Una excursión: Capítulo 33

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 33
 de Lucio V. Mansilla


Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.


El cacique general de las tribus ranquelinas tendrá cuarenta y cinco años de edad.

Pertenece a la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él.

Una negra cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y hermosea su frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos grandes ojos rasgados, hundidos, garzos y chispeantes, que miran con fijeza por entre largas y pobladas pestañas, cuya expresión habitual es la melancolía, pero que se animan gradualmente, revelando entonces, orgullo, energía y fiereza; una nariz pequeña, deprimida en la punta, de abiertas ventanas, signo de desconfianza, de líneas regulares y acentuadas; una boca de labios delgados que casi nunca muestra los dientes, marca de astucia y crueldad; una barba aguda, unos juanetes saltados, como si la piel estuviese disecada, manifestación de valor, y unas cejas vellosas, arqueadas, entre las cuales hay siempre unas rayas perpendiculares, señal inequívoca de irascibilidad, caracterizan su fisonomía bronceada por naturaleza, requemada por las inclemencias del sol, del aire frío, seco y penetrante del desierto pampeano.

Mariano Rosas es hijo del famoso cacique Painé.

Colocado estratégicamente en Leubucó, entre las tribus de los caciques Ramón y Baigorrita, es el jefe de una confederación.

Apoyando unas veces a Ramón contra Baigorrita y otras a Baigorrita contra Ramón, su predominio sobre ambos es constante.

Dividir para reinar es su divisa. Así Baigorrita y Ramón, que son bravos en la pelea, diestros en todos los ejercicios ecuestres, entendidos en todo género de faenas rurales, sin tenerle envidia a este Bismarck ranquelino, ponderan la prudencia de sus consejos, su sesuda previsión, su carácter persistente y conciliador.

El año de 1834 fue hecho prisionero en la laguna de Langhelo, situada donde actualmente existe el fuerte Gainza cuyos primeros cimientos los puse yo, al avanzar, hace ocho meses, la frontera sur de Santa Fe.

Este paraje dista como treinta leguas de Melincué.

Mariano Rosas, junto con algunos indiecitos y alguna chusma se habían quedado allí, cuidando una caballada de refresco, mientras su belicoso padre daba un malón , internándose muy adentro.

Los cristianos encargados de la seguridad de la frontera norte de Buenos Aires, maniobrando hábilmente, se lanzaron al sur cuando sintieron la invasión, para salirles a los ladrones de adelante; ocuparon y se posesionaron de una de las aguadas principales por donde debían pasar con el botín, sorprendieron a los caballerizos, les quitaron toda la caballada y los cautivaron lo mismo que a la chusma.

Mariano Rosas y sus compañeros de infortunio fueron conducidos a los Santos Lugares. Allí permanecieron engrillados y presos, tratados con dureza, cerca de un año, según sus recuerdos.

Perdían la esperanza de mejorar de suerte. Mas como está de Dios que el hombre suba a la cumbre de la montaña cuando menos lo espera, cayendo en el abismo de la desgracia cuando todo sonríe a su alrededor, un día los llevaron a presencia del dictador don Juan Manuel de Rosas.

Interrogándolos minuciosamente, supo éste que Mariano, que se llamaba a la sazón como su padre, era hijo de un cacique principal de mucha nombradía. Le hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano en la pila, le dio su apellido y le mandó con los otros de peón a su estancia del Pino.

En ella pasaron algunos años trabajando duro, alojados al raso contra un corral de ñandubay, recibiendo lecciones útiles y provechosas sobre la manera de hacer las faenas del campo, sobre el modo de amansar debidamente un potro, aprendiendo a regentear un establecimiento en forma, tratados unas veces a rebencazos, sin haber faltado en nada, atendidos generalmente con cariño, recibiendo raciones y salario como uno de tantos trabajadores, hasta que el amor de la familia, el recuerdo de las tolderías, el anhelo de una completa libertad, despertaron en ellos la idea de la fuga, a costa de cualquier riesgo.

Aprovechando una hermosa noche de luna y la confianza que en ellos tenían, echaron mano de una tropilla de caballos escogidos, y alzándose, rumbearon al Occidente. Perdiéronse por los campos, porque no eran baqueanos y porque temerosos de ser descubiertos y aprehendidos no querían acercarse a las estancias a preguntar dónde quedaba el Bragado, pueblito que conocían por haber andado maloqueando por allí siendo muchachos.

Notada en el Pino su desaparición, fueron perseguidos, según supieron después por una mujer que cautivaron; pero no los alcanzaron.

