Mezclilla: 39



Juro ante Dios y todos los testigos que ustedes quieran que no voy... a pronunciar un discurso; ni siquiera el que pronunció Balaguer en el Ateneo el año 82, recordando otro que pronunció el año 64. Tampoco voy a hacer generoso alarde de una erudición de enciclopedista de carrera abreviada. Pienso, sí, citar a los chinos, pero confesando que mis datos son de segunda mano, porque, lo digo sin rubor, yo no he dado la mano a ningún chino hasta ahora. Yo no sé chino. Es más, creo que no lo sabe nadie. Desde que leí en Max-Müller que esto: Ba, bà, bà, bâ, significaba en la lengua de Confucio: «La favorita del Rey abofeteó al primer Ministro», me escamo en cuanto se trata de lingüística chinesca, y me digo: ¿Conque chino, eh? ¡Ba!, ¡ba!, ¡ba!, ¡ba!

Y paso al Sr. Ba...rbieri. Este notable y respetable compositor ha salido, desde las columnas de El País, a la defensa de la zarzuela (en general), atacada (en la misma graduación), por un crítico de La Monarquía, que firma P. P. Gil. La polémica se me antoja interesante, por el asunto y por los contendientes. El Sr. P. P. Gil no parece tonto, aunque en etimologías y prefijos griegos no esté tan fuerte como el Sr. Barbieri, y sí más bien a la altura del Diccionario de la Academia. En cuanto al famoso músico, maneja la pluma que ya, ya. P. P. Gil dice que la zarzuela es cosa fea, y Barbieri sostiene que no, que hay zarzuelas malas (¡ya lo creo; pero mire usted que dramas y comedias!), mas que la zarzuela per se, en una bendición de Dios.

Yo, sin que nadie me lo pida (y aquí está la gracia), voy a dar mi opinión; o, mejor dicho, mis opiniones, porque tengo dos.

Si la zarzuela consiste en un género dramático en que alternan el canto y el recitado, el Sr. Barbieri habla como un libro al sostener que la zarzuela es de todos los tiempos y de todos los países. Ya alude él a griegos y romanos, de modo que no puedo yo meter baza en la erudición clásica. Pero tócame (este tócame siempre es de efecto en tales casos), tócame añadir, y esto casi estoy seguro de que no lo ha dicho Balaguer, ni el año 82 ni el 64, ni en año de gracia alguno, que el drama y la comedia chinos (ya apareció aquello), son zarzuelas también; que lo mismo le sucede al drama indio; y más diré, que zarzuelas son, y muy zarzuelas, el Rabinal Achi, drama guatemalteco, y el Apu Olantay, drama inca (aunque de este último no puedo asegurarlo). Pero en cuanto al antiguo teatro mejicano no cabe duda; y sin contar con los documentos modernos que lo prueban, ahí está Acosta, en su célebre Historia natural de Indias, que nos dice que los juegos consagrados a Ketzalcohualt (pueden ustedes cambiar la ortografía, porque este no ha de enfadarse como el Sr. Rentz) en Cholula, consistían, entre otras cosas, en la imitación de la tos del caballo, y en los berridos, gruñidos, bufidos, graznidos, bramidos, etc., etc., de multitud de animales, imitados a la perfección. ¿Quién no reconoce en esta pastoral americana el mismo género que cultivan multitud de apreciables cantantes indígenas? Sí; los famosos gallos de nuestros tenores de zarzuela deben de traer su origen del teatro de los antiguos toltecas y aztecas.

Aquí contengo los ímpetus de mi erudición de segunda mano (pero no de manos puercas, como otras), no sin pararme a indicar que el protagonista del drama chino (Cing-mo, el primer actor; Vico, como si dijéramos), es el que se canta toda la obra, y que si él se muere en el curso de la representación (de cansancio o por voluntad del autor), le sustituye el fu mo, o segundo actor, y así sucesivamente, como sucede en el mando de un barco, hasta llegar al pei-lao, o sea el barba, al padre viejo, como si dijéramos, a Donato Jiménez. Y se me ocurre que entre nosotros debiera observarse igual costumbre. ¿Da un gallo un tenor?, pues otro al puesto; darle por muerto al primero, y adelante. Así sucede con los espadas en los toros, y con los protagonistas en China.

