Acto I
Nadie se conoce
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto II

Acto II

Salen ALBANO y el REY.
ALBANO:

  ¿Es posible que la quiera
vuestra Majestad así?

REY:

Si lo creyera de mí,
de mi edad no lo creyera.

ALBANO:

  Ella es hermosa mujer,
y tuviera por mejor
que el Príncipe mi señor
la comenzara a querer.

REY:

  No estoy, Albano, en estado
que lo pueda permitir,
y véngome a persuadir
que está muy enamorado,
  pues viéndola como yo,
como yo no la he querido.

ALBANO:

Más puesto en razón ha sido
lo que a entrambos sucedió.
  De que es fuego se te acuerde
amor, y así viene a ser
más puesto en razón arder
el leño seco, que el verde.
 

REY:

  A influencia lo atribuyo
del cielo.

ALBANO:

¿Tienes pensado
lo que has de hacer?

REY:

He mandado
que al villano esposo suyo
  se dé bastante dinero
para reparar la casa,
y aunque otro fuego me abrasa
culpar al de Junio quiero,
  y decir que en la ribera
me tengo de entretener.

ALBANO:

¿Tanto será menester
para que humilde te quiera
  una pobre labradora?

REY:

Si la miras bien, Albano,
aunque en estilo villano,
tiene cosas de señora.
  Divertir pensé a Lisardo
de amor, y vengo a inferir,
que él me viene a divertir,
ya su reprehensión aguardo.
 

ALBANO:

  ¿Pues entiende alguna cosa
deste pensamiento?

REY:

No,
que se lo he mandado yo
a la villaneja hermosa,
  y es tan aguda, y discreta,
que sabe disimular;
ni él puede ya reparar
que su amor a mí me inquieta.

(Sale el duque ARNALDO.)
ARNALDO:

  Pienso que me puede dar
vuestra Majestad albricias.

REY:

Si alguna cosa codicias,
ya la comienzo a mandar.

ARNALDO:

  Celia está ya de mi parte,
anoche en su casa entré,
si bien la visita fue
dejando el amor aparte;
  pero ya la inclinación
da muestras de más flaqueza.

REY:

No hay en mujer fortaleza.
 

ALBANO:

Fuertes en flaquezas son.

REY:

  Celia te ha dado lugar
a que entres a verla.

ARNALDO:

Y creo
que pudiera mi deseo
a lo posible llegar,
  si el Príncipe mi señor
no tuviera sangre allí.

REY:

Pues Celia se rinde así,
¿quién tendrá, seguro honor?
  Mal haya el hombre que fía
de obligar, ni de querer.

ALBANO:

Es mujer.

REY:

Sí, más mujer
que por mil causas querría.

ARNALDO:

  Lo más que della entendí,
es que el tenerla encerrada
Lisardo, la trae cansada.
 

REY:

Pues eso será por mí.
  ¿Qué familia tiene?

ARNALDO:

Poca.

REY:

¿Qué casa?

ARNALDO:

Curiosa, y rica,
bien al dueño significa
por la parte que le toca.

REY:

  ¿Hijos?

ARNALDO:

Uno, y no le vi,
que luego a entender me dio,
que a Alemania le envió
por tener miedo de ti.

REY:

  Mal hizo, en fin es mi nieto.

ALBANO:

Lisardo.
 

(Entran LISARDO y FABIO.)
FABIO:

La voluntad
si confirma la amistad,
es potencia sin respeto,
  y siempre decir oí
que el apetito, señor,
nunca envejece.

LISARDO:

Es error,
que en fin.

FABIO:

Tu padre está aquí.

REY:

  ¿Has pensado, Lisardo, por ventura
lo que te he dicho acerca de casarte?
¿O la aspereza en tus respuestas dura?

LISARDO:

Yo debo obedecerte, y agradarte,
mas no se pasa agora coyuntura,
ni así puede tu edad desconfiarte,
yo te responderé.

REY:

¿Cuándo?

LISARDO:

Muy presto.
 

REY:

Presto es llevarlo en mi obediencia puesto.

LISARDO:

  Señor, yo voy mis cosas disponiendo
a término que pueda sin errarme,
perdona si el respeto voy perdiendo,
más libre y menos bárbaro, casarme
no puedo, mas si bien me reprehendo
de no poder vencerme y consolarme,
yo haré cuanto pudiere, que es muy justo,
que sólo estime obedecer tu gusto.
  Cargan sobre el valor obligaciones
que no me dan lugar a obedecerte;
pero yo saldré della, si hay razones
que puedan obligarme de otra suerte.

REY:

Y si anda ya tu honor en opiniones,
y dicen, que esa dama se divierte
con cuantos quieren verla, ¿será justo
mirar su obligación, y no mi gusto?

LISARDO:

  A lo que miro yo, ni el sol se atreve,
porque pide licencia a mil cristales
para entrar a tocar en esta nieve.