En el Puente de Márquez hallaron una partida de policía. La engañaron diciendo que habían venido a comercio y que se volvían para tierra adentro. Llegaron a la Federación, hoy Junín, después de haber andado seis días por los campos sin rumbo determinado; descansando y ocultándose entre los cardales y pajonales, y allí los dejaron pasar, mediante un pretexto igual al anterior. Entonces había paz con algunas tribus que vivían por el Toay, de modo que la composición de lugar ideada para escapar a la persecución, se concibe que surtiera efecto.

Esta es la referencia que el mismo Mariano Rosas me ha hecho. Si no te pareciese verosímil, recuerda aquello, Santiago amigo, de:

Y si, lector, dijeres ser comento,
como me lo contaron te lo cuento.

Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su padrino; hablaba de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe se lo debe a él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor; que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó a enlazar, a pialar y a bolear a lo gaucho.

Que a más de estos beneficios incomparables le debe el ser cristiano, lo que le ha valido ser muy afortunado en sus empresas. Ya te he dicho que estos bárbaros respetan a los cristianos, reconociendo su superioridad moral, aunque les gusta vivir como indios, el dolce far niente , tener el mayor número posible de mujeres, tantas cuantas pueden mantener, en una palabra, ser evangelistas en cuanto esto presupone cierta virtud misteriosa para ser felices en la paz y en la guerra.

Verdad es que la civilización moderna hace lo mismo con cierto disimulo, y es por esto, sin duda, que alguien ha dicho que nuestra pretendida civilización no es muchas veces más que un estado de barbarie refinada.

Por supuesto, que siendo yo sobrino carnal de Rosas, oyéndolo hablar al indio de su padrino y progenitor postizo, me haría la ilusión de que lo más fácil del mundo para mí era catequizarlo. Al más ducho se le queman los libros en presencia de un hombre de estado primitivo. La vanidad y tontera humanas, ¿dónde no reciben su castigo? Ya veremos cómo la diplomacia es igual en todas partes, lo mismo en Londres que en Viena, en Buenos Aires que en Leubucó; que la cuña para ser buena ha de ser del mismo palo. Y lo que es más filosófico aún, que la gratitud anda a caballo en casa de aquellos que creen merecérselo todo.

Al poco tiempo de estar Mariano Rosas en su tierra, su padrino, que no daba puntada sin nudo, viendo que el pájaro se le había escapado de la jaula, y que es bueno tener presente que quien cría cuervos se expone a que éstos le saquen los ojos, le mandó un regalo.

Consistía en doscientas yeguas, cincuenta vacas y diez toros de un pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas obscuras, un apero completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de yerba y azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas divisas coloradas.

Con este regio presente iba una afectuosa misiva, que Mariano conserva, concebida más o menos así:

Mi querido ahijado: No crea usted que estoy enojado por su partida, aunque debió habérmelo prevenido para evitarme el disgusto de no saber qué se había hecho. Nada más natural que usted quisiera ver a sus padres, sin embargo que nunca me lo manifestó. Yo le habría ayudado en el viaje haciéndolo acompañar. Dígale a Painé que tengo mucho cariño por él, que le deseo todo bien, lo mismo que a sus capitanejos e indiadas. Reciba ese pequeño obsequio que es cuanto por ahora le puedo mandar. Ocurra a mí siempre que esté pobre. No olvide mis consejos porque son los de un padrino cariñoso, y que Dios le dé mucha salud y larga vida. Su afectísimo. - Juan de Rosas .

Esta cartita meliflua y calculada llevaba un ápice insignificante al parecer:

Post data . Cuando se desocupe, véngase a visitarme con algunos amigos.

Difícil y algo más que difícil, ardua cosa es desentrañar las intenciones del más inocente mortal.

Que cada cual comente a su manera la carta y la postdata susodicha, pues.

Yo, cuando se trata de los pensamientos del prójimo, siempre tengo presente el dicho de cierto moralista de nota, con el que lo confundió una vez a un hombre de Estado: la ley de Dios que prohibe los juicios temerarios es no solamente ley de caridad, sino de justicia y buena lógica.

Mariano Rosas recibió la carta y el presente, deliberó qué debía hacer, y como la mejor suerte de los dados es no jugarlos, o como diría Sancho, si de ésta escapo y no muero, no más bodas en el cielo, resolvió: agradecerle la fineza y no visitarlo.

Con este motivo, y para que en ningún tiempo se dudara de sus sentimientos, después de consultar a las viejas agoreras, juró no moverse jamás de su tierra.

