Una excursión: Capítulo 29

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 29
 de Lucio V. Mansilla


El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. continuación de la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?


Cada zona, cada clima, cada tierra, da sus frutos especiales. Ni la ciencia, ni el arte, inteligentemente aplicados por el ingenio humano, alcanzan a producir los efectos químiconaturales de la generación espontánea.

Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas paranaenses; las esbeltas y verdes palmeras de Morería; los encumbrados y robustos cedros del Líbano; los banianos de la India, cuyos gajos cayendo hasta el suelo, toman raíces, formando vastísimas galerías de fresco y tupido follaje, crecen en los invernáculos de los jardines zoológicos en Londres y París. Pero, ¿cómo? Mustias y sin olor aquéllas, bajas y amarillentas éstas; enanos, raquíticos los unos sin su esplendor tropical los otros.

Lo mismo en esa bella planta indígena, que se desarrolla del interior al exterior; que vive de la contemplación y del éxtasis, que canta y que llora, que ama y aborrece, que muere en el presente para poder vivir en la posteridad.

El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos como el mar, las montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el combate diario, la ignorancia, la pobreza, la privación de la dulce libertad, el respeto por la fuerza; la aspiración inconsciente de una suerte mejor -la contemplación del panorama físico y social de esta patria-, produce un tipo generoso, que nuestros políticos han perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no han tenido el valor de cantar, sino para hacer su caricatura.

La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo: de nuestra fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición. Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los papeles, menos el que podemos. Se nos arguye con las instituciones, con las leyes, con los adelantos ajenos. Y es indudable que avanzamos.

Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los problemas de nuestra organización e inspirándonos en las necesidades reales de la tierra?

Más grande somos por nuestros arranques geniales, que por nuestras combinaciones frías y reflexivas.

¿A dónde vamos por ese camino?

A alguna parte, a no dudarlo.

No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social que hace que el mundo marche y que la humanidad progrese. Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera, dejándonos contrahechos, ¿nos llevan con más seguridad y más rápidamente que nuestros impulsos propios, turbulentos, confusos, a la abundancia, a la riqueza, al respeto, a la libertad en la ley?

Yo no soy más que un simple cronista, ¡felizmente!

Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, a pesar mío, ciertas reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación ni ayuda un alma tan noble como la suya, es permitido creer que nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos puede servir para amasar sin liga extraña algo como un pueblo con fisonomía propia, con el santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas descansan por siempre en frías e ignoradas sepulturas.

Miguelito siguió hablando.

-Al día siguiente vino mi madre, trayéndome una olla de mazamorra, una caldera, yerba y azúcar; hizo ella misma fuego en el suelo, calentó agua y me cebó mate.

"La Dolores le había mandado una platita con la peona, diciéndole que ya sabía que andábamos en apuros; que no tuviese vergüenza, que la ocupara si tenía alguna necesidad.

"Mientras tanto, mi mujer propia no parecía. Vea, mi Coronel, lo que es casarse uno de mala gana, por la plata, como lo hacen los ricos.

"La peona de la Dolores le contó a mi madre, que la niña estaba enferma, y le dio a entender de qué, y que yo debía ser el malhechor.

"Mi vieja me echó un sermón sobre esto. Me recordó los consejos, que yo nunca quise escuchar, porque así son siempre los hijos, y acabó diciendo redondo: "¿Y ahora cómo vas a remediar el mal que has hecho?"

"Me dio mucha vergüenza, mi Coronel, lo que mi madre me dijo; porque me lo decía mucho mejor de lo que yo se lo voy contando y con unos ojos que relumbraban como los botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como ella no había hecho nunca mal a nadie y la había visto criarse a la Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado.

-¡Siquiera no te hubieras casado! -me decía a cada rato.

"Yo suspiraba, nada más se me ocurría. ¡El hombre se pone tan bruto cuando ve que ha hecho mal!

"Una caldera llenita me tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.

"Me curó después las heridas con unos remedios que traía; eran yuyos del cerro.

"Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me mudé.

"Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos enfrente uno de otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse se presentó el que le llevaba la pluma al juez con unos papeles bajo el brazo y dos de la partida.

"Le mandaron a mi madre que saliera y tuvo que irse.

"El juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas, que no entendí bien. Por fin me preguntó, que si confesaba que yo era el que había muerto al otro juez.

"Me quedé suspenso; podían descubrir a mi padre y yo quería salvarlo.

"¿Para qué es un hijo mi Coronel, no le parece?"

-Tienes razón -le contesté.

-No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.

"El escribano me volvió a preguntar que qué decía.

"Le contesté que yo era el que había muerto al otro.

-¿Por qué? -me dijo.

"Me volví a quedar sin saber qué contestar.

"El escribano me dio tiempo.