REY:

Derrite el Sol a veces nubes tales
amor como te engaña, a honrar te mueve
quien te ofende con prendas desiguales.
 

LISARDO:

A vuestra Majestad le han engañado.

REY:

¿Quieres lo ver?

LISARDO:

Yo estoy bien confiado.

REY:

  Cuánto va que esta noche...

LISARDO:

No me digas
cosa tan imposible.

REY:

Verlo tienes,
para que mi verdad no contradigas.

LISARDO:

Algún engaño a su lealtad previenes;
mas porque destas cosas te fatigas,
oh gran señor, y tan airado vienes,
¿nunca fuiste mancebo? ¿Nunca diste
lugar a amor? ¿Tan cuerdo siempre fuiste?
  ¿Es delito querer, siendo querido,
a una mujer tan principal?

REY:

Si fuera
principal en ser casta, hubiera sido,
disculpa que a tu error darla pudiera;
pero si mientras andas divertido
conmigo de ese bosque en la ribera
entra en su casa quien te ofende, ¿quieres
que diga que es ejemplo de mujeres?
 

LISARDO:

  Llévame a que lo vea.

REY:

Soy contento,
para que más de su traición te asombres,
y mira que los reyes, está atento,
no pasan por las leyes de otros hombres,
nunca fue mozo un rey.

LISARDO:

¡Estraño cuento!

REY:

Que es nombre aparte de los otros nombres,
que a ser posible en las humanas leyes
viejos habían de nacer los reyes.

(Vase.)
LISARDO:

  Si no guardara respeto
a lo que el cielo me avisa,
yo celebrara con risa
Fabio amigo este conceto.
  ¿Qué te parece de ver
hecho a mi padre un catón,
y perdido de afición
de una rústica mujer?
 

FABIO:

  Así va el mundo, señor,
quien puede, su gusto goce,
porque nadie se conoce,
ni advierte en su propio error.
  Reprehende un viejo a un mozo
que trata de amor, sin ver
que le disculpa tener
crespo, rubio, o negro el bozo
  y él a Jacinta, o Marfrodia
sirve, solicita, y trata
con una barba de plata
como santo de custodia.
  Ríese con su mujer
en la mesa del vecino,
que a ser desdichado vino,
por dicha a más no poder;
  el que le murmura mal,
y vive en sus cosas ciego,
y sale su mujer luego
a ver el señor don tal.
  Riñe un padre que ha jugado
su hacienda a un hijo, que ya
comienza a jugar, y está
a parecerle obligado.
 

FABIO:

  Y no mira y considera
que ganando le engendró,
que la noche que perdió
claro está que no pudiera.
  Maldice la madre anciana
la hija que se entretuvo
sólo un momento que estuvo
de pechos en la ventana.
  Y no se acuerda que fue
dama de tres, y aun de trece,
porque sólo le parece
yerro el que en los otros ve.
  El otro que no alcanzó
ya que sin razón pretende,
culpa al que se lo defiende
de la causa que le dio.
  Culpa un bárbaro ignorante
a un sabio de algún error,
y no le hiciera mayor
que el suyo algún elefante.
  Ríese el otro en efeto
del testamento que vio,
y él sin hacerle murió
de prevenido, y discreto.
 

FABIO:

  Trae doña Mergelina
las galas de don Pascual,
y parécele muy mal
la saya de su vecina.
  Temblaba el otro cobarde
del ruido de un broquel,
y dice que huyeron dél
seis hombres en una tarde.
  El otro que gastó mal
mucha hacienda en tiempo breve
de que el diablo se la lleve,
y se vaya tal por tal.
  Está haciendo admiraciones
como alguno que en linajes
de otros hace mil potajes,
y tiene sus dos listones.
  Oh cuánto amor desconoce
mas no quiero decir más,
pues por aquí sacarás
que ninguno se conoce.
 

LISARDO:

  Bien, pero ¿qué quiere ser
que haya entrado en nuestra casa
hombre humano?

FABIO:

Lo que pasa
me contó Dorista ayer.
  El duque Arnaldo ha venido
muy falso a fingir amor
a Celia.

LISARDO:

Arnaldo traidor.

FABIO:

Por obediente lo ha sido,
  mándale el Rey que te dé
celos, porque así la dejes,
luego no es bien que te quejes.

LISARDO:

Y sin avisarme fue.

FABIO:

  Fuera avisarte, señor,
a tu padre deslealtad.

(Sale FELICIANO.)
FELICIANO:

En efeto la ciudad
me ha parecido mayor.
  Esto de hacerse los ojos
a la soledad lo causa.
 

LISARDO:

Yo tengo bastante causa
para mayores enojos.

FELICIANO:

  Señor.

LISARDO:

Feliciano amigo,
¿vino Celia?

