Una excursión: Capítulo 31

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 31
 de Lucio V. Mansilla


Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es loncotear. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.


Estábamos en el toldo de Mariano Rosas cuando conocí por primera vez a Miguelito.

La orgía había comenzado:

Este chilla, algunos lloran,
y otros a beber empiezan,
de la chusma toda al cabo
la embriaguez se enseñorea.

Los franciscanos, comprendiendo que aquello no rezaba con ellos, se pusieron en retirada, refugiándose en el rancho de Ayala; los oficiales se habían colocado a distancia de poder acudir en auxilio mío si era necesario; los asistentes rondaban la enramada con disimulo; Camilo Arias, con su aire taciturno, se me aparecía de vez en cuando como una sombra, diciéndome de lejos con su mirada ardiente, expresiva, penetrante: por aquí ando yo.

Por bien templado que tengamos el corazón, es indudable que el silencio, la soledad, el aislamiento y el abandono hacen crecer el peligro en la medrosa imaginación.

Es por eso que el valor a medianoche es el valor por excelencia. Las tinieblas tienen un no sé qué de solemne, que suele helar la sangre en las venas hasta congelarla.

Yo no creo que exista en el mundo un solo hombre que no haya tenido miedo alguna vez de noche.

De día, en medio del bullicio, ante testigos, sobre todo ante mujeres, todo el mundo es valiente, o se domina lo bastante para ocultar su miedo.

Yo he dicho por eso alguna vez: el valor es cuestión de público. El hombre que en presencia de una dama hace acto de irresolución puede sacar patente de cobarde.

Yo tengo un miedo cerval a los perros, son mi pesadilla; por donde hay, no digo perros, un perro, yo no paso por el oro del mundo si voy solo, no lo puedo remediar, es un heroísmo superior a mí mismo. En Rojas, cuando era capitán, tenía la costumbre de cazar.

De tarde tomaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito.

En dirección del bañado, donde los patos abundan más, había un rancho.

Inevitablemente debía pasar por allí, si quería ahorrarme un rodeo por lo menos de tres cuartos de legua.

Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un mastín que habitaba el susodicho rancho, era todo uno. Desde ese instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él.

Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que debiera batirme cuerpo a cuerpo.

En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía; estiraba la cola, se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contraía las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos dientes.

Eso solo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí mismo, pero diciéndome interiormente: "El miedo es natural en el prudente", cambiaba de rumbo, rehuyendo el peligro.

Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé a ver si temblaba.

Estaba entero, me sentí hombre de empresa, y me dije: pasaré .

Salgo, marcho, avanzo y llego al Rubicón.

¡Miserable!, temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón; pero fue en vano.

Yo no era hombre, ni soy ahora capaz de batirme con perros. Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque sean falderos, cuzcos o pelados.

Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que tenía miedo de él.

Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro.

Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro hizo una evolución, tomó distancia y se plantó como diciendo: descarga tu arma y después veremos.

¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante?

Probablemente no.

Era manso, yo lo averigüé después.

Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi debilidad, se divertía conmigo, como yo podía haberlo hecho con un muchacho.

No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, a falta de otras facultades, está sumamente desarrollada.

Cualquier caballo, mula, jumento o perro, nos aventaja en conocer el intrincado camino por donde tenemos costumbre de andar.

Los pájaros se trasladan todos los años de un país a otro, emigrando a más o menos distancias, según sus necesidades fisiológicas.

Ahí están las golondrinas que, después de larga ausencia, vuelven a la guarida de la misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que habitaron el año anterior.

Queda de consiguiente fuera de duda que lo que el perro hacía conmigo lo hacía a sabiendas. ¡Pícaro perro!

Hubo un momento en que casi lo dominé. ¡Ilusión de un alma pusilánime!

Al primer amago de carga eché a correr con escopeta y todo; los ladridos no se hicieron esperar, esto aumentó el pánico, de tal modo, que el animal ya no pensaba en mí y yo seguía desolado por esos campos de Dios.

Y sin embargo, si yo hubiera ido en compañía de alguna dama, el muy astuto no me corre. Y ella habría huido.

Las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de disparates, inclusive el de hacernos matar.

Yo me bato con cualquier perro, aunque sea de presa, por una mujer, aunque sea vieja y fea, si soy su cabaleiro servente .

Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno o arrojándose de una torre. No hay que discutirlo.

Hay héroes porque hay mujeres.

Y es mejor no pensarlo: ¿qué sería el hermoso planeta que habitamos, sin ellas?

La presencia e inmediación de los míos, el orgullo de no dejarme avasallar ni sobrepujar por aquellos bárbaros en nada y por nada, me hacían insistir, contra las reiteradas instancias de Mariano Rosas, en no retirarme.

