Una excursión: Capítulo 30

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 30
 de Lucio V. Mansilla


Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplan. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.


Quiero empezar esta carta ostentando un poco mi erudición a la violeta.

Yo también tengo mi vademécum de citas; es un tesoro como cualquier otro.

Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo he formado.

En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he impuesto ciertas labores útiles.

De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como para poder exclamar cualquier día: anche io son pittore.

Mi vademécum tiene, a más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy manuable y portátil. Lo llevo en el bolsillo.

Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo. No hay cuidado de que me sorprendan con él en la mano, como a esos literatos cuyo bufete es una especie de sanctasanctorum.

¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciaros, cuando están pontificando!

¡Imprudentes!

¡Os impondríais de los misterios secretos!

¡Le arrancaríais a la esfinge el tremendo arcano!

Perderías vuestras ilusiones!

Veríais a vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con las plumas de la ave silvana, de negruzcas alas, de rojo pico y pies, de grandes y negras uñas.

Yo no sé más que lo que está apuntado en mi vademécum por índice y orden cronológico.

Hay en él todo.

Citas ad hoc, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas, cuentos, impresiones de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres, mujeres, guerras terrestres y marítimas, bocetos, esbozos, perfiles, siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor que corremos, escritas en diez minutos.

Si yo diera a luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido.

Yo no creo que el público se fastidiaría leyendo, por ejemplo: ¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el Municipal de Tebas, como lo llamaba el demagogo Camilo Desmoulins, y don Bartolo? ¿Qué frac llevaba nuestro actual presidente cuanto se recibió del poder; en qué se parece su cráneo insolvente de pelo a la cabeza de Sócrates?

¿En qué se parece Orión a Roqueplan? Este Orión , de quien sacando una frase de mi vademécum -ajena por supuesto-, puede decirse: que es la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene a Buenos Aires en la sangre, o mejor dicho, una encarnación andante y pensante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro, no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones ha aprendido la política, que como periodista y hombre a la moda, ha enriquecido la literatura de la tierra, a los sastres y sombrereros; que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van a ser cosas nuevas en provincias; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal, pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce a todo el mundo y a quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra, que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la ciudad californiana, a propósito de la fraternidad universal; que se hace aplaudir en Gualeguaychú, disertando, en tiempos de Urquiza, sobre la justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser profeta en todas partes ed altri siti , menos... iba a decir en su tierra; que no ha podido ser municipal en ella; que hoy cumple treinta y ocho años, y a quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que esto es traer las cosas por los cabellos.

Sí, Orión amigo, yo te deseo, y tú me entiendes, "la fuerza de la serpiente y la prudencia del león", como diría un bourgeois gentilhomme , cambiando los frenos, al entrar en tu octavo lustro, frisando en la vejez, en este período de la vida en que ya no podemos tener juicio porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?

Y con esto, lector, entro en materia.

Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se entienda.

Ek te biblion kubernetes .

Yo también he estudiado griego.

Monsieur Rouzy, puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo metió en la cabeza.

Es una de las cosas menos malas que le debo a tu inspiración mefistofélica.

Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo.

¿Acaso yo le conocía bien en 1860?

En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción del dicho anónimo:

"No se aprende el mundo en los libros."

Aquí era donde quería llegar.

Los circunloquios me han demorado en el camino.

Siento tener que desagradar a mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen gusto literario los abomina. Sírvame de excusa el carácter confidencial del relato.

Sí, el mundo no se aprende en los libros, se aprende observando, estudiando los hombres y las costumbres sociales.

Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los indios ranqueles, que en diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales.

Oyendo a los paisanos referir sus aventuras, he sabido cómo se administra justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.

Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y entretener al lector.

¡Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!

Desgraciadamente ha pasado cual la narro, y si fija la atención un momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta sobre la imaginación.

Miguelito siguió hablando así:

-Las voces que andaban era que pronto me afusilarían, porque iba a haber revolución y me podía escapar.

"¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas para la Virgen.

"Día a día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que la Virgen no nos había de abandonar en la desgracia, que ella tenía experiencia y que más de una vez había visto milagros.

"Yo no estaba afligido sino por ella.

"Quería disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo conocía.

"Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no engañan a los padres, sobre todo a la madre.

"Vea si yo pude engañar a mi vieja cuando entré en amores con la Dolores.

"¡Qué había de poder!

"En cuanto empezó la cosa me lo conoció, y me mandó que me fuera con la música a otra parte.

"Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo.

"La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mí.

"Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres.

"Siempre creemos que sabemos más que ellos.

"Al fin nos arrepentimos.

"Pero entonces ya es tarde."

-Nunca es tarde cuando la dicha es buena -le interrumpí.

Suspiró y me contestó:

-¡Qué!, mi Coronel, hay males que no tienen remedio.

-¿Y has vuelto a saber de la Dolores? -le pregunté.

-Sí, mi Coronel -me contestó-, se lo voy a confesar porque usted es hombre bueno, por lo que he visto y las mentas que les he oído a los muchachos que vienen con usted.

-Puedes tener confianza en mí -repuse.

Y él prosiguió.

-Siempre que puedo hacer una escapada, si tengo buenos caballos, me corto solo, tomo el camino de la laguna del Bagual, llego hacia el Cuadril, espero en los montes la noche. Paso el Río Quinto, entro en Villa Mercedes, donde tengo parientes, me quedo allí por unos días, me voy después en dos galopes al Morro, me escondo en el cerro, en lo de un amigo, y de noche visito a mi vieja y veo a la Dolores que viene a casa con la chiquita.

-¿Entonces tuvo una hija? -le dije.

