Siluetas parlamentarias: 04

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.
GUILLERMO SAN ROMAN


La personalidad mas acentuada de la Provincia de la Rioja, es sin disputa alguna el doctor don Guillermo San Roman. Miembro de las mas antiguas y distinguidas familias, dotado de un caracter comunicativo, generoso, honrado hasta la exageracion, patriota, desinteresado, valiente, inteligentísimo, el doctor San Roman es una figura política que ha salvado los estrechos límites del suelo natal para brillar con luz propia é intensa en el escenario de la República.

El nombre del doctor San Roman está vinculado a obras y acontecimientos trascendentales desde los albores de nuestra organización nacional hasta los presentes días tan agitados y turbulentos; y no hay un hombre iniciado en política, que no le conozca en todos sus detalles y manifestaciones, ya estudiado como ciudadano en las difíciles luchas electorales, ya como jefe de un partido numeroso, ya como Diputado en épocas de prueba; y ya, en fin, como abogado y consejero.

Hombre abstracto, poco se preocupa de sus comodidades personales, y todo lo sacrifica al interés público, al triunfo de las ideas generosas y al afianzamiento de la libertad bien entendida.

Lo único que sus enemigos han encontrado de defectuoso en San Roman es la independencia de su carácter y la avaricia de su naturaleza que no le obsequió que una luengua nariz, simplezas ambas que en manera alguna pueden afectar a un hombre de levantadas condiciones, y que por el contrario sirven para hacerlo destacar mas simpático á los ojos de los espíritus superiores. Otro mas debil que el doctor San Roman, hubiera llegado a la opulencia y aun a los mas altos puestos públicos con solo sofocar en su pecho los sentimientos de su buen corazon.

Cortejado por los políticos de todas las épocas: buscado por reiteradas manifestaciones por los que han tenido y tienen la sartén por el mango, relacionado de un estremo al otro de la República con personalidades importantes; abogado distinguido que goza de clientela numerosa y selecta, especie de director espiritual de los que mandan como de los que obedecen en su provincia -porque sin San Roman no habria ni leyes en la Rioja- ha podido esplotar todas estas circuntancias y labrarse una posicion politica y pecuniaria que muchos envidiarian.

Pero San Roman tiene demasiada elevación moral y sobrado patriotismo para no tentar tan reprobados caminos, y asi le vemos el presente, cargado de numerosa familia, pisando los dinteles de la vejez. Sin un cómodo vivir, casi en la miseria, mientras que Juarez y Ataliva Roca, a quienes nada les deben su patria y sus libertades, son los Cresos de la República Argentina, y al paso que van llegaran a serlo de Sud-América!.

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Sin pensarlo hemos dado á este prodigio mas estensión de la que nos habíamos propusto al ocuparnos del doctor San Roman, cuya silueta parlamenteria deseamos presentar á los lectores de EL NACIONAL como un homenaje al distinguido ciudadano, víctima en este momento de las mas cruel de las injusticias del oficialismo insaciable, tribu de indios voraces que no solo atentan contra la vida de los cristianos, sino que en su furor se llevan hasta los pequeños despojos de las familias.

El doctor San Roman es mas que una inteligencia superior, cuando despues de veinte años de confinamiento en La Rioja, donde el comercio de las ideas es escaso y el estímulo un éxito, puede aun presentarse vigoroso en el Congreso Argentino á sostener la legalidad de sus títulos con un brio de que hay poquísimos ejemplos en esta época de cobardías, de partidarios del éxito, de pordioseros políticos, cuyo único oficio consiste en adular á los que mandan para recibir una propina en forma de empleo.

Es necesario conocer la vida de Provincias como La Rioja para darse cuenta del empobrecimiento intelectual que ocasiona la falta del choque de ideas y la ausencia del libro, del diario y del planfleto leidos y discutidos por diversas fuerzas. Prosperar en semejante medio es punto menos que imposible; retroceder, tal es la ley fatal á que están sujetos los que se ven en el duro caso de residir allí. Así como el ejercicio del brazo vigoriza la musculatura, asi tambien el ejercicio de la inteligencia aumenta la potencia intelectual.

El atleta no es tal por haber nacido para vencer, sino porque una constante práctica le ha impreso la facultad de la fuerza.

Las bailarinas, dice M. Renan, tienen ámplias piernas por el hecho de ejercitarlas continuamente.

Aplicando la misma teoría á la inteligencia humana, se llega á la conclusion de que no habiendo medio en que desarrollarla se anula por completo.

El Dr. San Roman ha escapado á esa ley, ofreciendo el espectáculo de Hércules que despierta para aplastar con una maza formidable á sus adversarios.

