Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.

Juliano - Sección I

ALGUNAS veces se hace justicia bien tarde. Dos o tres autores, o mercenarios, o fanáticos, hablan del bárbaro y afeminado Constantino como de un dios, y tratan de malvado al justo, al sabio, al gran Juliano. Todos los autores, copistas de los primeros, repiten la adulación y la calumnia; y estas llegan a ser casi un artículo de fe. Al fin, llega el tiempo de la sana razón, y al cabo de mil cuatrocientos años, los hombres ilustrados vuelven a ver el proceso que había juzgado la ignorancia. Entonces se vio en Constantino un ambicioso feliz que se burla de Dios y de los hombres; que tiene la insolencia de fingir que Dios le ha enviado desde el cielo una insignia que le asegura la victoria; que se baña en la sangre de todos sus parientes, y que se duerme en las delicias: pero era cristiano, y lo canonizaron.

Juliano fue sobrio, casto, desinteresado, valiente, y clemente; pero no era cristiano, y se le ha considerado por mucho tiempo como un monstruo.

En el día, después de haber comparado los hechos, los monumentos, y los escritos de Juliano y de sus enemigos, es indispensable reconocer, que si no amaba el cristianismo, era excusable de aborrecer una secta manchada con la sangre de toda su familia; la cual habiendo sido perseguida, esclavizada, desterrada, y amenazada de muerte por los Galileos en tiempo del bárbaro Constancio, Juliano no la persiguió jamás; y al contrario, perdonó a diez soldados cristianos que habían conspirado contra su vida. En sus admirables cartas dice: «Los Galileos han sufrido en tiempo de mi predecesor el destierro y las prisiones; y se han asesinado recíprocamente a los que se llamaban herejes los unos a los otros. Yo he levantado sus destierros y he abierto sus prisiones; he devuelto sus bienes a los proscriptos; y los he obligado a vivir en paz. Pero es tal el inquieto furor de los Galileos, que se quejan, porque no pueden devorarse los unos a los otros.» ¡Qué carta! ¡Qué sentencia dada por la filosofía contra el fanatismo perseguidor! Diez cristianos conspiran contra su vida; son descubiertos, y los perdona. ¡Qué hombre! ¡Y qué viles fanáticos los que han querido deshonrar su memoria!

Al fin, discutiendo los hechos ha sido preciso convenir en que Juliano tenia todas las cualidades de Trajano, fuera del gusto disimulado por mucho tiempo a los Griegos y a los Romanos; todas las virtudes de Catón, pero no su terquedad y mal humor; todo lo que se admiró en Julio César y ninguno de sus vicios; la continencia de Escipión; en fin que fue en todo igual a Marco Aurelio, el primero de todos los hombres.

En el día ya no se atreve nadie a repetir contra el calumniador Teodereto, que inmoló una mujer en el templo de Garrés para hacerse a los dioses propicios. Ya no se repite que al tiempo de morir arrojó al cielo algunas gotas de sangre, diciendo: "Jesucristo: Has vencido, Galileo"; como si el hubiera combatido contra Jesucristo haciendo la guerra a los Persas; y como si él hubiera creído que Jesucristo estaba en el aire, y que el aire era el cielo. Estas necedades de unas gentes que se llaman padres de la Iglesia, no se repite ya en el día.

Al fin se han reducido a ridiculizarle como hacían los frívolos habitantes de Antioquía. Se le acusa de que tenia la barba mal peinada y de la manera de andar. Pero, Señor abate de la Bleterie, usted no lo ha visto andar, y usted ha leído sus cartas y sus leyes, que son unos monumentos de sus virtudes. ¿Qué importa que tuviera la barba sucia, y el andar precipitado, con tal de que su corazón fuese magnánimo y que todos sus planes se dirigiesen hacia la virtud?

En el día queda un hecho importante que examinar. Se ha acusado a Juliano de que quiso hacer mentir a la profecía de Jesucristo, tratando de reedificar el templo de Jerusalén: y se dice que salieron llamas de la tierra que lo impidieron. Esto se tiene por un milagro, y se dice que este milagro no convirtió ni a Juliano, ni a Alipio que era el intendente de aquella empresa, ni a nadie de la corte: y sobre esto se expresa así el abate de la Bleterie: "El y los filósofos de su corte se valieron sin duda de lo que sabían en física para robar a la divinidad un prodigio tan manifiesto. La naturaleza ha sido siempre el recurso de los incrédulos; pero la naturaleza sirve a la religión tan a propósito, que por lo menos deberían sospecharla de colusión."

