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PREPARATIVOS — PARTIDA — LLEGADA AL CHUBUT

El pensamiento de efectuar el reconocimiento del río Santa Cruz, fué aprobado por el presiden­te de la república, [1] quien, por medio del minis­terio de relaciones exteriores, [2] puso a mi disposición la mayor parte de los elementos nece­sarios.

Desgraciadamente, la falta de práctica que aun tenemos para esta clase de viajes, raros entre nosotros, impidió que obtuviera todo lo que juz­gaba necesario para llevarlo a cabo con buen re­sultado.

La goleta «Santa Cruz» estaba pronta a zarpar para el punto de su nombre, y en ella me embar­qué el 20 de octubre de 1876. A bordo me espera­ban los dos marineros que había solicitado del go­bierno y un grumete que el capitán del puerto había destinado para mi servicio personal durante el tiempo que empleara en la exploración.

Las provisiones y el bote que debían servir pa­ra la navegación del río, habían sido ya embarca­dos; pero las primeras, quizás por error, eran su­mamente reducidas y desproporcionadas para el número de personas que habían de acompañarme, y el segundo demasiado grande y pesado. Además, uno de los dos marineros se hallaba enfermo.

En esas condiciones, el viaje, desde su princi­pio, presentaba graves dificultades, pero no era ya tiempo de pensar en allanarlas. El buque había demorado más de lo necesario en el puerto, y le urgía a su capitán hacerse a la mar.

A las doce de ese día levó andas la «Santa Cruz».

Pocas veces el Plata estuvo más sereno; la cal­ma era casi completa, y ésta, que hace la delicia de los pasajeros de un vapor, desespera y fastidia en un buque de vela, sobre todo a la salida de puerto. El viento escaso apenas movía las velas y recién a la noche fondeamos frente a Quilmes.

El buque, de solo cien toneladas, ofrecía pocas comodidades, pero en cambio llevaba buenos com­pañeros de viaje, el señor Juan Richmond y él capitán Luis Piedrabuena, quien, a cada momento, me suministraba curiosos datos sobre las tierras australes, que él había adquirido en su vida aza­rosa de marino.

Algún día se escribirá la biografía de este bravo y modesto compatriota. Su nombre se halla estam­pado en las relaciones de viaje que de 20 años a esta parte se han publicado, tratando de las cos­tas patagónicas.

Malos vientos y otros contratiempos nos detu­vieron a la salida del río de la Plata y recién el día 6 de noviembre pasamos Punta Médanos.

Marchábamos con lentitud y el buque, poco ca­minador por su pesada construcción, era escolta­do de cuando en cuando por multitud de jugueto­nas Pontoporias y lobos marinos.

En la tarde divisamos, entre la monótona línea que forman los médanos, el pueblo de la Lobería, y luego, el elevado Cabo Corrientes.

La marejada era allí grande y una línea blanca de espuma nos señaló las rocas, que desde Punta Mogotes, se adelantan por cinco millas en el mar y que son reveladas al marino, que se acerca demasiado durante la noche, por el ruido de las olas al estrellarse contra ellas.

En esa noche, grandioso espectáculo ofrecióse a nuestras miradas. La brisa suave y favorable del Norte nos empujaba a rumbo. El cielo despejado de nubes revelaba su inmenso tesoro, como reflejo de las riquezas soñadas de los cuentos árabes, en la vía láctea y en las bellas nebulosas que llevan, el nombre del inmortal Magallanes. El océano agi­tado por vientos anteriores, que ya habían calma­do, hacía también ostentación de sus riquezas, que rivalizaban con la belleza del cielo ante la vista extasiada de los que contemplábamos esas mara­villas. Las olas parecían inflamadas y los grandes cetáceos que cruzaban rápidos las aguas del buque o seguían su estela luminosa, bañados en fósforo líquido, se nos presentaban a la imaginación como fantásticos monstruos con melenas de fuego, entre los cuales se deslizaba la goleta, levantando con la proa verdadera lluvia de diamantes.

La palabra es impotente para describir ese es­pléndido fenómeno, que siempre dará abundante alimento a la fantasía insaciable de los poetas, y cuyas causas, aún no hace muchos años, eran esplicadas de maneras estravagantes.

El día 7 a las doce, la observación astronómica mostró que nos encontrábamos en latitud 38° 17. Muchas palomas del Cabo y otros pájaros volaban en torno del buque y mi asistente Tiola, encontra­ba distracción en cazarlos con un alfiler torcido en forma de anzuelo. El buque roló durante esa noche como nunca; y el movimiento y el ruido del agua, al quebrarse en los costados, me mantuvo desvelado.

La responsabilidad de llevar a cabo una empre­sa, quizás superior a mis fuerzas, con pocos ele­mentos, y que según las personas prácticas de a bordo estaban lejos de ser suficientes, contribuía también a ello. Los dos marineros estaban enfer­mos; el correntino Francisco Gómez, nunca había navegado en el mar, y Pedro Gómez, negro nacido bajo los trópicos, perezoso por naturaleza, muy pocas esperanzas daba de prestar los servicios que de él esperaba.

