Política de Dios, gobierno de Cristo/Parte II/XII

XI
Política de Dios, gobierno de Cristo
de Francisco de Quevedo y Villegas
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Enséñase, en la anunciación del ángel a nuestra señora la Virgen María, cuáles deben ser las propuestas, de los reyes, y con cuál reverencia han de recibirse los mayores beneficios. Cómo es decente y santa la turbación y en qué no se ha de temer. (Luc., cap. 1.)
Missus est Angelus, etc. «Fue enviado de Dios el ángel Gabriel a la ciudad de Galilea cuyo nombre es Nazareth, a la Virgen desposada con el varón llamado José, de la casa de David; y era el nombre de la Virgen María. Y entrando el Ángel, díjola: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo: bendita tú entre las mujeres. La cual, como lo oyese, se turbó en su razonamiento, y meditaba cuál fuese esta salutación. Y díjola el Ángel: No temas, María, porque hallaste gracia en Dios.»
Quiso el Padre eterno que su Hijo, antes de nacer y de encarnar, enseñase y diese doctrina a los reyes de la tierra. Este amor tan grande y tan prevenido, Señor, debemos los hombres acogerle en nuestros corazones con reverencia humilde, con reconocimiento agradecido, con ansiosa obediencia para su imitación.



Trajeron las semanas profetizadas el tiempo para ejecutar el alto e inefable decreto que para la redención del mundo había establecido aquella junta de tres Personas, en unidad de esencia, trinidad inefable, unidad trina en personas; y determinó el Padre eterno de enviar su Hijo a tomar carne humana, y el Espíritu Santo con su obra disponerlo. Y siendo ésta la más soberana, y para la siempre Virgen María la merced más suprema escogerla para Madre de Dios, envía aquel soberano Señor (a quien la pluralidad de tres personas no divide la unidad de monarca único de cielos y tierra) al ángel Gabriel a que anuncie su decreto a la preservada y escogida Virgen reina de los ángeles, para que dé su consentimiento y se efectúe tan soberana y misteriosa Encarnación. Y siendo tan excesivamente mayor el poder y majestad del Criador con su criatura, que del rey con el vasallo, aun para hacer a la Virgen María reina de los ángeles y su Madre, la merced más suprema que pudo hacerla, envió por su consentimiento.



¿Cómo dejarán los monarcas de la tierra de pedir el de los súbditos, que les dio el gran Dios con este ejemplo, no para hacerlos merced, sino para deshacerlos? Viene Dios a tomar de su criatura carne humana, para endiosarla, y que sea la que se la da Madre del mismo Dios, y aguarda a que su criatura diga que se haga su voluntad; y los señores de la tierra ¿de sus pueblos tomarán a su pesar lo que han menester para vivir? Todo se debe a la justa y forzosa necesidad de la república y del príncipe; mas para que el servicio sea socorro y no despojo, no basta que el monarca pida lo que ha menester, sino que oiga del vasallo lo que puede dar. Tasan mal estas cosas los que aconsejan que se pidan, y luego las ejecutan; porque con tales ejecuciones socorren antes su ambición y codicia, que al reino ni al rey. Señor, de todos los caudales que componen la riqueza de los príncipes, sólo el de los vasallos es manantial, y perpetuo: quien los acaba, antes agota el caudal del señor, que le junta. El Espíritu Santo dice «que la riqueza del rey está en la multitud del pueblo». No es pueblo, muy poderoso Señor, el que yace en rematada pobreza: es carga, es peligro, es amenaza; porque la multitud hambrienta ni sabe temer, ni tiene qué; y aquél que los quita cuanto adquirieron de oro y plata y hacienda, los deja la voz para el grito, los ojos para el llanto, el puñal y las armas. Para tomar Dios de su criatura un vestido humano, que eso fue el cuerpo, envía un ángel que se lo pida y que aguarde su respuesta, que satisfaga a las dificultades que se le ofrecieren; como fue decir la Virgen: «¿Cómo se obrará esto?, porque no conozco varón»; y que la asegure turbada. El texto dice: «La cual, como lo oyese, se turbó.» No pueden los reyes enviar ángeles por ministros; mas pueden y deben enviar hombres que imiten al ángel en aguardar la respuesta, en quitar la turbación y el miedo: no hombres que imiten al demonio en no oír, en dar horror, y turbación y miedo. Si de lo mucho que se pidiese se da lo poco que se puede, es dádiva fecunda que luce y aprovecha. Y al vasallo le sucede lo que a la vid, que quitándole la poda lo superfluo, se fertiliza; y si la arrancan, lleva mucho más, mas la destruyen para siempre.



