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Tipos y paisajes criollos - Serie III
Manchas en el horizonte


Manchas en el horizonteEditar

La Pampa es como el mar, siempre igual y siempre diversa.

La vela de un bote de pesca, un soplo que riza las olas, o el viento que las agita, la tenue faja de humo del vapor que se aleja, un rayo de sol, la nube que pasa, bastan para hacer del mismo paisaje marítimo, cuadros distintos.

Y en la Pampa, sucede lo mismo, sino en mayor grado todavía.

¿Se parece el alba de un hermoso día de otoño al alba invernal gris y triste? ¿Habrá los mismos tintes en el cielo y en la tierra, en una fresca tarde de primavera y en una mañana de verano? ¿Dominarán los mismos matices durante las horas abrumadoras de la siesta, y cuando las brisas de la tarde hayan refrescado, la atmósfera?

¡De cuántos colores deberá recargar su paleta, el pintor atrevido que quiera dar una idea de las mil formas y aspectos en que se combinan, se deshacen, se estiran y se vuelven a amontonar las nubes blancas, coloradas, negras y doradas que cruzan a todo correr, o encapotan lentamente el cielo de la Pampa!

Y no solamente la hora del día y la estación influirán en cada pincelada que tenga que dar el artista; que no deje la obra a medio hacer, si no tiene muy desarrollada la memoria de los colores; pues la majada que, por la mañana de un día sereno, extendida en el cañadón, le habrá parecido compuesta de animales pequeños y grises, a medio día, si el viento ha traído nubes, estará paciendo en un suelo negro, y serán todas ovejas corpulentas, de un blanco de nieve.

El rodeo de vacas mestizas, de todos colores, que, bajo los rayos del sol matutino, casi resplandecía, lustroso, al bajar en largas hileras, de la loma verde, hasta la laguna de azul profundo, se ha vuelto rodeo de puras barrosas, que toman agua color plomo, al pie de una loma negruzca.

Y así, de todo.

¿Esta será la laguna que hemos visto ayer, tendida entre sus barranquitas de arena, como un espejo azul en un marco de oro, con flamencos rosados, pintados en la orilla? ¡no puede ser! -Y así es.

El agua, hoy, en olitas agitadas por un viento frío, salpica sus barrancas con espuma de rabia. Se ha vuelto verde, de un verde de sapo enojado que no puede sufrir que se luzcan cerca de él, pájaros hermosos y de brillante plumaje. ¿Y aquel monte allá, tan grande y cercano, qué es? no estaba ayer. Sí, estaba; pero, perdido entre los vapores que, con el calor, subían de la tierra, parecía pequeño y lejano; era gris-celeste como un sueño de amor, hoy es verdinegro como una pesadilla.

¡Monótona, la Pampa! ¡qué haya gente que así lo diga! lo han oído decir, sin haberla visto nunca.

El viento sopla, y en el horizonte, de repente, se levanta rápida, más y más, una columna que corre, ancha en la cima, delgada en el pie, remolineando como loca, hasta que de golpe, se acabó, murió, cayó, se deshizo: fantasma de tierra, ciclón en miniatura, bailarín jocoso, que se divierte en tirar polvo a las ovejas, haciéndolas disparar, perseguidas por una bola liviana de paja voladora. ¡Qué susto!

El horizonte, apenas quebrado en lontananza, por algunas lomas, esta dormido, muerto. Parece que no hay, ni puede haber nada, detrás de esa barrera; y en pocos momentos, sale, se eleva, crece, una gran nube de humo, liviana como gasa, que apenas atenúa el zafiro obscuro del cielo, o espesa bastante para tapar los rayos del sol y hacer, del disco de oro, un disco de sangre.

Y en días de calor, a medida que va tomando fuerza el sol, aparece en el horizonte la hermosa visión de montes y lagunas inmensas que hacen soñar con paraísos terrestres; paraísos bien imaginarios por cierto, simple figura, agrandada por los vapores transparentes que simulan el cristal del agua, de dos álamos y de tres sauces, miserable adorno de algún rancho lejano, cocido en seco por un sol rabioso.

No faltan tampoco manchas siniestras, en el horizonte pampeano, y de vez en cuando, oprime de veras el corazón del hacendado, la silenciosa amenaza del sol, colorado como fuego, que parece aplastarse en el globo terrestre, para quemarlo, más bien que desaparecer detrás de él. Y también, para divertirse, suele salir la luna misteriosa, en el silencio incipiente de la noche, enorme, roja, disfrazada de incendio, para infundir, con esa travesura, a los gauchos rodeados en torno de la cena, un súbito terror; terror pasajero, que pronto disipa la luz benévola y blanquecina del astro sonriente.

Es que, en la soledad, siempre ayuda la imaginación para hacer de cualquier cosa motivo de curiosidad, o presagio de temibles acontecimientos.

Cuando en 80, en el sur, empezaban a juntar gente para la revolución, sucedió que un día, relucieron en el horizonte, relámpagos de acero; y no eran un sable, ni dos sables; una punta de gente debía ser, y seguramente, bien armada; alguna vanguardia de cuerpo de ejército, por lo menos, y lo que más imponía, era que se venía acercando despacio, con la serenidad de la fuerza que se sabe invencible.

De todos los ranchos, empezaron a disparar, en sus parejeros, los hombres válidos, dejando para más tarde de averiguar de qué partido era, y si llevaba gente de la guardia nacional para defender al gobierno o para sostener la revolución; hasta que, pasado el susto, se supo que eran quince napolitanos armados de palas, que al tranco, porque no sabían galopar, iban a una estancia a destruir las vizcachas.

El jinete que cruza, el arreo que levanta una nube de polvo, la tropa de carros o de carretas que, despacio, va deshilando el camino interminable, que tanto serpea por la Pampa que parece haber perdido el rumbo; los médanos que polvorean a lo lejos, amarillentos; la humareda que se eleva, la loma que verdea, la laguna que resplandece, el espejismo que relumbra, los rebaños que pacen, todo es espectáculo, para quien quiere ver.

-«Siéntese, amigo, tome un mate y mire; que contemplar también es vivir.

¿No ve allá esas manchas verdes, color de esperanza, tan extensas y tan alegres? Son tablones de alfalfa, manchas que no engañan, estas, pues no son espejismos fugaces; es la inagotable fuente de la abundancia futura.

¿Y aquellos edificios que, como torres y castillos, pueblan el horizonte, quebrando su línea recta con sus ingentes moles macizas? Hace poco todavía, la Pampa los ignoraba; son baluartes nuevos, inexpugnables, contra el hambre mundial; son parvas de trigo argentino.»