Una excursión: Capítulo 22

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 22
 de Lucio V. Mansilla


Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.


La nube de arena había llamado mi atención antes de empezar el diálogo con Mora, se movía y avanzaba sobre nosotros, se alejaba, giraba hacia el poniente, luego, hacia el naciente, se achicaba, se agrandaba, volvía a achicarse y a agrandarse, se levantaba, descendía, volvía a levantarse y a descender; a veces tenía una forma, a veces otra, ya era una masa esférica, ya una espiral, ora se condensaba, ora se esparcía, se dilataba, se difundía, ora volvía a condensarse haciéndose más visible, manteniendo el equilibrio sobre la columna de aire hasta una inmensa altura, ya reflejaba unos colores, ya otros, ya parecía el polvo de cien jinetes, ya el de potros alzados, unas veces polvo levantado por las ráfagas de viento errantes, otras el polvo de un rodeo de ganado vacuno que remolinea; creíamos acercarnos al fenómeno y nos alejábamos, creíamos alejarnos y nos acercábamos, creíamos descubrir visiblemente en su seno algunos objetos y nada veíamos, creíamos algunos juguetes de la óptica lo que veíamos y descubríamos después patentemente la imagen de algo que se movía velozmente de un lado a otro, de arriba abajo, que iba y venía, que de repente se detenía partiendo súbito luego; íbamos a llegar y no llegábamos, porque el terreno se doblaba en médanos abruptos, subíamos, bajábamos, galopábamos, trotábamos con la imaginación sobreexcitada, creyendo llegar en breve a una distancia que despejara la incógnita de nuestra curiosidad; pero nada, la nube se apartaba del camino como huyendo de nosotros, sin cesar sus variadas y caprichosas evoluciones, burlando el ojo experto de los más prácticos, dando lugar a conjeturas sin cuento, a apuestas y disputas infinitas.

Así seguíamos nuestro camino, derrotados por aquella nube extraña, cuando divisamos en dirección a Leubucó unos polvos que momentáneamente fijaron nuestra atención, apartándola de lo que la traía preocupada en tan alto grado.

No tardamos en cerciorarnos de que los polvos eran de un grupo bastante crecido de indios que al gran galope se dirigían hacia nosotros. Tienen ellos un modo tan peculiar de andar por los campos que no era fácil confundirlos con otra cosa.

Volvimos, pues, a fijar la vista en la nube aquella que nos había ganado el flanco izquierdo y que ya afectaba un aspecto más conocido, transparentando formas movibles de seres animados. En ese momento los polvos se tendieron hacia el Oriente, formando un círculo inmenso y como queriendo envolver dentro de él todo cuanto andaba por los campos. Al mismo tiempo divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y oyéronse varias voces:

-¡Aquéllos andan boleando!

-¡Aquéllos vienen para acá!

Mora me dijo:

-Esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de otro parlamento que viene a saludarlo. Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabaran algún día los cumplidos!

Caniupán me dijo:

-Ese comisión grande viniendo a topar.

-Bueno -le contesté, y señalándole a la izquierda, preguntéle-: ¿Qué es aquello?

El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte y me contestó:

-Boleando guanacos.

Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra atención, estaba ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas una masa enorme de guanacos que estrechada poco a poco por los boleadores, venía a llevarnos por delante.

-¡Cuidado con las tropillas! -le grité, y haciendo alto las rodeamos, porque la masa de guanacos podía arrebatarlas.

La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse alaridos en todas direcciones, sentíase un ruido sordo..., la masa enorme de guanacos, rompiendo la resistencia del aire, pasó como un torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena. Detrás pasaron los indios revolcando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo punto, que parecía ser una planicie que quedaba a nuestra derecha.

Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas de arena, se hizo la luz, volvimos a ponernos al galope. Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran otro parlamento que venía.

Esta vez no fue un indio el que se destacó de él: destacáronse tres. Al verlos Caniupán destacó otros tres.

Cruzáronse éstos a cierta altura con los otros, hablaron no sé qué y ambos grupos prosiguieron su camino.

