Mezclilla: 28


IIIEditar

Tal como es, y a pesar de la precipitación con que trabaja, verdadero fenómeno de fecundidad, Palacio es uno de los pocos escritores a diario que siempre se puede leer, y que puede siempre firmar, porque está seguro de no dar su nombre a una tontería.

Lleva consigo su ingenio; con esto le basta para no parecerse nunca a la turbamulta de escritores insulsos, que llenan diarios, semanarios, revistas y hasta libros, de vulgaridades sosas, de cosas que se llaman medianas y son pésimas. ¡Cuántos escriben prevaliéndose de tal o cual ventajilla accidental que nada tiene que ver con el ingenio, con esa espontaneidad, sello que no puede falsificarse del literato verdadero!

Eduardo de Palacio tiene que defenderse, entre los inconvenientes mil que en el arte de escribir le asedian, sólo con su gracia inimitable, con su vis cómica original, española como ella sola. Tiene en contra suya el tiempo, la clase de vida que hace y a la que ya no puede arrancarse por la fuerza del hábito, y porque para observar y pintar lo que observa y pinta, se necesita vivir entre el bullicio; y además, el poco tiempo que le queda después de trabajar no ha de gastarlo en descubrir un nuevo sistema planetario o en presentar enmiendas al proyecto de lo contencioso.

A pesar de todas estas contrariedades, triunfa, se hace leer. Tiene recursos cómicos completamente suyos; su estilo es una especie de refracción cómica de la realidad. Así como un palo derecho metido hasta cierto punto en el agua parece torcido, la realidad, vista al través de los artículos de Palacio, se refracta y toma líneas de caricatura. No creo que Eduardo de Palacio sea ya capaz de escribir con toda formalidad. No puede tomar nada completamente en serio. Ni los toros.

He oído a algunos envidiosos que Sentimientos no es un verdadero inteligente en tauromaquia. Confieso que yo le tenía por el Aristóteles del arte. De todas maneras, las revistas de toros de Sentimientos son al arte de Lagartijo lo que las críticas de Sainte Beuve eran a la literatura francesa; Sentimientos forma la opinión de millares de españoles que, con harto dolor de su alma, no pueden presenciar las corridas de Madrid.

Los artículos taurómacos, si se puede decir así, de Sentimientos, son casi siempre literarios; sin perjuicio de la sincera admiración que despierta en el crítico alguna estocada que otra, hay en esas revistas, una intención cómica extraña a la plaza y sus intereses, y muy por encima, las más veces, de la inteligencia del público exclusivamente torero. Es más; hasta comprendo que indignen a los beligerantes del ruedo y del trapo las cuchufletas del revistero de El Imparcial. De Homero acá, nadie ha sabido poner motes a las cosas tan bien como Palacio se los pone a los caballos que entra en la suerte de la pica. Con motivo de esos pobres inválidos, ha hecho burla, por medio de epítetos y símiles, de todas las cosas ridículas de su tiempo.

Como el arte del toreo es, en efecto, una de las cosas que más populares son en España; como uno de los pocos deseos de la Soberanía Nacional que están claramente determinados es ése, que siga habiendo toros, el ingenio, que siempre ha sido un poco cortesano (de los reyes o del pueblo), ha tenido que meterse a revistero de corridas. Ejemplo de ello, Sentimientos, Sobaquillo, Un Alguacil y otros varios. Y no me parece mal, dada la necesidad de los toros. Yo conozco un filósofo, de los pocos buenos que hay en España, que no pierde corrida. Mientras las haya, y los periódicos más leídos consagren columnas y columnas a describir tal espectáculo, más vale que sean escritores graciosos y de cultivado ingenio los que den ese pasto espiritual al pueblo. Así cómo hay un cateder-socialismus, podría haber una cateder-tauromaquia; y Sentimientos, Sobaquillo, etc., son, en rigor, toreros de la cátedra.

Lo que puedo decir es que una tarde necesitaba yo un tendido y no parecía ni por un ojo de la cara. Estaba prohibida la reventa. Me fui al Suizo, vi a Sentimientos, este adivinó mi deseo, salió conmigo al ensanche, y con solo una vuelta por la calle de Sevilla, y sin más que dos o tres señas de conjurado, a los tres minutos me apretó la mano dejándome en ella el billete apetecido. ¡Era una influencia! A lo menos en la crítica tauromáquica hay dinidad; al crítico de toros le respetan toreros, revendedores y hasta monos sabios. Mientras en la crítica literaria... recuerden ustedes lo que le pasó a Bofill.

Eduardo de Palacio escribe de modo que parece que se burla de su propio ingenio al escribir; por lo menos se burla de la pícara suerte que le obliga a trabajar tanto y tan de prisa. De aquí nace una especie de modestia muy sincera y muy simpática. Si de algún escritor se puede decir que no tiene pretensiones, es de este.

Y sin embargo, podría tenerlas.

Hay en él algo muy castizo; no precisamente en el lenguaje, no en elementos gramaticales, sino en la índole de su ingenio y en su buen sentido positivo, claro, a lo Sancho Panza, entendiendo a Sancho Panza, no como el cliché de cierta crítica quiere, sino según es él, en realidad, especialmente en algunos capítulos, como el del abandono de la ínsula.

Palacio parece un rezagado de la novela picaresca. Es un genuino literato español, sobre todo por lo de tener sal de la tierra.

¡Cuántos escritores castizos andan por ahí que no tienen ni la sal del bautismo!

Para concluir; en cuanto a señas personales, Sentimientos -lo digo con su singular- es de mi escuela: feo.