Mezclilla: 38

Mezclilla de Leopoldo Alas
Estilo fácil



No hablo de la difícil facilidad de que habló un clásico, sino de la fácil facilidad con que ya escribe todo el mundo. En cada capital de provincia, y hasta en muchos pueblos que se contentan con ser cabeza de partido (como Romero Robledo), hay una o media docena de chicos dispuestos, escritores públicos, que menean la pluma con un desenfado (así se dice) capaz de avergonzar a cualquiera. Escriben periodiquitos, satíricos como ellos solos, y sin que nadie se meta con ellos, empiezan a insultar al mundo entero, como si cada vecino honrado les hubiese hecho alguna perrería. Pero no hay tal perrería; todo el vinagre de esas publicaciones humorísticas es falsificado; es un recurso artístico para lucir el estilo fácil y maleante, como dice todavía La Época siempre que habla de Velisla.

En una estadística, que debe de estar muy mal hecha, he leído que se publican en España... no recuerdo ahora qué número de periódicos satíricos; pero, en fin, menos de veinte. ¡Absurdo! Sólo en una provincia que yo conozco bien, salen a luz ocho o nueve periódicos graciosos y picaritos. Contando todos los de la Península, deben de ser más de doscientos. Los títulos de tales papeles suelen ser por este estilo: El Palo, La Porra, El Agua va, El Otra te pego, La Jeringa, El Látigo, El Pincho, La Bomba, El Trabuco, etc., etc.; algo que haga daño, que cause explosión o levante ampolla por lo menos. No debe juzgarnos la Europa (ni la América) por lo que dicen estos malhumorados colegas. El desprecio de todo lo divino y lo humano que se nota en los citados papeles no es síntoma general de la vida decadente; es, como dejo dicho, el artificio necesario para escribir con desenfado.

El estilo fácil, según aquí se entiende, no se llama así porque en él se transparente la espontaneidad y abundancia del ingenio, la gracia y soltura con que el escritor encuentra la forma literaria más propia de su idea; el estilo fácil que se usa, es fácil... porque está al alcance de cualquiera, porque así puede escribir quien tenga ganas de meterse en literaturas de once varas.

El estilo fácil en los últimos tiempos; que son las últimas semanas, ha llegado a tal extremo, que un escritor despreocupado no vacila en decir (yo acabo de leerlo), condució y satisfaciera. Yo diré aquí, como en el Don Juan Tenorio un personaje muy discreto, que si es broma, puede pasar; pero que llevada a ese extremo, ni nos puede probar nada, ni se la hemos de perdonar al humorista. Se puede ser mal intencionado, escéptico, satírico, despreciar todas las convenciones sociales (como se dice también), cualquier cosa, menos maltratar la conjugación de los verbos irregulares.

Otros, sin ir tan lejos, sin romper por todo, rompen por bastante, y escriben cláusulas sin verbo y manejan el vocabulario de las tabernas con una cansadísima monotonía.

En mi humilde opinión, este desaliño no debía estar permitido sino a quien hubiera demostrado previamente que sabía gramática y retórica.

Otra observación humilde: no crean nuestros segundos y terceros escritores, humorísticos que la facilidad y la gracia están en repetir cien y cien frases e interjecciones vulgares, v. gr.: «Hombre, hombre, vamos a ver, ¿conque esas tenemos? ¿Qué mil diablos se propone el señor tal? Porque al demonio se le ocurre; porque es lo que yo digo; el demonio me lleve si no...» Señores, estas maneras de decir, y otras por el estilo y no menos cargadas de mitos infernales, no constituyen por sí solas fuerza de expresión, ni facilidad, ni gracia, ni muestra de ingenio. Si ustedes ven en algún escritor satírico de verdad algo semejante, no crean que por tales giros y familiaridades se le alaba, sino a pesar de ellos. La única disculpa: que tamañas confianzas de lenguaje pueden tener, es la naturalidad con que las emplea el escritor verdadero, tal vez a pesar suyo, o sin darse cuenta de ellas, y aun así no hay disculpa, si hay abuso de la licencia.

Los que creen que está el quid de la sátira y de la bis en escribir, como si dijéramos en manga con mucha frescura, debieran comprender que la imitación de esos descuidos y expansiones es ridícula e intolerable.

Pongan la mano sobre su conciencia -como hace Balaguer siempre que llega el caso- los muchos escritores picarescos y maleantes de la Península y de Ultramar quien aludo, y confesarán que mis observaciones pecan de cualquier cosa menos de inoportunas. El estilo fácil es una de las válvulas por donde respira hoy con más aliento la gran neurosis de la tontera nacional. Y por esta vez no canso más.