-Sí, mi Coronel -me contestó-. ¿No le conté antes que nos habíamos desgraciado?

-¿Y a tu mujer no la sueles ver?

-¡Mi mujer! -exclamó-, lo que hizo fue enredarse con un estanciero. "Y dice la muy perra que está esperando la noticia de mi muerte para casarse. ¡Y que se casaban con ella! ¡Como si fuera tan linda!"

-¿Y otros paisanos de los que están aquí, salen como tú y van a sus casas?

-El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel, que los campos no tienen puertas; las descubiertas de los fortines, ya sabe uno a qué hora hacen el servicio, y luego, al frente casi nunca salen.

"Es lo más fácil cruzar el Río Quinto y la línea, y en estando a retaguardia ya está uno seguro, porque ¿a quién le faltan amigos?"

-Entonces, constantemente estarán yendo y viniendo de aquí para allá.

-Por supuesto. Si aquí se sabe todo.

"Los Videla, que son parientes de don Juan Saa, cuando les da la gana, toman una tropilla; llegan a la Jarilla, la dejan en el monte, y con caballo de tiro se van al Morro, compran allí lo que quieren, después se vuelven con cartas para todos.

"Algunas veces suelen llegar a Renca, que ya se ve dónde queda, mi Coronel".

A medida que Miguelito hablaba, yo reflexionaba sobre lo que es nuestro país; veía la complicidad de los moradores fronterizos en las depredaciones de los indígenas y el problema de nuestros odios, de nuestras guerras civiles y de nuestras persecuciones, complicado con el problema de la seguridad de las fronteras.

Le escuchaba con sumo interés y curiosidad.

Miguelito prosiguió:

-El otro día, cuando usted llegó, mi Coronel, los Videla habían andado por San Luis; vinieron con la voz de que usted y el general Arredondo estaban en la villa de Mercedes, y diciendo que por allí se decía que ahora sí que las paces se harían.

Deseando conocer el desenlace de la historia de los amores de Miguelito le dije:

-¿Y la Dolores vive con sus padres?

-Sí, mi Coronel, me contestó, son gente buena y rica, y cuando han visto a su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho a mi hijita. Si algún día me puedo casar, ellos no se han de oponer, así me lo ha dicho la Dolores.

"¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquí porque la justicia me agarraría y mucho más del modo como me escapé".

-¿Y cómo te escapaste?

-Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo:

"Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar a ver si son espías; que en cuanto esté seguro que juegan limpio se va a meter en la cosa con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la guardia y salvarte; que de no, no se mete.

"En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de ir los hombres y mañana te diré lo que convengan.

"Yo lo animo a tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que nos queda, y le pongo velas a la Virgen para que nos ayude. Todas las noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de la Virgen.

"Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era quien diera el grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto a las dos noches, y que él lo daría; que si no venía, como había un día fijo, lo daría el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo.

"Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado.

"Una noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la orilla del pueblo, atropellaron la casa del juez, otros la Comandancia, y mi padre con algunos amigos cargó la Policía.

"Para esto, un rato antes ya los habían emborrachado bien a los de la partida. Algunos quisieron hacer la pata ancha. ¡Pero qué!, los de afuera eran más. Entraron, rompieron la puerta del cuarto en que yo estaba y me sacaron.

"Cuando estuve libre, mi padre me dijo: "Dame un abrazo, hijo, yo no te he querido ver, porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y porque no fueran a sospechar alguna cosa".

"Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habían salido pelos blancos, y no era hombre grande, todavía era joven.

"Esa noche el Morro fue un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y repiques de campanas.

"Murieron algunos.

"Yo lo anduve acompañando a mi padre y evité algunas desgracias porque no soy matador. Querían saquear la casa de la Dolores, con achaque de que era salvaje ; yo no lo permití; primero me hago matar.

"Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo. Unos tomaron para la sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi padre, como había sido tropero, enderezó para el Rosario. Yo, por tomar un camino tomé otro -galopé todo el santo día- y, cuando acordé me encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo como una luz, ¡qué me habían de alcanzar! Fui a sujetar cerca del río Quinto, por esos lados de Santo Tomé. Entonces no había puesto usted fuerzas allí, mi Coronel; me topé con unos indios, me junté con ellos, me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, o usted, me saquen de aquí, mi Coronel".

-¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes? -le pregunté.

-Murió del cólera -me contestó con amargura, exclamando-: ¡pobre viejo!, ¡era tan chupador!

Y con esto termina la historia real de Miguelito, que mutatis mutandis , es la de muchos cristianos que han ido a buscar un asilo entre los indios. Ese es nuestro país.

Como todo pueblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos.

Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, con todos los placeres y halagos de la civilización, teatros, jardines, paseos, palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas, una agitación vertiginosa -en medio de unas calles estrechas, fangosas, sucias, fétidas, que no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro, sembrado de estrellas relucientes, en las que yo me ahogo, echando de menos mi caballo.

Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el proletario en la ignorancia y en la estupidez.

La iglesia, la escuela, ¿dónde están?

Aquí, el ruido del tráfago y la opulencia que aturde.

Allá, el silencio de la pobreza y la barbarie que estremece.

Aquí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso, por el egoísmo.

Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de promisión, por el egoísmo también.

Tesis y antítesis de la vida de una república.

Eso dicen que es gobernar y administrar.

¡Y para lucirse mejor, todos los días clamando por gente, pidiendo inmigración!

Me hace el efecto de esos matrimonios imprevisores, sin recursos, miserables, cuyo único consuelo es el de la palabra del Verbo: creced y multiplicaos.


Capítulo 30