Una excursión: Capítulo 23

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 23
 de Lucio V. Mansilla


Epocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.


Con la última parada se me quemaron los libros. Es verdad que hace mucho tiempo que en mis cálculos entra todo menos lo principal. El hombre suele tener épocas de graves errores, de imponderables desaciertos y tristes equivocaciones.

Como todo el que se ha lanzado sin preparación en la corriente de la vida lo sabe, hay años buenos y malos, meses propicios y fatales, días color de rosa, días negros como el hollín de una chimenea.

Años, meses y días en que a todo acertamos, en que nuestro espíritu parece tener su geometría, en que todo nos halaga y nos sonríe. Y, a la inversa, años meses y días en que todo nos sale al revés. Si amamos, nos olvidan; si vamos a la guerra, nos hieren o nos postergan; si somos candidatos al parlamento, nos derrotan; si jugamos, perdemos; si tomamos comidas con aceite, se nos indigestan; si compramos billetes de lotería, ni cerca le andamos a la suerte; finalmente, hay temporadas aciagas en que ni por chiripa andamos bien. 0, como dicen los andaluces, temporadas en que nuestro estado normal es andar en la mala.

Esto debe consistir en algo.

Yo he pensado mucho en la justicia de Dios con motivo de ciertos percances propios y ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia y en cabeza ajena.

Y, francamente, hay momentos en que me dan tentaciones de creer que nuestro bello planeta no está bien organizado.

¡Quién sabe si no entramos en un período de desequilibrio moral! He de buscar algún amigo ducho en trotes de ciencia y conciencia que me indique si hay algún tratado de mecánica terrenal, por el estilo del de Laplace.

Por lo tanto me he refugiado en un tratadito cuyo título es: La moral aplicada a la política, o el arte de esperar.

Debe ser muy bueno; es un libro chico y anónimo; hace tiempo vengo observando que los mejores libros son los manuales, cuyo autor se ignora.

La razón creo hallarla en la modestia, sentimiento que anda generalmente a caballo.

En este tratadito pienso hallar la solución de muchas de mis dudas. Yo tengo creencias y convicciones arraigadas, que las he sacado no sé de dónde -hay cosas que no tienen filiación- y no quisiera perderlas o que se embrollaran mucho en los archivos de mi imaginación.

Yo creo en Dios, por ejemplo, cosa en la que sin duda cree el respetable público, aunque hay un refrán maldito que dice: Fíate de Dios y no corras.

Yo creo en la justicia y que las almas nobles deben hacérsela aun a aquellos mismos que se la niegan a ellos; sin embargo, todos los días veo gente desesperada por la calle, quejándose de que no hay justicia en la tierra.

Y hasta ahora les he oído decir a los que tienen y ganan pleitos: ¡Qué bien anda la justicia!

¡Los mismos abogados no hacen otra cosa que gritar contra la justicia!

Dos alegatos distintos de bien probado sobre lo mismo, ¿qué implican?

Yo creo en la caridad, y mientras tanto, todo el día oigo hablar mal del prójimo, y veo gente conducida al cementerio que no tiene tras de qué caerse muerta.

Yo creo en la religión; creo que el patriotismo, el honor, la probidad, el amor del prójimo, son cuestiones de religión. Mientras tanto, el otro día he leído en un libro italiano -estos italianos pierden la cabeza cuando se ocupan de religión- que todas las religiones quieren hacerse ricas.

Yo creo en la Constitución y en las leyes; y un viejo muy lleno de experiencia que me suele dar consejos, me dice: Todos gobiernan lo mismo, no es Rosas el que no puede.

Yo creo en el pueblo, y si mañana lo convocan a elecciones, resulta que no hay quien sufrague.

Yo creo en el libre albedrío, y todos los días veo gentes que se dejan llevar de las narices por otros; y mi noción de la responsabilidad humana se conmueve hasta en sus más sólidos fundamentos.

Como se ve, yo creo en una porción de cosas muy buenas, muy morales y muy útiles.

El pulpero de enfrente no cree ni entiende nada de eso.

Pero lo pasa bien.

Tiene buena salud, una renta fija, una clientela segura: nadie le inquieta, ni le amenaza, ni le fulmina. Es un desconocido; pero es una potencia.

La suerte debe entrar por mucho; porque de balde no han inventado el refrán: "Suerte te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale". Y el apellido ha de influir también algo.

