Aura o las violetas: 009



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Mucho tiempo estuve abstraído en mis meditaciones;

parecía un sueño, lo que acababa de pasar; era mucha felicidad para un alma tan habituada al dolor;

ella había estado en mis brazos, había dicho que me amaba, que no me olvidaría jamás! ¡habíamos vuelto a abrazarnos y a amarnos, como en la infancia! ¡cuánta felicidad!

pero, ¿qué misterio envolvía su conducta? ¿por qué no explicarse acerca de ella? ¿a qué ese empeño en callar?

yo no lo comprendía, pero a pesar de mi felicidad, un pre­sentimiento se cernía en mi mente, como un buitre sobre la altura, cuando espía la agonía de su víctima.

–Mañana lo sabrás todo –había dicho, y su voz era entonces temblorosa, y parecía un gemido;

¿qué iría a decirme? ¿qué explicación daría a su conducta? ¿qué revelación tendría que hacerme?

en este dédalo de conjeturas, me perdía, cuando el reloj dio las diez de la noche; entonces me dirigí a mi aposento;

al acercarme a la mesa de centro, vi en ella una carta, la tomé sobresaltado; la letra era de Aura, me aproximé a la lámpara, temblando y anhelante, rompí el sobre; he aquí lo que decía:

"Mucho he vacilado en escribirte, pero no he podido resistir al deseo de hacerlo: sería el tormento más grande de mi vida no haber ensayado siquiera vindicarme a tus ojos; te he amado mucho, para no venir hoy, desesperada y triste, a suplicarte que me perdones: perdóname, bien mío, si te arrastro conmigo a la desgracia; ¡en nombre de tu madre te lo pido! no maldigas a una mujer pobre y desvalida, a quien obliga el infortunio a ser perjura; las olas de la desgracia me arrebatan, me llevan tejos de ti; antes de hundirme te saludo; he luchado mucho entre mi desgracia y mi amor; estoy vencida por la primera; antes de marchar al sacrificio, vengo a decirte adiós;

"Huérfana, infortunada, no he tenido quien luche por mí, y e sucumbido; esta carta será la última que te escriba; mañana la distancia, y pocos días después, el deber, alzarán un muro inaccesible entre los dos;

"Temo decirte la verdad, pero es preciso; mañana parto; ¡esta es mi despedida!;.. hubiera querido como aquella tarde, víspera de tu viaje, abrazarme contigo antes de partir, pero no me he sentido  con fuerzas para hacerlo; comprendo que tu amor me haría vacilar; no te  vuelvo tus cartas, tus versos, ni tu retrato; déjamelos llevar, son mi tesoro.

"¡Ay!  ¡despidámonos también, de todos nuestros planes de ventura para lo por venir, porque todo ha acabado entre los dos!... ¡el destino lo ha querido así; vacilo al decirte la verdad toda la verdad; pero es preciso que la sepas por cruel que ella, sea; es preciso que sepas que entre los dos no puede existir nada, porque muy pronto seré de otro hombre!...

"Perdóname, si desgarro tu alma, con esta confesión, yo también tengo desgarrada la mía; no me llames perjura, no me condenes, sólo vengo a implorar tu compasión.

"La causa de mi conducta tal vez no podrás saberla nunca pero te juro que te amo.

"Si no es posible que me conserves tu amor, al menos no me castigues con tu indiferencia; a todo me resigno, menos a la idea de que no me ames.

"Perdona la incoherencia de mis ideas, estoy casi loca; si tú me vieras en este momento, me compadecerías; esto es superior a mis fuerzas; es una lucha muy dura para una mujer tan débil.

"Menos sensible, sería arrancarme el corazón que separarme de ti; soy muy desgraciada, no te goces en añadir a mi infelicidad, tu maldición. ¡Ay! pasaría sobre mi frente como una ascua de fuego; ¡ten compasión de mí!

"Si al menos el dolor de esta acción cayera sobre mí sola, sería un alivio, pero te alcanza a ti que no has hecho más que amarme, sufrir por mí, y consagrarme tu vida; ¡qué el cielo tenga compasión de nosotros!... ¡en fin, es preciso concluir: adiós!

"No me sigas, no llevo más aureola en mi martirio, que mi resignación y mi deber, ni más tabla en el naufragio, que la fortaleza de mi alma.

"Si al declinar de alguna tarde, llegas al sitio aquel, en que tanto crecen las violetas, conságrame un recuerdo.

"¡Cuando veas una flor naciendo al borde de una tumba, una sensitiva a la sombra de un roble anciano, una violeta cerca de un trozo de hielo, acuérdate de mí!... de rodillas y con el alma pido a Dios un consuelo para tu dolor, ya que no lo espero para el mío.

"Perdóname si te he hecho desgraciado; no me desprecies nunca, ódiame más bien, porque hay odios que son el reflejo del amor; tu desprecio sería el castigo de una falta de que no soy culpable; ¡quién pudiera mostrarte el corazón en esta carta!

"¡La Religión es el consuelo de las almas creyentes; la Filosofía, dicen, que es el de las almas fuertes; yo me acojo  a la primera, Dios tenga piedad de ti!

"Adiós, no me maldigas, perdóname.

Aura»

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Tenía la fecha del mismo día, y se veía que había sido puesta allí, antes de nuestra entrevista casual; Aura no había pensado verse conmigo; Dios lo había dispuesto de otro modo;

aquella carta me lo explicaba todo; a ella debían referirse sus últimas palabras de aquella tarde, cuando dijo: Mañana lo sabrás todo;

cuando acabé de leer, quedé como hebetado; me arrojé ves-do sobre el lecho, y hundiendo mi cabeza en los almohadones, me ahogaba sin poder llorar.