FELICIANO:

Sí señor,
Celia ha venido a la Corte,
y vino con ella el sol.
Ya está en su casa, que siente
tu ausencia, y tiene razón,
aunque allá sienten la suya
las riberas que pisó,
que parece que sin ella
están los prados sin flor,
sin consonancia las fuentes,
y hasta las aves sin voz
Bien parecía en los campos,
pero a Celia pareció
tener celos de tu ausencia.

LISARDO:

Temo a mi padre.
 

FELICIANO:

Yo no,
que si a visitarla envía
con este su necio amor,
dirán que a la Corte vino
a comprar algo.

LISARDO:

Mejor
fuera que allá se volviera.

FABIO:

Celos bachilleres son,
todo lo quieren saber.

FELICIANO:

Pienso, y en lo cierto estoy,
que piensa que te diviertes
por respeto, y por temor
de tu padre, o que a casarte
ya tienes obligación.

LISARDO:

Voy a verla, y a que sepa
que antes de serle traidor
faltará el sol a su esfera,
al mundo el aire veloz,
lengua a la envidia atrevida,
al poder murmuración,
al sabio algún enemigo,
al necio algún defensor,
libertad al vulgo junto,
que junto es bestia feroz,
y desdichas a mujer
que quisiere bien a dos.

(Vase LISARDO con FELICIANO.

 

Y entra ALBANO.)
ALBANO:

El Rey me envía a llamarte,
Fabio.

FABIO:

¿A mí?

ALBANO:

Y te admiró.

FABIO:

No me admiró, mas parece
cosa nueva a mi opinión,
porque la tengo en la Corte
de mozo de buen humor,
no de Consejero sabio,
no de buen Gobernador,
no de soldado valiente,
para cualquiera facción;
y siendo así, no te espantes,
Albano que lo esté yo
de verme llamar de un rey.

ALBANO:

Calla y ven.

FABIO:

Ya callo y voy.

(Vanse.

 

Y salen CELIA, DORISTA y VELISA.)
CELIA:

  Fue mucha bachillería
dar al Duque entrada aquí.

DORISTA:

Engañarle presumí,
No entendí que te ofendía.

CELIA:

  Muy bueno pones mi honor,
si lo que tu hicieres mal
corre por mí.

DORISTA:

Desigual
castigo a mi grande amor.
  ¿Aventuro yo mi vida
por servirte, y tú señora
me pagas ingrata agora?

CELIA:

Estoy, Dorista, ofendida,
  porque ya que te fingías
ser yo, no habías de hacer
lo que no pudiera ser
conforme a las prendas mías.

VELISA:

  Pues señora, ¿qué has perdido?
 

CELIA:

Velisa, no era razón
burlarse de mi opinión,
aunque era el papel fingido.

VELISA:

  Pensó que no te ofendía.

CELIA:

No es buen modo de lealtad
disfrazar su liviandad
con decir que me servía.

DORISTA:

  ¿Quién sirvió que no tuviese
este premio?

CELIA:

Si yo fuera
mujer que nacido hubiera
de quien menos mereciese,
  que yo ser Reina de Hungría
¿cómo lo tengo de ser?

DORISTA:

El cielo te deje ver
señora ese alegre día.

CELIA:

  Sin esto dicen que aquí
viene Lisardo, ¿a qué viene
no estando yo aquí? ¿Qué tiene
que visitarte sin mí?
 

DORISTA:

  Querrá desmentir espías.

CELIA:

No le dejes desmentir,
que suelen noches mentir
lo que desmienten los días.

DORISTA:

  Eso sí, di que son celos,
y acaba de declararte.

CELIA:

¿Celos, cómo? ¿De qué parte?

DORISTA:

De parte de tus desvelos,
  que no hay otra parte aquí.

CELIA:

¿No tienes atrevimiento
a decir con mal intento,
que estoy celosa de ti?

DORISTA:

  No, señora.

CELIA:

Aquí me ofrecen
nuevas desdichas los cielos.

DORISTA:

No digo yo que son celos.

CELIA:

¿Qué dices?
 

DORISTA:

Que lo parecen.

CELIA:

  No lo parecen, ni son.

DORISTA:

Pues eso los celos es,
cosa que ves, y no ves
entre verdad y ilusión.
  Es hacer sol, y llover
a un tiempo, y en un lugar,
que se ve un hombre mojar,
y no lo quiere creer.
  Es un sueño desigual
de los que no están dormidos,
respuesta con dos sentidos,
que se entiende bien y mal.
  Está entre celos amor
siendo en luces de temores
tornasol de dos colores
que no declara el color.
  Es fuego en monte que así
la vista de noche acerca,
que parece que está cerca,
y está mil leguas de allí.
  Esto es celos, que el amor
finge y declara después.
 

CELIA:

¿Qué importa si es, o no es,
si después es lo peor?
  Ahora bien no quiero más
fingimientos.

DORISTA:

Haz tu gusto.

VELISA:

Gente siento.

CELIA:

Este disgusto
Dorista agora me das,
  aquí me voy a esconder,
ven Velisa.

DORISTA:

Está segura.