"Pensando un momento, se me ocurrió decir que porque en unas carreras, siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera del gateado overo, que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era cierto, mi Coronel: fue una trampa muy fiera que me hicieron, y desde ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.

"Después me preguntó que si alguien me había acompañado a hacer la muerte, y le contesté que no, que yo solo lo había hecho todo, que no tenía que culpar a naides .

"Que qué había hecho con la plata que tenía el juez en los bolsillos.

"Le dije que yo no le había tocado nada.

"Cuando menos los mismos de la partida lo habían saqueado, como lo suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, y después le achacan la cosa al pobre que se ha desgraciado.

"No me preguntó nada más, y se fue, y me volvieron a poner incomunicado, y de esa suerte me tuvieron una infinidad de días.

"Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos los días una porción de veces a ver cuándo se podría y a llevarme qué comer.

"Ya me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían empeorado con la humedad del cuarto, y porque las sabandijas no me dejaban dormir ni de día ni de noche.

"Aquello no era vida.

"Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia.

"Me condenaban a muerte; vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y dicen que los dotores saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían descubierto que yo no era el asesino del juez, aunque lo hubiera confesado? ¡Y muchos que después de la partida de Caseros, no hablan sino de la Constitución!

"Será cosa muy buena. Pero los pobres, somos siempre pobres, y el hilo se corta por lo más delgado.

"Si el juez me hubiera muerto a mí en de veras, ¿a que no lo habían mandado matar?

"He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho.

"El escribano me dejó solo.

"Pasé una noche como nunca.

"Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan tristes!, ¡tan tristes! en la cabeza, que a veces me daba miedo la muerte. Pensaba, pensaba en que si yo no moría moriría mi padre, y eso me daba aliento. ¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habíamos andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y en riñas.

¡Cómo no lo había de querer, hasta perder la vida por él; la vida, que, al fin, cualquier día la rifa uno por una calaverada o en una trifulca, en la que los pobres salen siempre mal!

"¡Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel!

"En cuanto me volvieron a poner comunicado fue lo primerito que le pedí a mi madre que llevara. Me la llevó y cantando me lo pasaba.

"Los de la partida venían a oírme todos los días, y ya se iban haciendo amigos míos. Si hubiera querido fugarme, me fugo. Pero por no comprometerlos no lo hice. El hombre ha de tener palabra, y ellos me decían siempre:

-Nos nos vaya a comprometer, amigo.

"Siempre que mi vieja iba a visitarme, me lo repetían; y el centinela se retiraba y me dejaba platicar a gusto con ella.

"Mi madre no sabía nada todavía que me hubieran sentenciado, y yo no se lo quería decir, porque la veía muy contenta creyendo que me iban a largar, desde que nada se descubría, y no la quería afligir.

"Pero como nunca falta quién dé una mala noticia, al fin lo supo.

"Se vino zumbando a preguntármelo.

"¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena, que me quería tanto!

"Cuando le confié la verdad, lloró como una Magdalena.

"Sus ojos parecían un arroyo; estuvimos lagrimeando horitas enteras.

"De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino del juez, por salvar al viejo.

"Y hubiera visto, mi Coronel, a una mujer que no se enojaba nunca, enojarse, no conmigo, porque a cada momento me abrazaba y besaba diciéndome: "Mi hijito", sino con mi padre.

-El, él no más tiene la culpa de todo -decía-, y yo no he de consentir que te maten por él, todito lo voy a descubrir.

"Y de pronto se secó los ojos, dejó de llorar, se levantó y se quiso ir.

-¿A dónde vas, mamita?- le dije.

-A salvar a mi hijo- me contestó.

"Iba a salir, la agarré de las polleras, y a la fuerza se quedó.

"Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer algo y salvarme.

-Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte de un hombre. Cuando más alegre anda, lo friegan, cuando más afligido está, Dios lo salva. Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.

-Y has hecho bien -le dije-. Dios no abandona nunca a los que creen en él.

-Así es, mi Coronel; por eso esa vez y después otras, me he salvado.

"Cedió a mis ruegos y se fue diciendo:

-Esta noche le voy a poner velas a la Virgen y ella nos ha de amparar.

"Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba: me salvó."

Miguelito hizo una pausa.

Yo me quedé filosofando.

¡Filosofando!

Sí; filosofar es creer en Dios o reconocer que el mayor de los consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino a la protección misteriosa, omnipotente, de la religión. Por eso al grito de los escépticos, yo contesto como Fenelón: Dilatamini!

Si hay una ananké hay también quien mira, quien ve, quien protege, resguarda, ama y salva a sus criaturas, sin interés.

Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa convicción suave, dulce, que me consuela y me fortalece, ¿qué me habréis arrancado?


Capítulo 29