Llegaron a nosotros los tres que venían, y después que hablaron con Caniupán, díjome éste:

-Formando gente, hermano, ese comisión.

Hice alto, di mis órdenes y formamos en batalla cubriéndome la retaguardia los indios de Caniupán.

Púsose éste a mi lado derecho y por indicación suya coloqué los dos franciscanos a mi izquierda, Mora se puso detrás de mí.

Una vez formados nos pusimos al galope. Galopamos un rato, y cuando la comisión que venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del terreno, como a unos dos mil metros de nosotros, Caniupán me dijo:

-Ese comisión lindo, hermano, ahora no más topando.

-Cuando guste, hermano, topando no más.

Los que venían hicieron alto: regresaron los tres indios de Caniupán y los otros tres volvieron a los suyos. Caniupán me dijo:

-Poquito parando, hermano.

-Bueno, hermano -le contesté, sujetando.

Destacó un indio sobre los que venían diciéndole no sé qué. Los otros hicieron lo mismo.

Llegó el heraldo, habló con Caniupán y éste me dijo:

-Ahora topando.

-Cuando quiera topando, hermano.

Y esto diciendo nos pusimos al gran galope.

Los otros nos imitaron; venían formados en orden de batalla, haciendo flamear tres grandes banderas coloradas, colocadas en largas cañas, que ocupaban los extremos y el centro de la línea.

Marchamos así hasta quedar distantes unos de otros como cuatrocientos metros. Caniupán me dijo:

-Cerquita ya, topando.

-Topando -le contesté.

El se lanzó a toda brida; yo le seguí, y los buenos franciscanos, haciendo de tripas corazón, imitaron mi ejemplo.

Cuando íbamos materialmente a toparnos, sujetamos simultáneamente unos y otros, quedando distantes veinte pasos.

El que presidía el parlamento destacó su orador.

Caniupán destacó el suyo.

Colocáronse equidistantes de sus respectivos grupos, mirando el uno al oriente y el otro al occidente, y comenzó el parlamento.

Duró lo bastante para fastidiar a un santo.

El orador que mandaba Mariano Rosas era un Cicerón de la Pampa. Hablaba por los codos, prolongaba la última sílaba de la palabra final, como si su garganta fuera un instrumento de viento, y tenía el arte de hacer de una razón quince razones.

El orador que Caniupán nombró para que me representara, no le iba en zaga.

Así fue que no me valió acortar mis contestaciones.

Mi representante se dio maña para multiplicar mis razones, tanto como su interlocutor multiplicaba las suyas.

Mariano Rosas me mandaba decir:

Que se alegraba mucho de que fuera llegando a su toldo (1ª razón).

Que cómo me había ido de viaje (2ª razón).

Que si no había perdido algunos caballos (3ª razón).

Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4ª razón).

A estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro. Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío hizo lo mismo con las mías.

Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano a todos. Eran unos ochenta, entre ellos había muchos cristianos. A cada apretón de manos, a cada abrazo, me aturdían los oídos con hurras y vítores.

Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos. Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro camino, avistando a poco andar otros polvos.

Ese, otro comisión -me dijo Caniupán, señalándomelos.

Me alegro mucho -le contesté, diciendo interiormente: A este paso no llegaremos en todo el día a Leubucó.

Subíamos a la falda de un medanito, y Mora me dijo:

-Allí es Leubucó.

Miré en la dirección que me indicaba, y distinguí confusamente a la orilla de un bosque los aduares del cacique general de las tribus ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas.

Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también.

Así, recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno rápidamente, de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de embajadores en cuyas garras íbamos a caer.

Caniupán me dijo:

-Ese comisión, lindo, grandote.

-Ya veo que es linda -le contesté.

Y tenía razón de lo grandote, porque, en efecto, formaban un grupo considerable.

Caniupán me dijo:

-Topando fuerte, hermano.

-Topando como guste -le contesté.

-Mandando hacer alto, hermano -agregó.

Hice alto.

-Formando gente, hermano -me dijo.