CELIA:

Ningún valor me asegura,
soy mujer, y eres mujer.
 

(Sale el PRÍNCIPE.)
LISARDO:

  Dorista, pienso que el Rey
como te tiene por Celia
quiere engañarme con celos,
para que así te aborrezca.
Dice que quiere esta noche
hacer que yo mismo vea
que no mereces mi amor,
¿hay gracia, hay cosa como esta?
Si me enojare contigo
desde agora es bien que adviertas
que me des satisfaciones,
para que mejor lo crean,
que con este fingimiento
vivirá mi Celia bella
segura de su poder.

DORISTA:

Antes pido a vuestra Alteza
de rodillas por el suelo
que no permita que sea
más Celia.

LISARDO:

Dime, ¿por qué?

DORISTA:

Señor, por ciertas sospechas.

LISARDO:

¿Por sospechas? ¿De qué suerte?
Levántate.
 

DORISTA:

Cuando entienda
que me has hecho esta merced.

LISARDO:

Levantarete por fuerza.

(Al asirle los brazos para levantarla, entran CELIA y VELISA.)
CELIA:

No eran mis sospechas vanas,
los dos se abrazaron, y ella
le está requebrando agora.

VELISA:

¿Qué haces? ¿Por qué no llegas?

CELIA:

¿Así se tratan, señor,
las amigas en ausencia?
¿Los brazos dais a Dorista?

LISARDO:

Levantela de la tierra,
que para ninguna cosa
que levantarla no fuera,
pudiera darle mis brazos,
que no para hacerte ofensa.

CELIA:

¿Quién duda que es levantarla
igualarla a vuestra Alteza?
Veis aquí, señor, la causa
porque vine de la aldea.
Oh mal seguros los hombres.
 

DORISTA:

Estas las sospechas eran
por quien de rodillas quise
señor, pediros licencia.

CELIA:

Yo la tomaré primero
para pedir que el Rey venga
a vengarse y a matarme,
diré a voces que soy Celia.
Toma Velisa este traje,
venga el Rey, máteme, muera
mujer que os ha merecido,
y que no os merece.

LISARDO:

Espera,
que sin causa no es razón
que tus méritos ofendas,
ya que mi amor no conoces,
ya que mi valor desprecias.
Mira que quien pide celos
sin ocasión de sospechas
de que tiene amor fingido,
y quiere engañar con ellas.
Mal pagas, Celia, los años
que te he servido, si piensas
que una dama que te sirve
me obliga a que te aborrezca.
Por ti pasé, como sabes,
tanto número de penas,
que es imposible, señora,
que pueda olvidarme dellas.
Por ti se queja mi padre
viendo que el Reino se queja
de verme sin sucesión,
puesto que de ti la tenga.
Por ti...
 

CELIA:

Basta, señor mío,
no digas más, que ya queda
asegurada mi alma
de tu amor y mis sospechas.
Perdona, dulce bien mío,
que las mujeres más cuerdas
si con amor somos locas,
con los celos somos necias.
Mal hice en creer mi engaño,
pero quien ama, y no cela
el viento, el sol y la sombra,
no es honrada, o no es discreta.
Bien sé yo lo que me estimas,
y por lo mismo si es Celia
Dorista en mí transformada,
me dice el alma que tema,
que como por mí la tienes
y vienes de fuera a verla,
mientras que te desengañas,
ya puede ser que me ofendas;
porque la imaginación
suele tener tanta fuerza,
que por Celia la tendrás,
y a mí me tendrás por ella.
 

LISARDO:

Basta mi bien, yo recibo
la satisfación, y crea
vuestro amor de mi lealtad
que no haré cosa tan ciega.
Yo os tendré por Celia a vos,
y sabré también tenerla
por Dorista, que el amor
no es ciego en las diferencias.
Por levantarla del suelo
le di los brazos, que llegan
a confirmar con los tuyos
paces para ser eternas.

CELIA:

Aquí tienes a tu esclava.

VELISA:

Advierte que gente suena.

LISARDO:

Escóndete, Celia mía,
y tú, Velisa, no sea
mi desdicha que os conozcan.

CELIA:

Mira que con Celia quedas.
 

(Vanse CELIA y VELISA, y queda DORISTA. Y sale el duque ARNALDO, y el PRÍNCIPE se retira.)
ARNALDO:

  Ya como prenda más tuya
tengo más atrevimiento,
que quiere mi pensamiento
que de atreverme se arguya,
pues toda la fuerza suya
es de aquesta causa efeto,
aunque el amor, y el respeto
suelen hacer compañía,
mas nunca la cobardía
fue pensamiento discreto.
  Amor es una pasión
que hace atrevido al cobarde,
que suele alcanzarla tarde
el que pierde la ocasión.
A la determinación
sigue la buena fortuna;
quien piensa tener alguna
a ser atrevido pruebe,
que quien ama, y no se atreve,
no puede tener ninguna.
  Quien tiene pleito, esté cierto
que le ha de solicitar,
quien navega por la mar
procure llegar al puerto.
Quien espera bien incierto,
a su pretensión asista;
dificultades conquista
quien ama, y tiene valor,
que el favor por el temor
suele perderse de vista.
 