Francisco, impotente contra el mareo que le te­nía postrado, prometía cumplir en tierra con su deber, y este hombre paciente y trabajador como todos sus paisanos, fué más tarde uno de los que más contribuyeron a que la expedición tuviera fe­liz resultado.

Esos dos hombres debían tripular el bote de ocho remos (yo había solicitado de cuatro), que serviría para efectuar la exploración del Santa Cruz, cuyo porvenir dependía de la manera cómo ellos se condujeran.

Los trabajos que experimentó Fitz-Roy cuando en 1834 tentó igual cosa, me eran bien conocidos. En botes en extremo livianos, tripulados por 25 hombres elegidos, no había alcanzado buen éxito, y yo no lo esperaba mejor.

A bordo, embarcado en calidad de contramaes­tre, iba Francisco Estrella, práctico del río de la Plata, que había deseado viajar con Piedrabuena, cuyo arrojo en el mar lo ha hecho popular entre nuestros marinos. Deseaba visitar tierras nuevas y mi expedición le proporcionaba buena ocasión. En las horas de cuarto, conversábamos sobre los parajes que debía visitar en el trayecto y de las dificultades con que ya tropezaba, y poco me costó para que prometiera acompañarme.

A la altura de la península de Valdés, la mar estaba muy agitada por las corrientes que nos im­pelían hacia el Norte.

Las corrientes encontradas, que las mareas y los vientos ocasionan en el golfo San Matías y las inmediaciones de la península Valdés, son temidas con razón por los marinos que frecuentan esas costas. Desde lejos se divisan líneas blancas for­madas por el choque de las olas del mar, siempre inquietas, y el ruido del remolino que hierve, hace estremecer a los que no están habituados a este es­pectáculo.

El paraje en que nos encontrábamos era la Pun­ta Norte, donde esos terribles remolinos son más peligrosos. Piedrabuena, en épocas anteriores, ha­bía perdido el palo mayor de su buque que fue arrastrado por uno de ellos, y en ese mismo pun­to, cerca de Valdés Creek que teníamos a la vista, en una noche de tempestad que hacía más veloces esas corrientes, se perdía, en 1874, la barca americana «Mary A. Packer», hermoso buque de 700 toneladas, parte de cuya tripulación recogimos el 11 de noviembre de ese año a bordo del «Rosales», cuando mi primer viaje a Santa Cruz.

La brisa que el capitán esperaba, llegó, y la «Santa Cruz», costeando las elevadas barrancas a pique de la península, cubiertas de médanos, que alumbrados por los rayos solares muy calientes ese día presentaban un aspecto triste aunque pintoresco, dobló Punta Delgada con intenciones de entrar en Bahía Nueva, mas el viento calmó de pronto, luego tornó al Norte poniéndose de proa, encrespando las aguas que con la marea corrían veloces en dirección opuesta para entrar al golfo. Pasamos de largo cerca de la Punta Nueva y Pun­ta Ninfas que semejan gigantescas fortificaciones, y, cortando con la proa del buque, inmensos camalotes de la alga más gigantesca que existe, la Macrocystis patagonica, nos dirigimos al Chubut. Esa alga lleva entre sus hojas y raíces un pequeño mundo animal, del cual se alimentaban las innu­merables gaviotas que blanqueaban su superficie y que al pasar nosotros cubrían el cielo con sus albas alas.

A tres millas de la costa se arrojó el ancla y el buque durmió tranquilo después de varios días de movimiento contínuo; las elevadas murallas ter­ciarias del «Promontorio del Norte» a cuyo abrigo habíamos fondeado, se destacaban sombrías y esa noche descansamos tranquilos escuchando el chi­llido del timón en los suaves balances, y los sopli­dos de algunos negros cetáceos que jugueteaban alrededor nuestro, sin ponerse al alcance del ar­pón, siempre listo en la proa.

El día siguiente amaneció con viento contrario, pero, bordejeando, nos acercamos a la Bahía En­gaño, donde desagua el río Chubut. Fondeamos en ocho brazas, en fondo de rocas firmes y cascajo rodado, pero no pudimos bajar a tierra por la ma­rea en contra y la fuerte marejada. La draga pro­curó varios interesantes moluscos, crustáceos, anélidas, etc. Durante la noche, hubo que levantar el ancla nuevamente y salir mar afuera, a causa del viento fuerte del naciente. La titulada bahía es una costa abierta, sin resguardos para los vien­tos de afuera que, cuando soplan recio, contribu­yen con las corrientes a poner los buques en pe­ligro. Los de tierra, son los únicos que permiten fondear con alguna seguridad a los buques que por su mucho calado no pueden resguardarse den­tro del río y que se exponen a permanecer cru­zando un mes en las inmediaciones, desde Punta Atlas hasta Bahía Nueva, sin poder poner en tie­rra su cargamento.