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Mis gemidos debían de oírse fuera del aposento, porque en aquel momento, sentí abrir la puerta con precipitación, y oí eme se acercaban a mi lecho; alcé los ojos; era mi madre;

al verla, tendí los brazos a ella; la atraje contra mi pecho y, prorrumpí a llorar como un niño;

ella sabía ya, la historia de mi dolor, pero al oírla de mis labios, y ver mi desesperación profunda, no pudo contenerse, juntó su frente con la mía, y lloramos mucho;

al fin, haciendo un esfuerzo para fingir serenidad, levantó la faz, secó su llanto, y me dijo;

–Todo lo sé; demasiado tarde, para arrancar de ti ese amor, he venido a comprenderlo, y quizá he ayudado con mi silencio, al desenlace que ha tenido; pero una vez que no podemos evitarlo, es preciso que vuelvas en ti, pienses con juicio, y no te entregues a la desesperación;

moví entonces lentamente la cabeza, como para indicarle que era imposible, y añadí:

–¡Hay dolores que no pasan nunca, madre mía!

–Pero sí se mitigan con la reflexión; el dolor sólo es mor­tal, como ciertas enfermedades, cuando hiere a los viejos; pero a vuestra edad, todo es posible.

—¿Olvidar a Aura? –exclamé como hablando conmigo mismo–; ¿odiarla? imposible.

–¿Odiarla? no, hijo mío, jamás; esa niña es una santa.

–¡Una santa! ¿y me engaña y me vende, y me traiciona? exclamé con ironía.

–Calla, hijo mío; el dolor te hace injusto para con ella; óyeme, y verás cuan digna es de tu estimación: 

"muerto su Padre en el campo de batalla, hace algunos años, ha quedado la familia reducida a la pobreza; el pequeño campo en que han vívido hasta hoy, está hipotecado a un hombre muy honrado de la ciudad vecina, que les ha permitido vivir en él;  este señor  ha pedido la mano de Aura, ofreciéndole su capital, que es  cuantiosísimo, y  encargándose de la suerte de  toda familia;

"ella ha vacilado; pero, ¿qué hacer? como sabes, su hace dos años, que está postrada en el lecho del dolor, de una enfermedad, declarada incurable por los médicos, ti cinco hermanos pequeños, la miseria los rodea, y el hambre la acosa; si ella rechazara esta propuesta, ¿qué resultaría? u muerte en el hospital para su madre, la desgracia para ella la orfandad y el abandono, para sus hermanitos. ¡oh! no; ¡esto sería horroroso!

"ella ha vacilado mucho: ¡cuántas veces me ha contado aquí llorando, sus pesares, y pedídome un consejo! pero ¿qué podría yo decirle? ¿aconsejarle que destruyera tu felicidad? ¡imposible! ¿prometerle que tú te casarías con ella? imposible también porque tú no tienes más que diez y siete años, y eres el único apoyo de tus hermanas y mío; yo sacrificaría gustosa mi felicidad, a la tuya; pero nada conseguiríamos, porque nuestra situación no es tan desahogada, que nos permita resistir el peso de una familia semejante, y en el caso de que ella resolviera aguar­darte, ¿qué haría mientras tanto, arrojada la familia de la casa, sin recurso y sin amparo?

"ante esta situación tan apremiante, ella se ha decidido al fin, porque obligada a optar entre la muerte de su madre, la desgracia de su familia y tu amor, ha resuelto sacrificarse; por­que sí, no lo dudes, ella te ama mucho, y será muy desgraciada; ¡pobre niña, es un ángel!

–¡Un ángel! y se vende –dije yo.

–No blasfemes, hijo mío; ¿no harías tú otro tanto por salvarme a mí, si nos viéramos en caso semejante?

–Madre, por salvar tu vida iría yo hasta el delito.

–Pues bien, admírala y compadécela; ella también salva la vida de su madre;

no me sentía con fuerzas para discutir, el dolor me había aletargado, y callé;

mi madre, entonces se inclinó sobre el lecho, rodeando mi cuello con su brazo, y jugueteando con mis cabellos, como cuando me dormía en la cuna, y comenzó a hablarme de los muchos proyectos que tenía, y con los cuales creía halagarme;

me habló del buen resultado que había tenido el reclamo de una parte de nuestros bienes, del próximo viaje a la Capital, y nuestro establecimiento allí, único anhelo de ella, que amaba tanto su ciudad natal; en fin, de otras tantas cosas con que abrigaba la idea de neutralizar mi pena;

yo, la oía mudo como una estatua, el dolor había llega al paroxismo; sus palabras, se iban como alejando de mí, poco a poco, sentía un sueño horrible, que me embargaba por segundos  los objetos se cubrían de una niebla espesa, las luces se movían ante mí, vacilaban; últimamente la sombra me envolvió;

pocas horas después, cuando abrí los ojos, mi lecho estaba rodeado de personas queridas, pero el rostro de Aura no estaba entre ellas;

mi madre, estaba a la cabecera de la cama, mirándome con infinita ternura, y reflejaba en su rostro, las fatigas del insomnio   mis hermanas estaban de pie, el médico me pulsaba, y todos espiaban mis movimientos con cariñosa avidez;

yo no podía darme cuenta de lo que había sucedido, mi memoria estaba poblada de sombras; quise pasarme la mano por la frente, como para despejarla; y al abrirla, rodó sobre el lecho un objeto que tenía fuertemente apretado; lo reconocí, y todo rotó entonces a mi memoria; ¡era el ramo de violetas de aquella tarde!



Aura o las violetas de José María Vargas Vila
A mis hermanas -

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