DORISTA:

  ¿Cuándo he sido yo tan loca,
que os haya dado ocasión
para mayor pretensión
que a la que a mis prendas toca?
  Si me dejé visitar,
fue porque esta cortesía
a ser quien sois se debía.

ARNALDO:

Eso me pudo obligar,
  porque no hay por donde amor
pueda entrar más fácilmente.

DORISTA:

No entra bien nadie que intente
romper la puerta al honor,
  y el respeto que se debe
a quien soy, y al dueño mío
no permite el desvarío
de quien a los dos se atreve.

(Llega LISARDO a ella.)
ARNALDO:

  Señora.
 

LISARDO:

Arnaldo, ¿qué es esto?
¿por dónde has entrado aquí?
¿no pudo caber en ti
ser tan libre, y descompuesto,
  tú en mi casa, tú queriendo
hacer fuerza a quien adoro?
Así se guarda el decoro
de quien tanto honrar pretendo?
  ¿Quién te ha dado para entrar
puerta donde vivo yo?
¿Quién la licencia te dio?
¿Quién la ocasión y el lugar?
  ¿Cómo has entrado? Responde;
pero entre tantos desprecios,
¿no sabrás que es muy de necios
entrarse sin saber dónde?
  ¿Sabes que vivo yo aquí,
que aquestas paredes guardo,
y que el nombre de Lisardo
por privilegio le di?
  En casas Reales tienen
los que delitos han hecho
el sagrado de mi pecho,
mas no los que a hacerlos vienen.
  Mirando tu atrevimiento
no sé castigo que darte,
sino sólo disculparte
con tu poco entendimiento.
 

ARNALDO:

  Señor, si me das licencia
sabrás que estoy disculpado,
con no haber imaginado
tu ofensa mi diligencia.
  Que si supiera que aquí
vivías, antes me diera
mil muertes que te ofendiera.

LISARDO:

No hay disculpas contra mí,
  quitarte tengo la vida.

(Mete mano el PRÍNCIPE, y entra el REY con ALBANO, y otros.)
REY:

¿Qué es esto?

LISARDO:

¿Tú aquí?

REY:

Yo vengo
por la sospecha que tengo,
verdadera, o presumida.

LISARDO:

  Agora lo entiendo todo.

REY:

Suelta la espada.

LISARDO:

¿A qué efeto?
pues por tu vida prometo
de guardalla deste modo.

(Enváinala.)

 

REY:

  Los locos no han de tener
armas.

LISARDO:

¿Pues en qué lo soy?
Envainada te la doy,
y aún será bien menester,
  que aún pienso que importa aquí
darte cubierto su acero,
no diga algún lisonjero
que desnuda te la di.
  Ni es bien que seguro esté,
que según son los consejos,
dirá alguno desde lejos
que para ti la saqué.
  Mal vienes aconsejado,
mucho me aprietas, señor,
bien dijo a un rey un cantor
que era músico estremado,
  viendo algunos caballeros
que le adulaban delante,
¿para qué quieres que cante
donde hay tantos lisonjeros?
  En poderosos oídos
nunca otra música suena.
 

REY:

Tarde tu disculpa ordena
culpar mis libres sentidos,
  Ni lo están las Majestades
de algunas comunes leyes,
que también tienen los Reyes
quien les diga las verdades.
  En no se haciendo las cosas
a gusto del vulgo loco,
culpan y tienen en poco
las personas poderosas;
  tú no has de entrar en la Corte.

LISARDO:

¿Pues préndesme?

REY:

Sí.

LISARDO:

¿Por qué?

REY:

Porque de lo que yo sé
larga ausencia te reporte.
  No estarás lejos, Albano,
ve con él.

ALBANO:

¿Dónde, señor?

REY:

Al fuerte de Miraflor.
 

LISARDO:

Beso mis veces tu mano
  por la merced que me has hecho,
pues sé que allí me verás.

REY:

Celia.

DORISTA:

Señor.

REY:

No dirás
que con riguroso pecho
  quiero quitarte a Lisardo,
ni será mucha prisión
la tuya.

DORISTA:

En esta ocasión
piedad de tu pecho aguardo.
  Del Emperador Conrado
fue mi padre General,
que no hay ser más principal
que nacer de ser soldado.
  Muerto me trujo a esta tierra
ver su ingratitud, señor,
que es pagar mal la mayor
a quien ha muerto en la guerra.
  Aquí Lisardo me vio,
y sabiendo bien quién fui,
cuando la mano le di,
la de marido me dio.
 

REY:

  ¿Esto escucho?

DORISTA:

Soy quien digo.