Llené sus indicaciones, y mi comitiva formó en batalla, poniéndome yo con los frailes al frente en el orden de antes. Los indios de Caniupán me cubrieron la retaguardia y los otros, haciendo dos alas, se colocaron a derecha e izquierda de mí. Las tres banderas ocuparon el centro de la línea que formábamos, como a veinte pasos a vanguardia. Caniupán iba a mi lado.

Formados en esa disposición, rompimos la marcha al galope.

Los que venían avanzaron también al galope.

Oyéronse toques de corneta.

Caniupán me dijo:

-Ese comisión ahorita topando.

-Ya lo veo -le contesté.

Galopamos algunos minutos -hicimos alto viendo que los que venían se habían parado- y después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando mensajes varios indios, continuamos la marcha.

A una indicación de corneta, Caniupán me dijo:

-Ahora topando ya, hermano.

Y como de costumbre, lanzóse a media rienda, dándome el ejemplo.

Esta vez íbamos a toparnos a todo correr en medio de una espantosa algazara que hacían los indios golpeándose la boca abierta con la palma de la mano.

El terreno salpicado de pequeños arbustos, blando y desigual, exponía a todos a una tremenda rodada. No podíamos marchar en formación. Nos desbandábamos y nos uníamos alternativamente. Los pobres frailes, encomendando su alma a Dios, me seguían lo más cerca posible. Muchos rodaron, apretándolos enteros el caballo, y eran jinetes de primer orden. ¡Sarcasmo de la vida! uno de los frailes rodó y salió parado.

Las dos comitivas avanzaban, íbamos materialmente a toparnos ya, cuando a una indicación de corneta sujetaron los que venían y nosotros también.

Siguióse una escena igual a la anterior, entre dos oradores que se ocuparon una media hora de mi salud y de mis caballos. Pero esta vez todo fue más soportable, porque mientras los oradores multiplicaban sus razones con elocuente encarnizamiento, yo conversaba con el capitán Rivadavia que había salido a mi encuentro.

Este valiente y resuelto oficial, prudente y paciente, me representaba hacía tres meses entre los indios.

Le abracé con efusión, y uno de los momentos más gratos de mi vida ha sido aquél. Quien haya alguna vez encontrado un compatriota, un amigo en extranjera playa o en regiones apartadas y desconocidas, desiertas e inhabitadas, después de haber expuesto su vida unas cuantas veces, podrá sólo comprender mis impresiones.

Terminados los saludos, que eran seis razones, las que fueron convertidas en sesenta de una parte y otra, llegó el turno de los abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más alteración en el ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos y apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla ni nervio en la muñeca que no me doliera, comenzaron los alaridos de regocijo y los vivas, atronando los aires. Todo el mundo, excepto mi gente, se desparramó gritando, escaramuceando, rayando los caballos, ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era un verdadera fiesta, una fantasía a lo árabe.

Así desparramados, dispersos, jineteando, marchamos un largo rato, viendo darse de pechadas mortales a unos, rodar a otros, haciendo éstos bailar los caballos, tirándose los unos al suelo en medio de la carrera y subiendo ágiles, corriendo los unos de rodillas sobre el lomo de su caballo y los otros de pie, en una palabra, haciendo cada cual alguna pirueta.

A un toque de corneta se reunieron todos, y formamos como antes lo expliqué, aumentando las alas los recién llegados.

Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas.

Su toldo estaba ahí cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al fin.

Regresó el mensajero y Caniupán me dijo:

-Caminando poquito, hermano -dicho lo cual recogió su caballo y se puso al tranco.

Tuve que conformarme con su indicación. Recogí mi caballo e igualé el paso del suyo.

Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me dijo éste:

-Parando, hermano.

Le habló a Mora en su lengua y éste me tradujo: que debíamos echar pie a tierra y esperar órdenes.

El lector juzgará si había motivo para rabiar un rato.

Yo, que en esta excursión a los indios he aprendido una virtud que no tenía, que por modestia callo, repito lo que antes he dicho: que no es tan fácil penetrar en el toldo del señor general don Mariano Rosas, como le llaman los suyos.


Capítulo 22