Abrir menú principal
PRIMEROS ENSAYOS

Niño aún, la lectura de las aventuras de Marco Polo, de Simbad el Marino, de las relaciones de los misioneros de la China y del Japón, publica­das en los Anales de Propaganda Fide, hecha en alta voz en el refectorio del colegio, despertó en mí un vivo deseo de correr tierras. Y, más que todo, los cortos extractos que los diarios de en­tonces publicaban de los viajes y exploraciones de Livingstone, y de las expediciones enviadas en busca de Franklin, perdido entre los hielos del Norte, ejercieron en mi cerebro predispuesto un efecto singular e inexplicable y suscitaron en mi alma, un sentimiento de profunda admiración por esos mártires de la ciencia, y un vivo anhelo de seguir, en esfera más modesta, el ejemplo de tan atrevidas empresas.

Nuevas lecturas despertaron en mí afición por la Historia Natural, e influyeron a que me deci­diera a formar un «Museo». El camino de Palermo fué puesto a contribución los días domingo, procurándome abundante acopio de cornalinas y jaspes mientras los empedrados de las calles su­ministraban magníficos ejemplares de otras rocas.

Algunas personas se dignaron aumentar la co­lección con los donativos siguientes, que conside­raba adquisiciones importantísimas: dos vértebras caudales, fracturadas, de un Glyptodon; tres pla­cas de la coraza del mismo animal; algunos insec­tos del Paraguay; un arco con seis flechas, arma de los indios del Chaco, y un famoso «Idolo de una pagoda China» figurón bautizado así por nosotros, y que era el crédito de nuestra colección, digo nuestra, porque entonces tenía de socios a mis dos hermanos, quienes me cedieron algún tiempo después su parte en ella. Ese ídolo era dig­no rival de un «Oso trabajado en marfil de morsa por los esquimales» de la misma y en alto grado dudosa autenticidad, y que mi primo y colega E. L. Holmberg guardaba con respeto casi religioso. Este era el objeto de mayor valor de su importan­te colección que entonces cabía, holgada, en una caja de madera, que antes de servir de salón de museo, había contenido una gorra de señora.

El Dr. Germán Burmeister, el sabio director del Museo Público, también tuvo la bondad de interesarse por nosotros, haciéndonos algunos rega­los de minerales insignificantes, y sin darse por aludido, una vez que uno de mis hermanos le pi­dió inocentemente el magnífico brillante en bruto de la colección del Museo. Su bondad llegó hasta el punto de visitar repetidas veces lo que llamaba «mis colecciones», subiendo, inválido como es, los setenta empinados escalones de un mirador.

Llegada la época de la fiebre amarilla en 1871, durante mi permanencia en el campo, principió mi verdadera prosperidad. La laguna de Vitel y el arroyo del mismo nombre me suministraron riquezas paleontológicas, dignas de figurar hasta en los museos más ricos del mundo.

En 1872 el envío hecho por un amigo, residente en el Carmen de Patagones, de algunos objetos considerados muy importantes por personas com­petentes, me decidió a llevar a cabo mi primer viaje a la Patagonia.

Mi imaginación exaltada con la vista de esas adquisiciones, me prometía abundante cosecha en los arenales del Sur. Corto fué el viaje, pero pro­vechoso. Los paraderos y cementerios cuya exis­tencia había revelado Strobel, me suministraron cráneos y objetos de piedra en número suficiente para poder formarme una idea del interés que ofrecía el estudio del indígena patagónico. Los primeros resultados de esa escursión, publicada merced a la buena voluntad del Profesor Broca, me dieron a conocer que había aún mucho que reunir allí para la historia antigua del hombre en América.

Había descubierto singulares formas craneanas que indicaban elementos étnicos distintos, puros y mezclados, esparcidos en un espacio muy limi­tado; sílices tan magníficamente trabajados que despiertan admiración por esos hombres primiti­vos, incultos y sepultados en la barbarie, pero do­tados de un sentimiento artístico bastante ade­lantado.

Mi vocación estaba decidida: había descubierto un tesoro científico y era necesario explotarlo.

La gran cuestión del hombre fósil cuya existen­cia, aún no hace muchos años, era considerada co­mo un mito, acababa de ser sometida a discusión por eminentes sabios, y los congresos y reuniones arqueológicas y antropológicas llamaban la aten­ción del mundo entero.

Esos sabios habían entrevisto, hacía tiempo, para la humanidad, una antigüedad mayor que la que le asignaban las tradiciones bíblicas, y la ciencia escudriñaba impasible, en busca de la verdad, las capas geológicas formadas por los grandes ca­taclismos de la creación.