No sé qué se tiene de grande abundancia lo que se concede pedido; y bien sé cuánto tiene de estéril cuanto se toma negado. Si a intercesión de la gula hay meses vedados para que los cazadores no acaben la caza, matando los padres para las crías, haya meses vedados, cuando no años, a intercesión de la justicia y misericordia, para los cazadores de pobres, porque la cría de labradores no perezca.
Hemos considerado cómo se ha de pedir y proponer, y cuál ha de ser el ministro. Pasemos a examinar qué se ha de hacer con las propuestas de grandes mercedes.



Dijo el Ángel a nuestra Señora: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo: bendita tú entre las mujeres»: palabras llenas de singulares y altísimas prerrogativas. Y dice el Evangelista: «La cual, como lo oyese, se turbó en su razonamiento.» Más seguro es, Señor, turbarse con la propuesta de grandes favores y mercedes, que tener orgullo en su confianza. A la Virgen María la saluda un ángel: llámala llena de gracia y bendita entre las mujeres, y se turba. A Eva la dice Satanás en la sierpe que coma y será como Dios; y se alegra, y confiada se ensoberbece. Ésta introduce con el pecado la muerte: la Virgen y Madre, concibiendo al que quitó los pecados del mundo, introdujo la vida y la muerte de la muerte. Díjola el ángel Gabriel: «No temas, María, porque hallaste gracia en Dios.» Señor, los que hallan gracia en otro hombre, los que con otro hombre pueden y tienen valimiento, teman: sólo pierda el miedo el que halla gracia en Dios y con Dios. Las ruinas tan frecuentes de los poderosos, en que tanta sangre y horror gastan las historias, se originan de que temen donde no habían de tener miedo, y no tienen miedo donde habían de temer. Doctrina es ésta de David, y por eso doctrina real y santa (Psalm., 52, v. 6), tratando de los necios que en su corazón dijeron: «No hay Dios.» Tal gente reprende en este salmo y verso: «Allí temblaron de miedo, donde no había temor.» Y da la causa en el verso siguiente: «Porque Dios disipó los huesos de los que agradan a los hombres.» Literal está la sentencia, y en ella la amenaza. Tienen gracia con los hombres, y no temen. Por eso Dios disipará sus huesos, y porque temen donde no hay temor. Muchos tienen gracia con Dios, a quien hace mercedes y favores; y muchos la tienen, a quien da aflicciones y trabajos. Hay algunos, y no pocos, que en viéndose en poder de persecuciones desconfían de tener gracia con Dios; y por eso temen donde no hay temor. Éstos más quieren estar contentos con lo que Dios hace con ellos, que no que Dios esté contento de ellos por lo que con ellos se sirve de hacer. Quieren a Dios sólo en el regalo y en el halago, no en el examen y dolor meritorio. Son almas regalonas y acomodadas. No lo enseña así San Agustín, pues dice: «Quien alaba a Dios en los milagros de los beneficios, alábele en los asombros de las venganzas; porque amenaza y halaga. Si no halagara, no hubiera alguna advertencia; si no amenazara, no hubiera alguna corrección.»



Palabras son del Espíritu Santo: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor.» Lo primero que se nos manda en el Decálogo es amar a Dios, y no se manda que le temamos, porque no hay amor sin temor de ofender o perder lo que se ama; y este temor es enamorado y filial. Según esto, Señor, el hombre que tiene gracia con otro hombre, cuerdo es si teme. El que tiene gracia con Dios no tiene qué temer: ése sólo está seguro de miedos, y tiene en salvo los sucesos de sus buenas obras, sin que pueda variárselos la mudanza del monarca, por ser inmutable; ni la envidia de los enemigos, por ser la misma justicia, a quien no pueden engañar. Y el hombre, Señor, que tiene gracia con otro y no teme, éste le desprecia, y quiere antes ser temido de su señor, que temerle; y quien llega a temer al que hizo, él se confiesa por deshecho.