Es muy raro hallar un hombre que aborrezca a otro que no sabe cómo se llama.

Por eso, sin duda, los brasileros se mudan el nombre.

El otro día no se me ocurrió esto.

Cuando acabe de leer mi tratadito, he de estar ya en estado de curarme de todas mis supersticiones.

Dentro de poco voy a ser un hombre completo, moralmente, bien entendido.

Entonces sí, ¿a que todo cuanto emprenda me sale a las mil maravillas?

¿A que si entablo un pleito gano?

¿A que si emprendo un viaje no naufrago?

¿A que si compro billetes de lotería me saco una suerte mayor?

¿A que si hago una campaña me dan un premio? ¿A que si vuelvo a los indios no me sucede lo que me ha sucedido, que me hagan esperar tanto en el camino?

¿Será cierto que la experiencia es la madre de la ciencia? Sin duda, por eso dicen que el diablo no sabe tanto por ser diablo, cuanto por ser viejo.

Se me había olvidado anotar, al enumerar mis creencias, que también creo en este caballero. Le he visto varias veces.

¿Será cierto que mi anciano padre tiene razón en los consejos que me ha dado y me da, consejos que en mi petulancia moderna jamás he querido seguir, tanto que, para saber cómo piensa él, no hay más que averiguar cómo pienso yo?

¿Será cierto que la cadena del mundo moral se forma así vinculando la amarga experiencia de ayer con los desencantos de hoy, metodizando y conformando nuestra vida según los preceptos de los que han vivido y visto más que nosotros, orgullosos filósofos de papel?

¿Será cierto que el muchacho más instruido, más aventajado, más sabio, al lado de su padre será siempre un niño de teta, un pigmeo? ¡Santiago amigo! ¿Será cierto que tu padre sabe más que tú?

¿Qué el general Guido sabía más que Carlos, que es un pozo de sabiduría?

¿Que don Florencio Varela sabía más que Héctor, que sabe tantas cosas? -más que Mariano, lo dudo.

¿Que mi padre sabe más que yo, que no soy muy atrasado que digamos, particularmente en estudios sociales?

A mí me da por ahí. Mi fuerte es el conocimiento de los hombres. ¡Pero éstos me reservan unos desengaños!

Es con lo que pienso argüir al mocoso de mi hijo, cuando se me levante con el santo y la limosna, que no tardará en suceder. Ya ha empezado a hacer actos espontáneos, calculados para desprestigiar mi autoridad paternal, a gastar más de lo que debe, siendo objeto de privadas murmuraciones en la familia, y metiéndose a estudiar medicina contra mis consejos.

¡Estudiar medicina sin mi consentimiento! ¡Pues es disparate! Sólo puedo comparar semejante aberración, en un siglo como éste, en que yo le curo homeopáticamente un panadizo al que lo tenga, con una expedición a los indios ranqueles.

En efecto, querido Santiago, mirando con sangre fría mi viaje a los toldos, ¿no te parece que ha sido perder tiempo?

¿No te parece que las demoras que me ha hecho sufrir Mariano Rosas, antes de dejarme penetrar en su morada, las he merecido por mi extravagancia?

¡Cuánto mejor hubiera sido que mi jefe inmediato me negara la licencia!

Si lo hace, cuando menos me atufo, que así somos,¡desconocemos la mano que nos desea el bien y se la damos a quien nos quiere mal! Pero acerquémonos a Leubucó, saliendo de donde nos detuvimos ayer. Viendo que la parada se prolongaba y que mis cabalgaduras estaban muy sudadas, mandé mudar, para hacer la entrada en regla.

Era temprano aún y quién sabe cuánto tiempo íbamos a permanecer todavía sobre el caballo.

Mientras mudaban, el capitán Rivadavia me presentó varios personajes políticos refugiados en Tierra Adentro -siendo los dos más notables, un mayor Hilarión Nicolai y un teniente Camargo.

Ambos han pertenecido a la gente de Saa, y ganaron los indios después de la sableada de San Ignacio llevando un puñado de soldados.

Muy mal me habían hablado de estos hombres.

Yo iba sumamente prevenido contra ellos, temiendo ser objeto de alguna maldad, aunque reflexionando me parecía que el hecho de ser cristianos debía mirarlo como una garantía.

Dígase lo que se quiera, la cabra siempre tira al monte.

