrificado sobre la tumba de la República que le debió la muerte.

El Dr. Gallo es joven, y como buen patriota tendrá la paciencia de esperar diez ó veinte años. ¿Qué es esto para la vida de un pueblo? La semilla de su oratoria honrada será árbol: dará benéfica sombra y saludables frutos.

Esto para el político. Ahora, una humilde indicación al orador. No me esplico porque el doctor Gallo prefiere la habilidad de acumular la electricidad oratoria en los estremos de sus discursos.

Es de efecto, pero se debilita la trabazón de los razonamientos intermedios.

Llega á suceder que la atencion del que escucha se habitúa á reconcentrarse en el exordio y en la peroración, desfalleciendo en los trozos de convencimiento.

Y que estos pueden ser amenizados, sinó con flores por lo menos con ribetes de interés, es cosa que no debe ponerse en duda tratándose del Dr. Gallo.

Quien, con su habitual benevolencia, disculpará al presento crítico que lo ha tenido en facha de examen, desde la cruz hasta la fecha de esta silueta sacada siguiendo los contornos de su sombra parlamentaria. Otras darán mas trabajo, porque la regla es: quedarse quietos para salir bien!


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Delfín Gallo