El día quince amaneció favorable y pudimos acercarnos al río Chubut. Este figura definitiva­mente en la geografía de Patagonia, desde el 24 de febrero de 1833, en cuya fecha, el teniente Wickham, de la espedición de Fitz-Koy, penetró en él, a bordo de la lancha «La Liebre».

En la costa fuimos bien recibidos por el Sr. An­tonio Oneto, comisario nacional y administrador de la colonia, y que luego que supo el objeto que me llevaba, puso a mi disposición su casa y su me­sa y me proporcionó inmediatamente caballos con qué llegar al pueblito, situado a cuatro millas de la desembocadura.

La vegetación es pobre relativamente, y los ar­bustos espinosos que crecen decrépitos entre los cascajos y los innumerables moluscos destruidos que blanquean el suelo, signo evidente del levan­tamiento de la costa, predisponen mal el ánimo del recién llegado, que encuentra, en ese paraje árido, la corroboración de la fama inhospitalaria de las tierras patagónicas. Pero esa primera y desagradable impresión, se disipa después de cru­zar los primeros médanos, y tórnase placentera pasada una milla, donde el cascajo y la arena mo­vediza e incómoda desaparecen: se presentan pe­queños retazos de pastos fuertes y la vegetación es más uniforme, predominando ya las gramíneas, entre otras, la preciosa cortadera.

En las inmediaciones de la aldea principian los trigales y se ven diminutas huertas, con legumbres y pequeños alfalfares; y algunos pocos álamos plantados por los colonos y sauces de los que, an­tes de la venida de éstos, adornaban las orillas del río, alegran el punto poco pintoresco, donde se le­vantan los escasos edificios de Tre-Rawson. El nombre de este pueblo ha sido dado en honor del Dr. Guillermo Rawson, quién, siendo ministro del interior, decretó la formación de la colonia. Fué fundado el 28 de julio de 1865, y se halla situado en la margen izquierda del río. Propiamente, no se le puede llamar pueblo, pues sólo consiste en una pequeña agrupación de 15 ó 20 casuchas, la mayor parte construidas de adobe crudo.

Setecientos individuos de ambos sexos, forman la colonia y ese número está, dividido en 509 galenses adultos, 35 adultos de varias nacionalidades y 156 argentinos, de los que 150 son nacidos en la colo­nia y sólo 6 adultos. No carece, pues, de funda­mento, la afirmación que ya se ha hecho varias veces, de que la colonia se componía, exclusiva­mente, de habitantes del país de Gales. Esos 700 habitantes se hallan esparcidos en 120 casas, más o menos, en una extensión de 20 millas de Este a Oeste, en el valle y a orillas del río. Además de Tre-Rawson, hay otro grupo de casas en Gaiman (Piedra Blanca) a la entrada del valle superior. En ese punto, las habitaciones son más cómodas y están construídas, en su mayor parte, de arenisca endurecida, que se obtiene de la meseta inmediata.

Si no hubiera sido por los auxilios del gobierno, que algunos han tratado de hacer creer que no pa­saban de promesas, la existencia de la colonia galense hubiera sido de pequeñísima duración.

Basta saber que de los 509 colonos galenses, menos de la décima parte han sido agricultores en el país de su nacimiento, donde casi todos han te­nido ocupaciones de un orden distinto, como ser trabajadores en las minas de carbón, picapedre­ros, etc.

Felizmente, los colonos que llegaron desde 1875, son más aptos que los antiguos y la comunicación que se hace con más frecuencia, entre Buenos Ai­res y ese punto, junto con la mensura definitiva de los terrenos y el establecimiento de la comisaría nacional, que distribuye raciones y semillas, han dado gran impulso a la actividad de la población.

Todo el terreno cultivable o de sembradío, no alcanza a 15.000 hectáreas en el valle. Por esto es que la colonia jamás alcanzará el desarrollo que aguarda a muchas de las establecidas en otros pa­rajes de la República Argentina.

Sin embargo, creo que con algunos trabajos en el cauce del río, y haciendo acequias que lleven las aguas hasta regar los plantíos, como ya lo han hecho algunos colonos industriosos, las cosechas serán más aseguradas. Deben asimismo, en vez de destruir los pocos árboles con que la naturaleza ha adornado esos parajes, hacer plantaciones de otros, tales como eucalyptus, algunos coniferos, álamos y sauces, que si bien no es cierto que su infuencia en el cambio de las condiciones meteo­rológicas sea muy grande, proporcionarán made­ras para construcción, que hoy tienen que condu­cirse desde Buenos Aires, o del Estrecho de Ma­gallanes e Isla de los Estados.

Abrigo la convicción de que, si la colonia del Chubut, en las actuales condiciones, no tiene gran porvenir ni vida propia, cuando se estudie el te­rritorio comprendido entre el río Negro y el Chu­but y la inmigración haya llevado la vida a los vastos valles del occidente hasta los Andes, su im­portancia será grande y será la válvula de desaho­go de esas extensas comarcas.

  1. Don Nicolás Avellaneda.
  2. Don Bernardo de Irigoyen.