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Recuerdos de un hacendado
Usted es dueño, patrón

de Godofredo Daireaux



Don Lisandro era hombre prudente. Sabía lo que era poblar estancias; sabía que cualquier cosa, en el campo, cualquier trabajo cuesta un ojo de la cara y que si empieza uno a voracear, pronto se funde o funde al patrón, si trabaja por cuenta ajena.

Pero también sabía que para plantear un establecimiento, sobre todo en los tiempos actuales, hay que gastar buenos pesos, porque las necesidades son otras que cuando era muchacho, y que un rancho y un pozo bastaban. Por esto es que cuando el señor don Andrés Martín, por recomendación de un amigo, lo tomó de mayordomo y le encargó de poblar las cuatro leguas de campo que tenía en la pampa, no apuntó en la nota de lo que se necesitaba para ponerlas en condición de producir, más que lo absolutamente preciso: animales de las tres especies, en cantidad suficiente para poblar y dejar, al mismo tiempo, holgura para el futuro procreo; materiales de construcción: madera y hierro para casas, ranchos y un galpón; postes y alambre para algunos pequeños potreros indispensables y corrales; material para dos o tres aguadas urgentes; un carro y aperos para el traqueo; útiles y muebles para la primera instalación; en fin, todo lo de absoluta necesidad para empezar y nada más.

El señor don Andrés Martín, negociante en la capital, encontraba asimismo que se le iba mucha plata en un campo que tan poco le había costado, y que, sin tanto trabajo, hubiese podido ya vender con gran utilidad. Con todo, se conformó, y aunque con muecas, compró, pagó y remitió todo lo que se le pedía, y hasta mandó dinero para abonar allá fletes, sueldos, acarreos y mano de obra: ¡la mar!

Pero desde luego le empezó a parecer que lo mismo que en su casa de comercio, todo lo debía ordenar él.

Sobre todo que ya sólo quedaba la estancia a cuatro leguas de una estación, y que, cualquier día, podía estar allá. Compró y mandó un breack; porque cuatro leguas a caballo, cuando uno nunca ha sido jinete, es penoso, y con el breack apareció él también en la estación. Don Lisandro, avisado por telégrafo, había traído caballos. De tiro, no tenía más que los del carro, pero el hombre hábil se remedia como puede, y don Lisandro era todo un hombre de campo. Por lo demás, modesto, respetuoso y formal; diestro para arreglarlo todo bien y sin bulla, con esa discreta autoridad que tanto sienta al que manda en segundo lugar y es sobre la gente de peso tan efectivo.

A don Andrés, por supuesto, todo le parecía más bien poco lo que, con tanto dinero, se había hecho. Los animales, largados en el campo, poco se ven, y mil vacas esparcidas entre las cortaderas parecen al pueblero que las ha pagado, bien poca cosa, sobre todo cuando hace poco que se han traído, que apenas han tenido tiempo de aquerenciarse; que todavía no ha nacido un ternero y que ni siquiera se puede aún pensar en tener un novillo gordo.

Don Lisandro explicó que el primer año es difícil sacar producto de un campo; que todo es entonces gasto y trabajo, sin provecho inmediato; y el señor Martín bien tuvo que conformarse. Pero volvió a la capital resuelto a tomar con mano firme, aun de lejos, la dirección y el manejo de sus intereses.

Y don Lisandro empezó a recibir tantas cartas, con tantas preguntas y tantas órdenes, que no le alcanzaba el tiempo para contestarlas. Era algo lerdo para escribir. No contenían las cartas, por lo demás, retos verdaderos; pero tampoco nunca aprobación de lo que hiciera. Si llovía mucho y que lo anunciara casi se le hacía sentir en seguida que hubiese podido moderar la lluvia. Si, por el contrario, apretase la sequía, casi parecía extraño al amo que su mayordomo no pudiese hacer llover.

-Estamos escasos de pasto -decía éste.

-Sería bueno tratar de remediar esa eterna escasez de pasto -contestaba el señor Martín, como si hubiese pedido, mandando pesos, a algún corresponsal, una mercadería que le hiciera falta.

-El jagüel número 3 se ha desmoronado -escribía don Lisandro-. Lo estoy haciendo componer.

-Los jagüeles deberían estar hechos de tal modo que no se desmoronasen, pues así se evitarían muchos gastos -contestaba con severidad don Andrés.

-He tenido que volver a bañar las majadas porque se estaban picando mucho.

-Este segundo baño vendrá a costarme más de lo que va a dar -fue la contestación.

Y después de seguir así un tiempo la correspondencia, don Lisandro no se animó ya a hacer nada, aunque fuese lo más urgente, sin pedirle antes su parecer al patrón.

Pronto lo notó éste y quedó lo más satisfecho. Pensó que don Lisandro, al fin, se había dado cuenta de que él, como era lo más natural, entendía mejor que un simple mayordomo, un pobre gaucho, al fin, lo que se debía hacer y lo que no.

-El patrón es el que paga -decía-, y el patrón tiene que mandar.

Cuando se aproximó el tiempo de la esquila, don Lisandro escribió al señor Martín preguntándole en qué mes pensaba esquilar, para ir preparando todo con anticipación; y don Andrés, anhelando ver por fin un producto de su estancia, se apresuró a contestarle que inmediatamente, y que pidiese lo que necesitaba. Consultado, don Lisandro hubiese aconsejado esperar por lo menos un mes, por el peligro que siempre hay en apurar la esquila de majadas que no tienen galpón, ni siquiera reparo; pero ya había aprendido a conocer al amo y se contentó con manifestar el deseo de que viniese a presenciar, siquiera por algunos días, el trabajo. Así podría salvar mejor lo que le podrían dar de responsabilidad en el asunto.

