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Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Noches pampeanas


Noches pampeanasEditar

Estar acurrucado en la blandura espesa de las pilchas del recado, cuidadosamente colocadas unas encima de otras, en un rincón abrigado de la cocina caliente, bien tapado con toda la ropa de abrigo que uno pueda tener, ponchos, mantas y chiripás de paño, y, antes de cerrar los ojos y de dejarse resbalar al sueño completo, fumar un cigarro, oyendo llover, esto es sencillamente la suma de la felicidad.

Así, por lo menos, pensaba Mauricio, cierta noche de temporal, que asentado en su caballo, con paciencia, hacía frente al agua fría que le azotaba la cara, entrándole, a pesar de lo que podía hacer para evitarlo, un poco por todas partes. Y tenía que hacerle frente no más, al agua fría, pues, de otro modo, ella hubiera arreado quién sabe hasta dónde, la hacienda que se iba conduciendo para los corrales de abasto de la ciudad.

Poder fumar un cigarro, siquiera, hubiera sido un consuelo en ese fastidioso trance, pero prender un fósforo, con hacienda tan arisca, era dar la señal de una disparada que nadie hubiera sido capaz de atajar. No, por cierto, no se puede, que de sólo pensarlo, quién sabes si no se asusta la hacienda.

Realmente, estar acurrucado en las blandas pilchas del recado, en un rincón abrigado de la cocina caliente, bien tapado, fumando, y oyendo llover, es la suma de la felicidad en este mundo.


* * *


Las ovejas encerradas en el corral, mojadas hasta los huesos, paradas en el barro, con el vellón empapado, no aspiran, ellas, a dormir a galpón, como los carneros finos y sus esposas elegidas, pero no dejan de pensar que también en la vida de los animales, hay ciertas desigualdades por demás abusivas. Y mientras así cavilan, su amo también duerme mal, aunque él esté muy si señor en su cama, pues calcula que si dura esta lluvia, se le va a llenar de agua el campo, y no deja de ser una broma que nunca pueda llover con moderación, y sólo cuando se necesita. Y así son las cosas, en este mundo; lo que a uno, un día, lo llena de gozo, otra vez, lo perjudica.¡Paciencia! Y dejar llover.

Y también dejar que hiele. ¡Son largas, las noches de invierno! Caído el viento, a la oración, prendidas las estrellas en el firmamento, todavía no se siente mucho el frío, pero desde ya, lo envuelve a uno la sensación penetrante de que va a caer una helada recia; y todo el que puede busca el rinconcito donde encontrará calor y reparo. No todos lo pueden, y el mancarrón atado al palenque, sin abrigo de ninguna clase, tiene que ser dotado de buena fuerza de resistencia para soportar, inmóvil, sin morir, el frío siempre creciente de la inacabable noche. Eriza el pelo, encoge el pescuezo y sufre.

En las noches de helada, a pesar de la gloriosa claridad de las estrellas que refulgen intensamente, en la transparencia del aire límpido, pocas ganas tienen de moverse, y quedan en sus cuevas o entre las pajas, todos los bichos y las aves de la Pampa.

El hambre los obligará, a veces, a salir del escondite, pero sólo por un momento, pues lo que más quieren es calor. Puede ser que salga a merodear algún cuatrero o algún bicho dañino, pero seguramente no se arriesgará ningún enamorado.

Y a medida que se aproxima la hora de los primeros rayos del sol, el frío se hace más cruel. Apenas aclara, se pone de pie el hombre, entumecido; pues ni la pobre cama del gaucho, ni su pobre vivienda alcanzan a mitigar la temperatura terrible de la mañana, y tapado lo mejor que puede, a veces bien poco y miserablemente, la cabeza envuelta en pañuelos, tiene que zapatear fuerte y tomar mucho mate para restablecer la circulación de su sangre helada. Poco mérito tiene en madrugar.

Todo blanquea afuera. Los techos parecen de plata pulida; la tierra, el pasto, el lomo de los animales, todo está cubierto de una capa blanca que hace centellear el sol. Los rebaños quedan encerrados hasta que se derrita la escarcha; pues, con su pisoteo, echarían a perder el pasto, hecho quebradizo por la helada.

Por fin, resplandece el astro del día; renace el calor, y el pasto reverdece; alivio de pocas horas; ¡Son tan cortos los días del invierno!

Y pasarán todavía muchos días cortos y muchas noches largas y glaciales, antes que vuelva la primavera a lustrar el pelo de los animales, a forrar con carnes nuevas sus cuerpos enflaquecidos, a darles las ganas y la fuerza de vivir, a hacer hervir en su sangre los deseos de la generación.

Pero entonces, en la serenidad calurosa de las noches cortas del verano, se llenará la Pampa de mil ruidos, discretos hasta el misterio, murmullo de la llanura desierta, ávida de ver nacer, de su prolíficoseno, seres innumerables; sin elegir, en su ansiedad, dejando, lo mismo, pulular las alimañas nocivas, como la hacienda fecunda; el yuyo venenoso, como el grano de trigo; contenta con sólo oír el divino concierto de voces que tan hermosamente cantan,-en medio de la luz plateada de las estrellas y del calor de la tierra arrancada de su letargo-, el espléndido poema del amor victorioso y de la vida renaciente.