Su reciente defensa en la Cámara de Diputados es el acontecimiento del día. Allí ha demostrado San Roman su corrección en la esposición de los hechos, y su habilidad en la réplica.

La ironia, el apóstrofe, la nota risueña, el acento patético -todos estos recursos parlamentarios han sido empleados con éxito por el Dr. San Roman.

A un cuento referido con ese aticismo criollo le seguía un apóstrofe vibrante como un trueno; á la relación descarnada de los hechos, un período penetrante y conmovedor.

El Dr. San Roman nada le debe á la hermosura; pero cuando se incorpora para hablar, cuando se encara á su adversario, ó cuando se dirige al Presidente de la Cámara, se embellece con esa belleza varonil que impone y que dá al orador esa majestad del agredido resuelto á morir como bravo en el campo mismo de la acción.

Es exacto! Esta frase dicha por San Roman mirando cara cara al Dr. Leguizamón, que se permitió una inconveniencia, tenía algo de terrible y avasallador.

En esa frae había un bofetón en el rostro del adversario, que no pudo soportar el trance y se retiró á antesalas como huyendo despavorido.

El leon habia gruñido con voz estentórea y la oveja se alejaba del redil.

Algo mas: creemos que el Dr. Leguizamón, á no ser la frase de San Roman, habria cuarteado al miembro informante con un discurso apologético de la fuerza armada y de la personalidad imposible del diputado don Ruben Ocampo; pero el Diputado por Entre Rios comprendió que detrás de aquella frase de fuego había un hombre dispuesto á ir á todos los terrenos en defensa de su honor y de su derecho.

No fué de menos efecto aquello que el Dr. San Roman dijo epigramáticamente: «La Cámara debiera aceptar mi diploma para ostentarlo como una muestra.»

Sí, pues; en esta época en que se anulan elecciones por el hecho de no ser los elegidos de la devoción del poder oficial, el Congreso Argentino ha debido conservar como un recuerdo de lo que han sido las libertades públicas, un Diputado salido de las fuentes populares luchando brazo á brazo con la mas descarada imposición.

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En otra época y en otro pais menos debilitado que el nuestro en su organismo moral, ninguna razón hubiera primado sobre el derecho evidente, incostetable, del diploma del doctor San Roman. La actitud de la Cámara de Diputados votando por la aceptación de don Rubén Ocampo, fruto de un crímen de que se sonrojarán sus hijos, hace presentir días de vergüenza para las libertades públicas.

La tarea de los hombres honrados y patriotas de hoy debe reducirse, por ahora, ya que no quedan otros caminos legales, á reunir fuerzas morales, á la propaganda en la prensa, en los parlamentos, en los centros sociales, en todas partes donde haya un ser que piense y que sienta, sin preocuparse del éxito mas ó menos feliz del esfuerzo, que él ha de llegar á virtud de una gran reacción que habrá de producirse dentro de los mismos elementos que al presente contribuyen á la descomposición política, prestándose á trapisondas y manejos poco dignos.

Tales ideas y propósitos hanlo llevado á San Roman hasta el recinto del Congreso, sabiendo de antemano que habia la órden terminante de rechazarlo; porque la cuestión era de votos y no de razones, segun la práctica establecida ya con un lujo de impudicia que raya en lo inverosímil.

No deben perderse de vista estos antecedentes al juzgar al Dr. San Roman como orador. Convencido de antemano del propósito inmodificable que tenian de no aceptarlo, sabía muy bien que todo encallaría ante una mayoría gimentada, que no razona, pero que vota como tabla.

Empero, San Roman se ha sobrepuesta á lo que pocos se sobrepondrían: á defenderse con brillo y elocuencia ante un Juez dispuesto á condenar, cualquiera que fuera el derecho de la parte.

Y ni estas circunstancias cortaron el vuelo de la inspiración del Dr. San Roman. Su discurso tiene una pieza de resistencia que nada será parte, como no fué en la Cámara, á destruirla ó gastarla.

El rechazo del Dr. San Roman puede ser el punto de partida de hechos de importancia política y es probable qeu el porvenir confirme aquello de que no hay mal que por bien no venga.

Todos los hombres de pensamiento creen próxima una reacción producida por los mismos que hoy se empeñan en destruir y correomper las instituciones.

Mientras llega tan bello momento saludamos de pié al distinguido Dr. San Roman, honrado una vez mas con un rechazo escandaloso. Su nombre se presenta, como siemprem rodeado de simpatías y aplausos, que al fin valen mas que los honores efímeros de sentarse en un Congreso cuya mayoría es de línea.


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Guillermo San Román