Más tarde veremos si yo discurría mal en medio de las preocupaciones de mi ánimo. Y mi ejemplo podrá serles útil a los que juzguen a los hombres por las reglas vulgares, apasionadas, iracundas, cuando la gran ley de la vida y de Dios es la caridad.

Ni el viejo Hilarión, ni el bandido Camargo me hicieron el efecto que yo esperaba, ni me saludaron como me lo temía. Hilarión con todas sus mañas y Camargo con todas sus bellaquerías son dos hombres atentos y educados, especialmente Hilarión. Camargo es un tipo más rudo.

El primero tendrá cincuenta y cinco años, el segundo veintiocho. El uno tiene larga barba, blanca como la nieve; el otro un lindo bigote negro como azabache.

El uno parece un inglés, el otro tiene todo el sello del hijo de la tierra.

Hilarión es una especie de gauchi-político. Camargo es un compadre neto, que sabe leer y escribir perfectamente, valiente, osado, orgulloso y desprendido. Hilarión contemporiza con los indios, no habla su lengua. Camargo al contrario, habla el araucano, dice lo que siente, no le teme a la muerte y al más pintado le acomoda una puñalada.

Y sin embargo, Camargo es un ser susceptible de enmienda, según lo veremos cuando llegue el momento de referir su vida, sus desgracias, las causas por las que se hizo federal, debidas en gran parte a una mujer.

Las tales mujeres tienen el poder diabólico de hacer todo cuanto quieren, y por eso ha de ser que los franceses dicen: ce que femme veut Dieu le veut . De un federal son capaces de hacer un unitario y viceversa, que es cuanto se puede decir. Por supuesto que de cualquiera hacen un tonto.

La presencia de mis nuevos conocidos, la charla con ellos, la operación de mudar caballos, hicieron más soportable la imprevista antesala que me obligaron a hacer.

Yo disimulaba mal, sin duda, mi destemplado humor, porque todos a una, los que parecían más racionales y conocedores de los usos y costumbres de los indios, me decían: -Tenga paciencia, señor; así es esta tierra; el General es buen hombre, lo quiere recibir en forma. No había más recurso que esperar hasta que se acabaran los preparativos. Aquéllo iba a estar espléndido, según el tiempo que se empleaba en los arreglos. Ni la pirámide de la plaza de la Victoria, cuando se viste de gala, gastando más en traje de lienzo y cartón que en un forro de mármol eterno, emplea tanto tiempo en adornarse como todo un cacique de las tribus ranquelinas.

Me daban una lección sobre el ceremonial decretado para mi recepción, cuando llegó un indiecito muy apuesto, cargado de prendas de plata y montando un flete en regla.

Le seguía una pequeña escolta.

Era el hijo mayor de Mariano Rosas, que por orden de su padre, venía a recibirme y saludarme.

La salutación consistió en un rosario de preguntas -todas referentes a lo que ya sabemos, el estado fisiológico de mi persona, a los caballos y novedades de la marcha.

A todo contesté políticamente, con la sonrisa en los labios y una tempestad de impaciencia en el corazón.

Esta vez, a más de las preguntas indicadas, me hicieron otra: que cuántos hombres me acompañaban y qué armas llevaba.

Satisfice cumplidamente la curiosidad.

Ya sabe el lector cuántos éramos al llegar a las tierras de Ramón.

El número no se había aumentado ni disminuido por fortuna; ninguna desgracia había ocurrido. En cuanto a las armas, consistían en cuchillos, sables sin vaina entre las caronas y cinco revólveres, de los cuales dos eran míos.

El hijo de Mariano Rosas regresó a dar cuenta de su misión. Más tarde vino otro enviado y con él la orden de que nos moviéramos.

Una indicación de corneta se hizo oír.

Reuniéronse todos los que andaban desparramados; formamos como lo describí ayer y nos movimos.

Ya estábamos a la vista del mismo Mariano Rosas; yo podía distinguir perfectamente los rasgos de su fisonomía, contar uno por uno los que constituían su corte pedestre, su séquito, los grandes personajes de su tribu, ya íbamos a echar pie a tierra, cuando, ¡sorpresa inesperada!, fuimos notificados de que aún había que esperar.

Esperamos, pues...

Habiendo esperado yo tanto; ¿por qué no han de esperar ustedes hasta mañana o pasado?

La curiosidad aumenta el placer de las cosas vedadas difíciles de conseguir.


Capítulo 23