REY:

Yo te tuviera respeto,
si fueras, Celia, en efeto
tal para igualar conmigo.
  Que si bien tu calidad
es para igualar a un rey,
no has guardado bien la ley
de amor, ni de honestidad.
  Presente está el Duque.

DORISTA:

Él sabe
la licencia que le di,
mas por engañarte a ti,
que porque él de mí se alabe.
  Pretendía asegurarte
de que no era su mujer
de tu hijo, con hacer
fingimientos de mi parte.
  La verdad es que le adoro.

REY:

Llevalda, Duque, en prisión
a una torre.
 

DORISTA:

La opinión
del vulgo ofende el decoro,
  mas no ofende la verdad,
y tú sabrás algún día
quién soy.

REY:

Casarte quería,
y tener de ti piedad.

DORISTA:

  Ya lo estoy.

REY:

Llevalda luego.

ALBANO:

Camina y calla.

DORISTA:

¿Ha traidor
ese fue el fingido amor?

(Llévanla. Y entra FABIO.)
ALBANO:

Camina.

FABIO:

Temblando llego,
  aquí está Fabio, señor.

REY:

¿Eres tú de quien más fía
mi hijo?
 

FABIO:

De mí solía
gustar por hombre de humor;
  pero pensar que yo sea
de más consideración,
es ofender su opinión.

REY:

Yo sé muy bien que te emplea
  en las cosas de su gusto
por agudo, y por discreto.

FABIO:

Quieres decir en efeto
que soy tu alcahuete.

REY:

Al justo.

FABIO:

  Del mancebo que es vicioso,
y en varios gustos ha dado
es alcahuete el criado,
aquí, y allí codicioso.
  Estos se llaman ventores,
porque de la misma traza
van levantando la caza
a sus viciosos señores.
  Mas quien sirve a un firme amante
destos de pan y cuchillo,
que le des me maravillo
un título semejante.
 

REY:

  Pues, ¿cómo se ha de llamar?

FABIO:

Guarda ropa del señor,
porque el criado mejor
es el que sabe guardar.

REY:

  Con eso me has confesado
que has sido guarda mayor
de Celia.

FABIO:

¿Quién, gran señor,
guardó jamás lo guardado?

REY:

  Luego ¿hay segura mujer?

FABIO:

Resquicios tienen a veces
donde no hay ojos jüeces,
y algo también que perder.

REY:

  ¿Qué es resquicios?

FABIO:

Ocasión
que ellas pesos falsos llaman,
cuando a los hombres que aman
les suelen dar trascartón.
  Si la mujer se desliza,
de tenella con el dar,
que si dan en colear,
es gente resbaladiza.
 

REY:

  Voy conociendo tu humor.

FABIO:

Con eso habrás conocido
de que puedo haber servido
al Príncipe mi señor.
  Pero en lo que a Celia toca,
poco había que guardar,
que en prenda tan singular
es la resistencia poca.

REY:

  Arnaldo me ha dicho a mí
sus flaquezas.

FABIO:

Si yo fuera
su igual, yo le desmintiera,
que hay mucha virtud allí.
  Retárale de traidor,
y hubiera caballo y lanza.

REY:

Yo quiero hacer confianza
en tu ingenio de mi honor.

FABIO:

  Bálsamo pones en barro
de oro envuelto en anjeo.
 

REY:

Honrarte, Fabio, deseo,
tienes ingenio bizarro.
  Para lo que te he llamado
ya tú lo echarás de ver,
cosas son desta mujer.
¿Está el Príncipe casado?

FABIO:

  Para Dios yo lo sospecho.

REY:

Perderé el seso.

FABIO:

No harás
si ella es quien es.

REY:

No hables más.

FABIO:

Perdona.

REY:

¿Abrásasme el pecho
  que hijos tiene? ¡Habla, responde!

FABIO:

¿No me mandaste callar?

REY:

Agora te mando hablar.

FABIO:

Tiene al Conde.
 

REY:

¿A quién?

FABIO:

Al Conde.

REY:

  ¿Qué Conde, y de dónde?

FABIO:

Yo
el Conde le oigo nombrar.

REY:

El seso me han de quitar.
¿Qué años?

FABIO:

Cinco.

REY:

¿No más?

FABIO:

No.

REY:

  ¿Tiene más?

FABIO:

Tiene al Marqués.

REY:

¿Qué Marqués?

FABIO:

Otro garzón.
 

REY:

¿Tantos tiene?

FABIO:

Tantos son.

REY:

¿No hay hijas?

FABIO:

Sí señor, tres.

REY:

  ¿Tres hijas?

FABIO:

Como tres flores,
y lo que está en la barriga,
que todo el cielo bendiga.

REY:

¡Buen fruto!

FABIO:

Lindos amores,
  pesárame que la tenga,
es mujer de condición,
que con la imaginación
no hay basquiña que le venga.

REY:

  Si tú mi pecho supieses,
¡oh cuánto della se aparta!