De todo esto, y de otras muchas cosas que omito, pero que diré si se me hurga, resulta que P. P. Gil no tiene razón. No tiene razón, históricamente hablando, como dicen Cánovas, ese recién casado, y La Época, su paraninfo.

Pero prescindamos por un momento de que en el mundo ha habido, o hay, respectivamente, aztecas, peruanos, chinos, japoneses, indios y griegos... Coloquémonos per accidens delante de una de las zarzuelas que se usan por acá, en cualquiera de nuestros teatros... y confesaremos, diga lo que quiera la historia, que no se puede parar allí.

No suele ser mala nuestra zarzuela por ser híbrida. No es eso.

No es que de dos cosas buenas se haya hecho una mala.

Es que de dos cosas peores se ha hecho una pésima.

Sin embargo, hay algo más detestable que las zarzuelas corrientes, y son los dramas entres actos y en verso, originales de don... Fulanito.

Ahora ya va pasando la racha. Pero yo me acuerdo de aquellas temporadas en que Cavestany era un genio, y Santero otro, y Novo y Colson otro; y Herranz tres o cuatro, y Retes cinco o seis... ¡Todo aquello era sin música, pero era horrible!

¡La música! Se la calumnia demasiado.

Pongan ustedes en solfa El Ángel caído, de Santero (o como se llame; cosa de ángeles es); El Casino, de Cavestany, El Chilperico o El Sisenando, o lo que sea, de Sánchez de Castro (que ahora es preceptista); El Archimillonario, de Novo y Colson; El Garbanzo negro, de Rubí, hijo (según dicen), y no quedarán peor que están...


CANTADO


¡No, no quedarán
peor de lo que están,
peor de lo que están...
pan!
¡Ustedes lo verán!,
¡rataplán!...


(Hablando, y con formalidad). Y demás de esto, que no todas las zarzuelas son malas.

Las hay que hacen pasar un buen rato de verdad.

¿Quién, que no sea un D. Hermógenes, no se ha reído de buena gana oyendo y viendo Los sobrinos del capitán Grant (v. gr.)? ¿Y quién duda que en ciertas zarzuelas antiguas hay elementos melodramáticos (en el sentido riguroso y propiamente etimológico de la palabra) que interesan de veras y se acercan mucho a la genuina música dramática?

Hay quien abomina de la tal música dramática, como la concibe, v. gr., Wagner; un crítico francés, Bertha, decía hace poco en un artículo a favor de Mozart y contra el autor del Tannhauser, que la moderna tendencia de la ópera a representar la expresión suprema dramática, era signo de decadencia, como en la escultura griega lo había sido el prurito de producir el tipo andrógino. Sí Bertha, Hanslich, el profesor de estética musical de Viena, y otros así tienen razón... P. P. Gil vencerá a Barbieri.

Pero si, en efecto, el desiderátum de la expresión dramática está en la música, la que vaya ganando la ópera, a su modo lo ganará la zarzuela porque eso de que alterne el recitado con la música, no es óbice para la belleza y la naturalidad artística, siempre y cuando que se obedezca a lo que el Sr. Barbieri indica, a la ley que manda decir con el canto lo principal (como hacen los chinos), y dejar lo accesorio y prosaico para la declamación.

Pero, suceda lo que suceda, ya verán ustedes cómo no se escriben zarzuelas buenas, lo que se llama buenas.

Y suponiendo que se escribieran, ya verían ustedes cómo no habría quien las cantase. A no ser algunos de nuestros actores de los teatros de verso, que son los más peritos en eso de cantar cuando declaman. (También esto lo hacen los chinos y los japoneses.)