Recordación Florida/Tomo II Libro XV Capítulo IV

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


CAPITULO IV.


Del camino y tránsito que llaman los Pecados mortales: aves caseras y domésticas que hay en este valle.

Por este excelente pueblo de Chimaltenango ó por el numeroso de Itzapa, se hace el camino para el reino de Mexico, y á algunos de los corregimientos que provee el Presidente desta Audiencia y provincia de Chiapa y otros; con frecuencia y número crecido de progresores. Entre el tránsito que con repetición se hace desde el pueblo de Itzapa al de Patzón, que será de cinco difíciles y trabajosas leguas, se experimentan y andan con grande y penosa fatiga los Pecados mortales, que son siete barrancos, que se forma cada uno de una loma á otra, de un género de barrial á manera de jaboncillo, cuya calidad de lisa y resbalosa tierra, en unas partes se muestra encendida en roja naturaleza de barro, en otras de color gualdo, y en algunas en un panino negro de gruesa y pesada corpulencia. Y aunque no son estas lomas eminentes en su dificultoso tránsito, son formidables, porque á lo resbaladizo y pendiente de su terreno, no hay bestia que no se precipite en repetidas caídas; y de la misma manera sucede en lo plano de los barrancos ó quebradas, por donde corren unos pequeños y agotables arroyos, que rebalsados y detenidos en su lento y pausado curso, de aquella greda hacen unos espesos atolladeros y cenagosos pantanos, en que no bastan á hacer firme y seguro su tránsito las empalizadas, aunque se forman de robustos maderos, por no haber tierra firme y tiesa que las asegure á la confianza de los caminantes. Así discurro que este tránsito tiene nombre por su peligro en toda esta Nueva España; mas haciendo el camino por la parte de Chimaltenango se excusan tres de estos siete peligrosos barrancos, pero es rodeo de legua y media más de camino.

En estos pueblos de Chimaltenango, Itzapa, Pacisia, Patzón, Parramos, Tecpangoathemala, y los demás, se halla gran abundancia de mantenimientos, como queda dicho, y fuera de los ya referidos tienen grande cría de gallinas de la tierra, que en España llaman pavos y los indios chuntam[1] y deste género ninguna de las tierras altas carece, excepto las descaecidas á lo bajo de la tierra caliente. Y porque quizá lo que ahora escribo llegará en algún tiempo á regiones remotas y distantes donde no se tendrá noticia dellas de semejantes aves, aunque á los que las conocen parecerá más que curiosidad atenta y prolijidad cansada, diré como estas son unas aves domésticas de la estatura de un pauji, cuya ancha y hueca pluma de color pardo oscuro se cambia vistosamente admirable en tornasoles verdes, con más vivos y notables cambiantes en la ancha cola, que en perfecta forma de abanico se abre, mas su encallecido rugoso cuello, correspondiente á los tornasoles de su crecido cuerpo en vivas demostraciones de finísimas tintas de rojo, celeste, verde y blanco, se varía y enciende desde el cuello á la cresta que cuelga y cae sobre el pico; siendo para el gusto y el sustento no menos estimable la sazón de su carne, no sólo abastecida en la porción de su cuantidad, sino de sustancial nutrimento, especialmente lo que toca á la papada, que es una crecida porción de enjundias de suavísimo y delicado gusto y de útil y fácil nutrimento. Se nota en esta ave una extrañisima como singular propiedad que en otra alguna no se descubre, y es que tomando el aliento se hinchan con crecida disformidad, erizando toda la vistosa pluma del cuerpo y quedando, á la fuerza del aliento detenido y violento, todo su cuello y cresta encendido en color tan sangriento como la semejanza de un fino paño de grana, y dando un espacioso y largo paseo con las alas tendidas, de calidad que barre el suelo con ellas, al soltar el aliento detenido es con tan ruidoso estruendo como el tiro de un arcabuz. Y no por abundantes y fecundas en la cría, son comunes y poco estimadas, porque los indios que tienen este trato han asentado el precio en las propias tierras de su crianza y naturaleza que es de doce reales, y en las tierras calientes á donde las conducen á veinticuatro reales.

En las tupidas y enlazadas breñas de los montes deste valle, y en especial los que hacen y se tupen en lo profundo y hondo de las quebradas, se crían y hallan los maravillosos y estimables pájaros que llaman Cerrojillos y los indios Chajalsiguat, que corresponde á «guarda de mujeres»; y á la verdad es reparable la propiedad de su etimología indiana, porque la ligereza de una mujer, sola la de un pájaro puede guardarla ó el ruido de un cerrojo. Estos en el intermiso y dulce canto imitan y parecen al ruido de un cerrojillo que abre ó cierra. Son uniformemente emplumados de color encendidamente canelado á la manera del que llamamos color tangay, y los ojos muy encendidos con un cerco de plumillas negras. No sirven hermosos á la vista sino recreables al oído por su canto no imitado de otra ave, y sólo aventajado del Sesontle, que es admirable, puesto que la etimología de su nombre declara que tiene un sontle de voces, que son cuatrocientas diferencias. Hállanse en todos los temperamentos, y así son muy comunes; pero se logran pocos, porque su natural arisco y bravo los mata, y sólo se logran cogiendo los polluelos en el nido. Hay otros que llaman Sesontles cimarrones, de negra pluma y de un collarejo blanco, de muy dulce y sonoro canto; muchos Guirises de los colores verde, encarnado, negro y blanco; muchos Jaulines, Tordos, Bijugos, Cucharones, Urracas, Chocoyos, Chipes, Cardenales, y Carpinteros á cuyo aguzado y duro pico no hay jaula que resista, sino es de hilo de hierro, y así sucede que en las montañas taladran los pinos como con barrena, y en cada taladro ensamblan una bellota, entrojándolas deste suerte para el tiempo de la necesidad.

  1. Anania.-Fabr. del Mundo, tomo IV, folio 365.