FABIO:

Solamente de una carta
amanece en cuatro meses.
 

REY:

  Fértil cosa.

FABIO:

Gran terreño.

REY:

¿Dónde están?

FABIO:

Eso no sé.

REY:

Darete tormento.

FABIO:

Haré
lo que debo a ley del dueño.

REY:

  Tú lo dirás, que es razón.
Ven conmigo.

FABIO:

El rigor cese,
que no es justo que te pese
de tener tal sucesión.

REY:

  Presto verás.

FABIO:

No lo intentes,
que es noble aquesta mujer,
sino es que quieres hacer
otra historia de inocentes.

(Vanse.

 

Y salen el PRÍNCIPE y ALBANO.)
ALBANO:

  No tenga vuestra Alteza mal conceto
de Albano, si es servido, en este caso.

LISARDO:

Albano, tú haces bien, yo estoy sujeto,
por el Rey mi señor lo sufro y paso.
Basta que a mí me prende por inquieto,
sin haber dado en su disgusto un paso;
oféndele el amor que a Celia tengo.

ALBANO:

Quiere casarte.

LISARDO:

A obedecerle vengo.
  Pero dime por Dios, ¿quién no ha querido
tal vez en tierna edad de cuantos fueron,
nunca tener amor le ha sucedido?

ALBANO:

Que amaron pienso yo cuantos nacieron,
dijo Nerón, que todos han tenido
este defeto, si hermosuras vieron,
mas que la diferencia consistía
en el que lo callaba, o lo decía.

LISARDO:

  Yo se quién si quisiera, bien pudiera
conocerse, mas nadie se conoce,
deja la edad, si el tiempo considera,
que lo que es de su tiempo entonces goce.
Mi Celia prende con crueldad tan fiera,
y en su pecho mi sangre desconoce,
él me hiciera perder.
 

ALBANO:

No te apasiones,
que retirarte así no son prisiones.

LISARDO:

  ¿Es aqueste el Castillo?

ALBANO:

¿No le viste
estos días atrás, que en su ribera
con el Rey mi señor te divertiste?

LISARDO:

¿Y aquí me manda que sin Celia muera?

ALBANO:

Si en ser tú Alcaide yo verla consiste,
de noche, o cuando vuestra Alteza quiera
iremos juntos donde presa vive.

LISARDO:

(Aparte.)
Más cerca pienso yo que me recibe.
  ¿Hay engaño a su engaño semejante?
¿Que me traiga mi padre donde tengo
a mi querida Celia? ¿A cuál amante
dio el cielo mayor bien, si a verla vengo?
De que ha prendido a Celia está arrogante,
y con la misma Celia me entretengo,
y es tanta su locura, que la adora
en hábito de humilde labradora.
  Cubra la noche de su sombra escura
el resplandor con que se ilustra el día,
que aquí será de Celia la hermosura
opuesta luz a la tristeza mía.
Salga la blanca Aurora en rosa pura,
huya sus rayos la tiniebla fría,
que aquí también será mi Celia hermosa
estrella de mis ojos amorosa.
 

(Entra FABIO.)
FABIO:

  Si fuera yo gran señor
desta prisión desta ausencia,
a lo Cortesano Fabio,
el pésame recibieras.
Y aunque te le vengo a dar,
pretendo que a solas sea,
por excusar ceremonias.

LISARDO:

Albano, un rato nos deja.

FABIO:

Señor, el Rey me llamó,
¿qué te diré de la fuerza
que puso en que le dijese
toda la historia de Celia?
Preguntome por tus hijos,
quiso saber cuántos eran,
díjele en esto verdad,
para moverle a clemencia.
Pero no donde estuviesen,
aunque de manera queda,
que pienso que a costa mía
ha de hacer la diligencia.
Estraño caso, que aquí
a Celia y sus nietos tenga,
y que ande abrasando el mundo,
¿de quién tal error se cuenta?
Y aun esto es menos que estar
perdido de amor por ella,
y pensar que con mil guardas
la tiene en sus torres presa.
Puso a Arnaldo con malicia,
para que tengas sospecha,
como si fuese Dorista
la que mil años poseas.
Doyte el parabién, señor,
desta prisión, pues en ella
siendo el tercero tu padre,
la gozas cuanto deseas.
 

LISARDO:

Así es verdad, Fabio amigo,
y que no tengo defensa
como su persecución;
todo es mi bien cuanto intenta.
Aquí con Celia, y mis hijos
pasaré sin que él lo entienda
alegres noches y días,
con risa de ver que quiera
eso mismo que persigue,
eso mismo que desprecia.

FABIO:

Él viene con este achaque
de verte a ti, y viene a verla,
y a darte reprehensiones
de aquello mismo en que el peca.
¡Oh qué tiene el mundo desto!

LISARDO:

Pues, ¿quién hay Fabio que vea
sus faltas?