La cronología vulgar había sido desechada, y en cambio se concedía al hombre una edad tan considerable que no podía avaluarse por años ni por siglos y para la cual la época histórica era un segundo en la hora de los tiempos.

Los sílices rudamente tallados y la mandíbula humana, envuelta aún en el rojo sudario del diluvium de Moulin-Quignon, habían demostrado a los asombrados pero rectos geólogos ingleses y franceses, la existencia del primitivo habitante que vivió allí en épocas ya perdidas en la oscu­ridad de las edades geológicas. Su revelación por el inmortal, pero modesto Boucher de Perthes, contestada por unos, aceptada por otros, había re­cibido la más brillante comprobación.

Las huellas de esa marcha progresiva a la per­fección, efectuada por medio y a impulsos de la lucha por la existencia, estaban marcadas en las más apartadas y misteriosas soledades, por obras portentosas, hijas del espíritu humano.

Los gobiernos y corporaciones científicas, que de un siglo a esta parte, se habían apresurado a reunirlas en grandiosos templos, dieron entonces nueva actividad a las investigaciones en su busca.

El eco de ellas llegó a Buenos Aires, reforzado para mí, por los consejos alentadores del profe­sor Pablo Broca, uno de los sabios más modestos y eminentes de la Francia, que había consagrado su poderoso talento al engrandecimiento y a la di­vulgación de la nueva ciencia, la Antropología, que, puede definirse como Historia de la forma­ción y evolución del hombre.

Desde entonces, mi mayor anhelo fue contribuir con mi humilde concurso a esos adelantos. Fruto de mis tareas ha sido la colección que he formado y que he tenido la honra de donar para fundar «El Museo Antropológico y Arqueológico de Bue­nos Aires», del que soy director.

Para mí, el suelo austral, árido y triste, tenia grandes atractivos después de mi primer visita.

No bastaba estudiar las generaciones extingui­das que el tiempo había sepultado en el litoral marítimo patagónico. Era necesario compararlas con las tribus que las sucedieron en la posesión del territorio y al efecto debía visitarlos en perso­na. Vivir con los indígenas en sus mismos reales y recoger allí los datos buscados, vale mucho más que leer todas las relaciones de cronistas, que ge­neralmente no son abundantes de verdad.

Otro motivo que me impulsaba a viajar en el interior de la Patagonia, era la escasez de conoci­mientos que tenemos sobre su geología y geo­grafía.

Quizás donde las cartas geográficas presentan grandes claros, existían nuevos ríos, lagos y mon­tañas que las completarían y modificarían al mis­mo tiempo, y la atracción de lo desconocido me arrastraba a buscarlos.

Por ese tiempo, a mediados de 1874, el gobierno nacional resolvió enviar a Santa Cruz el bergan­tín goleta Rosales comandado por D. Martín Guerrico y con consentimiento oficial me embarqué en él en compañía del Dr. Carlos Berg.

Salimos en agosto y regresamos a fines de di­ciembre. En los cuatro meses que duró la excur­sión, visitamos dos veces el Carmen y una la ba­hía Santa Cruz, donde nos detuvimos menos tiem­po del que pensábamos, pues nuestras intenciones eran ascender el río hasta sus nacientes. Motivos que no es este el lugar de enunciar, nos impidie­ron llevar a cabo nuestro programa en esa parte. Las dos visitas al Río Negro dieron por cosecha ochenta cráneos de indígenas antiguos, más de quinientas puntas de flechas, trabajadas en pie­dra, muchos otros objetos y algunos cráneos y utensilios de los actuales.

Los acontecimientos políticos que tuvieron lu­gar en ese año influyeron para que ese viaje no fuera más prolongado y provechoso; sin embargo, había conseguido entenderme con algunos indios sometidos a la autoridad nacional y había entre­visto la posibilidad de efectuar un viaje a través de la Patagonia. Allí encontraría lo que buscaba.

De vuelta a Buenos Aires, mi nuevo programa era seguir el ejemplo de Villarino, Cox y Musters y visitar los celebrados manzanares y pinares de los Andes.

Este programa fué aceptado por la Sociedad Científica Argentina y el gobierno de la provin­cia, que costearon la mayor parte de los gastos de viaje.

Si ese viaje no realizó todas mis esperanzas, no fué por falta de voluntad: encontré las tribus an­dinas hostiles y tuve que retroceder desde la Cor­dillera.

Verificada la excursión a la Patagonia Setentrional por tierra desde Buenos Aires, iniciéme en el arte de viajar en las pampas, acostumbrán­dome a las fatigas inherentes, y de allí resolví la exploración del río Santa Cruz que trato en los capítulos siguientes de describir en extenso.