Vinculado por este voto solemne a su hogar, al terreno donde nació, a los bosques en que pasó su infancia, Mariano Rosas no ha pisado, después de su cautiverio, en tierra de cristianos, y tiene la preocupación de que si viene personalmente a alguna invasión caerá prisionero.

Conozco este episodio de su vida, porque él mismo me lo ha contado. Diciéndole que el general Arredondo me había encargado le manifestara los vivos deseos que tenía de conocerle y que cuando estuviera afianzada la paz era conveniente que le hiciera una visita en Villa de Mercedes, me contestó.

-Eso no, hermano.

-¿Y por qué? -le pregunté.

Refirióme entonces con minuciosos detalles lo que llevo relatado; para que se vea que toda la ciencia de los indios en su trato con los cristianos, se reduce a un aforismo que nosotros practicamos todos los días: la desconfianza es madre de la seguridad.

He dicho que Mariano Rosas era hijo de Painé.

Painé murió trágicamente.

El general don Emilio Mitre, para salvar su división en 1856, tuvo que dejar en el desierto la mayor parte de su material de guerra. Llegó hasta Chamalcó y de allí contramarchó.

Los indios se vinieron sobre su rastro.

Painé, cacique general entonces de las tribus ranquelinas, los acaudillaba. En los montes hallaron un armón de municiones. Entre ellas había granadas.

Un accidente hizo reventar una. El armón voló y con él Painé. Así murió ese cacique mentado.

Su hijo mayor, Mariano Rosas, heredó entonces el gobierno y el poder.

Se cree generalmente que entre los indios, prevaleciendo el derecho del más fuerte, cualquiera puede hacerse cacique o capitanejo. Pero no es así, ellos tienen sus costumbres que son sus leyes. Aquellas jerarquías son hereditarias, existiendo hasta la abdicación del padre en favor del hijo mayor, si es apto para el mando.

Por eso actualmente, viviendo el padre del cacique Ramón, es éste quien gobierna las indiadas de Carrilobo.

Entre los indios, como en todas partes, hay revoluciones que derrocan a los que invisten el poder supremo. La regla, sin embargo, es la que dejo dicha; sólo sufre alteración cuando el cacique o capitanejo no tiene hijos ni hermanos que puedan heredar su puesto. En este caso se hace un plesbicito y la mayoría dirime pacíficamente las cosas, ni más ni menos que como en un pueblo donde el sufragio universal campea por sus respetos.

Más revoluciones hemos hecho nosotros, víctimas hoy de una oclocracia, mañana de otra, quitando y poniendo gobernadores, que los indios por la ambición de gobernar.

Y esto es asunto que se presta a fecundas consideraciones, que los que aman la libertad racional se persigan unos a otros y se exterminen con implacable saña, conculcando las instituciones que ellos mismos han formulado, reconociendo y jurando que son salvadores, por la satisfacción sensual del poder, y que los que sólo aman la libertad natural no quieren lanzas en fratricidas guerras.

Pero ya caigo.

Es que ellos creen una cosa de que nosotros no nos queremos convencer: que los principios son todo, los hombres nada; que no hay hombres necesarios; "que si César hubiese pensado como Catón, otros hubieran pensado como César, y que la República destinada a perecer habría sido arrastrada al precipicio por cualquiera otra mano". Mariano Rosas se viste como un gaucho paquete pero sin lujo. A mí me recibió con camiseta de Crimea, mordoré, adornada con trencilla negra, pañuelo de seda al cuello, chiripá de poncho inglés, calzoncillo con fleco, bota de becerro, tirador con cuatro botones de plata y sombrero de castor fino, con ancha cinta colorada.

Como Leubucó es el asiento principal de todos los refugiados políticos, la santa federación está allí a la orden del día. Y aunque parezca broma o exageración, debo decirlo, las noticias no escasean.

Todo cuanto sueñan los refugiados circula como noticia que ha venido de Mendoza o San Luis, de Córdoba o el Rosario.

Hoy es Urquiza quien se ha pronunciado contra los salvajes , mañana Saa que ha invadido; al día siguiente Guayama, el bandolero de los llanos, es el que ha sublevado la Rioja, después los Taboada han dado el grito contra el Gobierno.

Todas estas voces se discuten, se comentan, se prestan a mil conjeturas, se trata de saber cómo ha llegado, quién las ha traído, y el tiempo corre y nada sucede, y el malón aplazado se realiza, porque el tiempo es oro y es necesario no perderlo, ya que los amigos federales se duermen en las pajas. No hay idea de todas las quimeras que en aquellos mundos han mecido la imaginación con motivo de la guerra del Paraguay. Ha sido una comedia.