Mi principal temor era embriagarme demasiado. A una loncoteada no le temía tanto.

Loncotear, llaman los indios a un juego de manos, bestial. Es un pugilato que consiste en agarrarse dos de los cabellos y en hacer fuerza para atrás, a ver cuál resiste más a los tirones. Desde chiquitos se ejercitan en él.

Cuando a un indiecito le quieren hacer un cariño varonil, le tiran de las mechas, y si no le saltan las lágrimas le hacen este elogio: ese toro.

El toro es para los indios el prototipo de la fuerza y el valor. El que es toro, entre ellos, es un nene de cuenta.

¡Los "yapaí, hermano" no cesaban!

Epumer la había emprendido conmigo, y un indiecito Caiomuta, que jamás quiso darme la mano, so pretexto de que yo iba de mala fe: ¡Winca engañando!, salía constantemente de sus labios.

El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula mano de los beodos, que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya cantaban, ya caían como piedras, roncando al punto o trasbocando, como atacados del cólera.

Aquello daba más asco que miedo.

Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta.

Tambaleaban de embriaguez.

Epumer llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su refulgente facón, y me miraba con torvo ceño.

Miguelito me decía:

-No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.

Cuando rehusaba un yapaí, gruñían como perros, la cólera se pintaba en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía entender. Miguelito me decía:

-Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que no lo hace por no descubrir sus secretos con la chupa.

Yo entonces me dirigía a algunos presentes y lo invitaba, diciéndole:

- Yapaí, hermano, -y apuraba el cuerno o el vaso.

Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinenti. ¡¡Babababababababababababababababa!!

Resonaba, ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos gritones.

Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría.

La tarde venía.

Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma hedionda, cuyo cuerpo contaminado por el uso de la carne de yegua, exhalaba nauseabundos efluvios; regoldaba a todo trapo, cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.

En donde hay indios, hay olor a azafétida.

Intenté levantarme del suelo para retirarme a la sordina, viendo que la mayoría de los concurrentes estaba ya achumada.

Epumer me lo impidió.

-¡Yapaí! ¡Yapaí! -me dijo.

-¡Yapaí! ¡Yapaí! -contesté.

Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta.

El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta.

Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear a un elefante, si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.

Medio perdió la cabeza.

Al llevar yo el mío a los labios me santigüé con la imaginación como diciendo: Dios me ampare.

Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un mosaico de tintes tornasolados, como cuando por efecto de un dolor agudo apretamos los párpados, y cerrando herméticamente los ojos la retina ve visiones informes.

Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.

El indio se puso furioso; quiso venírseme a las manos.

Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me retirara.

Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.

Me hicieron presente que cuando se caldeaba, se ponía fuera de sí, que era mal intencionado.

-No hay cuidado -fue toda mi contestación.

El indio pugnaba por desasirse de los que lo tenían; quería abalanzarse sobre mí, su mano estaba pegada al facón.

Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo y se enderezaba como galvanizado.

Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.

En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.

Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un vaivén llegó a ponerse casi sobre mí.

-Cuidado, mi Coronel, -me dijo Miguelito, interponiéndose, y hablándole al salvaje en su lengua con acento dulcísimo.

-¡Cuidado!- gritaron varios.

Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi sangre y de mi raza:

-No hay cuidado- contesté.

El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.

Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer, abandonaron el cuerpo a su propia gravedad; cumplióse la inmutable ley:

E caddi, come corpo morto cade!

Cesó la agitación.

Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera de sí a mi contendor, pregunté:

-¿Por qué se ha enojado?

-Porque usted le ha llamado perro -dijo uno.

-Es falso- dijo Miguelito en araucano- el Coronel habló de perros pero no dijo que Epumer fuera perro.

Nadie respondió.

Efectivamente, en la broma que intenté hacerle a Epumer, por ver si lo arrancaba a sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo perros.

Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor que llamarles perro .

Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.

De ahí su rapto de furia.

La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, se revolvían por el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro.

Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas. Otros se quedaron murmurando con indescriptible e inefable fruición báquica.

Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería darle el resto de aguardiente que le había reservado.

-De mil amores -contesté; y aprovechando la coyuntura que se me presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y me dirigí al ranchito en que se habían alojado mis oficiales.

Entregué el aguardiente.

Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas a la cumbre del Vesubio.

¿En qué me tendí?

Sobre un cuero de potro; era el colchón de una mala cama improvisada con palos desiguales y nudosos.

El sueño no tardó en llevarme al mundo de la tranquilidad pasajera. Gozaba, cuando una serenata me despertó.

Era un negro, tocador de acordeón, una especie de Orfeo de la pampa. Tuve que resignarme a mi estrella, que levantarme y escuchar un cielito cantado en honor mío.

¡Qué mal rato me dio el tal negro después!


Capítulo 31