¡Por supuesto que iba a venir don Andrés!

Llegó. Había empezado la esquila desde hacía dos días. Era a principios de octubre y no faltaban vecinos que criticaran la ocurrencia de esquilar tan temprano. Pero los vecinos siempre critican. Asimismo, a fuerza de oír repetir que era una imprudencia, le entró a don Andrés algo de inquietud y pidió a don Lisandro, casi imperativamente, su opinión sobre si se debía seguir o suspender el trabajo.

El mayordomo se contentó con decirle que era «según y conforme», y que lo mismo podía venir mal tiempo más tarde como buen tiempo ahora, y que «él era dueño».

No le disgustó del todo a don Andrés la fórmula, y sin pedir más, hizo seguir el trabajo.

En la tarde del tercer día se armó en el horizonte una tormenta. Don Lisandro mandó dejar encerradas las ovejas recién esquiladas, cuando se dejó el trabajo. Pero don Andrés, conmovido por el padecimiento de esos pobres animales que estaban sin comer desde tantas horas, preguntó a don Lisandro por qué no las hacía largar de una vez.

-Patrón -contestó éste-, es que le tengo miedo a esta nube.

-¿Y qué importa esta nube? -replicó don Andrés-. ¿No ve que están muertas de hambre estas ovejas? Hágalas soltar, no más.

-Usted es dueño, patrón -contestó don Lisandro, y llamando al capataz, le dio orden de soltar las ovejas.

En la cara del capataz se pintó cierto asombro, y como vacilase:

-¿Qué hace?, pues, hombre -le gritó don Andrés-. Abra esa puerta.

-Usted es dueño -repitió el capataz, con algo de resignación y de sorna en la voz, y abrió el corral.

Las ovejas salieron, apuradas, y se extendieron a comer.

«Él es dueño, él es dueño», parecía que decían, balando con la boca llena.

Don Andrés estaba también mascullando algo como: «Claro que soy dueño; claro que soy dueño».

Pero como viniera creciendo mucho la gran nube negra aquella, empezaba poco a poco a pensar en el modo tan peculiar con que don Lisandro, primero, y después el capataz, le habían contestado ambos:

-Usted es dueño, patrón.

Y cuando empezó a tronar y a llover a cántaros, con un viento que se lo llevaba todo por delante, y que al ratito, no más, antes de que las pudiesen atajar, vio disparar las ovejas recién peladas, hasta quién sabe dónde, dejando el tendal de tullidas, se sintió invadir como por una duda de que fuera siempre muy ventajoso el ser dueño.

De vez en cuando, había escrito a don Lisandro -bien se acordaba- que se atuviese siempre «estrictamente», «al pie de la letra», a sus órdenes; y ahora le parecía que quizá había hecho mal, y que no siempre salvaguarda bien sus intereses la sola autoridad del dueño.

Quedó pensativo.

Al día siguiente, pasó con don Lisandro cerca de una de las aguadas y vio que funcionaba mal el molino. Crujía, gritaba, giraba mal, y la bomba casi no sacaba agua.

Iba a hablar; pero se acordó que a un pedido de aceite de don Lisandro había contestado que no mandaba más, porque lo habían gastado muy ligero; y se calló. Don Lisandro tampoco dijo nada. Con el molino se entendía: éste chirriaba, gruñía, y el mayordomo, a media voz, le contestaba:

-Pedile aceite al dueño.

Al pasar por una loma, cerca de la cual había un puesto, don Andrés dijo a don Lisandro:

-Tengo ganas de poner una majada más, aquí.

-Usted es dueño -contestó el mayordomo.

-¿Usted no lo haría, don Lisandro?

-Yo no -contestó éste-, pero usted es dueño.

No insistió don Andrés; pero quedó entre caviloso y rabioso.

Un poco más lejos, al ver muy pastoso un potrero que don Lisandro tenía reservado para cuando separase los novillos, exclamó don Andrés:

-¡Qué potrero lindo! ¿Por qué no le echa las vacas, don Lisandro?

-Bien, patrón; usted es dueño -contestó el mayordomo.

Y rabió, otra vez, don Andrés; pero quedó callado. No se daba del todo cuenta del por qué no hubiese don Lisandro puesto una majada más en aquella loma, ni echado las vacas al potrero ese tan pastoso; ni tampoco se animaba a preguntarle sus motivos, porque le hubiese parecido que se rebajaba, pero sospechaba que los tendría, y de peso, para opinar con tanta firmeza, aunque agregase ese molesto: «Usted es dueño».

Poco a poco, el temor de comprometer por su ignorancia de las cosas del campo -que ya empezaba, a pesar suyo, a confesarse- los intereses de la estancia, venció su amor propio de dueño; y cuando, al pasar cerca de un pequeño alfalfar, donde se destetaban, sin sufrir, unos terneros, preguntó a don Lisandro por qué no los echaba más bien al campo, éste le contestó:

-Si gusta, patrón; usted es dueño -ya se le fingió enfadado.

-¡Oh! déjese usted, don Lisandro -le dijo-, de su «usted es dueño» que me fastidia. Explíqueme más bien las cosas, hombre, para que las entienda.

Don Lisandro era muy buen hombre y no quiso abusar de su victoria. Explicó a su patrón muchas cosas que éste no sabía, sobre manejo práctico y racional de las haciendas en un campo, y don Andrés, convencido ya de que sus intereses estaban en muy buenas manos, cuando consultaba con don Lisandro sobre algún punto dudoso para él, y que éste le decía: «Usted es dueño»:

-Sí... -contestaba en el acto-, de hacer barbaridades. Bueno, don Lisandro, haga usted como si fuera dueño.


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