Pero, ahora que ya sabes el origen de Mariano Rosas, qué cara tiene, cómo se viste, de qué se ocupan los politicastros de Tierra Adentro y otras particularidades, reanudemos el hilo del relato empezado al terminar mi carta anterior.

Mariano me había hecho un yapaí . Yo tenía el cuerno lleno de aguardiente en la mano.

- Yapaí , hermano -le dije, y me lo bebí de un sorbo para no tomarle el gusto, como si fuera una purga de aceite de castor.

Sentí como si me hubieran echado una brasa de fuego en el estómago. La erupción no se hizo esperar; mi boca era un albañal. Despedía a torrentes todo cuanto había comido y una revolución intestinal rugía dentro de mí. Oía el bullicio porque tenía orejas. No veía nada. Se me figuraba que no estaba en el suelo sino suspendido en el aire, dando vueltas a la manera de una rueda que gira sobre un eje, aunque me parecía que la cabeza siempre quedaba para abajo, gravitando más que todo el resto de mi humanidad. Horribles ansias, nauseabundas arcadas, bascas agrias como vinagre, una desazón e inquietud imponderables me devoraban.

Pasó el mareo.

Los yapaí siguieron para reforzar la tranca, como decía cierto espiritual amigo sectario de Baco, cuando entraba al Club del Progreso, picado ya, y le pedía al mozo una copa de coñac. Hay situaciones que son como un incendio en alta mar; todas las probabilidades están en contra. Yo me hallaba en una de ellas. Para remate de fiestas, Mariano quería loncotear conmigo ¡ loncotear a las tres de la mañana! ¡Era nada lo del ojo y lo llevaba en la mano! Me defendí como pude. El indio no estaba para bromas. Viendo que loncotear era imposible, le dio por agarrarme de los hombros con entrambas manos sacudiéndome con todas sus fuerzas atléticas unas veces, empujándome para atrás otras. ¡Hermano!, ¡hermano!, me decía con estridente voz, mimbreándose como una vara. Yo le contenía y le rechazaba con moderación. Un movimiento brusco mío podía hacerle dar un traspié. Y si se caía de narices, quién sabe si sus comensales no me hacían a mí lo que los arrieros a don Quijote.

Bien considerado el caso, era peliagudo. Una de las veces que esforzándome en contenerlo tropezó, por poco no cae despatarrado, despachurrándose.

Abrazóse de mí con sus membrudos brazos. Temí algo. Le busqué el puñal, lo hallé, lo empuñé vigorosamente para que no pudiese hacer uso de él, y así permanecimos un rato, él pugnando por sacarme campo afuera, yo luchando por no retirarme de la enramada. Nos separábamos, nos volvíamos a abrazar. Tornábamos a separarnos y en cada atropellada que me hacía metíame las manos por la cara. Yo estaba tentado de llamar a mis oficiales y asistentes, porque francamente, recelaba un desaguisado. Pero me daba no sé qué hacerlo. Cierto es que allí no había perros que me asustaran, mas es que tampoco había miriñaques que me alentaran. Aquel público, el instinto que despertaba en mí era el de la conservación.

De aguardiente no quedaba ya sino el olor.

La chusma quería rematarse.

-Dando más aguardiente, Coronel -me decían.

-Otro poco, hermano -me dijo Mariano.

Miguelito les habló en su lengua, y tirándome de un brazo:

-Vamos, mi Coronel -me dijo.

Comprendí que quería sacarme de allí. Lo seguí. Los indios se echaron al suelo, unos sobre otros, todos revueltos.

Miguelito me llevaba en dirección a mi rancho. Iba a amanecer. El cielo se había cubierto de nubes. La luz de las estrellas apenas brillaba al través. Estábamos en tinieblas. Yo caminaba, no por mi voluntad sino arrastrado por mi guardián. Me bamboleaba perdiendo por momentos el equilibrio. Llegamos a la puerta de mi rancho.

Miguelito alzó el cuero.

-Entre y descanse -me dijo-, mi Coronel. Yo voy a entretenerlos a aquéllos.

Entré.

Detrás de mí entró una sombra.

A la luz moribunda del candil que había llevado Carmen hacía rato, me pareció ver una mujer.

Estas mujeres se le aparecen a uno en todas partes. Nos aman con abnegación.

¡Y tan crueles que somos después con ellas!

Nos dan la vida, el placer, la felicidad.

¿Y para qué? Para que tarde o temprano en un arranque de hastío exclamemos:

"Siempre igual, necias mujeres."


Capítulo 33