FABIO:

Tenía un pintor
hijos, y hijas muy feas,
y las figuras que hacía
eran por estremo bellas.
Preguntáronle la causa,
y dio esta respuesta honesta:
pinto los hijos de noche,
y de día la belleza
de las figuras, y así
el que reprehende y yerra,
de noche pinta sus faltas,
y de día las ajenas.
 

(Sale el REY con CELIA, VELISA y FELICIANO.)
CELIA:

A la fe que con tal presa
[honraréis la fortaleza.]

FELICIANO:

Gran favor, si mi humildad
ser su Alcaide mereciera.

REY:

Llegadle los dos a hablar.

FELICIANO:

Denos los pies vuestra Alteza.

CELIA:

A mí la mano, señor,
sepa que soy su alcaldesa.

LISARDO:

Levantaos.

CELIA:

¡Qué triste estáis!
¿De qué tenéis tanta pena?
En tierra estáis de cristianos.

REY:

(Aparte.)
Albano.

ALBANO:

Señor.
 

REY:

¿No es bella?

ALBANO:

Es un ángel disfrazado.

REY:

Con qué gracia le consuela.

ALBANO:

A solas con ella habla.

REY:

Pues yo te digo que sean
debajo de aquel lenguaje
las razones harto cuerdas.

ALBANO:

¿Tiene buen entendimiento?

REY:

No es posible que le tenga
la Celia que él quiere tanto,
y por divina celebra,
como le tiene Diana.

ALBANO:

¿Cuándo has hablado con ella?

REY:

Dos o tres noches después
de cana, y no hay diferencia
della al mejor Cortesano,
los pensamientos penetra,
habla en todo, y da razones
de notable sutileza.
 

ALBANO:

Diamante engastado en plomo.

CELIA:

(Aparte.)
Mi bien, ¿quién habrá que crea
tal dicha en dos que se aman?
El verte preso me alegra,
porque con ser yo tu Alcaide,
tus esposas, hay quien fuera
tu esposa, estaré segura
de que nadie te entretenga.
¿Estás contento conmigo?

LISARDO:

Si son tus brazos cadena
de mi prisión, ¿qué preguntas?

REY:

(Aparte.)
Mucho hablan.

ALBANO:

¿Qué recelas?

REY:

Que no le agrade a Lisardo.

ALBANO:

Más plega a Dios que la quiera
para que esta Celia olvide.

REY:

Más vale que quiera a Celia.
 

ALBANO:

¿Eso dices?

REY:

Tal estoy.

FELICIANO:

No
La intervención de Feliciano está inserta en el aparte del Rey con Albano, pero no pertenece a él, sino a la conversación de Celia con Lisardo
deis ocasión que entienda
el Rey nuestra cifra.

REY:

Mira
que pienso que la requiebra.

ALBANO:

Delante de su marido,
¿qué le dirá que no sea
cosa muy puesta en razón?

REY:

Es el marido una bestia.
¿Qué respeto ha de guardar
a la humildad la grandeza?
Erré en traerle al castillo.

ALBANO:

¿Celos tienes?

REY:

Ya me pesa.
 

CELIA:

A hablar a tu padre voy.
Señor, haga que no vengan
tantos criados acá,
mire que es la casa estrecha;
que yo con mis labradores
serviré con su licencia
al Príncipe mi señor
de la manera que sepa.
Que a fe que si alguna noche
probasen las ollas nuestras,
el repollo, y el tocino,
la vaca manida y tierna,
que olvidasen las perdices,
y esos guisados que llevan
guardados con alabardas.

REY:

¡Qué ignorancia tan discreta!

CELIA:

Mala gente hay en la Corte,
pues es menester que venga
quien guarde al Rey la comida,
que si no, pienso que hubiera
quien le agarrara los platos.

REY:

¿No ves que aquello es grandeza?
 

CELIA:

Más seguranza tenemos
por acá, que si a la mesa
llevo la comida yo,
solamente van con ella
perros y gatos, que son
los músicos que la cercan.
Tal vez se suelta el pollino,
y hasta los manteles llega
por dicha a ser maestresala.

REY:

Albano, dile que venga
Lisardo a cenar conmigo.

(Vase.)
ALBANO:

¿Ha lo oído vuestra Alteza?

LISARDO:

Ya voy, aunque sé que quiere
que todo el discurso della
sea reprehender mi amor.

CELIA:

Vamos marido, pues entra
nuestra rudeza a la parte
con su adorada grandeza,
y veámoslos cenar.
 

FELICIANO:

Vamos, aunque más quisiera
que su riqueza mal sana,
mi bien segura pobreza.

(Vanse.)
FABIO:

Oiga.

VELISA:

No me diga nada.

FABIO:

¿Asperilla se me muestra
de labradora a esta parte?

VELISA:

Pues si me quiere más tierna,
vaya a buscarme a la Corte.

FABIO:

Bien dice, que allá profesan
blandura para pedir,
y en agarrando, aspereza.