Primeramente, no es cierto que el Evangelio diga, que el templo judío no será jamás reedificado.

El Evangelio de Mateo, escrito visiblemente después de la ruina de Jerusalén por Tito, profetiza que la verdad que no quedará piedra sobre piedra de aquel templo del idumeo Herodes; pero ningún evangelista dice que será reedificado.

En segundo lugar: ¿Qué importa a la Divinidad que haya un templo judío, un almacén, o una mezquita en el mismo lugar en donde los judíos crían bueyes y vacas?

En tercer lugar; no se sabe si estos supuestos legos salieron del recinto de las murallas de la ciudad, a del recinto del templo: algunos suponen que quemaron los operarios. Pero no se concibe porqué quemaría Dios los trabajadores de Juliano, y porqué no quemó los del califa Omar, que mucho tiempo después edificó una mezquita sobre las ruinas del templo; ni los del gran Saladino que restableció esta misma mezquita. ¿Tenia Dios tanta predilección por las mezquitas de los musulmanes?

En cuarto lugar, habiendo predicho Jesús que no quedaría piedra sobre piedra en Jerusalén, no impedía que se reedificara.

En quinto lugar, Jesús ha predicho muchas cosas, cuyo cumplimiento no ha permitido Dios predijo el fin del mundo y su advenimiento en las nubes con un gran poder y una grande majestad, al fin de la generación que vivía entonces.[1] Sin embargo, el mundo dura todavía, y verosímilmente durará mucho tiempo.

En sexto lugar, si Juliano hubiera escrito este milagro, diría que lo habían engañado por una falsa y ridícula relación; creería que sus enemigos los cristianos lo hicieron todo para oponerse a su empresa, que mataron los operarios, y que hicieron creer que habían muerto por milagro. Pero Juliano no dice una palabra de esto: la guerra contra los persas lo ocupaba entonces; y difirió para otro tiempo la reedificación del templo, y murió antes de poder principiar el edificio.

En séptimo lugar, este prodigio lo refiere Amiano Marcelino que era pagano. Es muy posible que se haya interpolado por los cristianos; como otras muchas interpolaciones que se les han averiguado.

Pero no es menos verosímil que en un tiempo en que no se hablaba más que de prodigios y de hechiceros, refiriese Amiano esta fábula bajo el testimonio de algún espíritu crédulo. Desde Tito Livio hasta Thou inclusive, todos los historiadores están infectados de prodigios.

En octavo lugar, si Jesús hacía milagros, ¿seria para impedir que se reedificase un templo donde él mismo sacrificó y donde fue circuncidado? ¿No haría mas bien milagros para hacer cristianas tantas naciones que se burlan del cristianismo, y para hacer mas dulces y más humanos a los cristianos, que desde Arrio y Atanasio hasta Rolando y el Caballero de Cévenes, han derramado torrentes de sangre y se han conducido como unos Caníbales?

De todo esto infiero que la naturaleza no está en colusión con el cristianismo, como dice la Bleterie; sino que la Bleterie está en colusión con los cuentos de viejas dice como Juliano: Quibus stolidis aniculis negotium erat.

Después que la Bleterie hace justicia a algunas virtudes de Juliano, termina no obstante la historia de este grande hombre, diciendo que su muerte fue un efecto dé la venganza divina. Si esto es así, todos los héroes que han muerto jóvenes, desde Alejandro hasta Gustavo Adolfo, han sido castigados por Dios. Juliano tuvo la más hermosa de las muertes; pues murió persiguiendo a sus enemigos después de muchas victorias. Joviano que le sucedió reinó mucho menos tiempo que él y reinó con vergüenza. Yo no veo, pues la venganza divina, y no veo en la Bleterie, mas que un declamador de mala fe: pero ¿donde están los hombres que se atrevan a decir la verdad?

El estoico Libanio fue uno de estos hombres raros, que celebró al bravo y clemente Juliano delante de Teodosio, el asesino de los habitantes de Tesalónica: pero le Beau y la Bleterie tiemblan de alabarlo delante de los sacristanes de su parroquia.


  1. Luc. cap. I, v. 2